El obispo de Alcalá en el Domingo de Resurrección 2026: «Jesucristo ha resucitado, la muerte no tiene dominio sobre Él»

El 5 de abril de 2026 celebramos el Domingo de Resurrección. A las 11 de la mañana se produjo el encuentro entre Jesucristo y la Virgen María en el patio armas del Palacio Arzobispal de Alcalá de Henares.

Allí se congregó un amplio número de fieles, en una cita que este año no se pudo llevar a cabo en su lugar habitual -la plaza de los Santos Niños- a causa de las obras.

 

Posteriormente, Mons. Antonio Prieto Lucena presidió la celebración de la Eucaristía en la Catedral-Magistral de Alcalá de Henares.

Homilía del obispo de Alcalá el Domingo de Resurrección 2026

Queridos sacerdotes, seminaristas y hermanos todos en el Señor:

Decía San Agustín que “la fe de los cristianos es la resurrección de Cristo”. Es una gran verdad. Todo el mundo cree que Jesucristo murió. En tiempos de Cristo, sus enemigos no dudaron de que había muerto. En el Calvario, un centurión atravesó su costado con la lanza para testimoniar la muerte. De la muerte de Cristo hablan los historiadores paganos, como Tácito y Suetonio, pero solo los cristianos creemos en la resurrección. Tiene razón San Agustín, por lo tanto, cuando dice que “la fe de los cristianos es la resurrección de Cristo”. De hecho, no seríamos cristianos si no creyéramos en la resurrección, ya que la resurrección es el fundamento de nuestra fe. San Pablo dice: “si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe, y nosotros somos los más desgraciados de toda la humanidad”.

Podríamos preguntarnos: ¿por qué la resurrección de Cristo es el fundamento de nuestra fe? La respuesta es porque la resurrección certifica que “Cristo es en verdad quien pretendía ser”: el Hijo de Dios. La resurrección es la garantía de la verdad de Cristo. Durante la vida terrena de Cristo, algunos pensaban que era un lunático y un impostor, pero la resurrección derriba estas acusaciones.

En la historia, ha habido personajes que han muerto por una causa. Existen personajes históricos que han dado la vida incluso por causas equivocadas, como pueden ser los totalitarismos del siglo XX. En este sentido, podríamos decir que Hitler dio la vida por el nacismo, o Stalin por el comunismo. Si Cristo no hubiera resucitado, podríamos decir que “Cristo dio la vida por el Cristianismo”. Sin embargo, el Cristianismo es mucho más que una causa histórica. Hitler o Stalin no resucitaron, pero Cristo sí, y su resurrección es la prueba que certifica la verdad de su misión en el mundo.

En la vida de Cristo hay un momento en el que su misión pareció quedar desacreditada: “el momento de la Cruz”. Estando en la Cruz, muchos decían: “si es el Mesías, que baje de la cruz. A otros ha salvado, que se salve a sí mismo”. Pero Cristo no bajó de la Cruz. Incluso se le escuchó decir: “Padre, ¿por qué me has abandonado?”. Sin la resurrección, la muerte de Cristo hubiera sido la muerte de un fracasado. Alguien que predicó muy bien, que incluso hizo milagros y tuvo discípulos, pero finalmente fracasó. Sin embargo, la resurrección hace que “la piedra que desecharon los arquitectos se convierta ahora en la piedra angular”. Resucitando a Jesús, el Padre eterno lo asume en su gloria, de manera que nosotros adoramos a Cristo crucificado, porque descubrimos en su rostro “la gloria del Padre”.

La noticia de la resurrección, por lo tanto, nos llena de alegría. Jesucristo ha resucitado, la muerte no tiene dominio sobre Él. Está sentado a la derecha del Padre, y continuamente intercede por nosotros. De hecho, esperamos que, al final de los tiempos, vendrá con poder y gloria, para juzgar a vivos y muertos, y sabemos que su Reino no tendrá fin.

Con la resurrección de Cristo se inaugura una nueva forma de vida en el mundo. Una forma de vida que no existía antes de la resurrección. Es la vida sobrenatural, la vida de la gracia. Nosotros nacemos a esa vida nueva en nuestro bautismo, y esa vida nueva tiene que dar en nosotros frutos de santidad. San Pablo nos dice: “si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de allá arriba, no las de la tierra”. Esa vida nueva es la vida cristiana, que asume nuestra vida humana, y la eleva y la purifica.

La resurrección de Cristo certifica que Él sigue vivo en su Iglesia. Cristo está vivo en la Eucaristía, se hace presente cuando dos o tres cristianos se reúnen en su nombre, y nos ha prometido que estará siempre con nosotros hasta el final de los tiempos.

Queridos hermanos: el Señor ha resucitado y estamos alegres. Desde tiempos inmemoriales, expresamos esta alegría con la palabra “aleluya”, que en hebreo significa: “alabad al Señor”. Es una de esas palabras del hebreo que no se tradujeron ni al griego, ni al latín, y que tampoco se han traducido al castellano. Es como la palabra hebrea “amén”. Son palabras tan cargadas de contenido religioso, que perderían su fuerza al ser traducidas.

Al cantar el aleluya de la resurrección, el corazón se nos llena de esperanza. Significa que “Jesús es el Señor”, el Señor que ha vencido a la muerte, al fracaso, a la enfermedad, a la soledad, a la tribulación, al dolor, al sufrimiento, etc, etc. Si Cristo ha resucitado, tenemos la certeza de que todo lo negativo de este mundo no durará para siempre, y no tendrá la última palabra.
Si Cristo ha resucitado, resucitemos con Él. Nadie como la Virgen María se alegra de la resurrección de su Hijo. Con toda la Iglesia, nos unimos a esta alegría de Pascua ¡Feliz Pascua de Resurrección, queridos hermanos! Aleluya. Que así sea.

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