FRANCISCO, REPARA MI IGLESIA
Carta del Obispo a todos los diocesanos de Alcalá de Henares
4 de octubre de 2026
Queridos diocesanos de Alcalá de Henares:
Este mes de octubre celebramos el VIII centenario del tránsito de San Francisco de Asís. Hace ochocientos años, en la tarde del 3 de octubre de 1226, Francisco moría junto a la Porciúncula, dejando un gran legado para la Iglesia y para el mundo, que continúa vivo en nuestros días.
Para los alcalaínos, esta efeméride nos resulta especialmente cercana. Nuestra ciudad está marcada por la espiritualidad franciscana. Así lo testimonia la presencia histórica de los franciscanos y de las clarisas; la figura del cardenal Cisneros, fundador de nuestra Universidad; y nuestro querido San Diego de Alcalá, cuya vida de humildad y caridad ha quedado unida para siempre a nuestra historia. Quiero aprovechar esta ocasión para agradecer de corazón a los religiosos y religiosas de la familia franciscana su servicio a la Iglesia complutense. Gracias por vuestra oración, por vuestro testimonio de vida consagrada, por vuestro servicio a los pobres y por mantener vivo entre nosotros el espíritu de San Francisco.
En el Ángelus de hoy, el Papa León XIV nos ha presentado a San Francisco como el hombre al que “Jesús pidió que reparara su Iglesia”. Ocurrió en la iglesia de San Damián, a las afueras de Asís. Francisco experimentó que Jesús Crucificado le decía: “Francisco, ve y repara mi Iglesia, que, como ves, amenaza ruina”. En un primer momento, San Francisco interpretó esta llamada literalmente, y se puso a restaurar los muros de aquella pequeña iglesia deteriorada. Poco a poco, fue descubriendo que Cristo le confiaba una misión de mucha más envergadura: contribuir a la renovación espiritual de toda la Iglesia.
En tiempos de San Francisco había mucho que reparar en la Iglesia. Junto a grandes testimonios de santidad y fecundos esfuerzos de reforma, existían graves escándalos por la búsqueda desenfrenada de la riqueza y el poder; por incoherencias en la vida de algunos eclesiásticos; y por dolorosas divisiones. Francisco conocía bien aquellas debilidades, sin embargo, no se dedicó a criticar a la Iglesia, no pensó en abandonar a la Iglesia. Hizo lo que Jesús le pedía: intentar repararla.
León XIV nos ha explicado esta mañana el modo cómo Francisco llevó a cabo su misión: edificando su propia vida sobre Cristo y sanando las divisiones mediante el testimonio del amor fraterno. Creo que estas dos claves son esenciales para comprender la misión que Dios nos encarga a nosotros, como miembros de la Iglesia complutense y de la Iglesia universal.
Francisco comenzó su obra de reforma reparando al propio “Francisco”. Antes de reparar los muros de San Damián, Francisco se dio cuenta de que tenía que reparar su propio corazón, poniendo a Cristo en el centro. Las verdaderas reformas de la Iglesia han comenzado siempre así. Se cuenta que el famoso Cardenal Lustiger, Arzobispo de París, elaboró un voluminoso plan pastoral para su diócesis. Un periodista le preguntó: “Señor Cardenal ¿cuál es el punto más importante de su plan pastoral?”. Lustiger, sin dudar mucho, respondió: “el primer punto es la conversión del Arzobispo”.
Así comenzó Francisco la reforma de la Iglesia, con su propia conversión. Es relativamente fácil señalar lo que deberían cambiar los demás. Lo difícil es dejar que el Evangelio cambie nuestra vida. En la biografía del Santo Cura de Ars se cuenta que, cuando rezaba por la noche, se le oía decir: “Señor, salva mi parroquia”. Al final de su vida, sus feligreses se dieron cuenta de que había cambiado su petición. Decía: “Señor, sálvame a mí”. La conversión de nuestras estructuras eclesiales no es posible si cada uno de nosotros no se pone a trabajar en su propia reforma.
San Francisco es el santo de la bondad, amante de la naturaleza y defensor de la paz, pero sobre todo es el hombre apasionado y configurado por Jesucristo. Sin esto, no se entiende nada en su vida. Cristo era todo para él. Cristo pobre y crucificado, presente en la Eucaristía, escuchado en el Evangelio, encontrado en el leproso. La Regla franciscana comienza con estas palabras: “La regla y vida de los Hermanos Menores es esta: observar el santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo”. Francisco no empezó diseñando un programa de reforma. Empezó creyendo que el Evangelio podía vivirse de verdad.
Esta enseñanza es muy válida para nuestras parroquias y comunidades. Necesitamos planes pastorales, formación y estructuras adecuadas, pero nada de ello puede sustituir el encuentro personal con Cristo. La Iglesia se renueva cuando sus hijos vuelven a la oración, escuchan la Palabra, participan con fe en la Eucaristía y reconocen al Señor en los pobres. Francisco reparó la Iglesia porque permitió primero que Cristo reparase a “Francisco”.
La segunda clave de nuestro santo es la fraternidad. En su testamento, Francisco escribió: “El Señor me dio hermanos”. No dice que consiguió “seguidores”, sino que recibió “hermanos”, como un don de Dios. Había comprendido que quien reconoce a Dios como Padre no puede dejar de reconocer al otro como “hermano”. Esta fraternidad no era una simpatía superficial. Se manifestó en el abrazo al leproso, en la vida compartida con sus hermanos y en su empeño por sembrar la paz.
Es otra gran lección para nosotros. Deberíamos ser más conscientes de que cuando nos enfrentamos, cuando hablamos mal de los demás y cuando dejamos que los resentimientos rompan la comunión, hacemos daño a la Iglesia. En cambio, reparamos la Iglesia cada vez que somos capaces de perdonar y reconciliarnos.
Que San Francisco nos enseñe y nos ayude a construir una Iglesia diocesana sobre el cimiento de Cristo, que nos llama a vivir en fraternidad. En este mes del Domund y de las misiones, no nos olvidemos de orar y ayudar económicamente a nuestros misioneros. Acompañemos también con nuestra oración la ordenación diaconal que se celebrará el próximo día 24, en nuestra Catedral- Magistral, y sigamos pidiendo por las vocaciones a la vida sacerdotal, consagrada y misionera.
Recibid mi saludo y mi bendición.
+ Antonio Prieto Lucena
Obispo complutense




