Acercarse a un cementerio es, para muchos, una mala idea. Las películas y las novelas han motivado que tenga una ‘mala prensa’ todo lo que tiene que ver con tumbas, muertos y sepultureros. Es una mañana cualquiera del mes de octubre y la entrada del Cementerio Municipal de San Roque, en Alcalá de Henares, —al que popularmente se llama ‘cementerio viejo‘— tiene poco trasiego.
La señora que vende las flores en un pequeño quiosco ordena algunas plantas mientras aguarda la llegada de la solemnidad de Todos los Santos y la consecutiva jornada, dedicada a todos los difuntos. En esas fechas tendrá buenas ventas.
En las inmediaciones de la verja de acceso principal a este camposanto complutense pasea un señor vestido de paisano al que le delatan sus sandalias. Es el Hermano Alejandro, un fraile franciscano que lleva más de dos décadas en este lugar rezando responsos a pie de sepultura y ofreciendo asistencia espiritual a los familiares de los fallecidos.
Al saludarle con un «Buenos días, Hno. Alejandro», él responde con un «Alejandro Rodríguez Pérez». Dejando constancia de sus apellidos paterno y materno, como se hacía hace décadas y cada vez se hace menos. Antes de este saludo ya ha rezado un Padrenuestro, como hace siempre al entrar en el camposanto.
Mientras camina hacia la capilla del cementerio, comenta que nació en Carrizosa, en Ciudad Real, muy cerca de las Lagunas de Ruidera. Comenzó a trabajar con once años en la madera, junto a su hermano, quien le enseñó el oficio de carpintero. No pudo realizar estudios de ninguna clase.
Un día, el cura del pueblo le presentó a un padre franciscano, con quien conversó de muchos temas y le preguntó si no había pensado en ser religioso o fraile. «Yo no sabía lo que era un fraile, ni lo que era un convento, ni lo que se hacía en él», recuerda el Hno. Alejandro.
Tiempo después, «ingresé como religioso franciscano en Pastrana (Guadalajara), en 1962, cuando tenía 20 años. Ingresé para hermano lego, yo no soy sacerdote. Ahí estuve 17 o 18 años. Luego fui destinado a Arenas de San Pedro (Ávila), siempre trabajando de carpintero y hacíamos puertas, ventanas, sillas, mesas… Antiguamente no eras especialista en nada, pero hacías de todo», afirma.
Mientras se preparaba para ser fraile realizó la mili (servicio militar obligatorio) en Ciudad Real. Llegaron las máquinas para labrar la madera y, a principios del siglo XXI, el hermano dejó el oficio.

Una Virgen del Carmen y una Virgen Milagrosa con la piel pintada de negro
Desde hace más de dos décadas, este religioso ciudadrealeño reside en Alcalá de Henares. Explica que en la parroquia de San Francisco de Asís, en la ciudad complutense, —donde vive junto a la comunidad franciscana— actualmente realiza labores de «portero, telefonista, relaciones públicas, atiendo en la sacristía…».
Otra de las tareas que tiene encomendadas es la de atender religiosa y espiritualmente en el cementerio viejo de Alcalá. Su ‘centro de operaciones’ es la capilla, que tiene en su retablo una imagen de la Virgen del Carmen. El Hno. Alejandro saca de su bolsillo una robusta llave y la hace girar para acceder al templo. Tras cruzar la puerta se acerca a la pared para levantar los interruptores automáticos del pequeño cuadro eléctrico y así dar más luz a un interior ya iluminado por el sol que traspasa las vidrieras.
El interior de la capilla no es muy grande y tiene dos pequeñas estancias en los laterales. Una de ellas tiene un mueble sobre el que hay una imagen de la Virgen Milagrosa cuyo rostro, manos y pies han sido pintados de negro. El fraile comenta que un día dejaron esa imagen mariana en la puerta de la capilla y él optó por hacerle sitio dentro.
En esa misma sala hay una silla sobre la que el Hno. Alejandro ha dejado una bolsa con su hábito franciscano. Se viste con él y toma dos papeles plastificados con los textos de los responsos. Unas oraciones que él reza cuando le llaman desde la funeraria a petición de la familia de la persona que ha fallecido.

¿Rezar a las cenizas o a los ataúdes?
El religioso comenta que «algunos me han dicho, ‘Oye, ¿tú rezas a las cenizas?’. Yo siempre digo, ‘mira, yo no le rezo a las cenizas, ni le rezo a los ataúdes’. Yo vengo al cementerio a pedir al Señor que por su gran misericordia acoja el alma de esa persona y le lleve a gozar de Su presencia. Pero yo no rezo ni a las cenizas ni a los ataúdes. Es muy importante acompañar a la familia, que por lo general son muy agradecidos».
El obispo le encomendó este servicio en 2003 y lleva ya 23 años «echando responsos a pie de sepultura, siempre con el permiso de los familiares», afirma. El propio fraile se pregunta la razón por la que sigue acudiendo a realizar este acompañamiento religioso al cementerio municipal de San Roque. Tiene 83 años y afirma que va al cementerio para «colaborar con el Señor… Señor, échame esa ‘ayudica’ que me hace falta. Mándanos vocaciones que somos pocos y ya la mayor parte vamos cantando. ¿Sabe usted lo que cantamos? ‘No podemos caminar…‘».
Un ‘no podemos caminar con hambre bajo el sol…’ que tantas veces se canta en las parroquias y que el Hno. Alejandro ya ha convertido en una de sus melodías favoritas. La tararea mientras camina entre las tumbas. Tiene perfectamente ubicadas la sepultura del Padre Manuel Palero -a quien el Hno. Alejandro define como ‘santo varón’-, las de los paracaidistas del Ejército de Tierra y la gran cruz y tumba dedicadas al soldado desconocido. También tiene tiempo para charlar con la señora que vende las flores y con alguno de los empleados del cementerio, como Javi. «Y si ya tengo un poco más tiempo, me voy al lugar de los jubilados que hay ahí arriba y me tomo un cafetillo, que también me gusta», comenta.

El 1 de noviembre de 2026, el obispo de la Diócesis de Alcalá de Henares, Mons. Antonio Prieto Lucena, presidirá la Eucaristía en la solemnidad de Todos los Santos en este cementerio. Al Hno. Alejandro le da mucha alegría que D. Antonio celebre en la pequeña explanada delante de la capilla. Ese día acudirá algún otro franciscano de los cuatro que hay en la parroquia San Francisco de Asís porque, como explica riendo el propio fraile Alejandro, «yo de las lecturas y todas esas cosas, no entiendo. Lo mío es la madera».
Una madera que siempre está presente en su conversación porque es un oficio que lleva dentro desde niño. «Fíjate que cuando yo era joven hacíamos hasta ataúdes en la carpintería. Y quién iba a decir que luego, ya de viejo, me iba a dedicar a rezar en el cementerio…». Un camposanto al que no acude mucha gente a diario, ya que, en palabras del fraile, «hay muchas fosas que ya no tienen a nadie porque se terminó la familia», es decir, que, al ser fosas familiares, ya no hay fallecidos que ocupen esas sepulturas.
En mitad de la conversación suena el teléfono del Hno. Alejandro. Es un aparato de la marca Telefunken que para descolgar requiere abrir una tapa que oculta la pantalla. Un teléfono móvil de los antiguos que motiva que el fraile requiera un bolígrafo y un papel para apuntar una cita en la que tendrá que rezar un responso al día siguiente a las once de la mañana.
Las tumbas y los cipreses están rodeados de un silencio y una paz solamente rota por los coches que suben y bajan el puente que cruza sobre las vías ferroviarias. El tren, cada cierto número de minutos, también emite su traqueteo en dirección hacia las cercanas estaciones de Alcalá de Henares o de La Garena.

‘Señor, no me lleves pronto, que te quedas sin obreros’
La constante alegría de este franciscano a veces también se rompe cuando está frente al féretro de un joven o de un niño. Confiesa que en algunas ocasiones él también se emociona y llora orando en el cementerio. Y es que «el dolor que uno ha tenido cuando has perdido un ser querido no lo olvidas del todo. Yo tengo una experiencia muy cruda, que no olvidaré nunca. La primera vez que fui con el hábito de fraile a mi pueblo fue al entierro de mi madre. Ese dolor a mí no se me va. Mi madre estaba subida en un carro, en nuestra misma casa. Pasó un avión muy bajo, se asustó la mula, volcó el carro y mi madre se mató en el acto. Pero digo, ‘bueno, Señor, así lo has hecho’. Pero claro, la ilusión que le hubiese hecho a mi madre verme vestido con el hábito… Sin embargo, mi padre pasó de los cien años. Yo digo, ‘Señor, qué menos que mi padre’. No me lleves pronto que te quedas sin obreros. Cada vez somos menos y viejos. Estando bien, pues qué menos que cien», sonríe.
Interpelado por lo que piensa sobre la muerte, el Hermano Alejandro hace una pausa para pensar la respuesta y rápidamente responde que para él la muerte «es cambiar de vida. Pensar, Dios mío, ¿qué será de mí? ¿Estaré obrando bien para que luego Tú me des esa recompensa que das a la gente que te quiere y que hace el bien? Un día me tendré que morir. Señor, me pedirás cuenta y según lo que haya hecho aquí, así me darás. Pero por tu gran misericordia, échame esa ‘ayudica’ para que yo obre bien aquí para que vaya allí arriba con algo bueno. Un día tengo que dejar de estar. En otro trabajo no sé, pero en este trabajo anda que si no te recuerda que te tienes que morir…».
Su instrumento de cuerda para llamar a la oración y al recogimiento en el cementerio
En estos días ya se establecen los preparativos para que un gran número de personas acuda los días 1 y 2 de noviembre a los cementerios para orar por los familiares y amigos fallecidos. El Hno. Alejandro afirma que el día de Todos los Santos suele haber un cuarteto de cuerda que acompaña musicalmente la celebración de la Misa en el ‘cementerio viejo’.
Como ya hizo el año pasado, se ofrecerá para colaborar y explicará que él también toca un instrumento de cuerda. No se refiere a otra cosa que a la cuerda de la que tirará para tocar la campana de la capilla, que hará sonar llamando a la oración y al recogimiento previo a la Eucaristía.
No pierde su alegría ni siquiera cuando el mundo y el marketing piden que el ser humano esté compungido en la víspera de los Santos y los difuntos. «El bien se puede hacer en cualquier momento, en todo momento. Y el bien que puedas hacer y el mal que puedas evitar te valga para la vida eterna», afirma el fraile, quien todavía permanecerá unas horas más en el camposanto. Cuando cruce la verja de salida se despedirá como hace siempre desde hace más de dos décadas, «¿cómo se despide uno? Pues encomendando el alma de los difuntos al Señor«, concluye.





