Mons. Antonio Prieto Lucena, obispo de la Diócesis de Alcalá de Henares, presidió los oficios de Jueves Santo en la Catedral-Magistral de Alcalá de Henares.
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Homilía del obispo de Alcalá de Henares el Jueves Santo de 2026
Queridos sacerdotes, seminaristas y hermanos todos:
Acabamos de escuchar en el Evangelio cuáles eran los sentimientos de Jesús en el momento de instituir la Eucaristía: “habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”. La Eucaristía es el “sacramento del amor”, el “Amor de los amores”. Jesús sabía que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, pero, nos ama tanto, que, al mismo tiempo, quería quedarse con nosotros sacramentalmente. Por eso, instituyó la Eucaristía.
Al instituir la Eucaristía, Jesús instituye una “nueva Pascua”. La Pascua de los judíos era la conmemoración anual de la liberación de la esclavitud de Egipto. Los judíos celebraban que Yahvé había estado grande con ellos: había escuchado el clamor de su pueblo, los había librado del faraón, los había protegido durante la larga travesía por el desierto, y, finalmente, les había regalado la tierra prometida, una tierra fértil, que manaba leche y miel.
En la “nueva Pascua”, Dios da mucho más. Nos da a su Hijo único, al que ofrece como propiciación por nuestros pecados. En la última cena, Jesús nos amó hasta el extremo. El Evangelio de San Juan conserva las palabras de Jesús en la sobremesa de aquella cena memorable. Nos dijo que iba a prepararnos un lugar en el cielo, y que nos llevaría con él. Nos dijo que lo que pidiéramos en su nombre, él nos lo concedería. Nos prometió el Espíritu Santo, que nos llevaría a la verdad plena. Nos dijo que no nos dejaba huérfanos, asegurándonos que un día volvería, con fuerza y poder, para juzgar a vivos y muertos. Nos llamó amigos. Nos pidió que viviéramos unidos a él, como el sarmiento en la vid. Nos insistió machaconamente en que nos amáramos unos a otros, como él nos había amado. Pidió al Padre que nos santificara en la verdad, y que fuéramos “uno”, como lo son él y el Padre, para que el mundo creyera. Nos profetizó que en el mundo tendríamos persecuciones, pero que tuviéramos esperanza, porque él había vencido al mundo.
Sin embargo, a Jesús no le bastó con darnos esta preciosa oración, que, por ser la oración del Hijo de Dios, era más que suficiente para redimir al mundo. El amor de Jesús no se quedó en “palabras”, sino que se tradujo en “obras”. Como dice el refrán castellano, “obras son amores y no buenas razones”. Jesús quiso ofrecernos un gesto que nos entrara por los ojos: el lavatorio de los pies. Un gesto de hospitalidad que, en las casas de los judíos, realizaban los esclavos. Jesús se levantó de la cena, se quitó el manto, se ciñó una toalla y lavó los pies de sus discípulos. Lavó los pies a Judas, que lo traicionó, y a Pedro, que lo negó. El Maestro y el Señor se hace “servidor de todos”, para dejarnos un ejemplo que no debemos olvidar nunca.
Cuando los Apóstoles ya estaban purificados, Jesús instituyó la Eucaristía. Tomó el pan de la cena judía y lo transformó en su cuerpo. Del mismo modo, tomo el cáliz, y, en él, ofreció su sangre. Previamente, en Cafarnaum, Jesús había dicho que “su carne era verdadera comida, y que su sangre era verdadera bebida, de manera que, quien comiera de ese pan y bebiera de ese vino, permanecería en él y tendría vida eterna”. Era un lenguaje tan duro e incomprensible para la mentalidad judía, que muchos, ese día, dejaron de seguirle. Se escandalizaron. Pero Jesús no cambió su discurso. De hecho, preguntó a sus discípulos: “¿También vosotros queréis marcharos?”. Jesús sabía que, si se había encarnado en las entrañas purísimas de María, era para poder ofrecer su cuerpo y su sangre como alimento, como víctima de amor.
Finalizada aquella primera Eucaristía de la historia, Jesús dijo a sus discípulos: “Haced esto en memoria mía”, y, de esa manera, instituyó el sacerdocio católico. Es impresionante: cada vez que un sacerdote pronuncia las palabras de la consagración, Cristo se hace presente en el altar, con la misma entrega sacrificial del Corazón que tenía en la última Cena. En la Misa, el amor hasta el extremo de Jesús se hace presente por ti y por mí, que asistimos a la celebración. Nosotros no estamos en el cenáculo, estamos en la Catedral Magistral de Alcalá de Henares, pero el amor hasta el extremo de Jesús es el mismo, exactamente el mismo, y nos convoca aquí, esta tarde.
Por eso es tan importante recibir la Eucaristía con fe y amor. Un amor excesivo pide una respuesta excesiva. “Toda la vida” sería “poco” para prepararnos para una sola comunión. En tiempos de San Luis Gonzaga, el santo de la pureza, no existía la costumbre de comulgar a diario. Uno podía comulgar solo si su confesor se lo autorizaba. A San Luis Gonzaga, de quien consta que jamás cometió un pecado mortal, su confesor le permitía, como un gran privilegio, que comulgara una vez a la semana, y San Luis Gonzaga dedicaba tres días a prepararse y tres días a dar gracias.
Nosotros somos mucho más indignos que San Luis Gonzaga, y seguramente no nos preparamos como él para la sagrada comunión. Esto explica por qué nuestras comuniones no son tan fructuosas. Tenemos que pedir ayuda a la Virgen María, para que nos enseñe a comulgar. A mí me emociona ver a algunas madres de familia, que enseñan a sus hijos a comulgar bien. Les preguntan si han confesado y están en gracia de Dios, recitan con ellos con ellos alguna oración antes de comulgar, les animan a no distraerse; y, después de comulgar, incluso les proponen algunas intenciones para que sus hijos se las pidan a Jesús. Lo mismo quiere hacer la Virgen María con nosotros. Si vamos a comulgar de la mano de María, ella aportará a nuestra comunión la dignidad que a nosotros nos falta.
El Papa Urbano IV, en el siglo XIII, era un gran enamorado de la Eucaristía. Fue el Papa que instituyó la fiesta del Corpus Christi. Para solemnizar esta fiesta pidió a los mejores teólogos del momento que compusieran los himnos litúrgicos, concretamente se lo pidió a Santo Tomás de Aquino, que era dominico, y a San Buenaventura, que era franciscano. Pasado un tiempo, los teólogos se reunieron con el Papa para mostrarle sus composiciones. Cuando Santo Tomás de Aquino empezó a recitar el “Pange lingua”, a San Buenaventura le pareció tan hermoso que, por debajo de la mesa, iba rompiendo los papeles con los himnos que él había compuesto. Fue un gesto de humildad que revelaba la santidad de aquellos grandes hombres.
Todavía hoy son los himnos que cantamos ante Jesús Eucaristía. Dice así el “Pange lingua”: “Que la lengua humana cante este misterio: la preciosa sangre y el precioso cuerpo. Quien nació de Virgen, Rey del universo, por salvar el mundo, dio su sangre en precio. Se entregó a nosotros, se nos dio naciendo de una casta Virgen; y acabado el tiempo, tras haber sembrado la Palabra al pueblo, coronó su obra con prodigio excelso”. Sabemos que, en 1273, después de celebrar la Misa, Santo Tomás de Aquino dejó de escribir su Suma Teológica. La dejó inacabada. Tuvo tal experiencia del amor de Jesús en la Eucaristía, que todas las palabras humanas le parecían insustanciales. Su secretario, Fray Reginaldo, le insistía: “Padre Tomás, que hemos de terminar la Suma Teológica”, pero Santo Tomás no escribió más: ante el misterio de la Eucaristía todo lo que había escrito le parecía que no era más que un montón de paja.
Hoy es Jueves Santo, el día de la institución de la Eucaristía y del sacerdocio, el día del amor fraterno. En el Antiguo Testamento, se dice que el maná que Dios envió a su pueblo en el desierto ofrecía todas las delicias y satisfacía todos los gustos. Se adaptaba al deseo del que lo comía. Se transformaba en lo que cada uno quería. Si esto hacía el maná, que no hará la Eucaristía. Que María, nuestra Madre, nos enseñe a llevar una vida profundamente eucarística. Que así sea.
Procesiones de Jueves Santo en Alcalá de Henares
Tras los Oficios de Jueves Santo, Mons. Prieto Lucena acompañó a varios pasos procesionales por las calles y plazas del casco histórico de Alcalá de Henares.
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