Mons. Antonio Prieto Lucena, obispo de la Diócesis de Alcalá de Henares, presidió los Santos Oficios de Viernes Santo en la tarde del 18 de abril de 2025 en la Catedral-Magistral de la ciudad complutense. El Viernes Santo, la Iglesia recuerda la Pasión del Señor y adora su Cruz.
La celebración de la Pasión del Señor se desarrolló con la liturgia de la Palabra, la adoración de la Cruz y la Sagrada Comunión. Antes de la adoración de la Cruz, s realizó la oración universal, que expresa el valor universal de la Pasión de Cristo, clavado en la Cruz para la salvación del mundo.





















Homilía de Mons. Antonio Prieto Lucena, obispo de Alcalá de Henares, en Viernes Santo 2025
Queridos sacerdotes y amigos todos en el Señor:
El Viernes Santo es un día para contemplar a Cristo Crucificado. Los primeros cristianos nos enseñan a mirar “con fe” este misterio. Ellos no veían la cruz solo como un “madero” en el que Cristo fue clavado, sino también como un “trono” desde el que Cristo reina. Por eso, los crucifijos antiguos no expresan angustia o dolor, sino serenidad, majestad y realeza. Jesús es glorificado en la cruz. Siendo elevado, entre el cielo y la tierra, atrae todas las cosas hacia sí. El señorío de Cristo, ciertamente, se revela en su Resurrección, pero ese señorío de apoya en la cruz, donde ha vencido al pecado y a la muerte.
El Libro del Apocalipsis nos presenta a Cristo crucificado y resucitado con el misterio del Cordero, que ha sido degollado, pero que permanece en pie. Jesucristo, como Cordero inmolado, toma el libro que nadie podía abrir, que es el libro de la historia humana, y rompe sus sellos. Venciendo al pecado y a la muerte, que son nuestros peores enemigos, Jesucristo da sentido a toda la historia humana. Da sentido a la historia particular de cada uno de nosotros. Como decía el famoso psiquiatra Viktor Frankl, “el hombre necesita un sentido para vivir, un sentido para amar y un sentido para morir, y si no encuentra ese sentido, enferma de angustia”. Cristo crucificado es el “Lógos”, es la Palabra eterna del Padre, que, muriendo y resucitando, da sentido a nuestra vida. Da sentido a todos los acontecimientos de nuestra existencia, agradables y desagradables. Da sentido al gozo y al sufrimiento, a la vida y a la muerte.
Por eso, el Cordero degollado y en pie – dice el Libro del Apocalipsis – “es digno de recibir el poder, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la bendición”, porque ha sabido aceptar la humillación y la muerte; y ahora, por la Resurrección, se ha convertido en el “Nuevo Adán”. No es que Cristo, resucitando, ha vuelto a la vida que tenía antes, sino que ha inaugurado una vida nueva, de la que nos hace partícipes por el bautismo.
Nuestra actitud en esta tarde de Viernes Santo, y durante todo el sábado santo, hasta la Vigilia Pascual, tiene que ser de adoración a la cruz. Dejémonos impresionar por el misterio de la cruz, que es un misterio de dolor, pero sobre todo es un misterio de amor. En la pasión de Jesús podemos decir que la “letra” es el dolor, pero la “música” es el amor.
Cuenta una alegoría que se estaba celebrando un baile y nadie quería sacar a bailar el sufrimiento. Es comprensible: ¿quién quiere bailar con el sufrimiento? A nadie nos gusta sufrir. No somos masoquistas. Lo cierto es que, en un momento determinado, el amor sacó a bailar al sufrimiento. El sufrimiento no se lo creía. La alegoría es de un autor francés, y en francés “sufrimiento” (la souffrance) es femenino. Por eso, el sufrimiento (la souffrance) le dice al amor: “por favor, no me dejes, porque sin ti soy muy fea”. Es cierto. El sufrimiento sin amor es horrible, es insoportable. Sin embargo, lo más sorprendente de esta alegoría es lo que el amor le responde al sufrimiento: “Tampoco me dejes tú a mí, porque yo sin ti valgo muy poco”. Es una gran verdad: el amor se muestra en el sufrimiento. Un amor que no sabe sufrir no sabemos si es verdadero. Es un amor que vale muy poco. El amor se avalora en el sufrimiento, como el oro en el crisol. Por eso Cristo ha querido pasar por el sufrimiento, para manifestarnos su amor infinito por nosotros.
Adoremos la cruz. Adoremos a Cristo crucificado, pero sabiendo que su amor no pide solo compasión, pide correspondencia. Preguntémonos: si Cristo me ha amado tanto: “¿qué voy a hacer yo por Cristo?”.
Tengamos muy presentes en esta celebración a nuestros hermanos cristianos de Tierra Santa, que lo están pasando tan mal. Tierra Santa es la tierra que Jesús regó con su sangre. Hoy la colecta estará destinada a los santos lugares. Seamos generosos. Que así sea.





