El miércoles 16 de abril de 2025 se celebró la Misa Crismal en la Catedral-Magistral de Alcalá de Henares. A ella acudieron sacerdotes de toda la diócesis, que concelebraron la Eucaristía con el obispo Mons. Antonio Prieto Lucena, con el obispo emérito Mons. Juan Antonio Reig Pla y con el obispo electo de la Diócesis de Albacete, D. Ángel Román Idígoras.
En la Misa Crismal, los sacerdotes renovaron sus promesas de ordenación, se bendijeron los óleos de los catecúmenos y enfermos, y se consagró el santo crisma que se empleará para administrar los sacramentos del bautismo, la confirmación, el orden sacerdotal y la unción de enfermos.







































Homilía del obispo de la Diócesis de Alcalá de Henares en la Misa Crismal 2025
Querido D. Juan Antonio, obispo emérito complutense; querido D. Ángel, obispo electo de Albacete; queridos hermanos sacerdotes y seminaristas, amigos todos en el Señor:
La Misa Crismal, en el corazón de la Semana Santa, es una gozosa celebración del amor de Dios para con nosotros. En ella, los sacerdotes damos gracias por nuestra vocación y renovamos nuestras promesas de ordenación. Al mismo tiempo, se bendicen los óleos de los catecúmenos y de los enfermos; y se consagra el santo crisma, para la administración de los sacramentos del bautismo, la confirmación, el orden sacerdotal y la unción de los enfermos. En este año jubilar, la Misa Crismal es un signo más de esperanza, de la esperanza que no defrauda, que es Cristo, que nos hace partícipes de su unción sacerdotal, y que nos regala su vida y la hace madurar en nosotros, por medio de los sacramentos.
Al Papa Benedicto XVI le gustaba recordar un cuento de León Tolstoi, en el que un severo rey pidió a los sabios de su reino que le mostraran a Dios, porque quería verlo. Los sabios fueron incapaces de complacer esta petición. Solo un pastor, que volvía del campo, fue capaz de explicarle al rey que sus ojos eran insuficientes para ver a Dios. “Explícame, al menos, qué hace Dios”, dijo el rey al pastor. El pastor contestó que para entenderlo tenían que intercambiar sus vestidos. Un poco perplejo, el rey accedió al intercambio, y cuando estuvo vestido con ropas andrajosas, el pastor le dijo: “majestad, esto es lo que hace Dios”.
En efecto, queridos hermanos, esto es lo que ha hecho Dios en Cristo: se ha despojado de su rango, ha actuado como un hombre cualquiera y se ha rebajado hasta la muerte, y muerte de cruz (cfr. Flp 2,6ss). Y todo esto por nuestro amor. Como el rey y el pastor del cuento de Tolstoi, Dios ha realizado un admirable intercambio, asumiendo “lo nuestro”, para que nosotros pudiésemos asumir “lo suyo”, participando de su filiación divina. Cristo se ha puesto nuestros vestidos, los vestidos del dolor y la alegría de ser hombre: la sed, el cansancio, las ilusiones y desilusiones de nuestra condición humana, el miedo y las angustias hasta la muerte. Y, a cambio, por medio del bautismo, nos ha dado sus vestidos, los vestidos del hombre nuevo, según Dios (cfr. Ef 4,22-26).
También en el sacerdocio se produce un intercambio de vestidos. La liturgia de la ordenación comienza con la llamada de los candidatos: “Acercaos los que vais a ser ordenados presbíteros”. Y cada candidato responde: “presente”, que es como decirle a Dios: “aquí estoy para que puedas disponer de mí, me despojo de mis vestidos, mi vida está en tus manos”. Queridos sacerdotes: el día de nuestra ordenación nos despojamos de nosotros mismos, para que Dios tomara posesión de nosotros, para que Dios pudiera actuar por nuestro medio. Somos signo sacramental de Cristo Cabeza y Pastor, personificación existencial de Jesucristo, Siervo y Esposo de la Iglesia. Somos “relicarios de Dios”, como le gustaba decir a San Juan de Ávila. Cristo Sacerdote nos ha revestido de sí mismo para que pudiéramos actuar en su nombre, “ha puesto en nuestras manos – como también decía San Juan de Ávila – su poder, su honra, su riqueza y su misma persona”.
Queridos sacerdotes: quiero agradeceros, una vez más, vuestra entrega y servicio a nuestra querida diócesis complutense. Sin vosotros, es imposible la misión de la Iglesia. Es cierto que no corren tiempos fáciles para ser sacerdote, pero no dejemos por ello de dar gracias a Dios por nuestra vocación sacerdotal – don inmerecido –, que es lo mejor que nos ha pasado en nuestra vida. Cuidemos, cada día con más esmero, de este “tesoro que llevamos en vasijas de barro” (cfr. 2Co 4,7). Si nos hemos desvestido de nosotros mismos, para ponernos en manos de Cristo y de la Iglesia, no queramos recuperar lo que un día dejamos. No nos quedemos a medio camino en nuestro camino de entrega al Señor. Seamos dóciles a lo que Cristo y la Iglesia piden de nosotros en cada momento.
Al mismo tiempo, que el vernos revestidos del honor sacerdotal no nos lleve a la soberbia. Nuestra vida es servicio, a ejemplo de Cristo. El Señor nos ha dejado como herencia el lebrillo y la toalla de la última cena, para que sigamos lavando los pies de nuestros hermanos, especialmente de los más pobres y necesitados, y también de los que nos ofenden, los que nos calumnian o nos rechazan.
Siguiendo con la temática del cuento de Tolstoi, y de lo que significa revestirse de Cristo, el Papa Benedicto, en el año 2007, nos ofreció una preciosa catequesis sobre el sacerdocio a partir de los ornamentos litúrgicos con los que nos revestimos cada día. El alba y la estola – nos decía el Papa – son como la “vestidura de fiesta” con la que el Padre bueno revistió al hijo pródigo, que volvía a casa sucio y andrajoso. Cada vez que nos revestimos con el alba podemos tomar conciencia de la suciedad que, a veces, hay en nuestra vida. Siendo los ministros del altar y del confesionario no nos vacuna automáticamente del pecado. Ya en su tiempo, el gran Orígenes se daba cuenta de que “la gente humilde e indocta posee a menudo una perfección que falta en los obispos y en los sacerdotes”. Al revestirnos con el alba y la estola, seamos humildes. Es Dios mismo quien nos regala un “vestido de fiesta”, para hacernos dignos de presidir su mesa y de estar a su servicio.
Comentando la parábola evangélica del banquete de bodas, en las que un rey se da cuenta de que uno de los comensales ha entrado sin “vestido de fiesta”, San Gregorio Magno se preguntaba: “¿qué vestido le faltaba a este comensal, dado que los invitados son todos los que han recibido el bautismo?”. Y se respondía a sí mismo diciendo: “le faltaba el vestido del amor”. Queridos sacerdotes: cada vez que nos revistamos para las celebraciones litúrgicas, recordemos que, además de la “vestidura blanca del bautismo”, necesitamos también la “vestidura color púrpura del amor a Dios y al prójimo”. No celebramos dignamente si en nuestro corazón habita la tibieza, el odio o el rencor. En el interior de una persona sin amor reina de la oscuridad. Seamos humildes, por lo tanto. Que el Señor nos libre siempre del orgullo, de la hostilidad y de la autosuficiencia.
Por su parte, revestirnos de la casulla significa cargar sobre nosotros el yugo de Cristo, manso y humilde de Corazón, que nos enseña que su yugo es suave y su carga es ligera. Cuanto más amamos a Cristo y amamos como Él a los demás, más suave nos resulta su yugo. Sin embargo, cuando nos falta el amor del Señor, entonces nuestro sacerdocio puede convertirse en una “carga” muy pesada. En su última carta mensual, nuestro Delegado para el clero se hacía eco de un artículo aparecido en una revista digital, con este título: “Presbíteros y obispos rotos”. El autor de este artículo analiza las causas por las que el sacerdocio puede convertirse en una “losa insoportable”, generando un cansancio interior que aplasta, por la soledad, por la falta de motivación, por las tareas de gestión y administración que no sabemos integrar en nuestra misión de padres y pastores.
Si no nos cuidamos, podemos rompernos interiormente. El autor del artículo solo ve una medicina preventiva para no caer en esta situación: fomentar entre nosotros vínculos firmes y estables, es decir, cuidar nuestra fraternidad sacerdotal. Y cita una frase del Papa Francisco, en la Misa Crismal del año pasado: “Crear armonía entre nosotros, sacerdotes, no es solo un método para una mejor coordinación eclesial, no es una cuestión de estrategia o de cortesía, es una exigencia interna de nuestra vida en el Espíritu”.
Queridos sacerdotes: el presbiterio no solo el lugar físico donde nos colocamos para las celebraciones. El presbiterio es mucho más. Es una realidad espiritual, tejida de amistad, de calor humano, de querernos y ayudarnos sinceramente. Ser presbíteros significa estimarnos unos a otros, superar antipatías, aceptarnos unos a otros como somos, aunar sensibilidades diferentes, perdonarnos cuando nos hemos ofendido, una y mil veces. Ser presbíteros significa trabajar juntos en la viña del Señor, sin individualismos, no yendo cada uno por su cuenta, sino en comunión. Nuestra tarea principal se encuentra en el puesto que la Iglesia nos asigna a cada uno, pero creo humildemente que nuestra acción pastoral sería mucho más eficaz si nos comprometiéramos más con las iniciativas diocesanas, que se nos proponen desde el Obispado o las Delegaciones, aunque estas iniciativas no sean perfectas, aunque pudieran organizarse mejor. Todo es mejorable, pero nuestra gente se alegra y responde con más generosidad cuando nos ve unidos, trabajando en lo mismo, persiguiendo los mismos objetivos.
Creo que el reciente nombramiento de D. Ángel Román, como Obispo de Albacete, tiene que llenarnos de un “sano” orgullo presbiteral. El Papa Francisco se ha fijado en uno de nosotros para una misión de gran responsabilidad. “Su” nombramiento, de alguna manera es “nuestro” nombramiento, ya que lo que le ocurre a cada uno de nosotros nos afecta a todos. Por eso, os invito encarecidamente a participar en la Misa de acción de gracias por su nombramiento, que celebraremos en nuestra Magistral el próximo día 27, y a participar también en su ordenación episcopal, en la Catedral de Albacete, el día 3 de mayo. De igual manera, os invito a todos a participar en la ordenación de dos presbíteros y un diácono el próximo día 10 de mayo, fiesta de San Juan de Ávila. La fiesta de nuestro sacerdocio, que hoy celebramos, se amplía en estos dos importantes eventos de nuestra agenda diocesana.
Que la Virgen María, Reina y Madre de los sacerdotes, nos enseñe a configurarnos cada día más con su Hijo. Que en sus manos maternales sepamos despojarnos de nuestro hombre viejo y revestirnos de Cristo, como en el cuento de Tolstoi. Esto es “lo que hace Dios”, queridos hermanos, se despoja de sí mismo, para revestirnos de su amor y de su unción sacerdotal.
¡Feliz fiesta del sacerdocio! A todos os deseo un Santo Triduo Pascual. Que así sea.





