El sábado 4 de abril de 2026 por la noche celebramos la Vigilia Pascual. Nuestro obispo, Mons. Antonio Prieto Lucena, presidió la vigilia en la Catedral-Magistral de Alcalá de Henares.
En ella, un grupo de catecúmenos recibió los sacramentos del bautismo, la confirmación y la Eucaristía.

Homilía del obispo de Alcalá en la Vigilia Pascual 2026
Queridos hermanos sacerdotes y seminaristas. Queridos catecúmenos, que, en esta noche santa, vais a recibir los sacramentos de la Iniciación Cristiana. Saludo también a vuestras familias, padrinos y catequistas. Queridos hermanos todos en el Señor:
¡Feliz Pascua de Resurrección! El Señor ha resucitado ¡Aleluya! Para nuestra experiencia humana, “morir es partir”. Aunque el cuerpo del difunto permanece, él, personalmente, se marcha a lo desconocido, a donde no podemos seguirle. Y esa marcha es definitiva, sin retorno posible. Todos tenemos la experiencia de haber perdido a un ser querido, y sabemos lo que esto significa.
Sin embargo, con Jesús no fue así. Jesucristo es una novedad única en la historia. Una novedad que ha cambiado el mundo. Jesucristo dijo: “me voy y vuelvo a vuestro lado”, y cumplió su palabra. Su marcha fue un “quedarse”, inauguró un modo nuevo de estar presente entre nosotros, inauguró su “presencia resucitada”. Como su muerte fue un acto de amor, y el amor no muere nunca, su partida se convirtió en un “retorno”. Cristo murió realmente, pero resucitó al tercer día, para quedarse siempre con nosotros.
Jesucristo, por lo tanto, no es un difunto que nos dejó un bello mensaje y un bonito ejemplo. Jesucristo es mucho más que eso. Jesucristo está vivo, está aquí, ahora mismo, en medio de nosotros. Dijo que, cuando dos o tres se reúnen en su nombre, él está en medio de ellos. En su vida terrena, como cualquiera de nosotros, Jesús estaba sometido a las limitaciones del cuerpo. No podía estar simultáneamente en dos lugares diferentes. Podía estar muy cerca de las personas que amaba, pero siempre estaba la barrera de la alteridad.
La Resurrección de Jesucristo ha cambiado estas leyes de nuestra experiencia humana. Su humanidad ahora es gloriosa. Es verdadera humanidad, porque conserva las heridas de su pasión, pero es una humanidad libre de barreras y limitaciones. En los Evangelios, aparece que Cristo resucitado se ponía en medio de los discípulos, reunidos en el cenáculo. Ya no tenía necesidad de llamar a la puerta. Cristo resucitado es “Señor del espacio”, y también es “Señor del tiempo”. Su resurrección abraza todos los tiempos y todos los lugares. Incluso puede superar la barrera de la alteridad, pudiendo vivir dentro de nosotros. Es lo que le ocurrió a San Pablo, que decía: “ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí”.
Cristo también quiere vivir dentro de cada uno de nosotros. Quiere vivir y reinar en nuestro corazón, que es el centro de la persona. Y esto lo hace por medio del bautismo. Por el bautismo, Cristo entra en nuestro corazón y une su vida con la nuestra. Entonces, comienza una vida nueva en nosotros, una vida que no teníamos antes, una vida sobrenatural, que se alimenta con la Eucaristía y los demás sacramentos. El bautismo y la confirmación nos marcan con un sello indeleble. Jesucristo se compromete con nosotros y ya no nos deja nunca. Puede ser que nosotros nos olvidemos de él. Puede ser que nosotros queramos vivir “como si él no existiera”, pero Cristo nunca se aparta, y nos sale al encuentro una y otra vez, de muchas formas distintas.
El bautismo es el fundamento de una nueva fraternidad entre los hombres. El bautismo nos hace miembros de una nueva familia, que es la Iglesia. Supongo que muchos de los que estamos aquí hemos participado en alguna Jornada Mundial de la Juventud. El Papa convoca a los jóvenes católicos en algún país, y allí se reúnen millones de jóvenes. Sin conocerte de nada, las familias católicas de aquel país te acogen en su casa y te lo dan todo. A mí me parece algo muy hermoso. Sin conocernos de nada, nos amamos en Cristo. Tenemos lenguas y culturas diferentes, pero el mismo Cristo es el fundamento de nuestra vida. La fe en Cristo es la fuerza de paz y de reconciliación más grande que existe en este mundo. Si los hombres fuéramos más conscientes de nuestra unión en Cristo, no existirían las guerras.
Dentro de un momento, los catecúmenos que están aquí presentes recibirán el bautismo, la confirmación y la Eucaristía. Esta noche van a llenarse Cristo y se van a convertir en hermanos nuestros, miembros de nuestra familia, que es la Iglesia. Es un hecho que nos llena de profunda alegría. Queridos catecúmenos: ¡bienvenidos a vuestra casa, que es la Iglesia! Os acogemos con los brazos abiertos. A partir de ahora, caminamos juntos por la senda de la vida cristiana, que nos conduce al cielo.
Hay dos elementos, en esta noche, que nos ayudan a comprender el significado profundo del bautismo. El primero de ellos es el agua. Como sabéis, uno de los personajes más importantes del Antiguo Testamento es Moisés. El faraón de Egipto no quería que los israelitas, que eran sus esclavos, crecieran en número, por eso mandó asesinar a todos los niños varones que nacieran de las mujeres hebreas. La madre de Moisés, al darlo a luz, lo colocó en un canasto y lo arrojó al río Nilo, y Moisés se salvó milagrosamente de las aguas de la muerte. Más tarde, Moisés tendrá la misión de liberar a su pueblo, atravesando las aguas del Mar Rojo, donde pereció el ejército egipcio.
Cristo resucitado es el nuevo Moisés. Él ha vencido las aguas de la muerte, y, a través del agua del bautismo, quiere llevarnos a la libertad de los hijos de Dios, en esta vida y en el cielo. En el bautismo, Cristo nos atrae hacia sí. Nos conduce por el mar de la historia, a menudo tan oscuro y tan lleno de peligros, para que no nos hundamos. A nosotros se nos pide que no nos soltemos de la mano. Pase lo que pase, no debemos soltar nunca la mano de Cristo.
El otro elemento que aparece esta noche para explicar el bautismo, junto con el agua, es la luz que brota del fuego. Ser bautizado es dejar que el fuego del amor de Dios llegue a lo más íntimo de nuestro corazón. Antiguamente, al bautismo se le llamaba el “sacramento de la iluminación”. San Pablo llama a los cristianos: los “hijos de la luz”. Jesús nos dijo: “Yo soy la luz del mundo, el que me sigue no camina en tinieblas”.
Hemos de reconocer que la oscuridad, más de una vez, puede ser cómoda. Puedo esconderme en la oscuridad y pasarme la vida durmiendo o haciendo lo que me da la gana. La oscuridad suele ser cómplice de muchas maldades. De hecho, hay muchos hombres que prefieren las tinieblas a la luz, porque la luz es exigente. Sin embargo, lo más cómodo no es siempre lo que hace más feliz. La luz es exigente, como la verdad es exigente, pero solo la verdad nos hace libres. En cambio, el pecado y la oscuridad nos hacen esclavos.
Queridos hermanos: ya sea que hoy seáis bautizaos, o ya sea que hoy renovéis las promesas de vuestro bautismo, vivid como hijos de la luz. Apartémonos de los caminos equivocados, y volvámonos hacia Cristo. Solo él es el camino, la verdad y la vida. Que, con la ayuda de María, todos salgamos de esta Vigilia Pascual transformados, como hijos de la luz, llenos del fuego del amor de Dios. Que así sea.





