Mons. Antonio Prieto Lucena, obispo de la Diócesis de Alcalá de Henares, ordenó presbítero a Germán y diáconos a Nicolás, Esteban y Víctor en la mañana del 11 de octubre de 2025 en la Catedral-Magistral de Alcalá de Henares. A continuación se puede ver el vídeo de la celebración, una galería de imágenes y leer la homilía.









Homilía de Mons. Antonio Prieto Lucena en las ordenaciones presbiteral y diaconal del 11 de octubre de 2025
Querido Germán, que vas a ser ordenado presbítero; queridos Víctor, Esteban y Nicolás, que vais a recibir el diaconado; saludo y felicito a vuestras familias, especialmente a las que han venido desde más lejos, a D. Juan Antonio, nuestro obispo emérito, a vuestros rectores y formadores, a vuestras comunidades cristianas y a vuestros amigos, aquí presentes. Queridos sacerdotes, seminaristas, consagrados y hermanos todos en el Señor:
El evangelio que acabamos de escuchar, que nos remite al primer Jueves Santo de la historia, nos introduce en el misterio del presbiterado y del diaconado, que estamos celebrando. En un primer momento, el texto nos presenta la institución de la Eucaristía, en la que Jesús se ofrece como alimento espiritual, para la vida del mundo. San Lucas enfatiza el deseo que tiene Jesús de entregarse: “He deseado enormemente comer esta comida pascual con vosotros antes de padecer”. El sacramento de la Eucaristía está sostenido por el amor de Jesús, por eso lo llamamos “el amor de los amores”, y es la anticipación sacramental del sacrificio de la Cruz.
En efecto, el misterio de la Eucaristía y el sacrificio de la Cruz no pueden separarse. En cada Eucaristía, de manera incruenta, se hace presente el único sacrificio del Calvario. En la Misa no oímos las burlas ni las blasfemias contra Jesús, no vemos su sangre derramada, ni asistimos a su agonía, pero sí se hace presente el mismo amor redentor que inundaba su corazón cuando fue crucificado entre dos ladrones. En la Eucaristía se contiene “todo el bien espiritual de la Iglesia”, porque “nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”, y en la Cruz, Jesucristo, por amor al Padre, dio la vida por nosotros.
De esta manera, comprendemos la grandeza del sacerdocio católico. El sacerdote, celebrando la Misa, cumple el mandato de Jesús: “Haced esto en memoria mía”. En un mundo dominado por el odio y el egoísmo, el sacerdote hace presente el amor de Cristo, que vence al pecado y a la muerte. El sacerdote repite los mismos gestos y palabras de Jesús: “Tomad, comed, esto es mi cuerpo”. “Tomad, bebed, esta es mi sangre”, y el mismo Cristo se hace presente sobre el altar, con las mismas actitudes redentoras que tenía en el Calvario, y con toda la fuerza de su resurrección. Cada Eucaristía es un milagro. En cada Eucaristía, Cristo viene para unir el cielo con la tierra, haciéndonos partícipes de su amor redentor, para que, recibiéndolo como alimento, nosotros podamos amar más allá de lo que pueden nuestras fuerzas, perdonando a nuestros enemigos, y siendo germen de la construcción de un mundo nuevo.
Sin sacerdotes, no tendríamos la Eucaristía, por eso el Santo Cura de Ars decía que los sacerdotes son “un regalo del Corazón de Jesús”. También decía que, “si algún día llegáramos a comprender lo que es el sacerdote, moriríamos; no de temor, sino de amor”. Por su parte, San Francisco de Asís afirmaba que, si al llegar al cielo le mandaban que arrodillara ante los ángeles y ante los sacerdotes, primero lo haría ante los sacerdotes, porque ellos habían celebrado la Eucaristía.
Hoy estamos alegres porque, en Germán, Dios nos regala nuevo sacerdote para la diócesis, para la Iglesia universal y para el mundo entero. Podemos imaginar cuantas bendiciones de Dios se repartirán a través de sus manos, cada vez que celebre la Eucaristía o perdone los pecados, en nombre de Cristo, en el Sacramento de la penitencia. Querido Germán: gracias por tu respuesta afirmativa a la llamada de Dios y por tu perseverancia a la vocación, en los largos años de formación sacerdotal.
Dentro de un momento, cuando te entregue el pan y el vino para la Eucaristía, te dirigiré estas palabras: “considera lo que realizas e imita lo que conmemoras, y conforma tu vida con el misterio de la cruz del Señor”. No solo estás llamado a celebrar la Eucaristía, sino también a “ser Eucaristía” para el pueblo. Como Cristo, tú también tienes que ser “pan partido y sangre derramada” para los demás, con la entrega de tu persona, de tu tiempo y tu total disponibilidad a las necesidades de los fieles.
En la segunda parte del Evangelio, en contraste con la sublimidad de la institución de la Eucaristía, hemos podido comprobar la miseria de los discípulos, que discutían quién de ellos debía ser considerado el primero. Para corregir esta codicia, Jesús les instruye sobre el valor del servicio: “Los reyes de las naciones las tiranizan, pero vosotros no hagáis así. El primero entre vosotros pórtese como el menor, y el que gobierna como el que sirve. Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve”.
La palabra “diácono” es una palabra griega que significa “servidor”. El origen del diaconado se remonta a la Iglesia antigua, cuando los Apóstoles se veían agobiados por muchas cargas, y no les quedaba tiempo para atender a los más pobres. Entonces, escogieron a siete varones de buena fama, llenos de espíritu y sabiduría, y les impusieron las manos para que se encargaran de los servicios de caridad. Este mismo gesto lo vamos a repetir esta mañana en la ordenación de Víctor, Esteban y Nicolás.
La espiritualidad del diaconado es la del “servidor”, imitando a Jesucristo, que “no vino a ser servido sino a servir, y a dar su vida en rescate por muchos”. En la Escritura, se habla mucho de esta espiritualidad del servidor. San Pablo afirma: “es preciso que los hombres vean en nosotros a siervos de Cristo”. El diácono, por lo tanto, no debe buscar su propio provecho, sino el bien de los demás y la gloria de Dios. En la parábola de los talentos, se contrapone el “siervo bueno fiel”, que se entregó generosamente al servicio, frente al “siervo perezoso y holgazán”, que no se esforzó en hacer rendir las cualidades que había recibido.
Queridos Víctor, Esteban y Nicolás, hoy recibís el diaconado en vistas de la ordenación presbiteral, que os será otorgada en su debido momento. Aprovechad este tiempo para adquirir la forma de Cristo “Siervo”, que ya no deberéis abandonar el resto de vuestra vida. En nuestra existencia sacerdotal, “quien no vive para servir, no sirve para vivir”. No perdáis nunca la prontitud y la generosidad para el servicio. Aprended a amar y a servir a los más pobres, que son los preferidos del Señor. En su reciente Exhortación Apostólica, Dilexit te, el Papa León XIV explica que el amor a Cristo, si es verdadero, conduce inexorablemente al amor a los más pobres, con los que Cristo se identifica. El camino desde el “Sacramento de la Eucaristía” hasta el “Sacramento del pobre” es un camino de ida y vuelta, que vosotros debéis transitar continuamente. Que la Eucaristía o lleve a estar cerca de los enfermos, de los pobres, de los presos, de los pecadores y los demás necesitados, para llevarles el amor de Jesucristo. El beato Antoine Chevrier decía que “un sacerdote que está lejos de los pobres es un sacerdote que está en peligro”, como también está en peligro un sacerdote que está lejos de la Eucaristía.
Queridos Víctor, Esteban y Nicolás, también a vosotros deseo daros las gracias por vuestra respuesta afirmativa a la llamada de Dios y por vuestra perseverancia en la vocación. Como Iglesia diocesana, nos sentimos inmensamente agradecidos al Señor. “El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres”. Quiero agradecer a las familias de estos cuatro candidatos su generosidad con el Señor. Queridas familias: tened la certeza de que, cuando Dios llama a uno de vuestros hijos, lo hace para bendeciros copiosamente. Un hijo sacerdote nunca se pierde, siempre se gana, porque es signo de una especial predilección del Señor. De igual modo, quiero felicitar a los rectores y formadores de estos candidatos, y agradecerles su entrega en la formación. Dios os premie vuestros desvelos en esta delicada responsabilidad.
En unos momentos, los candidatos se postrarán, como signo de súplica humilde, mientras cantamos las letanías de los santos. Necesitamos la poderosa intercesión de los santos, para que, contando con la respuesta generosa de estos jóvenes, Dios pueda llevar a término la obra buena que él mismo ha comenzado. Pedimos especialmente la intercesión los Santos Niños, Justo y Pastor, de San Francisco de Sales y de nuestra Madre Inmaculada, la Virgen del Val. Ella, que educó al Sumo y Eterno Sacerdote, cuide y proteja a estos hijos suyos. Que así sea.







