El obispo de Alcalá en los Oficios de Viernes Santo: «Jesús no era la víctima pasiva de una injusticia, sino el protagonista de una misión»

Mons. Antonio Prieto Lucena, obispo de la Diócesis de Alcalá de Henares, presidió los Oficios de Viernes Santo en la Catedral-Magistral de Alcalá de Henares.   Ver esta publicación en Instagram   Una publicación compartida de Diócesis de Alcalá de Henares (@diocesisdealcala) Homilía del obispo de Alcalá de Henares el Viernes Santo de 2026 Queridos sacerdotes y hermanos todos en el Señor: El Viernes Santo escuchamos siempre la Pasión según San Juan. El Domingo de Ramos también se lee la Pasión de Cristo, pero se van alternando las versiones de los demás evangelistas: Mateo, Marcos y Lucas. El Viernes Santo se escoge siempre la versión de Juan porque es la que mejor pone de manifiesto que Jesús fue a la pasión voluntariamente, en obediencia al Padre y por amor a los hombres. La última palabra de Jesús fue: “está cumplido”, lo cual revela que Jesús no era la víctima pasiva de una injusticia, sino el protagonista de una misión: la misión de vencer al pecado y a la muerte. La misión de salvar al mundo. En el diálogo con Pilato, San Juan nos presenta a Jesús como un Rey. Un Rey entregado por su pueblo, pero que no pierde la dignidad, ni la majestad. Es un Rey profundamente humillado, de muchas maneras, pero que, al ser elevado sobre la cruz, manifiesta su soberanía. La Pasión según San Juan nos invita a no quedarnos solo en el dolor físico, psicológico y espiritual que padeció Jesús, que realmente fue horrible, sino a contemplar el amor con el que Jesús va a la Cruz. En la Pasión de Jesús, el dolor es la letra, pero la música es el amor. Por eso, cuando, dentro de unos momentos, nos acerquemos a adorar la cruz, adoremos sobre todo el amor que Dios nos tiene. Al contemplar a Cristo Crucificado, digamos: “Así me ha amado Dios”. En la primera lectura, cada Viernes Santo, escuchamos un fragmento del Libro del Profeta Isaías, que habla de un personaje enigmático: el “Siervo de Yahvé”. Los estudiosos de la Biblia se han roto la cabeza tratando de descifrar quién puede ser este personaje de Isaías, pero los católicos tenemos claro que se trata de Jesucristo. Ocho siglos antes del nacimiento del Mesías, el profeta Isaías ya describió el significado de la pasión de Cristo. Isaías presenta al Siervo como un elegido de Dios, para expiar los pecados de todo el pueblo: “soportó nuestros sufrimientos, aguantó nuestros dolores. Fue traspasado por nuestras rebeliones y triturado por nuestros crímenes. Nuestro castigo cayó sobre él. Sus heridas nos han curado”. Por cargar con el pecado de todos, el Siervo queda en una situación lamentable: “sin figura humana, sin belleza, despreciado como un leproso, maltratado, sin defensa ni justicia, arrancado de la tierra, sepultado entre malhechores, contado entre los pecadores”. El Siervo asume todo esto con plena libertad. No le quitan la reputación ni la vida, él las entrega generosamente: “voluntariamente se humillaba y no abría la boca, como cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador”. Pero lo más sorprendente es la respuesta de Dios a esta actitud del Siervo, que se traduce en una “lluvia de bendiciones” para todo el pueblo: “será elevado, prosperará, prolongará sus años y muchos le seguirán. Por los trabajos de su alma, verá la luz”. Aquí vemos una referencia clara a la resurrección: “por los trabajos de su alma, verá la luz”. Esta palabra de Dios también se cumple en nuestra vida. También nosotros tenemos que sufrir, de muchas maneras, pero si sabemos aceptar y ofrecer nuestros sufrimientos, “por los trabajos de nuestra alma, veremos la luz”. La resurrección de Cristo nos dice que el mal, el odio, el dolor y la muerte no tienen la última palabra. La victoria es de Cristo y de los que le siguen. Hace unas cuantas décadas, fue muy sonada la conversión al Cristianismo del gran rabino de Roma, el rabino Eugenio Zolli. Además de jefe de todos los rabinos judíos de Roma, era un gran profesor de la Torah y el Talmud, los grandes libros de la religión judía. Cuando era niño, sus padres habían dicho que, de Jesús de Nazaret no se debía hablar, ni siquiera debía interrogarse. “Eso eran cosas de los cristianos”. Zolli cumplió esta orden de sus padres, pero, al leer los poemas del Antiguo Testamento sobre el Siervo de Yahvé, no podía evitar pensar en Jesucristo. Cuando veía una imagen de Cristo crucificado, no podía evitar estremecerse por dentro. No podía dudar de que Cristo crucificado era el Siervo del que habla Isaías, que había dado la vida por él. En 1943, los nazis ocuparon Roma, y Zolli tuvo que esconderse para no ser enviado a un campo de concentración. En aquella situación dramática, se rindió y se convirtió al Cristianismo. Enseguida perdió todo su prestigio, sus cargos y todos sus amigos, pero él no podía dudar de que Cristo era la verdad, era el Siervo que había dado la vida por él. No podía hacer otra cosa que convertirse al Cristianismo. Se quedó tan solo y tan pobre que, el día de su bautismo, pidió unas liras al sacerdote que lo bautizó para poder dar de cenar a su esposa y a sus hijos. Años después, curiosamente, el rabino Zolli murió un viernes a las tres de la tarde, el mismo día y a la misma hora en la que murió Jesús. Dios quiso premiarle de este modo su amor a Cristo crucificado. Queridos hermanos: en este Viernes Santo, adoremos también nosotros a Cristo crucificado. Él lo ha dado todo por nosotros. Preguntémonos nosotros qué hemos de hacer por Él. Hoy la colecta está destinada a ayudar a nuestros hermanos católicos de Tierra Santa, que lo están pasando realmente mal. Seamos generosos. Pidamos a María, que supo estar al pie de la Cruz, que nos ayude a nosotros a mantenernos firmes en nuestra fe. Que así sea.   Ver esta publicación en Instagram   Una publicación compartida de Diócesis de Alcalá de

Mons. Prieto Lucena, en Viernes Santo: «Cristo ha querido pasar por el sufrimiento, para manifestarnos su amor infinito por nosotros»

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Mons. Antonio Prieto Lucena, obispo de la Diócesis de Alcalá de Henares, presidió los Santos Oficios de Viernes Santo en la tarde del 18 de abril de 2025 en la Catedral-Magistral de la ciudad complutense. El Viernes Santo, la Iglesia recuerda la Pasión del Señor y adora su Cruz. La celebración de la Pasión del Señor se desarrolló con la liturgia de la Palabra, la adoración de la Cruz y la Sagrada Comunión. Antes de la adoración de la Cruz, s realizó la oración universal, que expresa el valor universal de la Pasión de Cristo, clavado en la Cruz para la salvación del mundo. Homilía de Mons. Antonio Prieto Lucena, obispo de Alcalá de Henares, en Viernes Santo 2025 Queridos sacerdotes y amigos todos en el Señor: El Viernes Santo es un día para contemplar a Cristo Crucificado. Los primeros cristianos nos enseñan a mirar “con fe” este misterio. Ellos no veían la cruz solo como un “madero” en el que Cristo fue clavado, sino también como un “trono” desde el que Cristo reina. Por eso, los crucifijos antiguos no expresan angustia o dolor, sino serenidad, majestad y realeza. Jesús es glorificado en la cruz. Siendo elevado, entre el cielo y la tierra, atrae todas las cosas hacia sí. El señorío de Cristo, ciertamente, se revela en su Resurrección, pero ese señorío de apoya en la cruz, donde ha vencido al pecado y a la muerte. El Libro del Apocalipsis nos presenta a Cristo crucificado y resucitado con el misterio del Cordero, que ha sido degollado, pero que permanece en pie. Jesucristo, como Cordero inmolado, toma el libro que nadie podía abrir, que es el libro de la historia humana, y rompe sus sellos. Venciendo al pecado y a la muerte, que son nuestros peores enemigos, Jesucristo da sentido a toda la historia humana. Da sentido a la historia particular de cada uno de nosotros. Como decía el famoso psiquiatra Viktor Frankl, “el hombre necesita un sentido para vivir, un sentido para amar y un sentido para morir, y si no encuentra ese sentido, enferma de angustia”. Cristo crucificado es el “Lógos”, es la Palabra eterna del Padre, que, muriendo y resucitando, da sentido a nuestra vida. Da sentido a todos los acontecimientos de nuestra existencia, agradables y desagradables. Da sentido al gozo y al sufrimiento, a la vida y a la muerte. Por eso, el Cordero degollado y en pie – dice el Libro del Apocalipsis – “es digno de recibir el poder, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la bendición”, porque ha sabido aceptar la humillación y la muerte; y ahora, por la Resurrección, se ha convertido en el “Nuevo Adán”. No es que Cristo, resucitando, ha vuelto a la vida que tenía antes, sino que ha inaugurado una vida nueva, de la que nos hace partícipes por el bautismo. Nuestra actitud en esta tarde de Viernes Santo, y durante todo el sábado santo, hasta la Vigilia Pascual, tiene que ser de adoración a la cruz. Dejémonos impresionar por el misterio de la cruz, que es un misterio de dolor, pero sobre todo es un misterio de amor. En la pasión de Jesús podemos decir que la “letra” es el dolor, pero la “música” es el amor. Cuenta una alegoría que se estaba celebrando un baile y nadie quería sacar a bailar el sufrimiento. Es comprensible: ¿quién quiere bailar con el sufrimiento? A nadie nos gusta sufrir. No somos masoquistas. Lo cierto es que, en un momento determinado, el amor sacó a bailar al sufrimiento. El sufrimiento no se lo creía. La alegoría es de un autor francés, y en francés “sufrimiento” (la souffrance) es femenino. Por eso, el sufrimiento (la souffrance) le dice al amor: “por favor, no me dejes, porque sin ti soy muy fea”. Es cierto. El sufrimiento sin amor es horrible, es insoportable. Sin embargo, lo más sorprendente de esta alegoría es lo que el amor le responde al sufrimiento: “Tampoco me dejes tú a mí, porque yo sin ti valgo muy poco”. Es una gran verdad: el amor se muestra en el sufrimiento. Un amor que no sabe sufrir no sabemos si es verdadero. Es un amor que vale muy poco. El amor se avalora en el sufrimiento, como el oro en el crisol. Por eso Cristo ha querido pasar por el sufrimiento, para manifestarnos su amor infinito por nosotros. Adoremos la cruz. Adoremos a Cristo crucificado, pero sabiendo que su amor no pide solo compasión, pide correspondencia. Preguntémonos: si Cristo me ha amado tanto: “¿qué voy a hacer yo por Cristo?”. Tengamos muy presentes en esta celebración a nuestros hermanos cristianos de Tierra Santa, que lo están pasando tan mal. Tierra Santa es la tierra que Jesús regó con su sangre. Hoy la colecta estará destinada a los santos lugares. Seamos generosos. Que así sea. Ver esta publicación en Instagram Una publicación compartida de Diócesis de Alcalá de Henares (@diocesisdealcala)