Mons. Prieto Lucena presidió la Vigilia Pascual y la Eucaristía de Domingo de Resurrección

El obispo de la Diócesis de Alcalá de Henares, Mons. Antonio Prieto Lucena, presidió la Vigilia Pascual en la noche del sábado 19 de abril de 2025 y la Eucaristía de Domingo de Resurrección en la mañana del 20 de abril. Ambas celebraciones litúrgicas tuvieron lugar en la Catedral-Magistral de Alcalá de Henares.

A continuación se pueden leer las homilías del obispo.

Homilía de Mons. Prieto Lucena en la Vigilia Pascual 2025

En esta noche santa, la “noche de todas las noches”, todo nos habla de Resurrección. La primera parte de nuestra celebración ha girado en torno a la luz. La luz fue lo primero que hizo Dios cuando creó el mundo. La luz es símbolo de la pureza de Dios. El día de la Resurrección de Cristo venció a la oscuridad del sepulcro. La luz es también símbolo de la vida. Sin la luz, la vida es imposible, por eso, al recibir cada uno de nosotros la luz del cirio pascual, hemos expresado la vida nueva que recibimos de Cristo en nuestro bautismo.

Verdaderamente, Cristo es nuestra luz, es nuestra vida. La vida del resucitado no es volver a la vida anterior, es inaugurar una vida totalmente nueva. Cuando Cristo resucitó a Lázaro, Lázaro sí volvió a la vida anterior, por eso tuvo que morir dos veces. Pero Cristo, una vez resucitado, ya no muere más, la muerte ya no tiene dominio sobre Él. Si hemos recibido la luz de Cristo, vivamos como “hijos de la luz”, rechacemos la oscuridad del pecado. Vivamos como el cirio pascual, que se gasta dando luz y calor. Gastemos nosotros nuestra vida en el amor a Dios y al prójimo.

La segunda parte de nuestra celebración ha girado en torno a la palabra. La Palabra de Dios se ha proclamado abundante. Hoy es el día en el que hay más lecturas de la Palabra de Dios. Es necesario narrar las obras maravillosas de Dios, que son como un anticipo o prefiguración de la resurrección.

  • La primera obra maravillosa de Dios fue la creación del mundo en siete días. Así como Dios, de un caos creó un cosmos; al resucitar a Cristo, de la muerte hizo brotar una vida nueva.
  • La segunda obra fue la obediencia de Abraham ante el sacrificio de Isaac. Así como el pequeño Isaac salió ileso de aquella prueba, Cristo salió ileso del sepulcro.
  • La tercera obra fue la salida de la esclavitud de Egipto del pueblo de Israel. Así como los israelitas atravesaron milagrosamente el mar rojo, Cristo ha atravesado milagrosamente el mar de la muerte.
  • En la cuarta lectura, el profeta Isaías nos ha hablado del amor de Dios, que vence la infidelidad del pueblo de Israel. La resurrección de Cristo vence la infidelidad del pecado, que llevó a Cristo a la cruz.
  • En la quinta lectura, de nuevo el profeta Isaías nos habla de los caminos de Dios, que son distintos a los nuestros. Nuestros caminos están marcados por el temor y la angustia de la muerte, pero esos caminos han sido vencidos por el camino nuevo de la resurrección.
  • En la sexta lectura, el profeta Baruc nos habla de la sabiduría de Dios, que supera con creces nuestra pobre inteligencia humana. Nuestra inteligencia, en efecto, jamás hubiera podido pensar en una obra tan maravillosa como la resurrección.
  • Finalmente, en la séptima lectura, el profeta Ezequiel nos habla de otra obra maravillosa de Dios, que es capaz de arrancar de nosotros el corazón de piedra (símbolo del odio) y darnos un corazón de carne (símbolo del amor). La resurrección de Cristo es una obra aún mayor, ya que supone la victoria del amor sobre todo el odio de todos los hombres de toda la historia.

El Evangelio, por su parte, nos ha narrado cómo las santas mujeres, en la madrugada del día de la resurrección, encontraron el sepulcro vacío, convirtiéndose en las primeras mensajeras del gran acontecimiento que da sentido a toda la historia. También nosotros, al finalizar esta celebración, tenemos que ser testigos y apóstoles de esta buena noticia, anunciando a todos – con nuestra vida – que Cristo ha resucitado.

A continuación, comenzaremos la tercera parte de nuestra celebración, que tiene como protagonista al agua del bautismo. Todos los bautizados, renovaremos nuestras promesas bautismales. Hagámoslo con conciencia: rechacemos al maligno, a sus obras y tentaciones; y comprometámonos a seguir a Cristo, que nos ha regalado su vida resucitada.

Además, un grupo de catecúmenos, junto con el bautismo recibirán también la confirmación, para coronar su iniciación cristiana con el sacramento de la eucaristía. Es un hecho que nos llena de profunda alegría. Queridos catecúmenos: ¡bienvenidos a vuestra familia, que es la Iglesia! Os acogemos con los brazos abiertos. A partir de ahora, caminaremos juntos por la senda de la vida cristiana, que nos conduce al cielo.

Concluiremos nuestra celebración con la eucaristía, en la que Cristo muerto y resucitado se nos dará como alimento. Después del ayuno del viernes santo, comprendemos mejor el valor de este pan vivo, que baja del cielo. Sin eucaristía no podemos vivir, moriríamos de anemia espiritual.

Demos gracias a Dios, que nos permite celebrar, un año más, esta Vigilia pascual, la “Vigilia de todas las vigilias”. En ella, como hemos visto, todo nos habla de resurrección. Es como un compendio de toda nuestra vida cristiana. María, la Reina del cielo, se alegra con nosotros. Que Ella interceda por nosotros para que podamos vivir todos los días las maravillas que celebramos en esta noche santa. Que así sea.

cristo ha resucitado diocesis de alcala 2025

Homilia de Mons. Prieto Lucena en el Domingo de Resurrección 2025

Queridos sacerdotes, seminaristas y hermanos todos:

El Evangelio que acabamos de escuchar nos narra lo que ocurrió la mañana del Domingo de Resurrección. Al amanecer, María Magdalena fue al sepulcro y vio la losa quitada. Inmediatamente, fue corriendo a alertar a Pedro y Juan, que también se dirigen al sepulcro. Los dos corrían juntos, pero Juan corría más que Pedro. Podemos suponer que a Pedro le retenían las negaciones. Cuando sabemos que hemos hecho daño a una persona, hay como un freno que quita espontaneidad a esa relación. Por eso, podemos comprender que a Pedro le frenaban sus negaciones.

Cuando Juan llegó al sepulcro, vio los lienzos tendidos, pero no entró. Esperó a Pedro, que tiene la autoridad en la Iglesia naciente. Cuando llegó Pedro, entró, y vio los lienzos tendidos y el sudario con que habían cubierto la cabeza de Jesús, pero no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte. Es como una señal de Jesús para que crean en la resurrección. Nadie que roba un cadáver deja así los lienzos y el sudario. La prisa para no ser descubierto llevaría al ladrón a tomar su presa tal como la encuentra. Un ladrón no se habría detenido en dejar así los lienzos mortuorios. Después de entrar Pedro, entró también Juan, que vio y creyó.

La resurrección es un hecho histórico. Fuera de los Evangelios, tenemos testimonios de este hecho en historiadores paganos, como es el caso de Tácito, Suetonio o Plinio. La resurrección es un acontecimiento que sucedió en unas coordenadas de tiempo y espacio determinadas, Sin embargo, a este hecho solo se accede por la fe. En efecto, nadie vio resucitar a Cristo. Las mujeres y los Apóstoles vieron el sepulcro vacío, pero no vieron resucitar a Cristo. En principio, no podríamos descartar que el cuerpo pudiera ser robado y hecho desaparecer.

Pero sabemos que Cristo se apareció a diferentes personas: a María Magdalena, a Pedro, a los Apóstoles, en el cenáculo y en el mar de Tiberiades, al Apóstol Tomás, que pudo tocar las llagas de sus manos y de su costado, a los discípulos de Emaús, incluso al Apóstol San Pablo, camino de Damasco. Todas estas personas dieron testimonio de su encuentro con el Resucitado, y sobre este testimonio se apoya nuestra fe en la resurrección.

A partir de estos testimonios, el acontecimiento de la resurrección de Cristo se ha ido confirmando con el paso de los siglos. En primer lugar, porque su cuerpo nunca ha sido hallado, ni jamás se encontrará; y, en segundo lugar, porque el testimonio de los Apóstoles se ha ido consolidando con una serie de hechos, que realmente muestran que Cristo está vivo. Ninguna empresa humana permanece tanto en el tiempo, sin embargo, la Iglesia se ha mantenido viva durante 2025 años, y sigue creciendo en términos generales, aunque en nuestra vieja Europa esté sufriendo un proceso de contracción. Esto hace pensar que la permanencia de la Iglesia no se debe a causas humanas, sino a la presencia de Cristo resucitado en medio de ella.

Llama la atención también el número incontable de mártires que han dado su vida por Cristo, a lo largo de estos siglos. Una persona quizá pudiera dar la vida por un difunto, o por un ideal, pero cuando se trata de miles de mártires, es inevitable pensar que Cristo está vivo. Que todos estos mártires vivían una relación personal con él y esto les dio fuerza en su martirio.

Lo mismo podemos decir de los testimonios de conversiones al Cristianismo, como se registran continuamente. Contamos con una lista interminable de personas que iban por otro camino, y acabaron en el seno de la Iglesia. Pensemos, entre otros muchos, en San Pablo, San Agustín, San Francisco de Asís, San Ignacio de Loyola, San Carlos de Foucauld o San Henry Newman. Es difícil explicar su profundo cambio de vida por causas meramente naturales. Más bien, debemos pensar que Cristo está vivo, y que fue el encuentro con él lo que los hizo cambiar.

Está también el hecho de que grandes intelectuales han sido católicos. Tenemos a literatos como Chesterton, Peguy o Bernanos; o a científicos como Einstein o Louis Pasteur. La fe, por lo tanto, no es superstición, ni una actitud propia de personas sin cultura. Finalmente, nos encontramos con infinidad de chicos y chicas jóvenes que lo dejan todo para consagrarse a Dios, en la vida sacerdotal, religiosa o misionera. Estos jóvenes no son distintos a los de su época, si renunciaron a lo que el mundo les ofrecía en su momento, es porque Cristo está vivo, es porque Cristo les sedujo con su amor y les llamó a seguirle y a dejar todo lo demás.

Lo mismo podemos decir de matrimonios que llevan años casados, que viven la fidelidad, a veces en medio de pruebas muy difíciles. Cuando muchos se habrían separado hace mucho tiempo, ellos se mantienen fieles, no a la fuerza, no llevando una pesada carga, sino renovando la fuente de su amor cada día, con la mirada puesta en Jesucristo, que un día bendijo su matrimonio y se comprometió con ellos, en la salud y en la enfermedad, en las alegrías y en las penas, en la prosperidad y en la adversidad. La fidelidad matrimonial es un signo más de que Cristo está vivo, como también es signo de su presencia la actitud de tantos enfermos, que llevan sus dolores con una paciencia sobrehumana, que solo se explica si el Señor está con ellos.

Queridos hermanos: ¡Cristo está vivo! Al resucitar no volvió a la vida de antes, sino que inauguró una vida nueva, que nos regala en el bautismo. Nuestra vida también tiene que ser un testimonio de la resurrección. Como nos dice San Pablo, “si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de allá arriba, no las de la tierra”. Si aspiramos a la santidad, si cada día luchamos para ser mejores discípulos de Cristo, a pesar de nuestras miserias, otros creerán en la resurrección. Que la Virgen María nos ayude. Que así sea.

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