El presbiterio de la diócesis de Alcalá celebró el día de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote el jueves 12 de junio de 2025, en la parroquia de San Pedro y San Pablo, en Coslada. Allí los sacerdotes pudieron orar ante el Santísimo Sacramento, escuchar una conferencia sobre el venerable Doroteo Hernández, impartida por D. Pablo Pérez, y celebrar juntos la Eucaristía.

Con motivo de sus 25 años de sacerdocio, Matías Ares, Iván Bermejo, Eliseo Gea y nuestro obispo D. Antonio recibieron la bendición apostólica y un icono del Buen Pastor.
A continuación se puede leer la homilía de Mons. Antonio Prieto Lucena, obispo complutense, en la Eucaristía en la fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote.
Querido D. Juan Antonio, querido César, gracias por acogernos en tu parroquia.
Precisamente hoy César celebra su aniversario de ordenación sacerdotal ¡Felicidades!
Queridos sacerdotes y hermanos todos:
El Venerable José María García Lahiguera quería que esta fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, por la que tanto luchó, la viviéramos como una “fiesta del sacerdocio” y como una “fiesta para los sacerdotes”. Por eso nos reunimos en fraternidad, para rezar juntos, para convivir, para celebrar el gran misterio de nuestra participación en el Sacerdocio de Jesucristo, y dar gracias por nuestra vocación inmerecida.
Agradecemos a D. Pablo Pérez por su magnífica conferencia sobre el también Venerable Doroteo Hernández, un ejemplo de sacerdote entregado, que tanto trabajó aquí en Coslada, donde puso el centro de operaciones de su Cruzada Evangélica. D. Doroteo era un enamorado del sacerdocio. Al final de su vida escribió: “Si naciera de nuevo, volvería a ser sacerdote. Nunca he pensado en otra cosa. Soy sacerdote y sigo a Cristo con todas sus consecuencias. Soy extremista por naturaleza, y he sido bastante extremista como sacerdote. Aconsejaría a un sacerdote joven que no deje el rezo del Breviario, que no deje la meditación y que no deje el sagrario. Eso, ante todo: que no deje la oración. Y que se ilusione con el apostolado de las almas. Y que no le haga mella la ingratitud”.
Creo que son muy oportunos para nosotros estos tres consejos de D. Doroteo: no dejar la oración; trabajar con ilusión en el apostolado y tener fortaleza ante las ingratitudes. En esta homilía quisiera comentar brevemente estos tres consejos. En primer lugar, la oración, el sagrario, la intimidad con Jesucristo. Lo habremos escuchado miles de veces, pero no sé si todos podríamos decir que somos “hombres de oración”. Yo, al menos, dejo mucho que desear. Con frecuencia, la actividad nos come. Vivimos muy ajetreados y no tenemos tiempo para orar. El P. Carlos Valverde decía que la frase: “no tengo tiempo de rezar” debería estar prohibida para un cristiano. Explicaba que la oración no es cuestión de tiempo, sino de prioridades. Si dejamos la oración para cuando tengamos tiempo, nunca rezaremos. Solo rezaremos si la oración es una prioridad para nosotros.
Hemos de reconocer que siempre tenemos tiempo para las cosas que amamos, para las cosas que nos apasionan y que priorizamos en la práctica. El P. Solano contaba que una carmelita descalza le dijo una vez: “Padre, no tengo tiempo de rezar”. El jesuita, muy extrañado, le respondió: “Hermana, pero si es usted carmelita descalza”. Y la hermana dijo: “Sí, Padre, pero usted no sabe lo que es la ropería de un convento”. El P. Solano cayó en la cuenta de que la oración no era cuestión de tiempo. Aquella carmelita tenía muchísimo tiempo para rezar, pero andaba afanada por la ropería del convento, porque, en realidad, le apasionaba. Encontraba satisfacción en su trabajo, una satisfacción que es buena, pero que la apartaba de la oración, que es mucho más necesaria. Curiosamente, siendo carmelita descalza, habiendo dejado todo para entrar en un convento y dedicarse a la oración, había caído en la trampa de dedicar más tiempo a la ropería que a la oración.
Es una cuestión compleja y difícil, pero es así: no rezamos porque elegimos otras cosas que nos apasionan más que la oración, que nos reportan más satisfacción personal. Y el problema es que “cuanto menos rezamos, menos gusto tenemos por la oración”. Entramos en un círculo vicioso de hacer cada vez más cosas y rezar cada vez menos, y, enseguida esto nos afecta.
Sin la oración, perdemos la mirada de fe, y empezamos a “pensar”, a “hablar” y a “actuar” como los paganos. Y nuestros feligreses lo notan. Nuestros fieles distinguen a un “sacerdote funcionario” de un “sacerdote enamorado de Cristo”. El gran guitarrista Andrés Segovia decía que, si un día no tocaba la guitarra, al día siguiente él se lo notaba: tenía menos agilidad y menos destreza. Pero si estaba dos o tres días sin tocar la guitarra, ya no solo lo notaba él, sino que también lo notaba la gente que le escuchaba.
Queridos sacerdotes: la gente nota cuando no rezamos, y nosotros también lo notamos. Sin la oración, sin la presencia de Dios en nuestra vida, todo se nos hace cuesta arriba. No hay prontitud en el sacrificio, en la entrega al ministerio, en la obediencia, en la castidad, en la atención a nuestros fieles. Sin la oración, nos sale el “hombre viejo” que llevamos dentro, y se apaga el “hombre espiritual”, que es transparencia de Cristo. Sin la oración, nuestro sacerdocio languidece, le falta vibración y dejamos de aspirar a la santidad sacerdotal.
Esta Fiesta de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote debería reorientar nuestro camino en la aspiración a la santidad. García Lahiguera, como sabemos, fue un gran apóstol de la santidad sacerdotal. En aquella época suya de la posguerra civil, él veía que la santidad sacerdotal era el mejor medio para renovar la Iglesia y la sociedad. Por eso decía: “Si no soy santo, ¿para qué ser sacerdote? Y, si ya soy sacerdote, ¿cómo es que no soy santo? Sacerdote santo, pronto y grande. Pronto, porque la vida es breve. Grande, porque lo requiere la sublimidad del sacerdocio. Sacerdote santo, pronto y grande, porque – con menos – no cumplo”.
Lógicamente, no puede haber santidad sin oración. Sin poner a Cristo en la raíz y en la cumbre de todas nuestras acciones. Por eso, no descuidemos el hábito de la oración. Si lo hemos perdido, recuperémoslo. Hace unos días, el Papa León decía a los miembros de la Curia Vaticana: “la mejor manera de servir a la Santa Sede es procurar ser santos”. Nos lo podríamos aplicar nosotros: “la mejor manera de servir a nuestra diócesis es procurar ser santos”.
El segundo consejo de D. Doroteo es la ilusión por el apostolado. Una vez que hemos cumplido con la oración, nuestro lugar como sacerdotes es la parroquia, el altar, el confesionario, las aulas de los colegios, la cabecera del enfermo, el hospital, el despacho parroquial, los niños de la catequesis y los grupos de jóvenes o de matrimonios. Un compañero sacerdote solía decir: “la oración, si es verdadera, nos echa a la calle”. Con esto quería decir que la intimidad con Cristo prende en nuestro corazón las ansias redentoras del Corazón de Cristo. No podemos quedarnos inactivos mientras hay tantas almas que salvar. Napoleón decía: “puedo perder una batalla, pero no puedo perder un minuto”. Nosotros tampoco deberíamos perder el tiempo en nuestra tarea pastoral, trabajando sin prisas, sin agobio, pero sin pausa.
García Lahiguera decía que, para el sacerdote, santidad y apostolado eran el anverso y el reverso de la misma moneda. Por eso afirmaba que la palabra “reservarse” era una palabra “anti-sacerdotal”, y comentaba: “¿Reservarme? ¿Para quién? ¿No soy todo y solo tuyo, Señor? ¿Reservarme? ¿Para qué? ¿Reservarme? ¿Para cuándo? La medida del amor es amar sin medida”. García Lahiguera pidió que en la lápida de su tumba se escribieran dos palabras: “sacerdos et hostia”, “sacerdote y víctima”, porque esas palabras habían sido “su vida en la tierra”, y esperaba que fueran “su gloria eterna en el cielo”.
No perdamos la ilusión por el apostolado, aunque encontremos contradicciones, aunque no obtengamos los resultados esperados. Lo nuestro es sembrar, otros recogerán. Con esto, llegamos al tercer consejo de D. Doroteo: fortaleza ante las ingratitudes. San Juan de Ávila decía que el sacerdote debía tener un corazón, al mismo tiempo, de carne y de hierro. De carne, para compadecerse de las miserias ajenas, para comprender a los pecadores y estar cerca de los pobres y los enfermos. Pero, simultáneamente, debía tener un corazón de hierro, para soportar todas las ingratitudes, desprecios, incomprensiones, malentendidos, críticas y humillaciones que pudiera recibir de esos mismos fieles a los que trataba de servir.
Queridos sacerdotes: todos tenemos experiencia de esto. En la vida de cualquiera de nosotros no falta el “pan duro” de la humillación y los desprecios. A veces, los golpes nos vienen del mundo, pero esos son los que menos duelen. Nos afectan mucho más las críticas y los desprecios de nuestros compañeros y superiores. Por eso, tenemos que “hacernos espalda unos a otros”, como decía Santa Teresa. “A tiempos recios, se necesitan amigos fuertes de Dios”. El libro de los Proverbios afirma que “los hermanos que se ayudan son como una fortaleza”, y Qohelet dice “que una cuerda de tres hilos es difícil de romper”. Cuidemos nuestra fraternidad sacerdotal. Pongamos cada uno de nuestra parte. Nuestro presbiterio puede ser ese “corazón de hierro” que nos proteja de los desánimos de nuestro apostolado.
Demos gracias a Dios por nuestro sacerdocio. García Lahiguera decía: “Si mil veces naciera, mil veces sacerdote fuera”. Ser sacerdotes es lo mejor que nos ha pasado en la vida. Seamos “siempre sacerdotes, en todo sacerdotes y solo sacerdotes”. Queridos sacerdotes: una vez más, quiero daros las gracias por vuestro servicio a la diócesis, por vuestra entrega y generosidad. En especial, hoy damos gracias a Dios por el sacerdocio de nuestros hermanos: Matías Ares, Iván Bermejo y Eliseo Gea, que cumplen sus bodas de plata sacerdotales. Que Dios les premie su fidelidad y su entrega a lo largo de estos años. Pidamos por ellos y por todo nuestro presbiterio, especialmente por aquellos hermanos que más necesiten nuestra oración. Que la María, Madre del Sumo y Eterno Sacerdote interceda por nosotros. Que así sea.







