Raquel García vive su fe en la parroquia de la Purificación de Nuestra Señora, en San Fernando de Henares, en la Diócesis de Alcalá de Henares. Está casada con José Miguel y son padres de Elena y Pablo.
Junto a su marido forma parte del ministerio de familias de la Renovación Carismática Católica (RCC). Además, participan en ‘Familias Invencibles’, de la RCC, que ayuda a matrimonios en dificultades.
Este mes de mayo -mes de María- entrevistamos a algunas madres de familia de la Diócesis de Alcalá de Henares para que nos hablen sobre la maternidad, la educación de los hijos o la importancia de Jesús y la Virgen María en sus vidas.
Raquel, entre otros temas, nos ha comentado que en Medjugorje vivió una experiencia que para ella fue un verdadero milagro, nos ha explicado cuáles son los peligros y ventajas de que sus hijos tengan móvil, y ha narrado cómo los momentos más divertidos de la familia los pasan con las abuelas.
Explica en pocas palabras qué es la maternidad
Para mí, la maternidad es un regalo de Dios, un don precioso que nos permite participar de una manera muy especial en el misterio de la vida. Poder acoger, sentir y llevar a un hijo desde su concepción es algo inmenso, casi indescriptible, que habla del amor tan grande con el que hemos sido creadas. También lo vivo como una vocación, un camino en el que cada día aprendo, me equivoco, crezco y vuelvo a empezar. Y en todo ello, siento que Dios está presente, guiando cada paso y dando sentido a cada momento.
¿Te han enseñado a ser madre?
Creo sinceramente que a ser madre se aprende sobre la marcha. No nacemos sabiendo, ni con un manual bajo el brazo. La maternidad es un camino que se va recorriendo día a día, entre aciertos, dudas y mucho amor. Es verdad que tenemos el ejemplo de nuestros padres, y en ellos encontramos una referencia muy valiosa. De alguna manera, también ellos aprendieron así, poco a poco. Por eso, intento quedarme con todo lo bueno que me han regalado como hija, con aquello que me hizo sentir querida, acompañada y segura, para poder ofrecerlo ahora a mis hijos.
Pero si hay algo que tengo claro como madre, es que el amor a un hijo debe ser incondicional. Un amor que no depende de cómo estén, de si aciertan o se equivocan, sino que permanece siempre. Y en esto, miro muchas veces a la Virgen María, porque ella nos enseña a amar con una entrega profunda, fiel y sin reservas.
Ante la situación actual de la sociedad y del mundo en general, hay mujeres que optan por no traer niños al mundo. ¿Qué les dirías?
Creo que vivimos en una sociedad que, muchas veces, nos exige ser perfectas en todo: en el trabajo, en nuestras relaciones, en la vida personal… y también como madres. Es una presión muy grande que puede hacer que muchas mujeres se sientan desbordadas o incluso con miedo a no estar a la altura. En cierto modo, se nos ha transmitido una idea de la mujer que tiene que poder con todo, sin fallar, sin cansarse, sin necesitar ayuda. Y eso no es real. Somos humanas, con límites, y necesitamos sostén, comunidad y comprensión.
Por eso, puedo entender a las mujeres que sienten dudas o que deciden no dar ese paso. Pero también les diría que la maternidad vivida desde el amor es un regalo inmenso. No se trata de ser madres perfectas, sino de amar de verdad, con nuestras luces y nuestras sombras. Y ahí, en esa entrega sencilla y cotidiana, es donde Dios también se hace presente. Quizá el mensaje no sea ‘tienes que poder con todo’, sino más bien: no estás sola, no tienes que ser perfecta, y el amor siempre encuentra su camino.
¿Crees que ha sido determinante la relación con tu madre de cara a tu forma de vivir la maternidad?
Creo que la relación con mi madre, como la de cualquier persona, ha influido en mi manera de entender la maternidad. Al final, es el primer modelo que tenemos y deja una huella importante en cómo vivimos el cuidado, el cariño o incluso los límites. Pero no diría que me ha determinado. Como mujer y como madre, también he tenido que aprender por mí misma, equivocarme, crecer y tomar mis propias decisiones. Cada maternidad es única, y una va descubriendo su propio camino paso a paso.
Me quedo con todo lo bueno que he recibido, con ese amor que me ha construido, pero también he entendido que estoy llamada a vivir mi maternidad de una forma personal, consciente y libre. Y en ese proceso, siento que Dios también guía, ayudándome a discernir, a sanar lo que haga falta y a construir, desde el amor, la madre que quiero ser para mis hijos.

¿Qué es los más bonito que te ha pasado con tus hijos?
Hay muchísimos momentos bonitos que vivo con mis hijos en el día a día, pequeños instantes que llenan el corazón casi sin darte cuenta. Pero si tengo que elegir uno, me quedo con nuestras ‘noches en family‘. Es un momento muy nuestro. Llega el viernes por la noche, nos sentamos todos juntos en el salón y vemos nuestra serie o una película. Puede parecer algo sencillo, pero para nosotros es muy especial. Hay abrazos, risas, miradas cómplices…
A veces Pablete se acurruca conmigo, otras Elena, y también buscan a su padre. Son esos momentos los que te recuerdan que la felicidad muchas veces está en lo más cotidiano, en estar juntos, en sentirse en casa. Y ahí, en esa sencillez, también percibo un regalo de Dios, que se hace presente en el amor que compartimos como familia.
¿Y lo más divertido?
Sin duda, uno de los momentos más divertidos que vivimos en familia es cuando jugamos al ‘lobo’ con las abuelas… ¡son auténticas sesiones de risas! Es un juego de mesa muy entretenido, pero lo mejor no es el juego en sí, sino lo que pasa alrededor. Las abuelas empiezan a liarse, a no entender bien las reglas, a confundirse… y eso lo convierte todo en un caos buenísimo. Nos reímos muchísimo, sin parar, de esas situaciones tan espontáneas que surgen. Son momentos muy sencillos, pero llenos de vida, donde se mezclan generaciones, cariño y alegría.
Actualmente estás estudiando un máster en profesorado ¿Cómo compaginas los estudios con ser esposa y madre?
Lo compagino, sobre todo, con mucha organización. Creo que es clave para poder llegar a todo, aunque siendo sincera, hay días en los que todo se desborda un poco y no sale como una espera. Pero también he aprendido a no exigirme la perfección, a aceptar que no todo va a estar siempre bajo control. Y en medio de ese ritmo, hay algo que tengo muy claro: no estoy sola.
Lo vivimos como un proyecto de Dios para nuestra familia, donde cada uno aporta, donde todos arrimamos el hombro. Mi marido, mis hijos… cada uno, a su manera, forma parte de este camino. Y eso cambia mucho las cosas, porque cuando sabes que caminas acompañada, todo pesa menos y todo cobra más sentido.
¿En qué has cambiado tú desde que te convertiste en madre? ¿Y en qué ha cambiado tu marido?
Es una pregunta que mi marido y yo nos hacemos muchas veces, y siempre coincidimos en lo mismo: la maternidad y la paternidad nos han hecho mejores personas. Hemos crecido en generosidad, porque de repente tu tiempo deja de ser solo tuyo, tus planes, tus prioridades… todo pasa a ser compartido. Aprendes a vivir más en clave de ‘nosotros’ que de ‘yo’. Y en ese camino, el sacrificio por el otro ocupa un lugar importante, no como una carga, sino como una forma de amar que te hace crecer.
Dicho así suena muy bonito, pero también tiene su realidad más exigente. Los hijos, sin quererlo, te llevan muchas veces al límite y sacan de ti aspectos que no te gustan, que no esperabas. Y ahí es donde una también aprende mucho sobre sí misma. Por eso, si algo hemos descubierto en este camino, es la importancia del perdón dentro de la familia. Perdonarnos, comprendernos y volver a empezar. Y en todo ese proceso, siento que Dios también va moldeando nuestro corazón, enseñándonos a amar de una manera más verdadera.
¿Qué destacarías de tu marido?
Si tuviera que destacar algo de mi marido, sin duda sería su generosidad y su espíritu de lucha. Es una persona que se entrega de verdad, especialmente por su familia, y eso es algo que valoro profundamente. Es un luchador nato, en todos los aspectos de su vida: en su trabajo, en su compromiso como padre y como esposo.
No se rinde fácilmente, siempre busca salir adelante y dar lo mejor de sí, incluso en los momentos difíciles. Pero lo que más me llega es que todo ese esfuerzo nace del amor. De ese querer cuidar, sostener y sacar adelante a los suyos.

¿Qué ventajas y qué peligros trae el móvil a tus hijos?
Lo primero que me gusta dejar claro es que no estoy en contra de que mis hijos tengan móvil, siempre que haya un uso responsable, tanto por su parte como por la nuestra como padres. Creo que, bien acompañado, puede ser una herramienta útil. En nuestro caso, Elena tiene móvil con 13 años, y desde el principio sabe que hay normas claras que debe cumplir si quiere seguir utilizándolo. Para nosotros, el móvil no es un derecho sin más, sino una responsabilidad que se aprende poco a poco.
En cuanto a las ventajas, creo que puede favorecer la comunicación, el acceso a información y también cierta autonomía acorde a su edad. Vivimos en una sociedad digital, y aprender a moverse en ella de forma sana también forma parte de su educación. Pero también hay peligros que no podemos ignorar: el exceso de uso, la dependencia, el acceso a contenidos inadecuados o la influencia que pueden tener las redes sociales en su autoestima. Por eso, creo que el papel de los padres es fundamental: acompañar, poner límites y, sobre todo, educar en el criterio y en el uso responsable.
¿Qué recomiendas a las madres que tienen problemas con sus hijos?
Lo primero que les diría es que quieran mucho a sus hijos, especialmente en los momentos difíciles. Los hijos pasan por etapas complicadas, de cambio, de búsqueda… y es precisamente ahí cuando más nos necesitan, aunque a veces no lo sepan expresar. Hay una frase que me encanta y que resume muy bien esto: ‘Quiéreme cuando menos me lo merezca, porque será cuando más lo necesite’. Creo que como madres estamos llamadas a amar así, incluso cuando cuesta.
En segundo lugar, les diría que no tengan miedo de pedir ayuda. A veces pensamos que tenemos que poder con todo solas, y no es así. Gracias a Dios, tanto en la Iglesia como fuera de ella, hay personas y centros de orientación familiar que pueden acompañarte, orientarte y darte luz en momentos de dificultad. Y algo que para mí es fundamental es saber parar y recargar las pilas para poder seguir adelante. La maternidad es exigente, y necesitamos cuidarnos también por dentro. En mi caso, esa fuerza la encuentro en Dios, que es quien me sostiene, me da paz y me ayuda a seguir luchando cada día por mis hijos con esperanza.
¿Tener fe ayuda o te ha ayudado en tu vida como madre?
Sin lugar a duda, la fe ha sido y es un pilar fundamental en mi vida como madre. Es gracias a ella que sigo adelante cada día, sosteniéndome incluso en los momentos en los que siento que no puedo más. La fe me enseña a confiar, a soltar, a aprender cada día desde la humildad. Me recuerda que no todo depende de mí, que hay un sentido más grande en todo lo que vivo y que no camino sola.
Muchas veces pienso que, sin ella, no estaría donde estoy hoy, ni sería capaz de amar como amo a los míos. Porque la fe no solo me sostiene, sino que también transforma mi manera de mirar, de cuidar y de entregarme. Es, en el fondo, la raíz desde la que intento vivir mi maternidad.
¿Qué papel juega la Virgen María en tu vivencia de la maternidad?
La Virgen María ocupa un lugar muy especial en mi vivencia de la maternidad; podría decir que es la protagonista de mi historia. Fue ella quien, de una manera muy clara en mi vida, me regaló a mi hija Elena. Durante un viaje a Medjugorje viví una experiencia que para mí fue un verdadero milagro, porque supuso una sanación profunda en mi corazón. A partir de ahí, todo cambió.
Cuatro años después nació Pablo, y con él seguí experimentando ese amor que siento como un regalo. Como madre, María es mi ejemplo a seguir: su forma de amar, de confiar, de acompañar en silencio y de decir ‘sí’ incluso en la incertidumbre. Mirarla a ella me ayuda a recordar qué tipo de madre quiero ser cada día.

¿Cómo transmites la fe a tus hijos? ¿Rezas con ellos?
Creo que la fe se transmite, sobre todo, a través del ejemplo. Mis hijos ven cómo su padre y yo vivimos nuestra fe en el día a día, en lo sencillo, en cómo afrontamos las cosas y en cómo intentamos poner a Dios en el centro de nuestra vida. También procuramos hacerles partícipes, integrándolos en la vida de nuestra Iglesia y de la parroquia, para que no lo vivan como algo externo, sino como algo propio, cercano y vivido en comunidad. Y sí, claro que rezamos con ellos cada día. Es un momento muy especial, muy nuestro, donde paramos, damos gracias, pedimos y ponemos todo en manos de Dios. Para mí, son instantes únicos que fortalecen no solo la fe, sino también nuestro vínculo como familia.
¿Qué le pides a la Diócesis de Alcalá para las madres de familia y los matrimonios?
A la Diócesis de Alcalá de Henares le pediría, sobre todo, más espacios pensados para la familia. Creo que es una realidad que todavía necesita más atención dentro de nuestras parroquias. Las familias con hijos pequeños vivimos un momento muy concreto, con ritmos intensos y horarios complicados, y muchas veces no encontramos opciones que se adapten a esa realidad. Por eso, echo en falta propuestas más accesibles, con horarios compatibles y espacios donde los niños también puedan estar presentes y formar parte de la vida parroquial.
Me gustaría que se apostara más por acompañar a los matrimonios y a las familias en su día a día, porque es ahí donde se construye mucho de lo que luego vivimos como Iglesia. Al final, se trata de facilitar que las familias no se sientan fuera, sino acogidas, acompañadas y parte activa de la comunidad.





