El Día del Seminario 2026 se celebra el 22 de marzo, primer domingo después de la fiesta de San José. Este año, el lema de la jornada es «Deja tus redes y sígueme». Con motivo de la festividad del patrón de los Seminarios y de las vocaciones sacerdotales, hemos conversado con varios seminaristas de la Diócesis de Alcalá de Henares.
Juan Pedro Bernal tiene 33 años y actualmente realiza una experiencia misionera en Perú. La primera vez que fue consciente de que Dios le llamaba a ser sacerdote fue en la Jornada Mundial de la Juventud de Madrid en 2011. Cuenta cómo se quedó mudo con lo que le dijo un sacerdote al confesarse con él en inglés en Fátima. Y destaca que la fruta, la buena acogida de la gente o los «parlantes» le acompañan en su día a día al otro lado del océano Atlántico.
¿Siempre has estado vinculado a la Iglesia católica?
Desde pequeño fui bautizado, recibí el sacramento de la Eucaristía a los nueve años y la Confirmación a los 17; diría que mi familia siempre fue católica, pero si bien es cierto, a partir de comenzar la catequesis de comunión comenzamos a ir a la parroquia con mayor asiduidad. Después seguí ligado a lo que se llamaba catequesis de “postcomunión” y a los campamentos de mi parroquia, San Diego de Alcalá. Diría que nunca estuve alejado del todo de la fe y de la Iglesia, pero si es verdad que tuve épocas de mayor tibieza o de comodidad con respecto al Señor.
¿En qué momento de tu vida dices sí al Señor y abrazas tu vocación al sacerdocio?
Cuando cuento mi vocación, siempre digo que fui un poco rebelde con el Señor, bueno no sé sí rebelde o al menos intenté imponer mi voluntad, sobre todo, intentaba “negociar” y “regatear” con Él. La primera vez que fui consciente de que el Señor me llamaba de manera especial fue en la JMJ de Madrid, en 2011. Allí, la experiencia vivida, la llamada de Benedicto XVI a no conformarnos nada más que con el amor y la verdad y el testimonio de mi párroco supusieron un antes y un después. Eso sí, yo tenía mis propios planes: estaba saliendo con una chica de la parroquia y comenzaba mi vida universitaria.
En este tiempo, a pesar de ignorar un poco esa llamada, seguí ligado a la parroquia como catequista y monitor en los campamentos, y comencé el grado en Magisterio en el Centro Universitario Cardenal Cisneros. Durante este tiempo, yo sabía que había algo en mi vida que no encajaba.
La Virgen María siempre ha estado presente en mi vocación: la primera vez que fui al santuario mariano de Fátima en 2014, el domingo antes de la Misa internacional que se celebra allí, quise ir a confesarme. Como lo había dejado para el último momento, la fila para los confesores de lengua española era enorme, y yo, ni corto ni perezoso, fui a confesarme en inglés. Allí el sacerdote me hizo una pregunta: ¿cuál crees que es tu vocación? ¿estás seguro de que Dios te llama al matrimonio? Y me dijo que, fuera la que fuera, la Cruz de Cristo fuera el centro de mi vida.
Yo me quedé mudo, en este tiempo de dudas, de lucha interior entre mi querer y el querer de Dios… ¿cómo un sacerdote iba a plantearme esto, cuando él ni me conocía? Ahí conocí cómo el Señor habla en los acontecimientos y a través de personas y mediaciones concretas.
Aun así, seguí haciendo mi vida durante tres años, y fue en 2017 cuando, volviendo a Fátima por segunda vez, decidí ponerme en las manos del Señor y de su madre, y plantearle de verdad todo esto a mi párroco, Matías. Y ya en septiembre de 2018 ingresé al Seminario de nuestra Diócesis. Como anécdota graciosa puedo contar, que, antes de todo esto, nuestro obispo emérito D. Juan Antonio siempre me decía: deja el magisterio y vente a estudiar el Magisterio de verdad.
Desde hace meses estás en Perú. ¿De dónde y cómo nace esta decisión de ir a América por un tiempo?
Esta decisión nace de un anhelo que el Señor puso mi corazón hace años: tuvimos en la diócesis un congreso vocacional al que acudió el P. Cristopher Hartley, y me tocó recogerle de su casa en Madrid. Entablé amistad con él y me interpeló mucho su testimonio, pero después llegó la pandemia y aquello como que se apagó un poco.
Ya en 2024, yo tenía previsto como plan de verano irme a una parroquia en Newark en Estados Unidos; pero Dios tenía otros planes. Un compañero del Seminario de Madrid me habló de su experiencia con las Misioneras de la Caridad de Madre Teresa de Calcuta y me invitó a ir con un grupo de jóvenes y un sacerdote de Madrid. Dios, que sabe más que este pobre seminarista, fue reavivando en el corazón ese anhelo y hablándome claro: cada dos por tres me encontraba en un libro, escrito o artículo una frase de Santa Teresa de Calcuta. Lo vi claro, y no me arrepiento. Ese verano fui con ese grupo 15 días a Varsovia (Polonia) y la verdad que me cambió el corazón.
El curso pasado, me comunicaron que la formación se alargaría y la verdad que está siendo un tiempo de gracia. Enseguida, hablando con D. Antonio me brotó del corazón pedirle hacer una experiencia misionera. Él me habló de la misión que tiene la Diócesis de Córdoba en Picota, en Perú (la conoce bien, estuvo viniendo durante cinco veranos); y aquí estamos, embarcados en esta aventura de la mano del Señor. Llegué el 12 de enero y regreso a España el 8 de abril.

¿Allí en Perú se rompe la rutina o tienes una vida diaria parecida cada jornada?
Un tiempo antes de venir, le pregunte a Samuel (ahora vicerrector del Seminario) cómo era la misión, pues él estuvo aquí en 2024 con un grupo de la delegación de juventud. Me dijo que a veces era rutinaria, no muy diferente a una vida parroquial en España, pero que siempre surgen cosas nuevas. He podido comprobar que así es.
Aquí, comenzamos el día -los dos sacerdotes de Córdoba, el P. Nicolás y el P. Borja, y yo- con el rezo en común del Oficio de lectura y de Laudes y después, el desayuno. Pero, como dice el P. Nicolás: en la misión cada día es distinto, surgen cosas y otras que tienes programadas no salen (ya sea por meteorología, por las comunidades…). Hay tiempo para todo, también tiempo para cuidar la oración y el trato con el Señor. Por ejemplo, los primeros días de misión, quisimos ir a un pueblo a celebrar la Eucaristía y para hacerlo, debíamos cruzar la quebrada de un río. El día anterior había llovido y no pudimos pasar, a pesar de tener un 4×4 para movernos por los pueblos. Aquí las distancias, los caminos, el tiempo y el clima condicionan mucho la movilidad y los planes.
El tiempo que llevas en América, ¿te ha cambiado en algo? ¿sigues siendo el mismo?
Diría que no sigo siendo el mismo. Aquí aprendes a vivir con lo fundamental, a confiar en lo que Dios permite y quiere. En Europa tantas veces nos quedamos con cosas superfluas, y aquí no tienen ese problema. Viven un poco “al día”, para bien o para mal. También la apertura de corazón al Señor, aquí no sueles encontrarte ateos o agnósticos, pero sí muchas sectas y grupos que intentan captar a la gente.
¿Qué es lo mejor de esta vida que llevas ahora en Perú?
Diría que la fruta, que está riquísima. No, ahora en serio: la acogida que te dan en las comunidades y por las calles. Vamos paseando por pueblos y los niños se te acercan y te abrazan, te hablan y tienen esa apertura de corazón hacia el que viene de fuera. Hay un clima más distendido en ese sentido, la gente te saluda y te acoge con un cariño muy grande. Muchas veces a los niños lo que más les llama la atención es mi barba, aquí no es muy común.
¿Y lo más difícil?
Diría que el ruido. Las calles y las casas están llenas de altavoces (“parlantes” los llaman aquí) y tienen música puesta a todas horas. Cuando pasa el camión de la basura por Picota (a las 4 o 5 de la mañana, la hora varía mucho), lo hace con un altavoz con música fortísima y te despierta sí o sí (a veces, incluso, con canciones españolas).
¿Qué diferencias ves entre la Iglesia en Alcalá de Henares y la Iglesia de la zona peruana en la que estás?
Aquí la gran dificultad (y hay zonas de España en las que ocurre algo parecido) es la distancia entre pueblos. La parroquia de Picota está atendida por dos sacerdotes, pero tiene más de 120 pueblos. Eso condiciona mucho la vida. Y a pesar de no estar muy alejados entre sí (no hay muchos km de distancia), las carreteras no son como en España. De hecho, cada comunidad tiene un animador que se encarga de celebrar la Liturgia de la Palabra los domingos y de hacer de enlace con los sacerdotes.
También el hecho de que aquí hay mucha juventud católica y muchos nacimientos de madres jóvenes. La edad media para tener un hijo es mucho más baja que en España. Aunque, a pesar de esto, no tienen la costumbre de bautizar a sus hijos cuando son bebés y hay que andar evangelizando en ese sentido.

¿Piensas que todo seminarista o sacerdote debería hacer una experiencia en alguna zona como la que estás tú ahora? ¿Por qué?
Yo diría que sí, aunque entiendo que es un carisma muy particular. La misión Ad gentes es complicada, salir de tu tierra e ir a otro lugar. También es verdad, que nuestro país ya es tierra de misión, en la que tantas veces es mucho más complicada la evangelización que en Perú.
¿Qué echas de menos de España en general y de la Diócesis de Alcalá en particular?
La verdad que al final estar lejos de mi familia, de mis amigos, de mi parroquia de pastoral (la Natividad de Nuestra Señora, de Mejorada del Campo), mi parroquia de origen… siempre es difícil. Al final tenemos unas rutinas adquiridas y una comodidad que hay que perder para venir a esta tierra.
Además, por cuestiones logísticas obvias y por la distancia y el tiempo que hay entre Perú y Roma, no he podido asistir a la audiencia que ha tenido el Seminario con el Papa León XIV. A pesar de ello, lo he vivido con mucha alegría por mis hermanos y formadores, y con las ganas de poder encontrarme con él en otra ocasión (ya le podré contar que he estado en su tierra, Perú).
Como seminarista, ¿qué significa para ti San José?
Para mí, personalmente mucho. A finales de 2020 el Papa Francisco convocó un año jubilar dedicado a San José y como fruto de muchas lecturas y de discernimiento, ese mismo año me consagré al patrono de la Iglesia y los seminarios. San José me enseña a vivir la paternidad a la que estoy llamado, de un modo sano y sin “poseer” al otro, que a mi entender es la mayor tentación del sacerdote. Hay un texto/oración que me gusta mucho: “Enséñanos José como no se es protagonista…”
¿Ha sido importante para ti la figura de algunos sacerdotes en tu vida como seminarista?
Sí, creo que el testimonio sacerdotal es fundamental. En primer lugar, Matías Ares, mi párroco de origen desde hace muchos años, sin él no comprendería mi vocación al sacerdocio. Además, agradecer las figuras de Ángel Domínguez y D. Ángel Román, obispo de Albacete; que estuvieron muchos años en la Parroquia de San Diego.
También el testimonio de mi amigo Luis Peláez, párroco de Valdaracete. Somos amigos desde la infancia en la parroquia, y su testimonio en el Seminario y ya en el sacerdocio, son un ejemplo de que “se puede ser feliz siguiendo la llamada de Dios”.
Y no me puedo olvidar de dos sacerdotes que me han acompañado y me acompañan durante este tiempo de seminario: el P. Julio, superior del Oratorio de Alcalá, y Javi Jouve. Así como de todos los párrocos de mis parroquias de pastoral y tantos amigos sacerdotes.
En América le dan mucha importancia a la música en la liturgia. ¿Has aprendido o escuchado alguna canción nueva en este tiempo en Perú que te guste o te ayude a rezar?
Muchas canciones que se cantan aquí se cantan en España. Me ha sorprendido mucho que los jóvenes de aquí, en la selva del Perú, conocen y se saben la música de Hakuna. Cuando la cantan, me sale una sonrisa, me traen “un trocito de España”.
¿Cuál es tu jaculatoria favorita?
Jesús, en Ti confío
¿Cuál es el mejor lugar de la Diócesis de Alcalá para rezar y por qué?
Diría que jamás he rezado como en la capilla del Seminario, donde he pasado seis años a los pies de Jesús en la Eucaristía y junto a nuestros patronos presentes en su retablo: la Inmaculada y los Santos Niños.
¿Y cuál es el mejor lugar para rezar en el lugar donde estás ahora en Perú?
La pequeña capilla de la casa parroquial es un lugar de paz y tranquilidad, aunque también me quedo absorto con la belleza de algunos paisajes, de la belleza que hay en la creación de Dios.
Termina las frases:
- El seminario da a la Diócesis de Alcalá… un testimonio de entrega.
- El seminario de Alcalá necesita… santas y numerosas vocaciones.
- Un seminarista debe ser… aquel que se fía del todo al Todo.
- Si San José hubiese dicho que no… yo no sabría cómo tener un corazón de padre.
- Doy gracias a Dios por… haberme llamado al sacerdocio, a pesar de mi miseria.




