Armando, seminarista de Alcalá de Henares: «Soy muy feliz en el Seminario, haciendo lo que hago»

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El próximo 22 de marzo de 2026, primer domingo después de la fiesta de san José, patrono de los Seminarios y de las vocaciones sacerdotales, se celebrará el Día del Seminario bajo el lema «Deja tus redes y sígueme». Con este motivo, hemos conversado con varios seminaristas de la diócesis de Alcalá de Henares.

Armando Benítez Gómez tiene 30 años y está en cuarto curso del Seminario diocesano. Siendo adolescente, en tercero de la ESO, le dijo a su profesora de religión que cuando cumpliera 18 años entraría al seminario. Actualmente realiza su pastoral en el Hospital Clínico san Carlos, de Madrid, y en el Cottolengo de Algete. Explica que aunque en un futuro sea pastor -sacerdote- no dejará de ser oveja.

¿Cómo ha sido tu fe desde niño?

Mis padres, al nacer, me bautizaron y he crecido en un entorno en el que ambos me enseñaban que antes de dormir había que rezar siempre. Recuerdo estar acostado en la cama, a punto de dormir, con mi padre o mi madre tumbados a mi lado, rezando un Padrenuestro, un Ave María y un Gloria. Además, también recuerdo con mucho cariño cómo me enseñaron que tenía un Ángel de la Guarda rezándole todas las noches con la oración que nos enseñan a todos cuando somos pequeños: “Ángel de la guarda, dulce compañía…”.

Ciertamente nuestra fe ha ido creciendo y gracias a Dios ahora tenemos una fe fundamentada en la relación diaria con Jesucristo, que creo que es justo lo que decía Benedicto XVI en Deus Caritas est, que uno es cristiano no por una decisión o una gran idea, sino por el encuentro con Jesucristo.

Sin embargo, aunque no tuviera la fe que tengo ahora, me han educado en la fe, y siempre he sido, sin duda, un chico con mucha profundidad, precisamente por la educación que he recibido. Aunque no siempre haya tenido una relación viva con Jesucristo, jamás he dudado ni de que exista, ni mucho menos de que esté a mi lado. Siempre he sido consciente de que está conmigo.

De todo esto, Jesús se ha ido sirviendo para dejarme ir hasta donde ya no podía más para quedarme a solas con Él y darme cuenta de que, como me dijo una vez un sacerdote amigo, al final, solo queda Jesús.

¿Cuándo y cómo llegó tu vocación al sacerdocio?

Realmente yo no he sido un niño que pueda decir que jugaba cuando era pequeño a celebrar Misa, a confesar o cosas así, como dicen otros sacerdotes. Sin embargo, sí tengo conciencia, sin ninguna duda, del primer momento en que fui consciente de que el Señor me llamaba a estar con Él. Fue en 3º de la ESO. De hecho, recuerdo incluso decirle a mi profesora de religión que iba a entrar al Seminario en cuanto cumpliera 18 años. Sin embargo, en plena adolescencia, esa idea se me pasó rápido. Pero mi corazón ya no olvidaría eso.

También tengo un recuerdo realmente bonito en 3º de la ESO. Se hizo en la diócesis una peregrinación a Aránzazu desde la Delegación de Juventud que, a pesar de mi corta edad, mi párroco me dijo que fuera. Recuerdo con mucho cariño el encuentro con la Virgen de Aránzazu pero, sobre todo, lo que recuerdo es estar comiendo el bocata en una especie de terraza/mirador allí en Aránzazu, mirar la alegría de los sacerdotes, cómo se querían y lo felices que eran y decir: “Yo quiero eso para mí. Yo quiero ser cura”.

Este es el momento en el que veo que siento atracción real por la vida del sacerdote. Aunque, como decía antes, siendo adolescente se me pasó rápidamente la idea.

De nuevo, de todo esto se ha servido el Señor en mi vida para traerme donde estoy. Todo esto, aunque se me fuera de la cabeza, no se fue de mi corazón. Hasta que un día, después de mucho tiempo, con 25 años, me di cuenta de aquello para lo que estaba hecha mi vida. Me di cuenta de que solo era feliz cuando no era de nadie y era de todos, cuando mi vida estaba dedicada con exclusividad al Señor y a la Iglesia, y sobre todo, prestando mucha atención a dónde se conducía mi vida cada vez que ponía los dones que el Señor me había regalado a su servicio. Esto último, sin duda, ha sido la clave de la que el Señor se ha servido para darme luz respecto de mi vocación.

¿Crees que es importante que niños y jóvenes sean monaguillos en su parroquia para fomentar su posible vocación sacerdotal?

Creo que sí, pero en la medida en la que ayude a este niño o joven a entenderse y a conocerse a sí mismo. Esto tiene mucho que ver con poner al servicio los dones que el Señor nos ha regalado. Por supuesto, hay que estar atentos y cuidar las posibles vocaciones sacerdotales, pero cuidar no significa forzar. Muchas veces la figura del monaguillo se utiliza para intentar que un niño diga que quiere ser cura. Y, por supuesto, entendiendo que esto no está hecho con mala intención, pero creo que hay que tener cuidado.

La figura del monaguillo puede ayudar a un niño -o a un joven también- a entenderse desde ese punto de vista y examinar cuál es su actitud desde ahí: qué siente cuando hace eso, si se siente realizado al hacerlo, si siente que no le hace falta nada más en su vida, si podría dedicarse a hacer eso toda su vida, etc. Evidentemente, el discernimiento de la vocación no es solo esto, ni siquiera ser sacerdote es ‘solo’ eso, pero sí pienso que puede ser un buen inicio de discernimiento. La experiencia que yo tengo es que cuando hacía de monaguillo era mucho más feliz que cuando estaba con el resto de la Asamblea. Estando ahí también soy Asamblea, pero lo que no tienes es la misma función que los demás. Estando ahí estás sirviendo al Señor en el altar, cosa que el resto de la Asamblea no hace. Yo sentía que ahí es donde estaba poniendo al servicio mis dones. Yo veo que el sacerdote está para acercar a la Iglesia a Dios, y solo me siento pleno cuando hago esto.

También pienso que un monaguillo no solo debería ser aquél que vaya a ir al Seminario o que vaya a ser sacerdote. También creo que es un “ministerio” que pueden desempeñar otros niños o jóvenes que se vean llamados a esto sin tener que ser sacerdotes.

Creo que este “ministerio” también podría ir ayudando a volver a comprender el sacramento del Orden en el grado de diácono (permanente), que cada vez hace más falta.

¿Cómo es un día entre semana para ti?

Pues la verdad es que, lejos de lo que mucha gente piensa del Seminario, es una vida muy normal, no estamos todo el día rezando, ni mucho menos.

El horario habitual es que, antes de ir a clase a las nueve de la mañana, tenemos una hora de oración y desayunamos; o incluso los viernes llegamos a tener Misa. Después, desde las nueve hasta la una -algún día a las dos- estamos en clase, donde estudiamos al principio filosofía y después teología. Son cinco años; yo estoy en cuarto curso.

Comemos todos los días a las dos y cuarto, donde las comidas se convierten en un momento en el que nos reímos, nos relajamos y disfrutamos. Las tardes, dependiendo del día de la semana, cambian un poco, puesto que hay días que tenemos formación; yo los martes tengo coro, los viernes y domingos tenemos pastoral, etc. Los sábados suelen ser el día más tranquilo por regla general, puesto que ni tenemos clase por la mañana, ni tenemos nada por la tarde, en principio. Normalmente las tardes, si no hay nada, son de estudio.

He de decir que, a pesar de lo que parezca, yo me siento muy libre en el Seminario, descanso mucho en lo que hago. El ritmo del Seminario es muy elevado, y ciertamente hay que aprender a adaptarse a este ritmo, pero yo soy muy feliz en el Seminario, haciendo lo que hago. De hecho, cuando voy a casa de mis padres en vacaciones -Navidad, semana de Pascua y verano-, no voy a descansar del Seminario. Es verdad que uno descansa físicamente porque no tiene la necesidad de levantarse tan temprano, por ejemplo, y el horario es mucho más calmado, pero yo no descanso del Seminario, no necesito descansar del Seminario. El Seminario es mi casa, es mi familia, y no necesito descansar de ello, de hecho, el Seminario y los seminaristas son mi descanso.

Al final del día, después de cenar, me voy a la capilla a tener otro rato de oración para, al terminar, irme a dormir.

¿Qué pastoral haces actualmente?

Desde que entré al Seminario he estado en diferentes parroquias. En orden han sido: la Purificación de Nuestra Señora (San Fernando de Henares), Santa Mónica (Rivas-Vaciamadrid) y San Juan Evangelista (Torrejón de Ardoz). Pero este año tengo una pastoral que no es de parroquia.

Estoy en el Hospital Clínico san Carlos de Madrid (puesto que esta parte de la formación en la que estoy ahora la hacemos en el Seminario de Madrid) los viernes, y los domingos en el Cottolengo de Algete.

Me ha parecido providencial que el año que justo tengo pastoral con los enfermos, con los pobres, el Papa León saque su primera exhortación: “Dilexi te”. Este “mensaje” del Papa me ha ayudado mucho a entender, a darle nombre, a lo que me pasaba al empezar a ir a esta pastoral.

Cada vez que terminaba el fin de semana, me quedaba pensando que me había encontrado con Jesús en el enfermo e incluso pensaba, con temor y temblor, que decía alguna especie de herejía porque literalmente pensaba: “He visto a Jesús sacramentado cuando he estado con los enfermos”. Sin embargo, dejé de pensar eso porque, cuando el Papa sacó este mensaje, lo leí y dice: “Para [san] Agustín, el pobre no es sólo alguien a quien se ayuda, sino la presencia sacramental del Señor”.

Lo que hago en el hospital es llevar la comunión a enfermos, acompañarlos, escucharlos y rezar con ellos, aunque cada vez estoy más convencido que no soy yo quien va, sino que es el Señor quien se sirve de mí para ir a estar con los enfermos.

En el Cottolengo uno descubre el amor absolutamente incondicional de Dios a sus hijas. Digo “hijas” porque concretamente en el Cottolengo de Algete solo hay mujeres. Lo que hacemos allí es ir a estar con ellas, simplemente. Lo que hacemos según llegamos es celebrar Misa y es ahí donde uno ve ese amor incondicional: hay mujeres con todo tipo de enfermedades, pero son absolutamente felices porque se sienten amadas y, lejos de sentirse desgraciadas, se sienten extremadamente agradecidas porque creen que tienen más por lo que dar gracias que por lo que lamentarse. Ciertamente las hermanas de la Congregación de Hermanas Servidoras de Jesús del Cottolengo del Padre Alegre son un medio excepcional a través del cual Dios se hace presente en la vida de estas mujeres. El resto del tiempo, o bien ayudamos en la cocina pelando zanahorias -como el hermano Rafael-, haciendo zumo de naranja, ayudando con la tecnología de la casa, de portero en la recepción, jugar con las enfermas al bingo o lo que las hermanas nos pidan.

¿Cuáles son las tentaciones a las que se enfrenta un seminarista? ¿Son las mismas que las de cualquier otro joven?

Bueno, cada uno somos como somos y cada uno tenemos tentaciones distintas. El demonio sabe dónde atacar para hacer daño; sin embargo, sí podría decir que hay algunas que son más frecuentes.

La primera, y creo que la más peligrosa, es el aparentar. Creo que es fundamental, muy importante, que seas muy libre y que seas tú mismo, no solo para que la Iglesia y tú discernáis bien, sino para que seas un seminarista, -y si Dios quiere el día de mañana- un sacerdote, feliz. Puede hacer mucho daño, a ti y a la Iglesia, tener como fijación ser sacerdote cueste lo que cueste. A quien debes ser fiel es al Señor y a la Iglesia, no a una vocación que, estando en el Seminario, todavía no tienes. Por ser fiel al Señor y a la Iglesia, si Dios quiere, serás fiel a la vocación que un día recibas.

Cuando uno entra al Seminario entra en una especie de burbuja que se debe romper antes de ser sacerdote; por eso hay un tiempo de pastoral antes de que a uno le ordenen, porque la vida del Seminario es un mundo aparte. Este ambiente te invita a tener una vida ordenada, de oración, de estudio, de buenas compañías, de un ambiente santo, etc. Pero creo que el tiempo de vacaciones es uno de los tiempos más importante del año, puesto que es ahí, cuando no estás en esa burbuja, si verdaderamente has interiorizado esa vida de oración, de estudio, de relación con el Señor y de buenas compañías, o en cuanto sales de la burbuja te pierdes. Creo que la mayor parte del año no tenemos, en principio, las mismas tentaciones que los chicos que no están en el Seminario; sin embargo hay que tener cuidado porque la vida del Seminario puede convertirse en una fachada.

Además de Teología, los seminaristas también estudian asignaturas de Filosofía. ¿Es importante para un seminarista conocer las diversas tendencias y pensamientos filosóficos?

En la facultad primero estudiamos Filosofía para después, estudiar Teología. En mi caso, la Filosofía me ha ayudado a algunas cosas que, si no las hubiera estudiado, probablemente la Teología no me las podría haber aportado.

Probablemente la idea que más me ha marcado de los años de Filosofía es que la realidad es mucho más profunda de lo que nos creemos. La Filosofía me ha abierto mucho la mente para entender cómo el ser humano, sea o no creyente, del tipo que sea, durante toda la historia ha intentado entender la realidad, ha intentado profundizar en ella, puesto que hay mucho más de lo que percibimos por los sentidos.

Recuerdo que cuando estudié a Tales de Mileto, que es del siglo VI a.C., estudiar Filosofía me despertó una idea, un razonamiento: Ahora, después de tantos años de Historia de la Filosofía, de reflexión, de pensamiento de muchas personas o incluso de la Iglesia, estamos muy acostumbrados a hablar de Dios, a pensar sobre Él, a pensar sobre si es el origen de todo o no… En fin, que damos por supuesto el nombre de Dios, o a Dios como Padre. Pero la reflexión que me surgió al estudiar a Tales fue que, siendo el primer filósofo de la Historia -o se le considera como tal- nadie le había hablado de Dios, ni si quiera existía en su cultura el término Dios. Nadie le había hablado ni siquiera de una realidad trascendente a todo, de que había una divinidad, ni nada de nada. Qué habrá en el corazón del hombre, que aunque nadie te haya hablado de nada de esto, de alguna manera se empieza a preguntar por esta trascendencia, por este origen de todo, por Dios.

Por tanto, pienso que es muy importante estudiar Filosofía antes para tener esta visión acerca de la realidad, para conseguir mirar la realidad con cierta sobrenaturalidad.

Seminario diocesano Alcalá Mes San José

El sacerdote es una figura de referencia para el Pueblo de Dios, se le llama incluso con el nombre de “padre”. ¿De qué manera te estás preparando para poder vivir tú esa paternidad?

Por mi manera de ser tengo que recordarme muchas veces que para ser padre tengo que aprender primero a ser hijo, y que no se puede ser buen padre si no se es primero buen hijo.

A la vez que me recuerdo esto, también me recuerdo que, aunque algún día llegue a ser padre, no dejaré de ser hijo, o, dicho de otra manera, aunque llegue a ser pastor, no dejaré de ser oveja; es decir, seré pastor, pero no seré el Pastor. Solo existe un Pastor, y es Jesús. Es una tentación muy grande para los sacerdotes, creo, creerse que son el Pastor. Yo, aunque participe de ese ser pastor de Jesús, seré oveja. Es verdad que, si Dios quiere, trabajaré para tratar que las personas se encuentren con Dios, y como “padre” o “pastor” mi labor será que al final de la vida de las personas vayan al cielo, pero no por mí, sino a través de mí.

Esto, en el Seminario se concreta en una formación que tiene cuatro patas: la inteligencia, la oración, la pastoral y la humanidad. A lo largo de la vida en el Seminario se van desarrollando estas cuatro patas para que el día de mañana, cuando sea “padre”, los demás encuentren en mí un faro de luz en la oscuridad, pero no por mí, sino porque yo haya menguado y Cristo haya crecido en mí. Creo que uno, en el Seminario, se prepara bien cuando mengua él y crece Jesús.

La inteligencia la fortalecemos en la facultad. La oración, obviamente, en los ratos de oración de uno. La pastoral en las distintas pastorales a las que nos mandan. Y la humanidad trabajando sobre ti mismo, conociéndote y madurando como persona, como cristiano, como seminarista y, al final, como sacerdote. Por eso, la formación en el Seminario es personal, porque cada seminarista es un mundo distinto, y cada seminarista lleva su ritmo.

Aparte de estudiar en la facultad, tenemos formaciones en el Seminario, que, en función del curso en el que estés, tratan unos temas u otros. Nosotros, que estamos en cuarto curso, hemos entrado en una especie de, por decirlo de alguna manera, “recta final”, de tal modo que estas formaciones están siendo ya directamente centradas en la figura del sacerdote: cómo debe actuar, sus tentaciones, cómo debe “desempeñar su labor”, los distintos aspectos de la vida del sacerdote, etc.

¿A qué crees que se debe el descenso de seminaristas respecto a décadas pasadas?

Creo que la respuesta obvia es decir que es por la secularización de nuestro tiempo, lo cual creo que es cierto. Sin embargo, creo que va mucho más allá.

El curso pasado, nuestro Seminario tuvo la gracia de poder ir a visitar al Papa Francisco, pero, como todos sabemos, por aquellas fechas estaba ingresado en el hospital, por lo que no pudimos verle. Sin embargo, un poco en sustitución de esta audiencia privada nos llevaron al Dicasterio para el Clero, y tuvimos la oportunidad de conocer qué se hace allí, y, sobre todo, pudimos conocer la realidad del sacerdocio en el mundo y qué está ocurriendo con ellos.

Una de las preguntas que allí salió fue que por qué ahora había tantas secularizaciones de sacerdotes; es decir, por qué los sacerdotes abandonan el ministerio. La respuesta tuvo una doble vertiente. Nos dijeron que, en primer lugar, los sacerdotes que se estaban secularizando, desde hacía mucho tiempo, antes de pedir la secularización, habían dejado de rezar. En segundo lugar, la razón, a la par, por la cual dejaban el ministerio era porque no comprendían qué significaba ser sacerdote.

Esto lo digo porque, aunque es verdad que en la sociedad hay una secularización grande, la gente ha dejado de tener fe y, sobre todo, vida interior, vida espiritual; creo que una gran parte de la “culpa” la tenemos los sacerdotes, seminaristas, consagrados, etc. Creo que muchas veces, durante mucho tiempo, se ha mostrado una imagen de los sacerdotes que no invitaba a formar parte de ellos. Sin embargo, creo firmemente, porque así lo vivo yo, que un sacerdote es una persona muy feliz.

Yo todavía no soy sacerdote, pero sí célibe, tengo más o menos el mismo tipo de vida que ellos; de algún modo, mi vida está consagrada al Señor y está completamente entregada a la Iglesia. Con todo esto, puedo decir con total certeza que esta vida es una vida muy feliz. Yo soy muy feliz y el Señor me colma cada día. No me falta nada, no siento que me esté perdiendo nada, ni me siento reprimido. Si consiguiéramos que los jóvenes nos vieran unidos, nos vieran felices y viviéramos la vida entregada como la entregó Jesús en sus años de vida pública, creo que también ayudaría a que hubiera más vocaciones. O sea, que también creo que a los sacerdotes, o a los que nos preparamos para ello, nos falta santidad.

¿Tienes algún santo o santa que haya sido un referente importante para ti durante tus años de Seminario?

Pues hay varios santos importantes que me han acompañado en la vida del Seminario. Según entré, iba muy acompañado de san Juan Bosco.

Después, siempre he encontrado la mano de Dios en los santos que daban nombre a las parroquias en las que he estado en el Seminario, que han sido dos grandes mujeres, en primer lugar, nuestra Madre, y, en segundo lugar, otra gran madre como fue santa Mónica. Y, para terminar, el apóstol amado, san Juan.

Tengo también una especial predilección, por lo que fue, y, sobre todo, por cómo vivió y su manera de ser, con la que me identifico bastante, por san Juan XXIII, y por san Francisco de Asís.

La verdad es que tengo muchos amigos y muy buenos.

Armando Seminario Mayor

¿Qué papel tiene San José en tu vida como seminarista?

Los miércoles, en el Seminario, rezamos laudes por comunidades, no todo el Seminario junto. Después de rezar laudes, cada semana a un seminarista le toca hacer una especie de “meditación”, muy breve de uno o dos minutos, en la que el seminarista debe dar unos puntos que sirvan para la meditación en la hora de oración que tenemos inmediatamente después.

Recuerdo que cuando empezamos a hacer esto, al primero al que le tocó fue a mí, y aquellos puntos de oración tuvieron como referencia a san José. Tiene una gran importancia para mí puesto que veo en él un hombre que tiene algo que me atrae con mucha fuerza y que me encantaría integrar totalmente en mi persona, aunque como he dicho antes, por culpa de mi soberbia, me cuesta tanto. San José quiere permanecer oculto, san José no dice nada en toda la Biblia. Su fijación era seguir la voluntad de Dios desde lo oculto, sin que se note, obedeciendo aquello que más tarde dirá su hijo: “Que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha. […] Entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo recompensará”.

No solo san José me resulta una figura atractiva, y, por tanto, otro santo referente, sino que además creo que es el modelo de padre que un sacerdote debería ser.

Estamos en Cuaresma, ¿qué libro recomiendas para este tiempo litúrgico?

Responder a esta pregunta me resulta un poco difícil, porque depende del tipo de persona, del momento de su vida en el que esté, etc.

Me uno a lo que el Papa dice en el mensaje para esta Cuaresma sobre prestarle especial atención a la Palabra de Dios y tratar de escuchar lo que Dios me quiere decir a través de ella cada día. Por tanto, invito a todos a rezar esta Cuaresma, y siempre, con la Palabra de Dios que la Iglesia nos regala cada día y a través de la cual Dios se manifiesta, pues siempre es viva y nueva.

Pero, además, por decir un libro de espiritualidad, creo que la Cuaresma es un tiempo privilegiado para, independientemente de tus circunstancias, que te vacíes de ti mismo y entregues tu vida a los demás, para vivir en presencia de Dios siempre. Partiendo de esta base, a mí me gusta, y me parece que puede ser un buen libro, muy fácil de leer y cortito pero muy profundo, En el corazón de Cristo, de Luis Mª Mendizábal. Tiene dos libros parecidos que se llaman igual, pero uno de ellos es para la consagración. Me refiero al que no es la consagración. Es de la editorial Monte Carmelo. En él, el padre Mendizábal habla de una idea que me tiene atrapado, que es cómo construir lo que él llama “la civilización del amor”, partiendo de que el corazón de uno mismo tiene que estar configurado con el Corazón de Jesús. Muy buen libro.

¿Cuál es tu jaculatoria favorita?

Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío.

¿Cuál es el mejor lugar de la Diócesis de Alcalá para rezar y por qué?

Yo rezo muy bien en la naturaleza, porque veo mucho la mano de Dios y a Dios mismo en la belleza de la naturaleza, y para ello puede ser un buen lugar el Ecce Homo. Pero, por supuesto, sin lugar a duda creo que la Capilla de las Santas Formas es un lugar privilegiado. Creo que es el corazón de nuestra Diócesis.

Termina las frases:

El Seminario da a la Diócesis de Alcalá... lo que la Iglesia de Alcalá necesita, sacerdotes para nuestra Diócesis.

El Seminario de Alcalá necesita… que los seminaristas vivamos con generosidad.

Un seminarista debe ser… feliz; si no, algo falla.

Si San José hubiese dicho que no… ¿qué habría pasado con el Niño Jesús?

Doy gracias a Dios por… por Él mismo.

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