Carmen García es una joven abogada que vive su fe en la parroquia de Santa María Magdalena de Torrelaguna, municipio perteneciente a la Diócesis de Alcalá de Henares. Tiene 26 años, estudió Derecho en la Universidad de Alcalá y hasta 2024 colaboró estrechamente con la Delegación diocesana de Infancia y Juventud. Actualmente está en el equipo de orientación jurídica de la Asociación para la Acogida y el Acompañamiento Betania.
Como parte de la serie de entrevistas «¿Qué hace un joven como tú en un sitio como este?», donde conocemos la vida de fe de diferentes jóvenes de la Diócesis de Alcalá de Henares, hemos podido conversar con ella.
Nos ha hablado sobre el silencio, de su encuentro personal con el Señor gracias a la historia de conversión de su abuelo, de la forma que tiene de vivir su trabajo como abogada a la luz de la relación con Dios y de la realidad de la Iglesia rural.
¿Qué hace una chica como tú en la Iglesia Católica?
Supongo que lo que la mayoría de gente: encontrar y mantener el sentido de la vida. Yo, gracias a Dios, viniendo de una familia católica en un momento dado de mi vida encuentro ese sentido por un encuentro personal y el inicio de un camino personal con el Señor.
Entonces, pues, buscar, mantener, el sentido de la vida: la mía personal, pero también la vida comunitaria y la vida colectiva de mi familia, de mi comunidad, de la Diócesis, de la Iglesia y de la sociedad en la que me muevo.
¿Cómo comenzó ese camino personal con el Señor del que hablas?
Yo vengo de una familia católica. Gracias a Dios mis padres me transmitieron la fe, a mí y a mis hermanos. Llega un punto en que uno empieza a ser consciente de que la fe que tiene no es que no sea algo personal ni algo propio, pero que forma parte de algo que es más colectivo, en este caso mi familia. Pero hay un momento dado en el que para mí surge la necesidad y sobre todo el deseo muy fuerte de tener ese encuentro, porque yo lo veía en la vida de otras personas.
Entonces yo recuerdo el verano de 2015 (además recuerdo la fecha porque para un adolescente hay hitos importantes que recuerda con mucha claridad). Yo recuerdo unas vacaciones familiares en la casa de mis abuelos, en el pueblo de donde es mi abuela, una sobremesa con mi abuelo y con mis primas mayores y alguna de mis tías.
Mi abuelo contó su historia de conversión, ya de adulto… bastante adulto. Una historia muy bonita, además, que en realidad es el eco de la historia de su suegra, de la historia personal y de la relación personal de su suegra con el Señor. Yo recuerdo ver en mi abuelo como un halo de libertad y de sentido que yo quería.
Yo era muy consciente de que en ningún momento había dudado ni de la existencia de Dios, ni me había apartado de la Iglesia, pero había algo que era mucho más profundo, que yo veía que le daba mucho más sentido a su vida. Y sobre todo, una cosa que a mí me ha marcado mucho y que me sigue marcando ahora fue encontrar un sentido al sufrimiento y ser capaz de atravesar por el sufrimiento con un sentido y con una profundidad…. A mí eso me despertó un deseo, pero también una necesidad.
Me fui encontrando este tipo de historias en gente muy concreta y yo sabía que mi experiencia no tenía que ser la de ellos, no tenía que ser mimética. Intuía que había algo que iba a ser personal, porque evidentemente al Señor cuando tienes que decirle que sí, le tienes que decir que sí tú, no puede decir el vecino que sí por ti.
Entonces recuerdo con mucha importancia el testimonio de mi abuelo y el de la madre de una de mis amigas que murió de cáncer hace ya tres años y con una vivencia de la enfermedad y del sufrimiento no deseada, pero sí asumida y habiéndole encontrado un sentido desde Dios. Recuerdo una de las últimas conversaciones con ella que me decía: «Carmen, es muy importante que mantengas ese deseo de querer tener un encuentro personal con el Señor.»

¿Y el momento exacto en el que viste que el Señor te llamaba a ti, Carmen, por tu nombre?
Pues mira, fue un momento un poco complicado. Yo estaba estudiando la carrera. Estaba en ya no recuerdo si primero o segundo. Yo estudié Derecho en Alcalá y la iglesia de Santa María es anexa a la facultad, entonces yo iba por las mañanas a rezar a la Capilla de las Santas Formas antes de clase y recuerdo como un momento de muchas preocupaciones personales, también a nivel familiar, también un poco con la incertidumbre de saber o no saber si había elegido bien.
Y entonces recuerdo estar una mañana rezando y de repente escuchar un silencio que me abrumó. O sea, yo además recuerdo salir de la Capilla y ver a la gente pasar y como un silencio brutal, que físicamente esto es imposible porque son las 9 y media de la mañana en una de las calles más concurridas de Alcalá y aquí lo que yo escucho es silencio. Y de pronto también mucha paz, como diciendo ‘bueno, ya, lo que tenga que salir ya saldrá.’
Por curiosidad, cuando entré en clase me puse a leer el Evangelio del día. Era 15 de octubre, Santa Teresa de Jesús, que además mis padres me pusieron Carmen sobre todo por la devoción y por lo importante que ha sido para mis padres también la Orden de los Carmelitas. Ya ver eso fue como una especie de extrañeza en el buen sentido.
Todos los 15 de octubre el Evangelio es el mismo, es San Mateo: “Venid a mí todos los que estéis cansados y agobiados.” Y entonces dije: ‘no… tiene que ser casualidad.’ Empecé a leer un poco más en profundidad el Evangelio y dije: ‘bueno, pues aquí hay algo que no depende de mí.’
Es verdad que tengo una personalidad y una forma de ser que necesita tener bajo control muchas cosas. Si no, enseguida hay mucha incertidumbre, mucha inestabilidad. Y por primera vez me sentí muy en paz sabiendo que no tenía el control de la situación y que yo no podía hacer nada o no podía hacer más por resolver los problemas que en ese momento tenía abiertos. Yo creo que fue una llamada a la confianza y una demostración del Señor que me decía: “Bueno, estoy aquí, te dejo que me veas un rato y que sepas que tu vida tiene algo más allá de lo que tú puedes ver o de lo que tú puedes decidir y controlar.”
¿Cómo es un día tuyo vivido con el Señor?
Me levanto pronto porque yo no vivo en Alcalá ahora. Vivo en Torremocha. Cojo el coche y me vengo para acá y lo primero que hago siempre es, depende del día… si tengo algún juicio, si tengo alguna declaración, lo que sea… pero lo más normal es que yo vaya a San Pedro a rezar más o menos entre 40 y 50 minutos.
Y después de eso me voy al despacho y la verdad es que la mayor parte de mi tiempo ahora mismo es el trabajo, pero poder empezar el día con la oración para mí se convierte en una necesidad, porque yo estoy empezando en el mundo profesional y yo creo que es un momento de mucha incertidumbre porque se abren muchas cosas que desconoces, a la vez es una responsabilidad grande sobre cuestiones de la vida de la gente que viene a pedirte asesoramiento. Poder poner lo que voy a hacer ese día en manos del Señor y también en manos de la Virgen me ayuda a relativizar y a poner las cosas un poco en su sitio y a ser consciente de que yo tengo que hacer todo lo que pueda, tengo que intentar constantemente dar lo mejor de mí para los demás, para el lugar en el que se me ha puesto, pero sabiendo que las cosas tienen un límite y que hay cosas que yo voy a querer controlar que no lo voy a poder hacer.
Y eso no quiere decir que las cosas vayan a salir mal, y en el caso de que salgan mal no suponen un fracaso. Si yo no tuviese esa oración diaria sé que mi propia angustia, mi propio pesimismo, mi propia incertidumbre me comerían y me ganarían terreno. Entonces es un poco ir defendiendo el terreno todas las mañanas; luego por la tarde también sigo trabajando hasta la hora de la Misa. Voy a Misa en la parroquia. Y si tengo algo más urgente sigo trabajando un poco más cuando vuelvo.

Sorprende mucho que hablas de esa angustia, pero luego tienes una sonrisa increíble y estás tranquila, ¿tú crees que eso es fruto de la oración?
Sin duda. Cuando tengo juicios sí que es verdad que intento ir a Misa antes. Esto no tiene absolutamente nada que ver con una cuestión de superstición, no tiene absolutamente nada que ver con que yo he desarrollado un método en el que he comprobado que si voy a Misa antes del juicio me sale mejor. Para nada. Es una cuestión de ofrecer el trabajo que yo tengo que hacer ese día y pedirle al Señor que me dé la gracia para poder hacer lo que Él me pide.
Hablo de los juicios porque evidentemente para mí es también un terreno de juego que todavía es muy novedoso en el que tienes que controlar varias cosas, cosas que de repente se improvisan… También es importante cómo habla uno, el lenguaje que utiliza, cómo se organiza para que lo que uno tiene que decir se pueda comprender… Pues para controlar todos esos nervios y toda esa falta de experiencia que te generan mucha incertidumbre yo le pido al Señor serenidad.
Suele ser habitual que estoy muy nerviosa hasta 5 minutos antes. No es automático, esto no es una cuestión de magia…pero una hija pide y el Padre concede esa gracia. Y si es la gracia que necesito pues ahí está, pero también un poco encaminado a poder hacer lo que el Señor me pide; no es una cuestión de automatismos ni de hacer como conjuros extraños, es más ofrecer la incertidumbre y el sufrimiento que eso te puede generar y ofrecer el trabajo, que además para los laicos es una cosa básica, es una cosa muy importante.
¿La misericordia de Dios se podría llevar a un juicio o la justicia divina va por otra parte?
Todas las personas, en cualquier circunstancia de nuestra vida, necesitamos encontrarnos con la misericordia y es verdad que hay un plano del trabajo de la abogacía en el que ves la necesidad de determinadas personas de encontrarse con esa misericordia. Normalmente quizá en el plano en el que más lo ves diríamos que a lo mejor es el derecho penal, porque te encuentras con situaciones que quizá generan más sufrimiento, sobre todo cuando estás hablando de delitos graves.
Nosotros no somos jueces y nosotros, como abogados, no determinamos lo que una persona ha hecho bien o ha hecho mal, ni siquiera lo que necesita, pero yo creo que muchas veces trasluce las heridas que tiene la gente. Normalmente lo ves en las personas que han cometido un delito sea de mayor o menor gravedad, pero yo creo que toda historia que detrás de un delito esconde heridas sobre las que las personas necesitan recibir esa misericordia.
La misericordia va de mano de la justicia. Esto no quiere decir que esas personas no tengan que cumplir con la sanción o con la pena que se les deba imponer; ni siquiera que no deban reparar, pero también la misión del derecho penal es tratar de evitar los delitos. El castigo no es un fin en sí mismo, pero es una respuesta necesaria que necesita la justicia.
Hay historias en las que sí que te diría que creo que la justicia divina va por otro lado, pero esas ocasiones creo que pueden servir también para un encuentro. Yo todavía no lo he vivido, pero la gente con la que trabajo sí que me ha contado situaciones en las que ha habido personas que han delinquido y han cambiado totalmente de vida, no te diría que por un encuentro con Dios ni por haber experimentado la misericordia en primera persona pero creo que el Señor tiene sus herramientas y de repente da una lucidez gracias a la que uno puede ver que realmente se ha equivocado, que realmente lo ha hecho mal y quizá no se produce un encuentro con Dios pero es un primer paso a disponer el corazón hacia una manera de vivir.
Hay una parte de mi trabajo que es muy importante, que también forma parte de un proyecto casi personal; yo estoy dentro del equipo de orientación jurídica de la Asociación para la Acogida y el Acompañamiento Betania, que se dedica al acompañamiento de las víctimas que han sufrido abusos sexuales en entornos eclesiales; te diría que es la parte más complicada del trabajo, pero evidentemente es la parte en la que yo más he experimentado el encuentro con Dios a nivel profesional. Yo la misericordia la veo a través de las víctimas que son capaces muchas veces de afrontar sus propios procesos y creo que eso trasluce también misericordia. Lo que yo más veo en mi trabajo es la misericordia con uno mismo y el poder comenzar de nuevo integrando y asumiendo las heridas que uno tiene.

¿Crees que Jesús es el mejor abogado?
Sin duda; pero además no solo porque te defienda, sino porque es el único que puede darle un sentido a tu sufrimiento, estés en la posición en la que estés. Si estás en la posición de haber hecho daño a alguien, creo que es el Señor el que, de manera más directa o de manera más indirecta, a través de otras personas o a través de las circunstancias de tu vida, puede darte luz sobre lo que has hecho.
Para eso es verdad que hay que tener un corazón dispuesto a asumir también el daño que uno hace, que creo que es algo muy complicado. Y en el caso del que sufre el daño, hay personas que desgraciadamente nunca llegan a encontrar ese sentido, y yo no me puedo poner en la piel de nadie que haya vivido una situación así, porque me parece que es imposible, pero en el caso de quien ha sufrido el daño sí que hemos visto a personas que le encuentran un sentido a ese sufrimiento.
Encontrar un sentido al sufrimiento no quiere decir justificarlo, ni mucho menos, pero es verdad que son capaces de integrarlo en su vida y son capaces de hacer luego cosas grandes por los demás. Con grandes no me refiero a exitosas, sino que son capaces de dar mucho, de sacrificar mucho por amor a sus familias, a ellas mismas también, un amor propio y bien entendido, y también a la sociedad y a las comunidades de las que forman parte.
Tú, cuando has recibido daño, cuando has hecho daño. ¿Cómo le has dado un sentido a las dos cosas?
Yo te diría que lo que más le pido a Dios siempre es que le dé un sentido al sufrimiento, al sufrimiento que todos padecemos, y también que me dé luz. Cuando el Señor te muestra lo que haces mal, siempre lo hace de manera compasiva, o por lo menos esa es mi experiencia.
Es verdad que yo le pido mucho al Señor que no me deje dañar mucho. O sea, que me dé esa luz antes de llegar a determinados estadios de esa generación del daño sobre otros. Todos hacemos daño: a nuestra familia, a nuestros amigos… muchas veces no es un daño directo, no es una acción directa, como diríamos nosotros; es como una omisión, a veces el no estar pendiente de alguien que lo necesita y que sabemos que lo necesita. Esos además para mí son como los más complicados porque no se ven, y yo creo que son de los que más daño pueden hacer.
Entonces yo creo que las dos cosas, cuando sufro algún daño, le pido al Señor un sentido para ese dolor y la capacidad también para que eso no rompa mi humanidad con la otra persona, con la persona que me ha hecho daño. Y, por otro lado, cuando yo estoy en la posición de ser la que daña, pues tener luz para poder reconocer el daño que he podido hacerle a otro.

Has mencionado que tu familia se siente cercana a la Orden del Carmen.
Yo creo que sobre todo tiene que ver mucho con la historia de mis padres. Nunca hemos profundizado demasiado en eso, pero sí que es verdad que tienen mucha devoción tanto a San Juan de la Cruz como a Santa Teresa.
Yo en la oración soy como muy seca, seca en el sentido de que aprecio mucho el silencio y el aprender a vivir la oración y la espiritualidad sin muchas florituras. Me encuentro muy a gusto y muy reconocida en la forma de hacer oración de la Orden del Carmen. Desde ese 15 de octubre también le pido a Santa Teresa que interceda por mí y por mi familia. Pero no hay una relación muy especial, no tenemos tampoco familia o algo que pertenezca a la Orden.
Tú has participado y colaborado en las propuestas de la Delegación de Infancia y Juventud de la Diócesis de Alcalá de henares.
En octubre de 2024 terminamos nuestro trabajo en la Delegación mi compañera Bea y yo. Bea es, yo creo, de los regalos más grandes que a mí me ha hecho la Iglesia de Alcalá, el poder trabajar juntas.
Uno va asumiendo ya los compromisos profesionales y llega un punto en el que aparte la Delegación tiene que renovarse con los nuevos jóvenes que van empezando a formar parte comprometida de la Iglesia. Yo empecé en la Delegación después de la pandemia y después del campamento del año 2021 que nos fuimos a hacer el Camino de Santiago David, el delegado, y en ese momento Samuel, el subdelegado, me llamaron para decirme: “Oye, queremos contar contigo.” Y la verdad es que no puedo más que agradecer a la Iglesia de Alcalá haberme abierto la puerta a servir a la Iglesia en ese tiempo y en ese momento.
Desde el primer momento yo vi en Bea unos dones especiales para la relación con los adolescentes, que es una etapa muy complicada. Además, nos lo decían siempre, nos decían: «Acostumbraros a no ver fruto inmediato, un fruto a muy largo plazo». Porque organizar actividades en las que el trasfondo sea llevar a los adolescentes al Señor y darles a conocer la vida de la Iglesia es una tarea muy complicada, socialmente además por el tiempo en el que estamos viviendo, por las heridas que traen los adolescentes, que nosotras nos hemos quedado siempre muy impresionadas…. Chavales que tienen historias familiares de mucha soledad, padres que trabajan mucho, que no tienen el tiempo que desearían y que saben que necesitan sus hijos y de repente todo salía bien.
Yo creo que Bea y yo, la una de la otra, hemos ido viendo muy propio de nosotras el querer organizarlo todo muy bien, había muchas cosas que decíamos: “esto no va a salir”, y al final salía, porque estábamos cumpliendo una misión encomendada por nuestra Iglesia, pero también por el Señor.
Mi participación esencialmente ha sido esa durante casi cuatro años, con un trabajo muy intenso, muy agradecida por no solo la gente en la que yo he visto un compromiso y un deseo brutal de comprometerse con la Iglesia, que me parece vital para los jóvenes… Sino porque también la Iglesia nos ha dado ese espacio, que me parece que es muy necesario el espacio y el tiempo para poder comprometernos.

Ahora vives en Torremocha y acudes a la parroquia de Santa María Magdalena de Torrelaguna, ¿cómo ves la fe en Torrelaguna y en Torremocha?
Pues yo creo que la realidad de la Iglesia rural es muy diferente. Era un hecho objetivo: las parroquias de la ciudad de Alcalá que tienen jóvenes tampoco son todas. Hay varias parroquias que tienen aglomerados a los jóvenes, que es lo más normal del mundo, porque yo creo que un joven busca a otro joven para poder compartir la fe y la propia vida. Entonces, ¿cómo es la realidad y cómo es la fe en una parroquia como en la que yo vivo o en los pueblos en los que yo me muevo? Es verdad que encuentro a nivel general que las comunidades son algo que cada vez está más debilitado.
Yo creo que también la Iglesia forma parte de la sociedad en la que vivimos y todos tenemos dentro muy asumido, implantado, una actitud y una forma de vivir individualista frente a los demás. Pero yo veo milagros constantemente de gente que hace comunidades pequeñitas, pueblos que no tienen muchos habitantes… Torremocha menos que Torrelaguna. Pero veo gente que está dispuesta a entregar su vida y a entregar todo lo que tiene por hacer un servicio a la Iglesia, por construir una comunidad. Y yo la verdad es que cuando voy a Misa me da mucha serenidad ver a las señoras mayores que van a rezar día tras día y que es un signo para mí de una vida entera vivida a la luz de la fe y que se mantienen y gente que ha tenido historias de mucho sufrimiento.
Entonces es verdad que yo en mi comunidad parroquial no comparto, por así decirlo, la fe desde la preocupación y desde la situación vital que tiene una persona joven. Gracias a Dios eso lo puedo compartir con los amigos que he hecho en la Delegación. Pero es verdad que para mí son la gente de mi comunidad y la manera de vivir yo creo con ellos es también de mucha admiración y como un punto de referencia, como más maestro-pupilo o padres-hijos. Acogiendo también las circunstancias de la gente.
La verdad es que yo creo que uno va viviendo la fe en ámbitos como muy distintos y es cierto que yo creo que la parroquia quizá no es un ámbito en el que compartir las cuestiones como más preocupantes de la vida de un joven, pero sí que para mí son un signo de esperanza.
¿Tú qué le pedirías como Carmen, joven de 26 años, abogada y feligresa de una iglesia rural a la diócesis de Alcala?
Pues yo creo que a la Diócesis le pediría lo que cualquier hijo le pediría a una madre: el amor, la acogida, la escucha incondicional, pero también la firmeza a la hora de guiar. Cuando un padre regaña a su hijo no le regaña por el gusto de regañarle, sino porque quiere educar a esa persona para que aprenda a vivir en sociedad, para que aprenda que todo tiene un límite que es importante respetar.
Y yo le pediría esa acogida, esa escucha incondicional, esa firmeza a la hora de marcar determinados caminos, que es una firmeza que además respete la libertad de la persona, que no se superpone tampoco al papel de Dios en la vida de la persona. Necesitamos esos criterios. Yo le pido a la Iglesia que no tenga miedo de exponerlos, de compartirlos y de enseñarnos esos criterios, porque no todo vale. A veces uno, estando en la etapa en la que yo estoy, de inexperiencia también, no sabe con qué criterio tiene que mirar determinadas cosas, que la sociedad nos presenta como norma y uno desde la Iglesia no sabe cuál es la posición que hay que tomar.
Me encanta mi párroco: le he escuchado varias veces decir que cuando uno no entiende algo que hace la Iglesia o que dice la Iglesia, es bueno esperar, es bueno esperar a comprenderlo. Yo espero de la Iglesia de Alcalá esa firmeza amorosa y esa firmeza que educa, pero también esa acogida. Y además, para los jóvenes, un espacio para que aprendamos a comprometernos.
Una canción que estés escuchando últimamente que te acerca a Dios:
El Canon de Thomas Tallis, interpretado por Libera, que es un coro de voces blancas.
Es muy sencilla, es como la oración que uno hace antes de acostarse. Es una oración que pide perdón por las ofensas hechas en el día, que da las gracias y que le pide luz al Señor. Es muy sencillita, pero la verdad es que a mí me ayuda también a rezar.
Un libro que recomiendas para conocer más la fe:
Las cartas de Madre Teresa, que es una recopilación que hizo el postulador de su causa y que se llama “Ven, sé mi luz”.
Hay una preciosa que a mí me encanta en la que le habla del sufrimiento a una de sus compañeras y define cómo cuando uno está sufriendo es el beso que Jesucristo baja a darte desde la cruz. Si tuviese que decirle a alguien que la fe es esto, le diría que leyese esas cartas.
Un santo que sea un referente para ti:
Madre Teresa, pero sobre todo San Rafael Arnaiz, porque a mí me ha educado mucho en la espera y en entender que los tiempos de espera son igual de queridos por el Señor como lo son las llamadas concretas a cosas concretas.
Termina la frase:
Los jóvenes son… los que pueden arriesgarlo todo por un ideal.
Los jóvenes esperan… encontrarse con la Verdad.
La fe de los jóvenes… lleva a querer y a necesitar comprometerse.
El mejor lugar para rezar en la diócesis de Alcalá es… en el que más tiempo he pasado yo rezando: el monasterio de la Concepción que hay en Torrelaguna. Donde más tiempo he tenido la oportunidad de hacer silencio y de escuchar al Señor.




