El obispo de Alcalá en la Misa Crismal: «Seamos sacerdotes evangelizadores y seamos sacerdotes pobres y caritativos»

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El miércoles 1 de abril de 2026 se celebró la Misa Crismal en la Catedral-Magistral de Alcalá de Henares. Estuvo presidida por Mons. Antonio Prieto Lucena, obispo complutense, y concelebrada por Mons. Juan Antonio Reig Pla, obispo emérito, y un amplio número de sacerdotes diocesanos llegados de todos los arciprestazgos y vicarías de la Diócesis de Alcalá de Henares. En esta celebración, los sacerdotes renovaron sus promesas de ordenación, se bendijeron los óleos de los catecúmenos y enfermos, y se consagró el Santo Crisma que se empleará para administrar los sacramentos del bautismo, la confirmación, el orden sacerdotal y la unción de enfermos.        Homilía del obispo de Alcalá de Henares en la Misa Crismal 2026 Querido D. Juan Antonio, queridos sacerdotes, seminaristas, consagrados y amigos todos en el Señor: Cada año, en la Misa Crismal, junto con la bendición de los Santos Óleos y la consagración del Santo Crisma, los sacerdotes renovamos las promesas de nuestra Ordenación presbiteral. Recordamos aquel momento, más o menos remoto, en el que fuimos llamados por la Iglesia: “Acérquense los que van a ser ordenados presbíteros”; y nosotros respondimos, con toda libertad: “presente”. Como el profeta Isaías, ante la pregunta del Señor: “¿A quién enviaré?”, nosotros respondimos: “Heme aquí, envíame a mí”. Entonces, el Señor mismo, mediante las manos del Obispo, nos impuso sus manos y nos consagramos a su misión. Hoy, queremos renovar nuestra consagración al Señor. Desde la Ordenación, nuestra vida sacerdotal ha pasado por diferentes circunstancias y vicisitudes. Predomina el gozo y la alegría serena de la vocación, porque el Señor está siempre con nosotros y nos sostiene; pero seguramente no han faltado los momentos de prueba, de decepción, de tentaciones e infidelidad. Somos “barro con luz”, y hoy, un año más, queremos ofrecer nuestro barro al Señor, para que él lo ilumine y lo haga resplandecer con su misericordia. En cierta ocasión, el Papa Benedicto XVI, explicaba lo que significa ser sacerdote sirviéndose de unas palabras que los sacerdotes repetimos con frecuencia, cuando recitamos la Plegaria Eucarística segunda. Justo después de la consagración, rezamos: “Padre, te damos gracias porque nos haces dignos de servirte en tu presencia”. Decía el Papa Benedicto XVI que esto es “ser sacerdote”: “vivir en la presencia del Señor” y “servirle”. Consideremos, en primer lugar, qué significa “vivir en la presencia del Señor”. El Libro del Deuteronomio relata que, cuando el pueblo de Israel tomó posesión de la tierra prometida, los sacerdotes no recibieron ningún lote de terreno. Ellos no debían dedicarse al trabajo de la tierra, como los demás, sino que debían vivir consagrados al Señor. En nombre de todos, debían mantener el mundo “abierto a Dios” e implorar sus bendiciones. Las demás tribus de Israel se encargarían de mantener a los sacerdotes, pero ellos no debían separar su mirada del Señor, porque, sin Dios, el mundo no podía subsistir. En nuestro tiempo, ésta sigue siendo también la tarea del sacerdote: “mantener el mundo abierto a Dios”. Procurar que el mundo no se olvide de Dios, porque, sin Dios, no hay una vida digna para el hombre. Lo comprobamos continuamente: cuanto más avanza la secularización, cuanto más crece el “eclipse de Dios”, aparecen nuevas formas de autodestrucción humana. Mientras nuestro mundo se sumerge, más y más, en el sueño del materialismo, nosotros, los sacerdotes, no podemos ceder a este letargo. Debemos mantenernos despiertos, como “centinelas de Dios”. En la tradición del monacato sirio, los monjes eran conocidos como “los hombres que están siempre de pie”. Como ellos, también nosotros debemos permanecer “de pie”, radicados en la verdad, dispuestos a sufrir los embates de muchos vientos que soplan en nuestra contra. Vivir en la presencia del Señor significa hacer de la Eucaristía el centro de nuestra vida. Debemos cuidar las normas de la liturgia, pero sin descuidar nuestra participación interior, activa, consciente y fructuosa. No dejemos que la rutina entre en nuestra celebración de la Santa Misa. En la vida de San Juan de Ávila se cuenta que, en cierta ocasión, vio celebrar la Misa a un sacerdote, que se mostraba claramente distraído y apresurado. En el momento de la consagración, cuando el sacerdote tenía a Cristo en sus manos, San Juan de Ávila se le acercó y le dijo: “trátelo bien, que es hijo de buen padre”. Si queremos que Cristo sea el centro de nuestra vida, hemos de cuidar también nuestra oración personal. Un sacerdote vale lo que vale su oración. Si no tenemos familiaridad con la Palabra de Dios, si no la amamos y no buscamos aplicarla en nuestra vida, ¿cómo podremos explicarla al Pueblo de Dios? Vivamos en la presencia del Señor. Recientemente, dirigiéndose a seminaristas, el Papa León XIV citaba una frase de Chesterton, que dice: “Quitad lo sobrenatural de vuestra vida y no encontraréis lo natural, sino lo antinatural”. En efecto, no hay nada más antinatural que un sacerdote que no vive de Dios y para Dios. No hay nada más peligroso que acostumbrarse a las “cosas de Dios”, sin vivir de Dios. Queridos sacerdotes: Como decía el Venerable José María García Lahiguera, seamos “siempre sacerdotes, en todo sacerdotes, solo sacerdotes”. Que nuestra vida consagrada sea un despertador para las conciencias adormecidas, y se convierta en la sal que impida que nuestro mundo se corrompa. II. Junto con la presencia de Dios, la otra dimensión de nuestro ministerio, a la que alude Benedicto XVI, es el “servicio divino”. La oración, si es verdadera, nos lleva necesariamente al servicio, sobre todo al servicio de la evangelización y al servicio de la caridad con los más pobres. El ejercicio del sacerdocio no se reduce al culto, implica también el celo apostólico de ganar almas para Dios. Como San Pablo, también nosotros podemos decir: “¡Ay de mí si no evangelizare!”. No podemos dispensarnos de hacer todo lo posible para que los demás conozcan a Cristo. No podemos ser sacerdotes sin evangelizar. Tenemos que hacernos “todo para todos, para ganar, como sea, a algunos”. Queridos sacerdotes: el Señor nos ha

Mons. Antonio Prieto, a los sacerdotes en la Misa Crismal: «Nuestra vida es servicio, a ejemplo de Cristo»

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El miércoles 16 de abril de 2025 se celebró la Misa Crismal en la Catedral-Magistral de Alcalá de Henares. A ella acudieron sacerdotes de toda la diócesis, que concelebraron la Eucaristía con el obispo Mons. Antonio Prieto Lucena, con el obispo emérito Mons. Juan Antonio Reig Pla y con el obispo electo de la Diócesis de Albacete, D. Ángel Román Idígoras. En la Misa Crismal, los sacerdotes renovaron sus promesas de ordenación, se bendijeron los óleos de los catecúmenos y enfermos, y se consagró el santo crisma que se empleará para administrar los sacramentos del bautismo, la confirmación, el orden sacerdotal y la unción de enfermos. Homilía del obispo de la Diócesis de Alcalá de Henares en la Misa Crismal 2025 Querido D. Juan Antonio, obispo emérito complutense; querido D. Ángel, obispo electo de Albacete; queridos hermanos sacerdotes y seminaristas, amigos todos en el Señor: La Misa Crismal, en el corazón de la Semana Santa, es una gozosa celebración del amor de Dios para con nosotros. En ella, los sacerdotes damos gracias por nuestra vocación y renovamos nuestras promesas de ordenación. Al mismo tiempo, se bendicen los óleos de los catecúmenos y de los enfermos; y se consagra el santo crisma, para la administración de los sacramentos del bautismo, la confirmación, el orden sacerdotal y la unción de los enfermos. En este año jubilar, la Misa Crismal es un signo más de esperanza, de la esperanza que no defrauda, que es Cristo, que nos hace partícipes de su unción sacerdotal, y que nos regala su vida y la hace madurar en nosotros, por medio de los sacramentos. Al Papa Benedicto XVI le gustaba recordar un cuento de León Tolstoi, en el que un severo rey pidió a los sabios de su reino que le mostraran a Dios, porque quería verlo. Los sabios fueron incapaces de complacer esta petición. Solo un pastor, que volvía del campo, fue capaz de explicarle al rey que sus ojos eran insuficientes para ver a Dios. “Explícame, al menos, qué hace Dios”, dijo el rey al pastor. El pastor contestó que para entenderlo tenían que intercambiar sus vestidos. Un poco perplejo, el rey accedió al intercambio, y cuando estuvo vestido con ropas andrajosas, el pastor le dijo: “majestad, esto es lo que hace Dios”. En efecto, queridos hermanos, esto es lo que ha hecho Dios en Cristo: se ha despojado de su rango, ha actuado como un hombre cualquiera y se ha rebajado hasta la muerte, y muerte de cruz (cfr. Flp 2,6ss). Y todo esto por nuestro amor. Como el rey y el pastor del cuento de Tolstoi, Dios ha realizado un admirable intercambio, asumiendo “lo nuestro”, para que nosotros pudiésemos asumir “lo suyo”, participando de su filiación divina. Cristo se ha puesto nuestros vestidos, los vestidos del dolor y la alegría de ser hombre: la sed, el cansancio, las ilusiones y desilusiones de nuestra condición humana, el miedo y las angustias hasta la muerte. Y, a cambio, por medio del bautismo, nos ha dado sus vestidos, los vestidos del hombre nuevo, según Dios (cfr. Ef 4,22-26).  También en el sacerdocio se produce un intercambio de vestidos. La liturgia de la ordenación comienza con la llamada de los candidatos: “Acercaos los que vais a ser ordenados presbíteros”. Y cada candidato responde: “presente”, que es como decirle a Dios: “aquí estoy para que puedas disponer de mí, me despojo de mis vestidos, mi vida está en tus manos”. Queridos sacerdotes: el día de nuestra ordenación nos despojamos de nosotros mismos, para que Dios tomara posesión de nosotros, para que Dios pudiera actuar por nuestro medio. Somos signo sacramental de Cristo Cabeza y Pastor, personificación existencial de Jesucristo, Siervo y Esposo de la Iglesia. Somos “relicarios de Dios”, como le gustaba decir a San Juan de Ávila. Cristo Sacerdote nos ha revestido de sí mismo para que pudiéramos actuar en su nombre, “ha puesto en nuestras manos – como también decía San Juan de Ávila – su poder, su honra, su riqueza y su misma persona”. Queridos sacerdotes: quiero agradeceros, una vez más, vuestra entrega y servicio a nuestra querida diócesis complutense. Sin vosotros, es imposible la misión de la Iglesia. Es cierto que no corren tiempos fáciles para ser sacerdote, pero no dejemos por ello de dar gracias a Dios por nuestra vocación sacerdotal – don inmerecido –, que es lo mejor que nos ha pasado en nuestra vida. Cuidemos, cada día con más esmero, de este “tesoro que llevamos en vasijas de barro” (cfr. 2Co 4,7). Si nos hemos desvestido de nosotros mismos, para ponernos en manos de Cristo y de la Iglesia, no queramos recuperar lo que un día dejamos. No nos quedemos a medio camino en nuestro camino de entrega al Señor. Seamos dóciles a lo que Cristo y la Iglesia piden de nosotros en cada momento. Al mismo tiempo, que el vernos revestidos del honor sacerdotal no nos lleve a la soberbia. Nuestra vida es servicio, a ejemplo de Cristo. El Señor nos ha dejado como herencia el lebrillo y la toalla de la última cena, para que sigamos lavando los pies de nuestros hermanos, especialmente de los más pobres y necesitados, y también de los que nos ofenden, los que nos calumnian o nos rechazan. Siguiendo con la temática del cuento de Tolstoi, y de lo que significa revestirse de Cristo, el Papa Benedicto, en el año 2007, nos ofreció una preciosa catequesis sobre el sacerdocio a partir de los ornamentos litúrgicos con los que nos revestimos cada día. El alba y la estola – nos decía el Papa – son como la “vestidura de fiesta” con la que el Padre bueno revistió al hijo pródigo, que volvía a casa sucio y andrajoso. Cada vez que nos revestimos con el alba podemos tomar conciencia de la suciedad que, a veces, hay en nuestra vida. Siendo los ministros del altar y del confesionario no nos vacuna automáticamente del pecado. Ya en su tiempo, el gran Orígenes se daba cuenta de que

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Mons. Antonio Prieto Lucena preside la Misa Crismal en la Catedral-Magistral

Mons. Antonio Prieto Lucena, obispo de Alcalá, presidió en la mañana del miércoles 27 de marzo de 2024 la celebración de la Misa Crismal en la Catedral-Magistral de Alcalá de Henares. Una celebración litúrgica a la que estaban convocados todos los sacerdotes de la diócesis complutense. En esta Eucaristía, los sacerdotes renovaron sus promesas sacerdotales. «Es un momento de intensa comunión sacerdotal, con el obispo y con el presbiterio. Es una ocasión de renovar nuestro servicio y entrega al Pueblo de Dios», indicó Mons. Prieto. También se consagró el Santo Crisma, que se usa en los sacramentos del bautismo, la confirmación y el orden sacerdotal, y se bendicen el óleo de los catecúmenos, que se utiliza en el bautismo, y el óleo de los enfermos, con el que se administra el sacramento de la unción de los enfermos. De la Misa Crismal, por lo tanto, brota la vida de la gracia a través de los sacramentos. Al finalizar la Misa, los sacerdotes llevaron el Santo Crisma y los óleos a sus parroquias, en un gesto que muestra la comunión diocesana y la vida nueva que nos regala Jesucristo.