Juan Pedro Bernal tiene 33 años y es seminarista del Seminario Mayor diocesano de la Inmaculada y de los Santos Niños Justo y Pastor en la diócesis complutense. El próximo sábado 24 de octubre de 2026, será ordenado diácono por Mons. Prieto Lucena en la Catedral-Magistral de Alcalá de Henares.
¿Cómo surge tu vocación?
Mi vocación surge en el contexto de la Jornada Mundial de la Juventud de Madrid del 2011, en la que el Papa Benedicto XVI nos llama a los jóvenes a no conformarnos con menos que el amor y la verdad, y también a que si el Señor estaba llamando a alguno, al sacerdocio, al matrimonio, a la vida consagrada… que diera un paso adelante, que le dijera que sí al Señor.
Y también en el ambiente de mi parroquia, la parroquia de San Diego, de Alcalá de Henares, sobre todo viendo el ejemplo de mi párroco, Matías, y yo quería eso para mí. Yo quería, en cierto modo, ser como él, aunque no lo sabía muy bien.
Después de sentir la llamada, ¿te costó dar el paso?
Me costó mucho dar el pas. De hecho, entre que en 2011 tiene lugar la Jornada Mundial de la Juventud y yo entro al seminario pasan seis años. O sea, que costó mucho. Yo tenía mi vida, yo tenía pensado lo que quería, quería formar una familia… Tenía mis planes. Entraba el Señor, pero de otro modo, a mi manera.
En 2014, en una peregrinación a Fátima me tuve que confesar en inglés porque dejé para última hora la confesión, tenía que llegar a Misa y en español había mucha gente para confesarse. Fui al confesor en inglés y este confesor me preguntó que si estaba seguro de mi vocación. Una llamada en el Señor fuerte, ¿no? Es decir, ¿cómo este hombre que no me conoce de nada me ha dicho esto, me ha preguntado por mi vocación? Yo tenía esa pregunta en el interior, pero yo seguí haciéndome un poco “el loco» tres años más hasta que en 2017 en Fátima otra vez el Señor se impuso, me dijo que le siguiera. Eso que en 2011 empezaba en el corazón, pues en 2017 ya fue algo muy fuerte.

¿Qué es un diácono?
Hay que remitirse a los Hechos de los Apóstoles. A los apóstoles les piden ayuda para los pobres, las viudas, y para predicar la palabra. Son colaboradores directos del Obispo. El sacerdocio tiene tres grados: el diaconado, el presbiterado y el episcopado.
Es verdad que hay diáconos que son diáconos permanentemente (toda su vida). En mi caso no. En mi caso es transitorio para llegar a recibir, si Dios quiere, cuando la Iglesia disponga, el presbiterado.
¿Qué va a pasar a partir del 24 de octubre?
Es como un misterio. Cuando la gente me pregunta si estoy nervioso, yo digo que no, pero sí que es verdad que lo que voy a recibir, el don que voy a recibir, es un misterio para mí.
Cuando yo pienso en el día 24 o en el día 25 pienso que voy a poder dar la bendición… Que estas manos que ahora toman café van a poder dar la bendición, por ejemplo, o bautizar o casar. Viene un don muy grande al que yo tengo que responder con fidelidad, con la gracia de Dios, porque si no no estaría aquí, no sería posible todo esto…
Empieza también una etapa nueva de mi vida con un ministerio que el Señor me da. Espero responder con fidelidad, con su gracia, porque si no es imposible.
¿Te estás encomendando a algún santo en específico en esta etapa?
Hemos tenido ejercicios espirituales hace unas semanas y el director de ejercicios me recomendó que rezara no solo con las oraciones de la ordenación sino también con letanía de los santos. Ahí pensaba qué santos han marcado mi camino hasta hoy y es verdad que hay santos que son realmente especiales: san Rafael Arnaiz, que es un santo que fija su mirada en Dios a pesar de todo, a pesar de su enfermedad, de todo lo que le ocurre en la guerra… me parece un santo en el que la confianza se fortalece.
Tengo mucha devoción a Santa Teresita del Niño Jesús y la verdad que me ha acompañado mucho en este camino del seminario. Y no me puedo olvidar de San Diego de Alcalá. Es el santo de mi parroquia, del cual tampoco se tienen muchos escritos, pero se conocen sus milagros. Tengo un cariño especial a San Diego.
Hay muchos otros… San Pier Giorgio Frassati, canonizado hace poco. La verdad que estos últimos años me ha ayudado mucho a poner la mirada (como decía el Papa, “alzar la mirada hacia el Señor”) hacia lo alto, hacia aquello que viene de arriba.
¿Qué le pides al Señor ante esta nueva etapa?
Le pido fidelidad sobre todo. La fidelidad creo que es la clave. Pero no es una fidelidad por mis propias fuerzas sino apoyado en su gracia.
Es verdad que me siento muy acompañado, muy arropado: hay muchísima gente que está rezando por mí en este tiempo, cuando llegue la ordenación… Y creo que eso es clave: que la gente me quiere, que la Iglesia me sigue acompañando.
Y le pido a Dios, aparte de ser fiel, saber llevar la gente a Jesucristo, que no me ponga yo en el centro, sino que sea Él, que yo les lleve hacia Él. Como decía San Juan Bautista: “que yo mengüe y él crezca”.






