El próximo domingo 22 de noviembre de 2026, la Diócesis de Alcalá de Henares abrirá solemnemente la causa de beatificación de la Sierva de Dios Elena Calero Baamonde, una joven diocesana que falleció en el año 2014 a raíz de una leucemia mieloide crónica con tan solo 23 años.
Tras su muerte se encontró un cuaderno-diario espiritual con numerosos escritos: oraciones, peticiones, frases de Santos, reflexiones personales… Y algo muy especial: una frase en la que dejaba constancia de estar ofreciendo su enfermedad «por los sacerdotes, por el aumento de vocaciones a la vida consagrada».
Con ocasión de la apertura de su causa de beatificación, cuya ceremonia presidirá el obispo de Alcalá de Henares, Mons. Prieto Lucena, hemos entrevistado para el programa de radio El Espejo de la diócesis de Alcaláa Belén Calero, postuladora de la causa y hermana de la Sierva de Dios, y al sacerdote Fernando Caballero, quien formaba parte del grupo de amigos de Elena Calero.
¿Qué significa esta apertura solemne de una causa de beatificación, en este caso de Elena Calero?
BELÉN: La apertura de la causa supone un paso muy significativo, pues pone de manifiesto públicamente ante el pueblo de Dios la intención de realizar una investigación exhaustiva de una chica, en este caso miembro de nuestra Iglesia diocesana, coetánea nuestra (de nuestro siglo) que podría haber llevado una vida marcada por las virtudes heroicas.
Existe una fama de santidad que ha perdurado en estos 12 años desde su fallecimiento y que motiva a realizar esta investigación sobre su testimonio en su vida y en su muerte. Hasta ahora ha tenido lugar una fase preparatoria previa a esta apertura, y a partir de ahora se tomará declaración a los testigos, se analizarán sus escritos y se irá indagando en todos los aspectos concernientes a su vida.

¿Cuáles van a ser nuestros primeros pasos que va a dar el comité que se va a constituir el próximo 22 de noviembre?
Tenemos que entender que, al fin y al cabo, una causa es un juicio y al igual que todos los juicios se tiene que recopilar pruebas. La cuestión es verificar si esa persona tuvo, o no tuvo, una vida ejemplar que justifique esa fama de santidad en su vida y muerte. En el caso de Elena su vida será analizada según las virtudes heroicas, es decir, las virtudes cristianas vividas de una forma extraordinaria. Hablamos de la fe, la esperanza, la caridad, la humildad, la fortaleza, etcétera, así hasta todas las virtudes.
En los interrogatorios se buscará encontrar luz sobre estas virtudes en la vida de Elena. Además, sus escritos serán analizados por censores teológicos, quienes examinarán sus palabras principalmente para buscar que no haya nada contrario a la fe. En fin, muchos son los aspectos que tienen lugar en una causa y concluida toda la investigación termina esta fase diocesana para ser enviado todo el volumen documental a Roma, al Dicasterio para las Causas de los Santos, dando comienzo así a la fase romana.
Allí será analizado muy exhaustivamente todo el trabajo realizado, de manera que si algo queda difuso o incompleto se remitirá a la diócesis de origen para recabar más pruebas y documentos que completen y clarifiquen las dudas producidas.
¿Cómo era Elena?
FERNANDO: Yo tuve la gracia de haberla conocido muy de cerca y la verdad es que su vida genera en mí mucho asombro por lo que Dios hace, por lo cotidiano de la santidad. Porque Elena era una chica normal, en el mejor sentido del término, cristianamente normal. Es decir, aplicada en los estudios, quería mucho a sus amigos, tenía muy buen sentido del humor…Cuando uno se metía un poquito con ella respondía siempre bien. El Señor siempre nos invita a vivir intensamente y cristianamente las cosas humanas y uno no debe imaginarse una persona como salida de la realidad, para nada, sino con los pies en la tierra.
Y en el grupo de jóvenes, en la Catedral, que es donde más coincidíamos: siempre atenta a los nuevos que llegaban, mantenía siempre una cohesión en todos, invitándonos a rezar, a estar allí. Me acuerdo cuántas horas acompañándola después a su casa, cuando terminaba la oración, la formación, la cena, y charlando y pasándolo bien con los amigos…
Era una amiga.
¿Con qué soñaba ella?
FERNANDO: Con lo que una chica puede soñar. En primer lugar, desde luego, que como cristiana: servir al Señor y ser dócil a lo que el Señor nos pide. Eso es algo que en el grupo de jóvenes y en la parroquia siempre lo teníamos muy claro. Mi vocación nació de ese mismo grupo de jóvenes, queriendo entregarme al Señor. Pero todos teníamos claro que el Señor nos llamaba a una vida de santidad, fuera el camino que fuera. Elena: estudiar, formarse, formar una familia… Entiendo que soñaba lo que una joven con su edad y poniendo a Dios en el centro de su vida podía soñar.
BELÉN: Hay una estampita que tenía Elena en su habitación. Una postal que compró en un convento de Iesu Communio. En esa postal tenía la imagen de la Bella Pastora. Y hay una frase de San Ignacio de Antoquía que decía: “Jesucristo es mi inseparable vivir”. En la línea de lo que dice Fernando, yo también creo que el sueño de Elena era un proyecto de vida unido a Cristo, independientemente de qué camino fuese. Y, por supuesto, que esa experiencia que ella estaba viviendo, pues también fuese algo que compartiese con los demás. O sea, hacerlo contagiar a los demás. Una anécdota que siempre contábamos es que ella animaba que los jóvenes no solamente se quedasen en el domingo, en la asistencia dominical a la Misa. Y entonces animaba entre diario a que pudiesen ir.
¿En qué es Elena referente para la juventud?
FERNANDO: Bueno, hay una sed de Dios muy grande en la juventud, y también una necesidad de caminos concretos. Siempre uno puede tener grandes deseos, pero necesitas pasos seguros y Elena es un referente concreto, seguro y cercano. Yo al menos no dejo de tener siempre, como decía antes, ese asombro por cómo hace Dios las cosas, y que de verdad Dios mueve los corazones de las personas y hace sus maravillas a nuestro alrededor. No hay que irse lejos, ¿no? O cosas que uno no conoce, sino que el Señor suscita santos muy cerquita de nosotros.
El Señor crucificado, Jesús, era el centro de su vida. Y por eso esa alegría constante que ella irradiaba, incluso esa paz que irradiaba en todos los momentos de su vida, no es algo que le viniera por una cuestión de temperamento, ¿no? Sino que cuando Dios de verdad es el centro de tu existencia, y lo amas de todo corazón, eso se vuelca a los demás. Entonces, ¿en qué es un referente? En cómo ella supo hacer de Dios el centro de su vida en su vida cotidiana y cuando le tocó la enfermedad.

¿Cómo vivisteis los últimos días sus amigos?
FERNANDO: Yo creo que una cosa que caracteriza a los católicos es que nunca, nunca idealizamos las cosas. Los vivimos como sus amigos. Y esos momentos de ir viendo cómo se iban desarrollando las cosas, cómo todo iba peor en cuanto a su salud es muy duro. Es muy duro ver a una persona, a un amigo tuyo que está tan enfermo y que se está muriendo. Es muy duro, te duele: hasta los huesos te duelen. Dios no nos quita la cruz, nos ayuda a vivirla y le da luz, pero la cruz es así.
Yo en lo personal intentaba ir a verla, sobre todo cuando estaba en el hospital. Su presencia, una mirada… ya a uno le dejaba en paz y uno decía: “Yo creo que ella lo lleva mejor que yo”.
Un poquito antes, a finales de septiembre de 2014, iba a empezar ejercicios espirituales y es verdad que nos dicen que no hablemos en ejercicios espirituales. Pero yo la llamé para ver qué tal estaba. Con la inminencia del trasplante no estaba yo pensando en el retiro, la verdad. Y ella me daba ánimos para que rezara, para que aprovechara los ejercicios espirituales… Yo le decía que no conectaba nada con el predicador, que me aburría…. Y ella que le diera otra oportunidad, que me centrara. Es una anécdota, pero creo que habla del orden de prioridad de cosas que ella tenía y la importancia que le daba a Dios en su vida y también cómo se preocupaba que los demás nos acercáramos a Él.
BELÉN: Lo que Fernando indica no solamente lo vivió él. Hay varios más que afirman cómo la preocupación de Elena dentro del hospital era más por los que estábamos afuera que por ella misma. Principalmente aquellos que en ese curso escolar comenzaban otra nueva etapa educativa.
El pronóstico un mes antes de que ella falleciese era ya devastador. Los médicos nos decían que podía ocurrir cualquier cosa, porque ya era tan crítica a la situación que cualquier cosa podía ocurrir. No obstante, también existía una gran esperanza. Nosotros encomendábamos a Elena a un venerable Siervo de Dios, José María García Lahiguera, que es un obispo muy querido dentro del clero español y en cuyo caso hace falta un milagro para que pueda ser beatificado. Nos llegó la noticia de que su tumba estaba en Madrid, muy cerca de Arturo Soria, en el convento de las Oblatas de Cristo Sacerdote, monasterio que él mismo fundó.
Y entonces, pues, dijimos: “ya está, hay que encomendar, hay que encomendar a Elena a este venerable”. Y la esperanza fue hasta el final, porque cada vez que hablábamos con alguien siempre nos decían: “Estamos rezando, estamos rezando”. Pero no solamente la gente que conocíamos, sino también personas que eran desconocidas… de movimientos o de otras parroquias que no tenían ningún tipo de relación con nosotros, pero gracias a nuestro entorno se formó una gran cadena de oración.
Yo personalmente sentía que algo estaba a punto de ocurrir algo grande, ¿no? Si tanto estamos rezando, ¿qué pasa? ¿Que la oración queda en balde, no da ningún fruto…? Y decía: “No puede ser, es que tiene que ocurrir el milagro, tiene que ocurrir el milagro…”. Hasta que llegó el 20 de noviembre y llegó la noticia del fallecimiento de Elena.
Y ahora que han pasado ya 12 años me podrían decir: “¿Dónde quedó toda esa oración? ¿Dónde quedaron tantas, tantas oraciones de gente?” Pues estoy convencidísima de que fueron el aliento y la fuerza de Elena en el último mes, en los últimos meses de esa enfermedad y de esa situación tan crítica que le dio fortaleza para poder seguir y ofrecer su vida.
Entonces, era algo increíble. Luego también nos enteramos por su diario espiritual de que ella había ofrecido su vida por los sacerdotes. Lo cual era “gracioso”, porque estábamos encomendando a Elena a un venerable que precisamente fundó un monasterio que se dedica a a rezar por la santificación del clero. Está todo conectado, cómo Dios hace las cosas, es increíble….
Belén, como hermana de Elena ¿cómo viste su evolución hasta que finalmente ofreció su vida?
Hay un camino, hay un recorrido. Desde muy joven Elena siempre tuvo una sed muy grande. Cuando nos trasladamos a Madrid a vivir a mí me tocaba apuntarme a las catequesis de comunión. Íbamos un poco desorientados, no sabíamos muy bien a dónde ir, no conocíamos a nadie. Por una persona que conocimos acabamos en la parroquia de Santiago Apóstol (Alcalá de Henares).
Y ella tenía una sed muy grande de poder compartir la fe con otras personas, con otros jóvenes de su edad. Más adelante conoció al que fue su novio, a Federico, y digamos que la llevó ya a la parroquia de San Pedro Apóstol, en la Catedral de Alcalá de Henares. Y al final encontró ese grupo juvenil en el que ella se sentía a gusto y en el que vivía la fe.
El Señor te va enamorando poco a poco. Recuerdo que en su carrera universitaria hubo un año que se fue de Erasmus. En ese año tuvo que hacerse un poco por encontrar un sitio donde encontrar la fe, donde poder vivirla, y dio con unas religiosas, las Hermanas de San Carlos Borromeo, en Viena, que le ayudaron muchísimo, la apoyaron. Hubo entre ellas una conexión muy, muy grande, increíble, y el cariño era muy grande, y continuó hasta que ella falleció. Cuando volvió de ese viaje yo personalmente noté como que Elena vivía la oración con mucho más recogimiento. Su forma de rezar era muy hacia adentro: cerrar los ojos, recogerse dentro de la Eucaristía.
Y diría que el segundo momento en el que más empezó a ser consciente del Señor, y cómo la llamaba cada vez más de cerca fue en la enfermedad, cuando ella tuvo la noticia de la enfermedad, y poco a poco quiso vivirlo más unido a Él, siendo su fortaleza, sabiendo que sin el Señor nada se puede. Y esa Semana Santa en especial ella la vivió con mucha intensidad. En la parroquia habían organizado distintas actividades, distintos rezos, nos convocaban a rezar la liturgia a las horas, y yo creo que Elena vivía con mucha intensidad el rezar todo ello.
Yo creo que ella fue haciendo también por buscar qué era lo que la ayudaba, qué devociones le ayudaban, el rosario, el diurnal… y luego ir buscando encuentros con el Señor poco a poco, es que hasta los mínimos detalles lo tenía en cuenta. Ella, después de volver de su Erasmus, seguía acudiendo a clases de alemán porque le gustaban, y cuando en el camino a casa de vuelta pasaba por las Santas Formas, a lo mejor iba con mi padre y decía: «Espérate, vamos a parar un momentito, cinco minutos para rezar al Señor y luego ya salimos». O sea, que hacía por encontrar al Señor y hacerse la encontradiza, que también es importante.

¿Qué se puede hacer ahora en la Diocesis de Alcalá para apoyar la causa de Elena, ya una vez después, sobre todo después de este próximo 22 de noviembre?
Difundir y escribir. Apoyar la difusión es importante. De todas maneras, el Señor es muy creativo y llega de unas maneras que nosotros a veces ni nos enteramos. Nos han llegado a veces, pues, correos de otras partes del mundo: recientemente de Filipinas, mismamente, o de Brasil, de Estados Unidos… No sabemos cómo, pero poco a poco se ha ido extendiendo a otros lugares y en eso está claro que es el Señor el que lo está haciendo, porque si fuese obra humana no llegaría tan lejos.
Y, por supuesto, escribir. Parte importantísima de la causa es recopilar lo que es la fama de santidad. ¿Y eso cómo se recopila? Se recopila con testimonios de personas que lo escriben. Cualquier tipo de escritura que sea: “Yo a tu hermana la rezo (todos los días, por ejemplo) por una intención”. Ya eso es suficiente. A veces te pueden comentar favores: “Le he pedido por esto y por lo otro y me la ha concedido, no me la ha concedido…”. En eso el Vaticano, el Dicasterio para las Causas de los Santos, es insaciable: te pide que recojas miles y miles de papeles. Recuerdo que una vez escuché a un postulador hablando sobre este tema de la fama de santidad y decía: “Es que tiene que ser montones y montones de papeles que acrediten la fama de santidad”. Entonces, lo importante es el escribir, y luego si apoyan en la difusión, pues fenomenal.
Se puede escribir al correo causaelenacalerobaamonde@gmail.com. De todas maneras, hay una página web también con el mismo nombre en el que se puede escribir en un formulario. Y si no, directamente al correo Gmail y nosotros lo vamos recopilando. O bien se puede escribir a mano y presentarlo en la Catedral a nombre de la postulación de la causa y lo incorporamos al proceso.








