El obispo preside el Domingo de Ramos en Alcalá de Henares: «Embellezcamos el rostro de la Iglesia con una vida santa»

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El 29 de marzo de 2026 se celebró el Domingo de Ramos. Mons. Antonio Prieto Lucena, obispo de la Diócesis de Alcalá de Henares, presidió las celebraciones en la ciudad complutense. Tras la bendición de los ramos y palmas en el patio de armas del palacio arzobispal, acompañó al paso procesional por las calles del casco histórico hasta la Catedral-Magistral, donde celebró la Eucaristía.

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Homilía del obispo de Alcalá en la Santa Misa de Domingo de Ramos 2026

Queridos hermanos sacerdotes y hermanos todos:

Cada año, el Domingo de Ramos, conmemoramos la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén. Acompañamos a Jesús, por las calles de Jerusalén, subido en un asno y aclamado por su pueblo, con ramas de olivos, pero no debemos olvidar que esta fue la última etapa de un camino muy largo, que había comenzado en Galilea.

Efectivamente, Jesús comenzó su camino desde lejos, acompañado por sus discípulos y por una multitud creciente de peregrinos. Durante ese camino, Jesús anunció su pasión a sus discípulos, lo cual quiere decir que no solo estaba realizando un camino exterior, sino un camino interior. En su Corazón, se estaba preparando para el sacrificio redentor. No solo estaba subiendo hacia Jerusalén, desde la llanura de Galilea, sino que también estaba subiendo hasta la Cruz, para dar la vida por nosotros.

Se acercaba la fiesta de la Pascua, y, como buen judío, Jesús se dirigía hacia el templo de Jerusalén, el lugar donde Dios había querido fijar su morada. Dios es infinito, ningún lugar puede contenerlo, pero Dios quiso fijar su morada en el templo, para que el hombre tuviera un lugar donde encontrarlo y donde poder adorarlo.

Jesús amaba el templo de Jerusalén. Cuando tenía doce años, quiso quedarse allí, para desconcierto de sus padres. Les dijo que “tenía que estar en las cosas de su Padre”, luego Jesús reconocía la presencia de su Padre Dios en el templo, y amaba mucho el templo. Sin embargo, también sufría mucho por la situación del templo en aquel momento, ya que había dejado de ser una “casa de oración” y se había convertido en una “cueva de ladrones”.

Los Evangelios nos narran que, después de entrar Jesús en Jerusalén, el Domingo de Ramos, Jesús lloró sobre Jerusalén. En Tierra Santa hay un templo católico, en el monte de los olivos, que recuerda este hecho. Se le llama la iglesia del “Dominus flevit”, es decir, “donde Jesús lloró”. Jesús lloró porque veía la cerrazón del corazón de los hombres. Sabía que los mismos que le aclamaban, días después gritarían: “¡Crucifícalo, crucifícalo!”. Sabemos también que Jesús pasó la tarde del Domingo de Ramos en Betania, en la casa de sus amigos, donde podía encontrar corazones abiertos, capaces de escuchar su palabra y comprenderle.

El Lunes Santo, sin embargo, Jesús volvió al templo y expulsó a los mercaderes que estaban allí. Los mercaderes estaban allí con permiso de los Sumos Sacerdotes. De alguna manera, podemos decir que su presencia era necesaria. Los judíos tenían que comprar animales, para sacrificarlos en el templo. También hacían falta cambistas, ya que en el templo no podían entrar monedas que llevaran la efigie del Emperador de Roma, por ser esto un acto de idolatría, y los cambistas permutaban estas monedas sacrílegas por monedas que no tenían imágenes. Todo esto se hacía con permiso de las autoridades religiosas, que se llevaban un margen de los beneficios de los mercaderes. Esto Jesús no podía tolerarlo.

El comercio se realizaba en el atrio de los gentiles. Cuando se construyó el templo de Jerusalén, se diseñó un sistema de atrios o patíos, que conducían hasta el Sancta Sanctorum, hasta el Santo de los Santos, donde se encontraba el Arca de la Alianza. El primero de estos patios era para los gentiles, es decir, para los no judíos. Los diseñadores del templo pensaron que también ellos tenían derecho a encontrarse con Dios. Quizá entrando en este patio pudieran recibir la luz de la fe, e ir profundizando en su relación con Dios. Era una idea genial, que mostraba que Dios no rechaza a nadie y que abre su corazón a todos. Pero, en tiempos de Jesús, los mercaderes habían ocupado toda aquella zona, convirtiendo la casa de oración en una cueva de ladrones.

Eso Jesús no podía tolerarlo, por eso expulsó a los mercaderes del templo. Precisamente, uno de sus objetivos principales al entrar triunfalmente en Jerusalén era expulsar a los mercaderes del templo. Jesús sufría al comprobar que personas no creyentes, pero de buena voluntad, que querían acercarse a Dios, lo que se encontraban era un comercio, donde el “dios” que se adoraba era la codicia y la ambición. Nosotros, como Iglesia, somos ahora el templo de Dios, y puede ocurrir que muchas personas, que nos miran, se escandalicen de nosotros, y no den el paso de la fe hacia el Dios verdadero. El gesto de Jesús, expulsando a los mercaderes del templo, al entrar en Jerusalén, debe hacernos reflexionar: ¿Qué actitudes hay en mi vida que son un escándalo para los demás? ¿Cuáles son los ídolos que introduzco en el templo de mi corazón y que compiten con el Dios verdadero?

El Domingo de Ramos es el pórtico de la Semana Santa. En este Domingo de Ramos, dejémonos purificar por el Señor. Dejemos que Cristo arroje de nuestro corazón, de nuestra vida y de nuestra Iglesia, todo lo que es contrario a Él. Nuestros pecados son como una carcoma que va desfigurando, poco a poco, el rostro de nuestra Madre, la Iglesia. Embellezcamos el rostro de la Iglesia con una vida santa: con una vida de oración y de servicio al prójimo. Salgamos al encuentro de los que están en las cunetas de la vida, en las periferias existenciales, como le gustaba decir al Papa Francisco. Pidamos a Jesús un corazón nuevo, y un espíritu nuevo, para que, en esta Semana Santa, celebremos los misterios de nuestra fe “en espíritu y en verdad”. A todos les deseo una feliz Semana Santa. Que así sea.

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