Gloria viajaba en el AVE que sufrió el accidente ferroviario en Toledo y salió ilesa: «Tengo que descubrir qué quiere Dios de mí y por lo que me ha permitido vivir»

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El miércoles 28 de octubre de 2026, un tren AVE de Renfe colisionó por detrás con un tren Iryo a la altura de los municipios de Urda y Los Yébenes, en la provincia de Toledo. En los últimos días se han conocido algunos de los rostros concretos de los fallecidos, sus historias y las de sus familias.

También se han conocido los testimonios de los supervivientes, los heridos y quienes han salido ilesos. Es el caso de Gloria, una joven de la Diócesis de Alcalá de Henares que viajaba en el vagón 1 del AVE cuando se produjo el impacto y que, gracias a Dios, sobrevivió sin sufrir heridas.

¿Cómo te encuentras después de lo que ha pasado?

Gracias a Dios estoy bien, estoy viva. Yo tuve la gran suerte de salir ilesa. Estaba en el vagón 1 del AVE, que creo que es la situación más privilegiada que pude tener en esa tragedia y realmente no me pasó nada, nada de nada.

Gracias a Dios, en mi vagón todos estábamos bien, entonces eso también me ha permitido no haber vivido una experiencia horrible, de no haber visto nada, nadie cercano a mí estaba sufriendo, todos pudimos salir con vida y bien, más allá de algún que otro rasguño según qué persona, pero estoy muy bien gracias a Dios.

¿Cómo recuerdas el momento del accidente?

Llevaríamos como una hora escasa de trayecto. Yo iba en preferente porque era un viaje de empresa —nos sacan los billetes en preferente— y nos acababan de servir el desayuno. Yo iba hablando por teléfono con mi novio y estábamos hablando de tonterías… de trabajo, de salarios.

Diez o quince minutos antes habíamos estado parados como cinco minutos y dijo el maquinista «estamos parados porque hay densidad de tráfico más adelante».

A raíz de Adamuz estuve muy preocupada por coger un AVE. Era de las personas que durante bastante tiempo evitó coger un AVE por miedo a que volviera a pasar y, aunque lógicamente piensas que esto no se va a volver a repetir, era muy reticente a coger AVEs y este era el segundo AVE desde entonces que cogía a Sevilla, pero es algo que no suelo hacer.

Y recuerdo pensar «qué bien que ya no me tengo que preocupar por nada, porque estemos parados, qué bien que no me tengo que preocupar por ninguna incidencia porque esto ya está bien, está todo arreglado».

Cinco minutos más tarde sentimos un frenazo muy fuerte, yo recuerdo decir «Dios mío», y después de ese frenazo muy fuerte todo se empezó a caer, mi desayuno lógicamente se cayó, yo me agarré al asiento de delante y después de eso creo que lo que sentimos fue el choque, —porque gracias a Dios antes del choque hubo un frenazo— entiendo que sentimos el choque y el descarrilamiento, yo sentía que el tren se estaba saliendo de la vía.

Entonces yo estaba «Dios mío, Dios mío, Dios mío, Dios mío, Dios mío», agarrada al asiento de delante, veía que el señor que tenía a mi lado salía disparado del asiento hacia el pasillo, yo no me moví de mi asiento, no sé ni cómo… la llamada con mi novio seguía, yo estaba con los airpods, si no el móvil se me habría caído… todo milagroso. Y mi novio diciendo «qué pasa, qué pasa, Dios mío, qué pasa, qué pasa», y yo no podía decir otra cosa que «Dios mío».

En ese momento se te pasan muchas cosas por la cabeza. Se te pasa por la cabeza ¿qué está pasando, cuál es el siguiente movimiento? Yo no sabía si el vagón iba a salirse completamente de la vía y se iba a caer por el terraplén, cosa que podría haber pasado perfectamente porque el vagón estaba salido de la vía, no sabía si me iba a morir… Pensé «no me he confesado», porque mi idea ese día era confesarme porque como íbamos a Sevilla y por la tarde teníamos libre, teníamos intención de visitar a la Virgen y confesarnos, y pensé «mierda, no estoy confesada».

Cuando paró, dije «vale, no sé qué ha pasado, no sé qué viene después, —porque yo notaba el vagón como ligeramente inclinado— esto no sé si se va a caer, entonces me asomé por la ventana y ya vi a lo lejos los dos vagones del Iryo destrozados, y además también vi unas piernas de un señor que yo… mi mente…, —aquí cada persona reacciona de una manera— pero mi manera de reaccionar fue como que no había pasado nada y ese señor simplemente iba a salir de ese vagón y punto. No sé qué habrá sido de esa persona, pero no vi nada más.

Cuando vi eso, dije «vale, aquí ha pasado algo muy gordo, tenemos que salir de aquí ya, porque como venga otro tren por detrás, estamos muertos», porque éramos el último vagón. Entonces nos cercioramos de que estábamos todos bien, gracias a Dios, miré para atrás hacia mis compañeras y estaban bien, y dijimos «vale, hay que abrir la ventana».

Entonces nos pusimos a romper la ventana, dudando también de si debíamos porque un chico dijo «tenemos que esperar a que nos den indicaciones». Claro, yo ya había visto los vagones y digo «¿qué indicaciones?, que igual no hay nadie que nos dé indicaciones porque están muertos». Entonces ya nos pusimos a romper la ventana y yo, sin pensarlo dos veces, salí corriendo, porque de verdad tenía profundo miedo de que viniera un tercer tren, que gracias a Dios no vino.

¿Qué es lo que pasa cuando ya te cercioras de que estás bien? ¿Cómo han sido esos días después para ti?

Lo primero que hice fue llamar a mi madre. Gracias a Dios que tenía el móvil para llamar a mi madre, porque digo, quiero que mi madre se entere por mí, antes que por las noticias, porque se muere. La llamé, —yo la verdad estaba tranquila, no sé ni cómo— la llamé tranquila y dije «mamá, estoy bien, no te preocupes, pero ha habido un accidente y tiene pinta de ser muy gordo».

En este punto no sabíamos lo que había pasado, yo ni sabía que se había chocado con otro tren, no sabíamos nada. En ese momento no piensas en nada, estábamos todos vagando por un campo como zombis, y había personas que habían sufrido alguna herida. Recuerdo una mujer con el labio totalmente partido, un señor con una brecha que estaba muy desorientado… pues intentamos ayudarles, tranquilizarles y ver si necesitaban algo.

Pero yo ahí solamente pensaba en llamar a mis familiares para decirles que estaba bien, e intentar contactar con mi novio que quería venir a por mí. No es hasta esa misma tarde realmente, cuando ya te das cuenta y dices, «Dios mío, he estado a punto de morirme». Estaba en el último vagón pero si me llego a levantar para ir al baño… igual no me habría muerto, pero podría estar en el hospital. No me ha pasado nada. Es una sensación de agradecimiento absoluto.

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En todo esto, ¿qué ha supuesto para ti tener fe, creer en Dios y estar cerca de la Iglesia?

Yo siempre he tenido fe, al final me he criado en una familia que me ha transmitido esa fe, he intentado vivir mi vida coherentemente de acuerdo a esa fe, pero sí que es verdad que no era mi prioridad absoluta.

Es verdad que después de una experiencia así dices «ostras… que me puedo morir». Lo hablaba con la psicóloga y me decía «es que tú has descubierto lo que es la falacia de la invulnerabilidad», que vivimos nuestra vida pensando que somos totalmente invulnerables, que no nos puede pasar nada. Yo soy una persona que siempre me he considerado súper afortunada, nunca me ha pasado nada, ninguna tragedia, nada, y cuando ves algo así desde tan cerca y que, ojo, ese tren que yo cogí se estrelló, una de las mayores tragedias ferroviarias la he vivido yo, dices, «ostras, ojo, que a ti también te puede pasar algo».

Entonces ahí te das cuenta de la fragilidad de la vida, de que no somos inmortales, que es algo que sabemos pero parece que nos cuesta muchísimo entender, y que no sabemos cuándo va a ser nuestro día. Pues aquel 28 de octubre no era mi día, pero podría haberlo sido, y yo no estaba preparada para morirme, porque no estaba en gracia de Dios.

Entonces, ¿cómo me ha cambiado a mí esto? Pues pido a Dios que nunca me olvide de darle gracias todos los días, que no se me olvide que estoy viva de milagro, que soy una afortunada y que Dios me ha dado una segunda oportunidad en la vida y tengo que aprovecharla. Tengo que descubrir qué es aquello que quiere Dios de mí y por lo que me ha permitido vivir, porque hay otras personas que no han tenido esta suerte, y yo creo que es justo aprovechar esta oportunidad que otras personas no han tenido.

Hablabas antes de la confesión, de estar en gracia de Dios… ¿cómo vives esa confesión después del accidente?

Ese mismo día fui a Misa con mis padres y con Fede, mi novio, para dar gracias. Para dar gracias de la gran suerte de estar viva, de la gran suerte de que mis padres no hubieran perdido una hija, que me duele más que mi propia vida, que ellos hubieran pasado por eso. Tenía intención de confesarme pero no llegué a tiempo, se fue el sacerdote.

Al día siguiente fui a la hora santa de Hakuna y ahí ya dije «vale, de aquí no pasa». Al final retrasamos mucho a veces la confesión, porque nos da mucha pereza confesarnos y decimos «bueno, el domingo que viene… bueno, el jueves que viene…».

Esa semana dije «es que no va a pasar ni un día más sin que yo me confiese, es que no lo voy a permitir». Entonces ya ese día me confesé y cuando recibí el perdón de Dios sentí una paz absoluta y tuve la suerte de ir después a la hora santa donde ya pedimos por las víctimas del accidente. Lógicamente me derrumbé, lo solté todo y nos bendijeron y dije «vale, ya está, por fin he hecho lo que tenía pendiente ese miércoles por hacer y que Dios me ha permitido poderlo hacer». Una paz absoluta.

Una pregunta que siempre nos hacemos cuando sucede una tragedia es ¿dónde estaba Dios?

Yo lo que dije cuando ocurrió fue «Dios mío», no me salieron otras palabras. Lo que se me vino a la mente fue que no me había confesado, creo que no pensé en otra cosa que no fuera Dios. ¿Dónde estaba Dios? Pues Dios estaba…

Esto es una tragedia que no tendría que haber ocurrido, esto no es un desastre natural inevitable, esto es una negligencia imperdonable de los que son responsables de esto, que son los de arriba, no los de abajo, y esto se tiene que denunciar públicamente, esto no se puede consentir que vuelva a ocurrir y, ya digo, es imperdonable.

Pero Dios, no sabemos por qué, permite estas cosas también. Quiero pensar que Dios estaba en aquellas personas que estaban ayudando a las personas que estaban muriéndose, que estaban gravemente heridas; y Dios estaba en los guardias civiles que estaban desde el minuto uno ahí; en los sacerdotes que vinieron, tanto del pueblo como de alrededores, a acompañar a las personas, a abrazar a las víctimas.

Dios estaba incluso entre nosotras, cuando veíamos a una persona desorientada que estaba sola, y caíamos en la cuenta de «oye, voy a acercarme a esta persona a ayudarla, porque está sola», porque yo tenía suerte de estar con compañeras y de haber podido hablar con mi novio.

Había gente que había perdido su móvil, todo el mundo estaba como perdido. Yo quiero pensar que Dios estaba ahí, Dios estaba también en las personas que —porque yo tuve la suerte de que mi novio vino a recogerme— no tenían quien les viniera a recoger o que no podían acercarse.

Y justo saliendo, nos encontramos con varios coches que nos decían «¿necesitáis que os llevemos?, llevamos ahora a tres personas, pero en cuanto las dejemos, volvemos aquí para llevaros a vosotros». Y decías «madre mía, qué buena es la gente». Pues yo pienso que ahí estaba Dios.

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¿Te has sentido acompañada estos días después del accidente?

Muy acompañada, sí. La verdad es que yo ahora mismo, aparte de sensación de agradecimiento, me siento hasta culpable por estar bien, por no haber visto ciertas cosas, por no ser del todo consciente de la situación, que de nada sirve estar mal.

He recibido mensajes de muchísimas personas, de algunas con las que ni siquiera hablo habitualmente. Hoy, de hecho, una amiga mía me ha enviado un ramo de flores y digo «por favor, parad, porque es que estoy bien. Dejad de preocuparos por mí, porque me hace sentir fatal tanta tensión».

Estoy bien y he sido una afortunada absoluta, porque he salido ilesa de una tragedia que si hubiera venido un tercer tren, no lo habría contado. O si llego a estar en otro vagón, porque yo estaba en el vagón 1 que, en este caso, era lo que se llama la cola del tren, pero muchas veces es la cabeza del tren. El vagón 1 podríamos ir en contramarcha y que fuera el primer vagón. Eso pasa muchas veces. Pues yo no lo habría contado. Entonces, de verdad, es que soy una afortunada. Me he sentido súper acompañada, he recibido mucho cariño y estoy muy agradecida.

¿Cambia la manera de mirar la vida cuando pasa algo así?

Pues mira, la verdad, me ha empezado a dar todo un poco de igual. En el sentido del qué dirán… La vida, al final, es un regalo. Venimos solos y nos vamos solos. O sea, lo que opine la gente o deje de opinar de ti, da igual. Lo que tengas o dejes de tener, da igual.

Como decía, antes del accidente yo estaba hablando con mi novio, que por cierto, nos casamos en abril. No hay que esperar a que todo esté perfecto para hacer las cosas. De hecho, nos casamos en abril y digo «¿por qué no lo habríamos organizado para casarnos antes?». Porque nos queremos casar ya, más después de esto…

Hablaba con él justo en el momento del accidente, de tonterías, como el trabajo, salarios, ganar más dinero, ganar menos dinero… Lógicamente, estamos en el mundo y tenemos que vivir la vida, y la vida tiene una serie de normas y hay que trabajar para ganar dinero, para tener una vida relativamente acomodada. Pero ya no me importa.

Muchas veces he tenido esa ambición de llegar muy lejos a nivel laboral, de tener una vida muy cómoda, muy fácil… Ahora valoro otras cosas. Valoro cada día y, de verdad, espero que no se me olvide porque esto se olvida, es muy fácil que se olvide. Pero sí, darle importancia a las cosas importantes. Y lo más importante es que estemos bien, que tengamos salud, que podamos despertar un día más y no hay que olvidarlo.

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