San Diego de Alcalá volvió a ser venerado un año más en la Catedral-Magistral en el día de su fiesta

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Cada 13 de noviembre celebramos la festividad de San Diego de Alcalá, franciscano natural de Sevilla fallecido en la ciudad complutense en esa misma fecha de 1463. Un año más, centenares de fieles se han acercado hasta la Catedral-Magistral para venerar el cuerpo del conocido como apóstol de la caridad, rezar ante él y pedirle intercesión.

Según explica el sacerdote Fermín Peiró Manzanares, párroco de San Pedro Apóstol, «San Diego es una figura entrañable, cercana, próxima a nosotros, que nos está recordando permanentemente el valor primordial de la caridad, la atención, especialmente a las personas vulnerables, necesitadas. Se convierte en un referente, en un icono para todos nosotros, los alcalaínos. Y especialmente a los que atienden a las personas necesitadas en Cáritas parroquial, para que nadie se vea privado de la ayuda necesaria, la acogida, la escucha. San Diego era una persona que, dedicada a los oficios más sencillos en el monasterio, en el convento de Santa María, ayudaba a todo aquel que acudía allí, acogiéndole, escuchándole y dándole lo necesario para vivir, y sobre todo dándole a Jesús, sin el cual los hombres no podemos vivir«.

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A lo largo de esta jornada, en la Catedral Magistral se celebran varias Eucaristías por la mañana, además de una Misa solemne a las 19:30h presidida por Mons. Antonio Prieto Lucena, obispo de la Diócesis de Alcalá de Henares.

Caridad con las personas necesitadas en el día de San Diego de Alcalá

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A ello se suma que, con motivo del día de San Diego de Alcalá, canonizado en 1588 por el Papa Sixto V, Cáritas parroquial de San Pedro recoge donativos, alimentos y productos de higiene para la gente necesitada. Al igual que en años anteriores, se podrán dejar las bolsas con las distintas aportaciones en la capilla de San Diego. También podrán depositarse los donativos en los lugares destinados para este fin, que serán señalados por los voluntarios de la parroquia. Además, todos los fieles pueden llevarse su panecillo de San Diego a casa.

Homilía de Mons. Antonio Prieto Lucena en la Misa solemne en el día de San Diego de Alcalá

Queridos hermanos sacerdotes y seminaristas, Sr. Presidente de la Junta de Cofradías y miembros de las Hermandades y Cofradías de nuestra ciudad, Sra. Alcaldesa y miembros de la corporación municipal, Sr. Presidente de la “Institución de Estudios Complutenses”, que tanto trabaja por la difusión de la cultura en nuestro entorno, queridos hermanos todos.

Celebramos con gozo la fiesta de San Diego de Alcalá, que vivió en nuestra ciudad durante siete años, dejando una huella imborrable de vida humilde, dedicada a la oración y a la caridad. Recientemente, el Papa León XIV nos ha regalado una preciosa Exhortación Apostólica, Dilexi te, “sobre el amor a los más pobres”. En ella, el Papa nos pone el ejemplo de grandes santos, de la historia de la Iglesia, que supieron reconocer y servir al mismo Cristo en los más pobres: entre otros, San Juan de Dios, San Camilo de Lelis, San Vicente de Paúl, San Pedro Nolasco o Santa Teresa de Calcuta. Creo que en esta lista gloriosa se podría introducir, con toda justicia, a San Diego de Alcalá.

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Santa Teresa de Jesús dijo de él que era “un fraile que no hacía otra cosa que servir”. Siendo adolescente, en su pueblo natal, San Nicolás del Puerto, en Sevilla, ya se dedicaba a recoger leña, para ganar algo de dinero y dárselo a los pobres. Habiendo tomado el hábito franciscano y destinado a Canarias, luchó denodadamente para que los colonos no esclavizaran a los nativos. Más tarde, encontrándose en Roma, destacó por su atención a los enfermos aquejados por una devastadora epidemia. Finalmente, San Diego vino a Alcalá, al convento de Santa María de Jesús. Venía ya como un fraile maduro, de casi sesenta años. Hasta su muerte, se dedicó a atender a los pobres y enfermos, que le querían como a un padre. En el escapulario de su hábito nunca faltaban los panecillos para los pobres, y cuando era necesario esos panecillos se transformaban en rosas.

Tenemos mucho que aprender de San Diego de Alcalá. Él nos recuerda que nuestra Iglesia está llamada a ser “una Iglesia pobre y para los pobres”. El Papa Francisco contaba que, cuando fue elegido Sumo Pontífice, en el cónclave, al levantarse de su asiento para aceptar esta pesada carga, el cardenal que estaba a su lado le dijo: “no te olvides de los pobres”. En su primera Exhortación Apostólica, el Papa León nos hace esta misma llamada: “no te olvides de los pobres”. Estemos atentos, porque los pobres muchas veces se hacen “invisibles” para nosotros.

En el Evangelio, en la parábola del rico Epulón, se cuenta cómo este rico banqueteaba cada día. Nadaba en la abundancia. En la puerta de su casa pedía limosna el pobre Lázaro, pero nadie daba nada. Solo los perros se le acercaban para lamerle las llagas. Lázaro era un pobre que se había vuelto “invisible”. Nadie le echaba cuentas, como si no existiera.

En el Evangelio también se narra la parábola del Buen Samaritano. Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos bandidos, que lo dejaron medio muerto. Pasaron un sacerdote y un levita y dieron un rodeo. Aquel pobre hombre se volvió “invisible” para ellos, como si no existiera. Solo un samaritano tuvo misericordia, le curó y le llevó a la posada, gastando en él toda su fortuna.

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Queridos hermanos: pidamos al Señor, por intercesión de San Diego, que los pobres nos se vuelvan “invisibles” para nosotros. El Papa Benedicto XVI definía la caridad cristiana como “tener un corazón que ve”. La caridad cristiana nos lleva a conmovernos ante los necesitados y a comprometernos con ellos, dando no solo lo que nos sobra, sino aquello que nos hace falta. Cuando le preguntaban a la Madre Teresa de Calcuta cuánto hay que dar a los pobres, ella decía: “Hay que dar hasta que duela”. Es decir, no basta con dar “cosas”, hay que “darse a uno mismo”.

La mirada de caridad cristiana nos impulsa a descubrir a Cristo en los pobres, porque Cristo se ha identificado con ellos. En parábola del Juicio Final esto aparece claramente. Jesús dice: “Tuve hambre y me distéis de comer; tuve sed y me disteis de beber; fui forastero y me hospedasteis; estuve desnudo y me vestisteis; enfermo y vinisteis a verme”. Entonces, los justos, le preguntan: ¿Cuándo, Señor, hicimos todo esto? Y Jesús responde: “Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis”.

Estas tres palabras de Jesús, “Conmigo lo hicisteis”, deberían quedarse grabadas en nuestra mente y en nuestro corazón. Cristo nos espera en los pobres, en los enfermos, en los marginados, en los emigrantes, en los que sufren en el cuerpo o en el alma. La vida eterna no se juega en teorías, sino en el cuidado esmerado de los demás. Como dice el Papa León, en la Iglesia existe un verdadero “privilegium pauperum”, es decir, que, sin despreciar a nadie, tenemos una especial obligación de cuidar a los más pobres, desde el momento en que Cristo nació en un establo, tuvo que emigrar a Egipto huyendo de la persecución de Herodes y sufrió un rechazo constante a lo largo de su vida pública, hasta morir crucificado como un malhechor. Cuando somos bautizados y pertenecemos a la Iglesia no recibimos un título, para enmarcar y colgar en la pared, recibimos una misión, la misión de arriesgar en los barrancos del mundo, en busca de la oveja perdida, porque allí está Cristo.

Los pobres son la riqueza de la Iglesia. Es muy conocida la historia de San Lorenzo, en los primeros siglos de la Iglesia. Como los cristianos ponían sus bienes en común, las autoridades romanas pensaban que la Iglesia era rica. San Lorenzo era el diácono administrador. Cuando fue apresado, le exigieron que entregara las riquezas de la Iglesia. Él condujo a sus captores a las periferias de Roma, donde estaban los pobres, y les dijo: “estas son las riquezas de la Iglesia”.

San Diego de Alcalá nos invita a ser ricos de esta manera: cuidando de los demás. Conocemos bien las obras de misericordia corporales: dar de comer al hambriento, vestir al desnudo, etc., pero, con frecuencia, olvidamos las obras de misericordia espirituales: enseñar al que no sabe; dar buen consejo al que lo necesita; corregir al que se equivoca; perdonar al que nos ofende; consolar al triste; sufrir con paciencia los defectos del prójimo y rezar por vivos y difuntos.

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Vivimos la caridad cristiana cuando sabemos acogernos unos a otros, superando antipatías; perdonando las ofensas recibidas; llevando con paciencia los defectos de los demás; consolando a los tristes, a los que no encuentran un sentido en la vida; dando formación a los que no la tienen. Como dice San Juan: “Si no amas a tu hermano, al que ves, ¿cómo puedes decir que amas a Dios, al que no ves?”. El amor al prójimo es el criterio de verificación de la religiosidad auténtica. No somos buenos católicos si no somos capaces de perdonar, si nos negamos el saludo, unos a otros, si nos deseamos el mal, si nos encerramos en nuestro egoísmo y comodidad.

San Diego tenía mucha devoción a la Virgen María. Se cuenta que ungía a los enfermos con el aceite de la lamparita que ardía en el altar de la Virgen de su convento, y los enfermos sanaban. Pidamos a María, nuestra Madre, y a San Diego que nos ayuden a sanar las heridas de nuestro corazón de piedra, que no sabe compadecerse de los demás. Y que nos regalen un corazón nuevo, un corazón de carne, que sea capaz de construir la civilización del amor en nuestro mundo. Que así sea.

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