El lunes 12 de octubre de 2026, el obispo complutense celebró la Eucaristía en la Catedral-Magistral de Alcalá de Henares con motivo de la solemnidad de Nuestra Señora del Pilar, patrona de la Hispanidad y de la Guardia Civil.
Homilía de Mons. Antonio Prieto Lucena en la solemnidad de la Virgen del Pilar
Queridos sacerdotes, miembros de la Guardia Civil de Alcalá de Henares, autoridades civiles y militares, queridos hermanos todos:
Celebramos hoy la fiesta de Nuestra Señora del Pilar, una de las advocaciones marianas más queridas por el pueblo español y especialmente vinculada a la historia de nuestra patria. Para la Guardia Civil, que la tiene como patrona, es además una jornada de encuentro, de gratitud y de recuerdo de quienes han entregado su vida en el cumplimiento del deber.
Según la tradición, cuando el apóstol Santiago predicaba el Evangelio en nuestra tierra, atravesó un momento de desaliento. Fue entonces cuando la Virgen María se le manifestó junto al río Ebro, en Zaragoza, para fortalecerlo en su misión. La Virgen se mostró sobre una columna o pilar, lo cual es muy significativo para nuestra fe cristiana. Un pilar sirve para sostener un edificio. No es necesariamente la parte más vistosa, pero resulta indispensable para su estabilidad. Cuando los pilares se debilitan, todo el edificio se viene abajo.
Al celebrar hoy la Virgen del Pilar, que es Fiesta Nacional en España, podríamos preguntarnos: ¿cuáles son los pilares que sostienen una sociedad? ¿Qué necesitamos cuidar para que nuestra convivencia no termine desmoronándose?
La patria no es solamente un territorio delimitado por unas fronteras, ni una organización política o administrativa. La patria es una comunidad humana, histórica y cultural. Es una herencia que hemos recibido de quienes nos precedieron, y que tenemos la responsabilidad de transmitir a quienes vendrán después. Forman parte de nuestra patria la lengua que hablamos, nuestra historia, nuestras instituciones, nuestras tradiciones, nuestras ciudades y pueblos, y también la memoria de quienes trabajaron, sufrieron y entregaron su vida para construir lo que hoy somos.
Desde la perspectiva cristiana, la patria constituye un bien moral, porque en ella se desarrolla nuestra vida personal y comunitaria. Es el ámbito concreto en el que aprendemos a convivir, a ejercer nuestros derechos y a cumplir nuestros deberes. Por eso, amar a la patria no significa pensar que “lo nuestro” es lo único, aunque para nosotros sea “lo mejor”. Tampoco significa ignorar los errores de nuestra historia. Significa reconocer que hemos recibido un bien que merece ser cuidado. Y significa comprender que España no pertenece exclusivamente a quienes piensan como nosotros. España es la casa común de todos los españoles, con sus diferencias, con sus legítimas discrepancias y su pluralidad de sensibilidades. La patria no es patrimonio de un partido, de una ideología ni de un grupo social. Es una responsabilidad de todos.
Creo que uno de los grandes problemas de nuestro tiempo es la creciente dificultad para reconocernos como miembros de una misma comunidad. Es el fenómeno de la polarización. Vivimos en una sociedad donde las diferencias políticas, culturales e ideológicas se convierten, con demasiada frecuencia, en enfrentamientos personales. Se puede discrepar de las ideas de otra persona, pero eso no nos legitima para desacreditar a los demás.
La polarización termina dividiendo a las familias, a las amistades y a la sociedad. Y cuando dejamos de escuchar al otro, cuando lo reducimos a una etiqueta o lo consideramos un adversario al que hay que derrotar, comenzamos a deteriorar los vínculos que hacen posible la convivencia.
En este contexto, me parecen especialmente oportunas las palabras que pronunció el papa León XIV al comienzo de su pontificado, cuando nos habló de una “paz desarmada y desarmante”, y cuando nos pidió construir puentes “con el diálogo, con el encuentro, uniéndonos todos para ser un solo pueblo siempre en paz”. Construir puentes, no levantar muros. Este debería ser también un propósito para nuestra sociedad española.
La convivencia no exige que todos pensemos lo mismo. Una sociedad libre necesita pluralismo, debate y discrepancias. Pero sí exige algo fundamental: reconocer la dignidad del otro incluso cuando no compartimos sus ideas. Es posible discrepar sin despreciarnos. Podemos defender nuestras convicciones sin convertir al otro en enemigo. Podemos amar profundamente a España sin excluir a quienes la aman de otra manera.
Precisamente por eso, hoy, en nombre de todos, quiero expresar un agradecimiento muy especial a los hombres y mujeres de la Guardia Civil. Vuestra misión tiene una importancia que va mucho más allá de garantizar el cumplimiento de las leyes. Vosotros contribuís a sostener uno de los pilares fundamentales de nuestra convivencia: la seguridad de las personas y la protección de sus derechos y libertades.
Una sociedad no puede vivir en paz si sus ciudadanos tienen miedo, si los más vulnerables quedan desprotegidos, o si las leyes no se cumplen. La seguridad no es un lujo, es una condición necesaria para que las personas puedan desarrollar su vida con libertad y dignidad. Por eso vuestro trabajo es un auténtico servicio al bien común.
Lo es cuando protegéis a una persona amenazada, cuando auxiliáis a alguien en una carretera, cuando intervenís en una situación de violencia, cuando combatís la delincuencia o cuando acompañáis a una familia que atraviesa una situación dramática. Muchas de estas actuaciones pasan inadvertidas. Pero detrás de ellas hay hombres y mujeres de la Guardia Civil que han decidido dedicar su vida a proteger a los demás.
Quisiera destacar algo que considero importante: la autoridad alcanza su verdadera grandeza cuando se ejerce como servicio. La autoridad no existe para imponerse arbitrariamente, sino para proteger la justicia, garantizar la convivencia y defender la dignidad de las personas.
Por eso, queridos guardias civiles, os animo a vivir vuestra profesión con competencia, integridad y humanidad. La firmeza en el cumplimiento del deber no está reñida con el respeto y la cercanía. Al contrario, la verdadera autoridad se fortalece cuando los ciudadanos descubren que detrás del uniforme hay una persona que los escucha, los comprende y está dispuesta a ayudarlos.
Y permitidme que hoy tenga también unas palabras de especial gratitud para vuestras familias. Queridas familias de los guardias civiles, vosotras conocéis bien las exigencias de esta profesión: los horarios difíciles, los cambios de destino, las ausencias, las preocupaciones y, en ocasiones, el temor por la seguridad de vuestros seres queridos. Detrás de cada guardia civil hay muchas veces una familia que también sirve, espera y se sacrifica. Gracias por vuestra generosidad. Recordamos hoy también, con gratitud y oración, a quienes perdieron la vida en acto de servicio. Su entrega forma parte de la memoria de esta institución y merece nuestro respeto permanente.
En el Evangelio, Jesús nos ha dicho: “Bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen”. Esa es precisamente la grandeza de María: antes de llevar a Jesús en su seno, lo acogió en su corazón escuchando y cumpliendo la Palabra de Dios. Escuchar y cumplir la Palabra de Dios es construir sobre roca la casa de nuestra sociedad. En otro lugar del Evangelio, nos dice Jesús: “Buscad el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura”. Poner a Dios en el centro de nuestra vida nos da paz y serenidad.
Vivimos rodeados de preocupaciones. Nos inquieta nuestro futuro, la situación de nuestras familias, los problemas de nuestra sociedad y tantas circunstancias que escapan a nuestro control. Pero Jesús nos recuerda algo esencial: nuestra vida está en manos de un Padre que nos conoce y nos ama. La confianza en Dios no significa despreocuparnos de nuestras responsabilidades. No significa dejar de trabajar, de esforzarnos o de cumplir con nuestro deber. Significa reconocer que, por encima de nuestras limitaciones y de nuestras incertidumbres, existe una providencia amorosa que sostiene nuestra vida.
La Virgen del Pilar es para nosotros un ejemplo extraordinario de esa confianza. Ella también vivió situaciones que no podía comprender ni controlar. Conoció la incertidumbre, el sufrimiento y la cruz. Pero permaneció fiel. Su fortaleza no nació de tener asegurado el futuro, sino de confiar plenamente en Dios. Por eso, acudimos hoy a su intercesión, para pedirle que fortalezca nuestra fe, sostenga nuestra esperanza y nos enseñe a vivir con fidelidad nuestras responsabilidades.
Queridos hermanos: hoy ponemos bajo el manto de la Virgen del Pilar a nuestra patria, a nuestras instituciones y, de una manera muy especial, a la Guardia Civil y a sus familias. Pidamos también por el Papa León XIV, que próximamente será sometido a una intervención quirúrgica. Pidamos por los médicos que van a atenderlo y por su pronta recuperación, para que pueda continuar guiando a la Iglesia con la fortaleza que necesita. Que la Virgen del Pilar siga siendo para España un signo de fe, un vínculo de fraternidad y un motivo de esperanza. Que así sea.




