El obispo de Alcalá en la Vigilia de la Inmaculada: «Si Cristo es la luz del mundo, María es la aurora que precede a la luz del día»

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El domingo 7 de diciembre de 2025 a las nueve de la noche, la parroquia de Santa María la Mayor, en Alcalá de Henares, acogió la celebración de la Vigilia de la Inmaculada Concepción.

Estuvo presidida por Mons. Antonio Prieto Lucena, obispo de Alcalá, y a ella acudieron sacerdotes que desarrollan su tarea pastoral en la ciudad de Alcalá. En otros arciprestazgos también se celebraron vigilias de la Inmaculada.

En la vigilia se leyeron algunos textos, se entonaron cantos, se proclamó el Evangelio por parte de uno de los diáconos, el obispo complutense pronunció unas palabras y, tras las preces, se expuso el Santísimo Sacramento.

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Palabras del obispo de Alcalá en la Vigilia de la Inmaculada Concepción 2025

Queridos hermanos sacerdotes y seminaristas, consagrados y hermanos todos:

Las lecturas que acabamos de escuchar nos ayudan a entrar en el misterio de la Inmaculada Concepción de la Virgen María. La primera lectura, que se ha proclamado, del Libro de Génesis, es conocida como “Proto-evangelio”. Aparece la triste realidad del pecado, que rompe la armonía del hombre con Dios, la armonía del hombre y la mujer, e incluso la armonía del hombre con la Creación. El hombre es expulsado del paraíso, sin posibilidad de recomponer por sí mismo la amistad con Dios, que da sentido a su existencia. El pecado es, sin duda, el único mal absoluto para el hombre. Todos los demás males que podemos sufrir pueden encontrar sentido desde la fe, pero el pecado no, ya que el pecado nos degrada como personas y nos aparta de nuestro destino eterno. Sin embargo, en medio de esta desolación, Dios pronuncia una promesa, dirigida a la serpiente: “pongo hostilidad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y su descendencia; esta te aplastará la cabeza cuando tú la hieras en el talón”.

La tradición cristiana ha identificado que esta mujer, que aplasta la cabeza de la serpiente, es la Virgen María, y su descendencia es Jesucristo, el Verbo hecho carne en sus entrañas purísimas. En la segunda lectura, el profeta Isaías, ocho siglos antes de Cristo, expresa este misterio de manera muy hermosa: “el pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande, habitaba en sombras de muerte, y una luz les brilló. Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado”. Jesucristo es, en efecto, la respuesta de Dios al misterio del pecado. El pecado es oscuridad y tinieblas, pero Cristo es la luz del mundo, que alumbra a todo hombre que viene a este mundo.

Si Cristo es la luz del mundo, María es la aurora que precede a la luz del día. La Concepción Inmaculada de nuestra Señora es el inicio de nuestra salvación. Pensando en una Madre para su Hijo, Dios creó a la Virgen María, y la preservó del pecado original. María es la obra maestra de la Creación. En ella no hay ningún compromiso con el pecado. Es como un riachuelo purísimo que ha brotado de una fuente contaminada. Ella es la “llena de gracia”, con tal plenitud que los teólogos han dicho que María, desde el primer instante de su concepción, tenía más gracia que todos los santos juntos al final de sus vidas. Con una especial clarividencia, la poesía de Charles Péguy, que hemos escuchado, vincula esta pureza de María con la juventud y con la virtud de la esperanza: “La Virgen María es más joven que el pecado, más joven que la raza de la que procede. Ella es la infancia de la humanidad reconciliada y la primera flor de la creación restaurada. En ella, la esperanza no ha sido jamás mancillada. Dios ha puesto en sus manos – delicadas y segurísimas – la esperanza del mundo”.

El mismo Charles Péguy comparaba las tres virtudes teologales con tres mujeres. Decía que la fe es como una “esposa”. Lo propio de la esposa es la fidelidad. Su amor se mantiene inalterable, es capaz de sufrirlo todo. Así tiene que ser la fe, fuerte y fiel, como una esposa.

Por su parte, la caridad es como una “madre”. Lo propio de una madre es dar todo lo que tiene. Una madre amamanta a su criatura, la cuida y protege. Se sacrifica a sí misma y se vuelca por completo en atender a los que tiene a su cargo. Así tiene que ser nuestra caridad, siempre solícita, siempre atenta a los demás.

Por último, la esperanza es comparada con una “hija”. Lo propio de una hija es la confianza. Con su juventud, la hija se lanza a descubrir el mundo sin miedos ni temores, porque confía en sus padres. Una hija pequeña no conoce límites para sus sueños. Quiere llegar lejos y sabe que puede hacerlo porque no se apoya en sus fuerzas. Su confianza viene de vivir en los brazos de sus padres. Así tiene que ser nuestra esperanza, una esperanza audaz y valiente, que no se descorazona por los fracasos ni por los obstáculos, porque sabemos que Dios es nuestro Padre. Porque todo coopera para el bien de los que aman a Dios.

En el Evangelio, hemos escuchado el relato de la Anunciación, uno de los textos más hermosos de la Sagrada Escritura. Contemplamos a María que vive de la fe, la esperanza y la caridad. Al ser Hija de Dios Padre, María vive la esperanza de quien sabe que “todo es posible para Dios”. Por otra parte, María se muestra totalmente disponible al anuncio del ángel, convirtiéndose en Madre de Dios Hijo. Desde este momento, el sentido de su vida no será otro que cuidar a su Hijo, guardar sus palabras en su corazón, y entregarlo al mundo para su salvación. Finalmente, dejándose cubrir por su sombra, María también se nos muestra como Esposa del Espíritu Santo. Ella es Madre sin concurso de varón, porque el Hijo que va a nacer es el “Hijo de Dios”.

¡Qué hermosa eres, María, no hay en ti defecto! Al contemplar la belleza inmarcesible de María podemos pensar que María está lejos de nosotros. Podríamos tener la tentación de pensar que, como ella no ha pecado, no nos conoce realmente, ni puede ayudarnos. Pero esto no es cierto. El pecado no ayuda a conocer, todo lo contrario, nos ciega. Al mismo tiempo, la esencia del pecado es la falta de solidaridad. Solo el amor crea solidaridad. Por eso, cuando un hombre es más puro y está más cerca de Dios, más conoce las necesidades del prójimo y más se entrega para remediarlas.

Si María es la criatura que está más cerca de Dios, es también la criatura que está más cerca de nosotros. Todos podemos acceder a ella inmediatamente, sin intermediarios, y podemos presentarle nuestras necesidades. Así lo entendió San Bernardo, al componer la confiada oración que hemos escuchado: “En medio de las tempestades de la vida, mira la estrella, invoca a María. Si la ira o la avaricia, si los deseos impuros zarandean la nave de tu alma, mira a María. Si la sigues, no te extraviarás. Si le ruegas, no desesperarás. Si piensas en ella, no te perderás. Si ella te sostiene, no caerás. Si ella te protege, nada tendrás que temer. Si ella te es propicia, llegarás a la meta”.

Que María Inmaculada interceda por nosotros. Que cuide de nuestros sacerdotes, de nuestras familias, de nuestros niños y jóvenes. Que ella nos conceda un corazón puro como el suyo. Que así sea.

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