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Carta del obispo a todos los diocesanos: «La ancianidad, tiempo de Gracia»

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La ancianidad, tiempo de Gracia

Carta del Obispo a todos los diocesanos de Alcalá de Henares

28 de julio de 2025

Queridos diocesanos de Alcalá de Henares:

Acabamos de celebrar, el IV domingo de Julio, la V Jornada Mundial de los abuelos y de los mayores. Es una ocasión para dar gracias a Dios y para rezar por nuestros mayores, a los que tanto queremos y a los que debemos tanto en nuestra vida. En la Sagrada Escritura, la ancianidad es contemplada como una bendición de Dios. Es sinónimo de sabiduría y de prudencia (cfr. Job 12,12), por eso se nos exhorta a tener un profundo respeto por las personas mayores: “álzate ante las canas y honra al anciano” (Lv 19,32). En nuestros días se pondera mucho la juventud, que, ciertamente, tiene muchos valores, pero esto no nos debe llevar a olvidar la dignidad de los ancianos, ya que, como dice el Libro de los Proverbios: “las canas son corona de gloria, el fruto de una vida honrada” (Prov 16,31).

La ancianidad es un tiempo de gracia. En la historia de la salvación, Dios se sirve de los ancianos para llevar a cabo sus proyectos. Cuando llamó a Abraham para que saliera de su tierra y se pusiera en camino para hacer de él un gran pueblo, Abraham tenía setenta y cinco años (cfr. Gn 12, 1-9). Llegada la plenitud de los tiempos, en la preparación inmediata de la Encarnación del Verbo, aparecen personas mayores, como Joaquín y Ana, o Zacarías e Isabel, y, una vez que nació el Niño Dios, entre los primeros testigos del gran acontecimiento se encuentran los ancianos Simeón y Ana. La ancianidad no es, por tanto, un tiempo de deshecho. Es cierto que supone un declive en las fuerzas físicas y mentales, pero Dios quiere servirse y hacerse presente también de esta etapa de la vida, a la que vincula una misión concreta.

La ancianidad es una gracia, pero también es una tarea. Es necesario aprender a envejecer. Nos podemos jubilar de nuestros trabajos, pero no nos jubilamos de la vida. La vida sigue y hemos de aprender a vivirla en plenitud. Normalmente, los abuelos desarrollan una tarea impagable para la familia, la Iglesia y la sociedad. Sin ellos, la vida diaria de tantos padres con hijos pequeños sería imposible. Muchas veces, son los abuelos los encargados de llevar y recoger los niños del colegio y de cuidarlos cuando sus padres no pueden. Suelen aprovechar estos momentos para transmitir la fe a sus nietos. No es infrecuente que hayamos aprendido nuestras primeras oraciones de nuestros abuelos, que nos llevaban a la iglesia y nos enseñaban, desde muy pequeños, quiénes eran Jesús, María y los santos. En nuestras parroquias y comunidades cristianas, los mayores también desarrollan tareas muy importantes y siempre se puede contar con ellos. La ancianidad, en efecto, es un momento para realizar tareas que no podíamos llevar a cabo cuando teníamos un horario de trabajo intenso, y, entre esas tareas, está el cultivo más sereno de la vida espiritual, dando más espacio a la oración, a la reflexión y al apostolado.

Quisiera invitar a los mayores a mirar su vida con esperanza. La enfermedad y la pérdida del vigor pueden hacer mucha mella, sobre todo en personas que antes han sido muy activas. También puede afectarnos el recuerdo de los sufrimientos y las pruebas del pasado, pero no perdamos la confianza. San Juan Crisóstomo decía que las tribulaciones no destruyen la esperanza, sino que son su fundamento. Es lo que explica San Pablo, cuando habla de la esperanza que no defrauda: “nos gloriamos incluso en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia, la paciencia, virtud probada, la virtud probada esperanza, y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rm 5,3-5). Es importante mirar hacia atrás y, al repasar nuestra vida, ver que hemos sufrido, que hemos cometido equivocaciones, por las que pedimos perdón, pero que, a pesar de todo, la vida merece la pena. La esperanza no es el sentimiento optimista de quien “ve siempre la botella medio llena”, es la certeza de experimentar un amor que es más fuerte que el sufrimiento.

El Papa León XIV, en su mensaje para la Jornada mundial de los abuelos y de los mayores, nos invita a luchar contra la soledad, el abandono y la marginación en esta etapa de la vida. Escuchemos, también nosotros, la oración del salmista: “en vejez y las canas, no me abandones” (Sal 71,18). Frente a la globalización de la indiferencia, realicemos la revolución de la ternura y el cuidado de nuestros mayores. No permitamos que los ancianos se sientan una carga. Recordémosles con nuestro cariño cuánto les ama Dios. En este Año Jubilar, la indulgencia plenaria se recibe también peregrinando al anciano y al enfermo. Un motivo más para demostrar nuestra gratitud a los que lo dieron todo por nosotros.

Recibid mi saludo y mi bendición.

+ Antonio Prieto Lucena, Obispo complutense

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