El obispo de Alcalá clausura el Año Jubilar 2025: «Seamos misioneros desde una búsqueda constante de la santidad y de la comunión»

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El domingo 28 de diciembre de 2025, Fiesta de la Sagrada Familia y día de los Santos Inocentes, la Diócesis de Alcalá de Henares clausuró el Año Jubilar 2025. Mons. Antonio Prieto Lucena presidió la celebración de la Eucaristía en la Catedral-Magistral de Alcalá de Henares.

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Homilía del obispo de Alcalá en la Santa Misa de Clausura del Año Jubilar 2025

Queridos sacerdotes y seminaristas, consagrados y hermanos todos en el Señor:

En el contexto de la Fiesta de la Sagrada Familia, clausuramos en nuestra Diócesis el “Año Jubilar de la Esperanza”. Hace un año, nos congregábamos en la Parroquia de Santa María, para venir en procesión jubilar hasta nuestra Catedral Magistral. La “Cruz de Guía” pertenecía a las Carmelitas Descalzas de Alcalá, para expresar la presencia escondida de todas las comunidades contemplativas de nuestra Diócesis, que han rezado durante todo este año por nosotros desde sus Monasterios. Veníamos organizados por vicarías territoriales, cada una de ellas identificada por una “Cruz”, confeccionada por los presos de la cárcel de Estremera, que se unían de este modo a nuestra peregrinación. Estas Cruces se trasladaron después a los diferentes templos jubilares de nuestra Diócesis, en Algete, en Mejorada del Campo y en Arganda del Rey, que se han convertido este año, junto a la Catedral, en lugares de peregrinación, donde alcanzar el preciado don de la indulgencia plenaria.

Siguiendo las directrices de la Bula de convocatoria del Jubileo, de nuestro difunto Papa Francisco, durante estos doce meses, como Iglesia diocesana, hemos querido ser “peregrinos de esperanza”, para convertirnos en “misioneros de la esperanza”. Quiero dar las gracias a todos los que han colaborado en la organización de las diferentes peregrinaciones y actividades jubilares: vicarios episcopales, arciprestes, sacerdotes, delegados diocesanos, consagrados, miembros de las diferentes asociaciones y movimientos, y a todos los fieles laicos, que han querido responder a esta convocatoria del Santo Padre para la Iglesia universal.

Como Obispo diocesano, para expresar el carisma de la comunión que se me ha confiado, he tratado de hacerme presente en muchas de estas actividades jubilares, que he vivido con un gozo particular. Entre ellas, señalaría los actos jubilares celebrados en los centros penitenciarios de Estremera y de Alcalá-Meco, las Eucaristías jubilares por vicarías, los Jubileos de la vida consagrada, de pastoral de la salud, de migraciones, de los voluntarios de Cáritas, de misiones, de pastoral familiar, de pastoral del trabajo, de las Hermandades y Cofradías, de los Colegios concertados, de los profesores de religión, de Vida Ascendente, de los catequistas y de las personas con discapacidad, entre otros.
En el mes de febrero, tuve la dicha de peregrinar a Roma, y a otras ciudades de Italia, con los vicarios episcopales, con un grupo de sacerdotes, con los formadores y seminaristas de nuestros Seminarios, y con un centenar de laicos, para atravesar la Puerta Santa de la Basílica de San Pedro en el Vaticano. Fueron unos días de gozo, de gracia y de mucha comunión diocesana.

Los adolescentes y jóvenes han tenido un protagonismo especial en este Año Jubilar. Los adolescentes pudieron peregrinar a Roma en el mes de abril, donde hicieron buenos amigos en las parroquias de acogida, que después vinieron a visitarles en verano; y un centenar de jóvenes complutenses se unió a más de un millón de coetáneos suyos, de todo el mundo, en el Jubileo de los jóvenes con el Papa León XIV, a finales de julio y primeros de agosto. En el mes de septiembre, nuestros adolescentes y jóvenes fueron convocados a un nuevo encuentro jubilar, en este caso, en la Catedral de la Almudena, donde se congregaron cerca de seis mil adolescentes y jóvenes de Madrid, Getafe y Alcalá.

Aunque la peregrinación de multitudes ha sido un gesto expresivo de este Año Jubilar, no podemos olvidar que la peregrinación es un “medio”, no un “fin” en sí misma. La peregrinación no es “turismo religioso”, es una ocasión privilegiada para el encuentro personal con Jesucristo, que es la finalidad del Jubileo. De otro modo, podríamos caer en el defecto que señala el adagio latino: “qui multum peregrinantur, raro sanctificantur”, es decir, “quien mucho peregrina, poco se santifica”. No ha sido así en nuestro caso. Mi impresión es que nuestros actos jubilares han nacido de un profundo deseo de conversión y de renovación interior. Creo que no solo hemos vivido “eventos” puntuales, sino que se han puesto en marcha “procesos” de colaboración y de trabajo en equipo, de los que podemos seguir esperando más frutos en el futuro.

Quiero agradecer de manera especial a los sacerdotes, que han estado disponibles para celebrar el sacramento de la penitencia, y a los profesores, catequistas y monitores, que se han esforzado en explicar el significado más teológico y espiritual del Jubileo a todos los participantes. Sin este trabajo oculto de cultivo de la vida espiritual, en la oración personal, en la familia, en la catequesis, en el Colegio y en la Parroquia, el Jubileo no podría producir la fecundidad esperada.

El Año Jubilar que concluimos ha estado marcado por la muerte del Papa Francisco, el 21 de abril, y por la elección del Papa León XIV, el 8 de mayo. El Papa Francisco no ha podido concluir el Jubileo que él mismo convocó e inauguró, pero nos ha dejado como herencia la ilusión y la pasión por la evangelización. Decía que una Iglesia que no vive para evangelizar se atrofia y pierde su identidad más profunda. Quería una “Iglesia en salida”, que se convirtiera en un “hospital de campaña”, para acoger a todos.

En esta línea, el Papa León XIV, además de llamarnos a la misión, también nos está invitando insistentemente a vivir la comunión. En su reciente discurso a la Curia romana, decía que la tarea de la comunión es, para la Iglesia de nuestros días, más urgente que nunca. La comunión – decía el Papa – exige nuestra conversión diaria, para no ser víctimas de la rigidez y las ideologías, que siembran la división entre nosotros. La comunión se construye día a día, con pequeños gestos y actitudes de confianza mutua, que nos convierten en hermanos y amigos. En cambio, cuando en nuestras relaciones entra el afán de sobresalir, cuando usamos máscaras y engaños, cuando las personas son usadas y pasadas por encima, entonces se genera un clima de amargura, de insatisfacciones y rencores, que nos hace sufrir y nos impide caminar.

Recojamos, como Diócesis Complutense, las orientaciones de estos dos grandes pastores de la Iglesia. “En comunión y santidad, seamos misioneros de la acogida y la esperanza”. Este lema, que sintoniza con las orientaciones del Papa, y que nació de la reflexión de los Consejos diocesanos a comienzo del curso pasado, nos ha acompañado durante todo el Año Jubilar. Hemos querido vivir el Jubileo como una renovación de nuestro ardor misionero y de nuestra comunión fraterna. Hemos sido “peregrinos de esperanza”, y ahora queremos ser “misioneros de la esperanza”, de la esperanza que no defrauda, que es Cristo Resucitado. Pero seamos misioneros desde una búsqueda constante de la santidad y de la comunión. Sin una honda vida espiritual, no tendríamos nada que comunicar al mundo. Y sin una profunda comunión entre nosotros, no podríamos ser un signo creíble para la evangelización de nuestro mundo. Parafraseando el lema del Papa León XIV, estamos llamados a ser “uno en el Uno”, para que el mundo crea.

En la segunda lectura, San Pablo lo ha expresado de manera admirable: “Como elegidos de Dios, revestíos de compasión entrañable, bondad, humildad, mansedumbre, paciencia. Sobrellevaos mutuamente y perdonaos cuando uno tenga quejas contra otro. Y por encima de todo esto, el amor, que es el vínculo de la unidad perfecta”. Ayer celebrábamos la fiesta de San Juan Evangelista, el Discípulo amado. San Juan escribió su Evangelio muy tardíamente, siendo ya un anciano. San Jerónimo nos cuenta que cuando los obispos, presbíteros y laicos iban a consultarle, por su autoridad como último Apóstol que quedaba vivo, San Juan siempre decía lo mismo: “Hijitos, amaos los unos a los otros”. Al preguntarle, en cierta ocasión, por el motivo de esta insistencia, San Juan respondió: “Digo que os améis porque este es el mandamiento del Señor, y, cumpliendo esto, se cumple todo”.

Queridos hermanos: “El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres”. Demos gracias a Dios por tantos dones y tantas gracias recibidas durante el Año Jubilar. Entre esas gracias, hay que destacar la elección como Obispo de Albacete de un presbítero de nuestra Diócesis, D. Ángel Román, que recibió la ordenación episcopal el pasado tres de mayo. Otro regalo ha sido la ordenación de dos presbíteros y tres diáconos, para el servicio de nuestra Diócesis. Dios no se olvida de su pueblo y nos sigue enviando pastores, que nos apacienten con saber y acierto.

Sigamos pidiendo por las vocaciones y sigamos trabajando en la pastoral de Infancia y Juventud. Como los Apóstoles, no nos cansemos de remar mar adentro, y de echar nuestras redes en el nombre del Señor. Como os decía en la carta pastoral de comienzo de curso, tenemos que ayudar al Señor a construir el futuro de nuestra Iglesia diocesana, promoviendo actividades pastorales adecuadas para nuestros niños y jóvenes. En este sentido, está demostrada la eficacia de los oratorios para niños, los campamentos de verano, las peregrinaciones y las actividades de voluntariado. Es urgente que demos un nuevo impulso a pastoral de poscomunión, con métodos de catequesis que atraen y que están funcionando en otros sitios, o por medio de retiros o convivencias de impacto. Lo importante no es el método, sino la motivación. No permitamos que se pierdan más generaciones de niños que recibieron la confirmación y la primera comunión, y después desaparecieron. Demos rienda suelta a nuestra creatividad, sin caer en el derrotismo, la apatía o la pereza de quien piensa que “nada se puede hacer”. Las Delegaciones de Infancia y Juventud, de Pastoral Universitaria y de Pastoral Vocacional pueden ofrecernos un buen servicio de coordinación para este nuevo impulso que necesitamos.

Concluyo dirigiendo la mirada a la Sagrada Familia de Nazaret, a la que encomendamos los frutos del Año Jubilar. Dios ha querido redimirnos enviando a su Hijo al mundo, en el seno de una familia. Jesús pasó con su familia, en Nazaret, a la mayor parte de su vida en la tierra. Con esto quería mostrarnos la importancia de la familia para la Iglesia y para la sociedad. Como hemos visto en el Evangelio, a la Sagrada Familia no le faltaron persecuciones, dificultades e inconvenientes, pero todo se superaba con amor, con esfuerzo y tesón, y con la confianza puesta en Dios. Así deben hacer también todas las familias. Sin la Iglesia doméstica, que es la familia, no puede haber confianza en el futuro. Pidamos por todas las familias de nuestra Diócesis, pero especialmente por las que sufren por cualquier motivo. Que el final del Año Jubilar sea para ellas una fuente de consuelo y de esperanza. Lo ponemos todo en las manos de nuestra patrona, la Virgen del Val, de los Santos Niños y de San Diego de Alcalá. Que ellos nos ayuden a ser, cada día, más fieles a Jesucristo. Que así sea.

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