El obispo de Alcalá en los Oficios de Jueves Santo: «En la Misa, el amor hasta el extremo de Jesús se hace presente por ti y por mí»

Mons. Antonio Prieto Lucena, obispo de la Diócesis de Alcalá de Henares, presidió los oficios de Jueves Santo en la Catedral-Magistral de Alcalá de Henares. Ver esta publicación en Instagram Una publicación compartida de Diócesis de Alcalá de Henares (@diocesisdealcala) Homilía del obispo de Alcalá de Henares el Jueves Santo de 2026 Queridos sacerdotes, seminaristas y hermanos todos: Acabamos de escuchar en el Evangelio cuáles eran los sentimientos de Jesús en el momento de instituir la Eucaristía: “habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”. La Eucaristía es el “sacramento del amor”, el “Amor de los amores”. Jesús sabía que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, pero, nos ama tanto, que, al mismo tiempo, quería quedarse con nosotros sacramentalmente. Por eso, instituyó la Eucaristía. Al instituir la Eucaristía, Jesús instituye una “nueva Pascua”. La Pascua de los judíos era la conmemoración anual de la liberación de la esclavitud de Egipto. Los judíos celebraban que Yahvé había estado grande con ellos: había escuchado el clamor de su pueblo, los había librado del faraón, los había protegido durante la larga travesía por el desierto, y, finalmente, les había regalado la tierra prometida, una tierra fértil, que manaba leche y miel. En la “nueva Pascua”, Dios da mucho más. Nos da a su Hijo único, al que ofrece como propiciación por nuestros pecados. En la última cena, Jesús nos amó hasta el extremo. El Evangelio de San Juan conserva las palabras de Jesús en la sobremesa de aquella cena memorable. Nos dijo que iba a prepararnos un lugar en el cielo, y que nos llevaría con él. Nos dijo que lo que pidiéramos en su nombre, él nos lo concedería. Nos prometió el Espíritu Santo, que nos llevaría a la verdad plena. Nos dijo que no nos dejaba huérfanos, asegurándonos que un día volvería, con fuerza y poder, para juzgar a vivos y muertos. Nos llamó amigos. Nos pidió que viviéramos unidos a él, como el sarmiento en la vid. Nos insistió machaconamente en que nos amáramos unos a otros, como él nos había amado. Pidió al Padre que nos santificara en la verdad, y que fuéramos “uno”, como lo son él y el Padre, para que el mundo creyera. Nos profetizó que en el mundo tendríamos persecuciones, pero que tuviéramos esperanza, porque él había vencido al mundo. Sin embargo, a Jesús no le bastó con darnos esta preciosa oración, que, por ser la oración del Hijo de Dios, era más que suficiente para redimir al mundo. El amor de Jesús no se quedó en “palabras”, sino que se tradujo en “obras”. Como dice el refrán castellano, “obras son amores y no buenas razones”. Jesús quiso ofrecernos un gesto que nos entrara por los ojos: el lavatorio de los pies. Un gesto de hospitalidad que, en las casas de los judíos, realizaban los esclavos. Jesús se levantó de la cena, se quitó el manto, se ciñó una toalla y lavó los pies de sus discípulos. Lavó los pies a Judas, que lo traicionó, y a Pedro, que lo negó. El Maestro y el Señor se hace “servidor de todos”, para dejarnos un ejemplo que no debemos olvidar nunca. Cuando los Apóstoles ya estaban purificados, Jesús instituyó la Eucaristía. Tomó el pan de la cena judía y lo transformó en su cuerpo. Del mismo modo, tomo el cáliz, y, en él, ofreció su sangre. Previamente, en Cafarnaum, Jesús había dicho que “su carne era verdadera comida, y que su sangre era verdadera bebida, de manera que, quien comiera de ese pan y bebiera de ese vino, permanecería en él y tendría vida eterna”. Era un lenguaje tan duro e incomprensible para la mentalidad judía, que muchos, ese día, dejaron de seguirle. Se escandalizaron. Pero Jesús no cambió su discurso. De hecho, preguntó a sus discípulos: “¿También vosotros queréis marcharos?”. Jesús sabía que, si se había encarnado en las entrañas purísimas de María, era para poder ofrecer su cuerpo y su sangre como alimento, como víctima de amor. Finalizada aquella primera Eucaristía de la historia, Jesús dijo a sus discípulos: “Haced esto en memoria mía”, y, de esa manera, instituyó el sacerdocio católico. Es impresionante: cada vez que un sacerdote pronuncia las palabras de la consagración, Cristo se hace presente en el altar, con la misma entrega sacrificial del Corazón que tenía en la última Cena. En la Misa, el amor hasta el extremo de Jesús se hace presente por ti y por mí, que asistimos a la celebración. Nosotros no estamos en el cenáculo, estamos en la Catedral Magistral de Alcalá de Henares, pero el amor hasta el extremo de Jesús es el mismo, exactamente el mismo, y nos convoca aquí, esta tarde. Por eso es tan importante recibir la Eucaristía con fe y amor. Un amor excesivo pide una respuesta excesiva. “Toda la vida” sería “poco” para prepararnos para una sola comunión. En tiempos de San Luis Gonzaga, el santo de la pureza, no existía la costumbre de comulgar a diario. Uno podía comulgar solo si su confesor se lo autorizaba. A San Luis Gonzaga, de quien consta que jamás cometió un pecado mortal, su confesor le permitía, como un gran privilegio, que comulgara una vez a la semana, y San Luis Gonzaga dedicaba tres días a prepararse y tres días a dar gracias. Nosotros somos mucho más indignos que San Luis Gonzaga, y seguramente no nos preparamos como él para la sagrada comunión. Esto explica por qué nuestras comuniones no son tan fructuosas. Tenemos que pedir ayuda a la Virgen María, para que nos enseñe a comulgar. A mí me emociona ver a algunas madres de familia, que enseñan a sus hijos a comulgar bien. Les preguntan si han confesado y están en gracia de Dios, recitan con ellos con ellos alguna oración antes de comulgar, les animan a no distraerse; y, después de comulgar, incluso les proponen algunas intenciones para que sus hijos se las pidan
Mons. Antonio Prieto, en Jueves Santo: «Jesús quiere lavarnos la suciedad de nuestros pecados y curar las heridas de nuestro corazón»
Mons. Antonio Prieto Lucena, obispo de la Diócesis de Alcalá de Henares, presidió en la Catedral-Magistral la celebración de los Santos Oficios de Jueves Santo, la Misa de la Cena del Señor, el 17 de abril de 2025, dando comienzo al Triduo Pascual. En este Jueves Santo se pone el foco en tres acontecimientos que tienen su origen en la Última Cena: la institución de la Eucaristía, la institución del Orden Sacerdotal y el mandamiento del Señor sobre la caridad fraterna. Por eso la Iglesia celebra cada Jueves Santo el día del Amor Fraterno. También se recuerda el lavatorio de los pies, que manifiesta el servicio y el amor de Cristo, que ha venido «no a ser servido, sino a servir». Después de la Eucaristía en la Catedral-Magistral de Alcalá de Henares, el Santísimo Sacramento quedó reservado en la capilla de San Pedro para su adoración. Homilía de Mons. Prieto Lucena, obispo de Alcalá de Henares, el Jueves Santo 2025 Queridos sacerdotes, seminaristas y hermanos todos: En esta “Misa de la Cena del Señor” entramos con los Apóstoles en el cenáculo, para recibir grandes regalos de Jesús: la institución de la Eucaristía, la institución del sacerdocio y el mandamiento de amarnos unos a otros como Jesús nos ama. Aquella noche del primer Jueves Santo de la historia, Jesús nos llamó “amigos”, y también “hijitos míos”, y pronunció su impresionante oración sacerdotal, mostrándonos la intimidad de su Corazón y su intimidad con el Padre. Pero el Jueves Santo no son solo palabras de Jesús, son gestos, y gestos muy elocuentes. El primero de estos gestos es el lavatorio de los pies. Sabemos que era un gesto de hospitalidad, que los judíos realizaban con los invitados que llegaban a casa después de atravesar caminos polvorientos o enlodados. Este gesto le correspondía al más ínfimo de los esclavos de la casa. Jesús quiso ocupar ese lugar, lo cual sería muy llamativo para los Apóstoles. El relato de San Juan, que hemos escuchado, nos recuerda al himno de San Pablo a los Filipenses: “Cristo, siendo de condición divina, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo. Se humilló a sí mismo” (cfr. Flp 2,6-8). San Juan nos dice que Jesús se levantó de la cena, se quitó el manto, es decir, se despojó de su rango; y, tomando una toalla, se la ciñó para lavar los pies a sus discípulos. Es decir, tomó la condición de esclavo. Es impresionante contemplar a Jesús asumiendo el papel del más ínfimo de los esclavos. En la vida de San Carlos de Foucauld se cuenta que, después de su conversión, quiso buscar el último lugar de la tierra donde se pudiese estar, por eso se hizo religioso trapense, para vivir escondido en un monasterio, en Francia. De soldado ateo se convirtió en monje. Después pensó que Francia no podía ser el último lugar de la tierra, y pidió a sus superiores trasladarse a un monasterio de Turquía, y después a otro en Tierra Santa, y más tarde a otro en el desierto del Sahara. Después de este itinerario, un día le pidió a Jesús que le dijera si realmente se encontraba ya en el último lugar de la tierra, y Jesús le respondió mostrándole la escena del lavatorio de los pies, y concretamente el momento en que Jesús lavó los pies a Judas. San Carlos de Foucauld comprendió que este, realmente, era el último lugar de la tierra. Jesús ha querido ocupar este lugar. Hasta este punto nos ha amado, hasta ocupar el último lugar de la tierra. Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. El Evangelio de San Juan, que es el último que se escribió, no recoge el relato de la institución de la Eucaristía, pero en su lugar nos narra el gesto del lavatorio de los pies, que expresa el inmenso amor de Cristo al instituir la Eucaristía. A Jesús no le bastó con la encarnación, con explicarnos el sentido de la vida con su predicación, con hacer milagros y curar enfermos. Jesús quiso hacerse nuestro esclavo y nuestro alimento. Cuando tomamos un alimento, lo asimilamos y ese alimento se hace una sola cosa con nosotros. En la Eucaristía, Jesús ha querido hacerse alimento, para hacerse una sola cosa con nosotros, para que recibiéramos su fuerza y su consuelo. Igual que una persona no puede sobrevivir sin comer; un cristiano no puede mantenerse en gracia de Dios sin comulgar con frecuencia. En el Evangelio que hemos escuchado aparece la soberbia de Pedro, que Jesús debe corregir. Con falsa humildad, Pedro rechaza el gesto del lavatorio: “No me lavarás los pies jamás”. Jesús le contesta: “Si no te lavo, no tienes parte conmigo”. El lavatorio de los pies es un signo de la redención, por eso, negarse al lavatorio significa auto-excluirse de la salvación. Si Pedro no se deja lavar, no puede tener parte con Jesús, es decir: queda fuera de la redención. Salvarse significa dejar que Jesús nos lave de la suciedad del pecado, pero Jesús no quiere salvarnos a la fuerza, espera nuestra respuesta libre. Contemplemos, un instante, esta actitud de Pedro. Por una parte, nos parece lógica: nos da reparo que alguien nos lave los pies, que se humille ante nosotros. A veces, nos resulta más cómodo hacer un favor a alguien, que tener que pedirlo, ya que hacer nosotros un favor nos sitúa en una cierta situación de superioridad; en cambio, pedir ayuda nos humilla, porque significa reconocernos necesitados, y, de alguna manera, inferiores. Por eso, en el fondo, la negativa de Pedro a dejarse lavar es una actitud de soberbia, de no reconocer su necesidad de ser salvado. Jesús tiene que curar esta actitud soberbia de Pedro, ya que Pedro tiene que ser el cimiento de la Iglesia, y la Iglesia no puede construirse desde la soberbia, sino desde la humildad. Cuando Jesús anunció su muerte y el abandono de sus discípulos, Pedro reaccionó con la misma prepotencia, diciendo