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La Diócesis de Alcalá celebra el Corpus Christi

procesion corpus 2025 diocesis de alcala de henares

Muchos municipios de la diócesis de Alcalá de Henares celebraron el domingo 22 de junio de 2025 la solemnidad del Corpus Christi. La procesión principal tuvo lugar por la tarde en la ciudad complutense entre la Catedral-Magistral y la parroquia de Santa María. Estuvo precedida por la oración de vísperas.

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Tras el rezo de vísperas presididas por Mons. Antonio Prieto Lucena, obispo de Alcalá de Henares, comenzó la procesión con el Santísimo Sacramento en la custodia, que recorrió las calles haciendo estaciones en varios altares preparados con esmero y dedicación.

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En la plaza de Cervantes, el obispo indicó que llegamos a este lugar «acompañando a Jesús sacramentado, que quiere bendecir nuestra ciudad y nuestras familias. Damos gracias a Jesús, que ha querido quedarse con nosotros en la Eucaristía ¡a Él sea todo el honor y la gloria!» y, antes de la bendición con el Santísimo, pidió «a Jesús por la paz en Oriente Medio, en Ucrania, en Nigeria, en Sudán y en tantos países que sufren la guerra. Como decía el Papa León esta mañana: ‘La guerra no resuelve los problemas, sino que los amplifica y produce heridas profundas en la historia de los pueblos, que tardan generaciones en cicatrizar. Ninguna victoria armada podrá compensar el dolor de las madres, el miedo de los niños ni el futuro robado'».

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La procesión concluyó a las nueve y media de la noche en la parroquia de Santa María, donde el obispo bendijo con el Santísimo y se rezó la Salve Regina.

Misa por la mañana en la Catedral-Magistral de Alcalá

Por la mañana, el obispo complutense presidió la Santa Misa en la Catedral-Magistral y en ella recordó que «nunca deberíamos acostumbrarnos al milagro de la Eucaristía, ni vivirlo con rutina. Es el mismo Jesucristo, Dios y hombre verdadero, el que está en la Eucaristía, con su cuerpo, con su sangre, con su alma y su divinidad. No es un símbolo de Jesucristo, es Jesucristo mismo, que vive y nos ama escondido bajo las especies de pan y de vino».

Se puede leer la homilía completa de la Misa de Corpus Christi a continuación.

Homilía del obispo de Alcalá en el Corpus Christi 2025

Queridos hermanos sacerdotes y hermanos todos:

Celebramos la gran fiesta del Corpus Christi, en la que damos gracias a Dios por quedarse con nosotros en la eucaristía. “Yo estaré con vosotros, todos los días, hasta el fin del mundo”, nos dice el Señor. Jesús instituyó la eucaristía y el sacerdocio el Jueves Santo, cuando “habiendo amado a los suyos que estaban en este mundo, los amó hasta el extremo”. La eucaristía es un misterio de amor, es el “amor de los amores”, como cantamos. Nunca deberíamos acostumbrarnos al milagro de la eucaristía, ni vivirlo con rutina. Es el mismo Jesucristo, Dios y hombre verdadero, el que está en la eucaristía, con su cuerpo, con su sangre, con su alma y su divinidad. No es un símbolo de Jesucristo, es Jesucristo mismo, que vive y nos ama escondido bajo las especies de pan y de vino.

El Evangelio de la multiplicación de los panes, que hemos escuchado, es una prefiguración del misterio de la eucaristía. Contemplamos la generosidad de Jesús, que se compadece de toda aquella gente que lo había seguido para escuchar su palabra y para presentarle a los enfermos. El día comenzaba a declinar y Jesús es consciente de que están cansados y tienen hambre. Ante esta situación, los Apóstoles proponen una solución razonable: despedir a la gente para que vayan a los pueblos cercanos y puedan comprar alimentos; pero Jesús reacciona de una manera sorprendente: “dadles vosotros de comer”.

Jesús parece haberse vuelto loco. Es imposible encontrar comida para tanta gente. Solo hay cinco panes y dos peces. Sin embargo, lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios. Jesús toma el pan, eleva los ojos al cielo y pronuncia la bendición. A continuación, comienza el reparto del pan bendecido. Eran unos cinco mil hombres y todos se saciaron, y aún sobraron doce cestos de trozos de pan.

El milagro no se habría producido sin la bendición de Jesús, es decir, sin su unión con el Padre. Se trata de un milagro profético, que hace pensar en la institución de la eucaristía, que es un milagro mucho mayor. Si en la multiplicación de los panes, Jesús dijo a los apóstoles: “dadles vosotros de comer”, ahora, en la institución de la eucaristía les dice: “haced esto en memoria mía”. Desde el primer Jueves Santo, el milagro eucarístico se repite todos los días, en cada altar y en la cada celebración de la Santa Misa. Jesús es consciente de nuestro cansancio, de nuestra hambre espiritual, de las enfermedades del alma, y por eso quiere darnos el alimento y la medicina de su cuerpo y de su sangre.

En la segunda lectura, San Pablo, con toda solemnidad, nos narra cómo fue la institución de la eucaristía, subrayando que dicha institución fue “la noche en la que Jesús iba a ser entregado”. Jesús instituyó la Eucaristía en unas circunstancias nada fáciles, cuando Judas le estaba traicionando y se acercaba su dolorosa pasión. Jesús era consciente de esta realidad, por eso comienza la cena con un gran dolor en su Corazón: “en verdad os digo que uno de vosotros me entregará”. Jesús sabe que le esperan toda suerte de humillaciones, desprecios y sufrimientos, y, antes de que lleguen, instituye la eucaristía. Antes de que llegue el dolor, Jesús se adelante ofreciéndose por completo: “tomad, comed, esto es mi cuerpo; tomad, bebed, este es el cáliz de la nueva alianza en mi sangre”.

Este ofrecimiento de Jesús lo cambia todo. No es lo mismo soportar un sufrimiento involuntariamente, que ofrecerse a sufrir por amor. Aunque el resultado sea el mismo: la defunción, no es lo mismo “sufrir la muerte” que “ofrecer la vida”. Ofreciendo su vida por amor, Jesús cambia el significado de la traición, de las humillaciones y del sufrimiento de la pasión. Todo esto, tan desagradable para nuestra naturaleza, es asumido por amor y de esa manera es transformado. Donde hay odio e injusticia, Jesús pone amor, un amor más grande que el odio. Un amor que sale victorioso, de manera que no vence el mal, sino el bien. Ya no vence la muerte, sino la vida.

Cuando recibimos la comunión, en la Misa, recibimos este dinamismo del amor victorioso. Cada uno de nosotros también tiene un cáliz que beber, como lo bebió Jesús, o, más bien, muchos cálices que beber. A la puerta de nuestra vida también llaman las humillaciones, los desprecios, la injusticia, el sufrimiento y el dolor. Nuestra actitud tiene que ser la de Jesús: vencer el mal a fuerza de bien. No pagar las ofensas con la misma moneda, entrar por caminos de perdón. El rencor, cuando lo guardamos en el corazón, es como un veneno que circula por nuestras venas y que acaba intoxicándonos.

Participando en la eucaristía, puede realizarse también en nosotros la victoria del amor. El Papa San Juan XXIII vivió esta experiencia cuando fue enviado como delegado apostólico en Bulgaria y Turquía. Allí, el catolicismo era casi insignificante. Nadie le hacía caso, le humillaban continuamente y además eran los años de la segunda guerra mundial. Siendo el representante del Papa en aquellos lugares, su vida estaba como eclipsada, como si fuera un ermitaño. Sin embargo, salió reforzado de aquella prueba. Decía que, estando cerca de Jesús eucaristía había aprendido a “tragar amargo y escupir dulce”.

La eucaristía tiene esta capacidad de introducirnos en el reino del amor, de hacernos capaces de salir victoriosos incluso de las circunstancias más injustas, dolorosas y humillantes. Con Jesús, como San Juan XXIII, podemos “tragar amargo y escupir dulce”. Con Jesús, el odio y el rencor pueden reciclarse en nuestro corazón y convertirse en amor y en perdón.

La primera lectura nos da una luz complementaria: aparece la figura de Melquisedec, un sacerdote misterioso del Antiguo Testamento, que no ofrecía a Dios víctimas de animales, sino pan y vino. Es otra prefiguración de la eucaristía. En ella, Jesús también actúa como sacerdote, pero un sacerdote del todo especial, ya que no ofrece la sangre de animales, sino su propia sangre. Es al mismo tiempo el sacerdote y la víctima. Su sacrificio es más perfecto. Inmolar un animal es sacrificio en cuanto que supone una pérdida para su propietario, pero el animal no tiene conciencia. En cambio, Jesús sí que tenía conciencia, y, con plena conciencia, se ofreció a sí mismo, para la salvación del mundo. Por eso, su sacrificio inaugura una nueva alianza entre Dios y los hombres. Su sacrificio nos pone en relación con Dios y con los hermanos de manera insuperable.

El día del Corpus Christi es también el “día de Cáritas”. El dinamismo de la eucaristía nos impulsa a vivir el servicio a los más necesitados. Como decía el Papa Francisco, el Sacramento de la eucaristía nos conduce al Sacramento del pobre. Cristo está presente en la eucaristía y también está presente en los pobres, aunque de manera diferente. El día del juicio, Jesús nos dirá: “tuve hambre y me distéis de comer”. Nosotros responderemos: “¿cuándo, Señor?”. Y él nos responderá: “cuando lo hicisteis con uno de mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis”.

No olvidemos nunca estas tres palabras de Jesús: “conmigo lo hicisteis”. Jesús se ha identificado con los pobres. Ellos son sus preferidos. En este día del Corpus quiero agradecer a nuestra Cáritas diocesana y a todas las Cáritas parroquiales su servicio a los más necesitados. Sin el servicio a los más pobres, nuestro culto a la eucaristía estaría vacío. San Juan Crisóstomo exclama con elocuencia: “¿Queréis de verdad honrar el cuerpo de Cristo? No consintáis que esté desnudo. No lo honréis aquí con vestidos de seda y fuera le dejéis padecer de frío y desnudez. ¿Qué le aprovecha al Señor que su mesa esté llena de vasos de oro, si Él se consume de hambre? Saciad primero su hambre y luego, de lo que os sobre, adornad también su mesa. Al hablar así, no es que prohíba que también en el adorno de la iglesia se ponga empeño; a lo que exhorto es que, antes de eso, se procure el socorro de los pobres. Mientras adornas la casa, no abandones a tu hermano en la tribulación, pues él es un templo más precioso que el otro”.

Que la Virgen María, mujer eucarística por excelencia, nos ayude a profundizar cada día más en el misterio de la eucaristía y en su dinamismo de amor y servicio a los demás. Que así sea.

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