...

El Padre Mateo, animador internacional de la Pastoral del Duelo, en Alcalá de Henares: «Siempre soy más grande que mi herida y el mejor homenaje a quien se murió es que nos vea felices y sanos»

padre mateo pastoral duelo diócesis de alcalá de henares

En 2024 la Diócesis complutense presentó los grupos de Mutua Ayuda en Duelo «Resurrección», en los que se acompaña especialmente a aquellas personas que buscan sanación tras la muerte de un ser querido. Tras esta reunión informativa dio inicio un grupo en la parroquia de Santa María la Mayor (Alcalá de Henares), por el que han pasado alrededor de 20 personas. Actualmente existe otro grupo en la parroquia Virgen de Belén y la intención es que, poco a poco, la Pastoral del Duelo se vaya asentando en más comunidades parroquiales.

El Padre Mateo Bautista, religioso camilo y sacerdote español es animador internacional de la Pastoral del Duelo; en 1983 creó el ministerio parroquial de escucha en duelo de los grupos parroquiales de Mutua Ayuda en Duelo «Resurrección».

En su página web pastoralduelo.org hay mucha información acerca de los grupos de Mutua Ayuda que existen en todo el mundo. El acompañamiento que realizan puede ser presencial o virtual, para aquellos que no puedan asistir «en persona». Además, en la página, aquellos que están interesados pueden encontrar una abundante bibliografía y más de 400 vídeos en torno a la temática del duelo.

En mayo de este año 2026 el Padre Mateo visitó la Diócesis de Alcalá de Henares y, aprovechando la ocasión, fue entrevistado para el programa diocesano El Espejo de la Diócesis de Alcalá, emitido el viernes 22 de mayo en Mediodía COPE.

A continuación puede leerse la transcripción de la entrevista.

Padre Mateo, ¿cuál es tu historia? ¿Por qué comenzaste a interesarte por el tema del duelo? 

Ya viene desde pequeño, porque con apenas 11 años en nuestra familia pasamos por una situación trágica: un primo hermano fue golpeado y murió. Era el hijo de mi tío y padrino, Mateo Bautista. Ahí ya vi las secuelas que puede dejar una muerte; porque la muerte hiere, y nos hiere profundamente. Y, además, en esta familia de mis tíos, poco después, al nacer, la hija mayor de otro hijo murió. Pero es que murió el segundo hijo de leucemia, dejando tres hijos. Y ahí yo ya observé a mi tío, a mi tía: cómo para ellos fue una tragedia. Y para toda la familia: los padres y los hermanos.

Después de la muerte violenta de mi primo hermano -ocho meses después- moría mi mamá.  Yo soy el más pequeño de 13 hermanos, así que en plena adolescencia me tocó pasar por esta realidad. Cuando murió mi mamá, yo ya estaba en el Seminario de los Religiosos Camilos. Como religiosos camilos, acompañamos a los enfermos y vemos tantas otras realidades: accidentes de tránsito, accidentes, muertes múltiples… Y con todo realismo, claro, tenemos que acompañar también a personas en casos de suicidios, homicidios, desaparecidos…  Y en situaciones también muy duras y exigentes. Por ejemplo, cuando, por accidente, un familiar mata a una persona, por supuesto sin querer.

Entonces, ¿qué veíamos?  Que en la Iglesia tenemos un acompañamiento antes de la muerte, un acompañamiento durante la muerte (velatorio, exequias, novenarios…)… Pero después, ¿qué? Nos faltaba un seguimiento. Y escuchábamos a muchas personas que decían al cabo del tiempo: “Estamos peor que al principio.» Cuando está el velatorio tenemos a todos alrededor. Pero después la vida sigue para los demás. Pensemos, por ejemplo, en la muerte de un hijo. Es un arañazo en las entrañas de los padres, de los hermanos… Y por eso necesitamos un proceso de acompañamiento con sentido humano y cristiano.

La Pastoral del Duelo no es una pastoral de meras visitas. Es todo un trabajo de duelo continuado. Incluso a veces hasta un año entero, semana tras semana. Y todo esto lo hacemos siempre con mucha empatía. Con sentido humano y sentido cristiano: nosotros no podemos olvidar que creemos en un Hijo de Dios que murió joven, y no viejo. Sano, y no enfermo. En la cruz. Quiere decir que Dios Padre tuvo que pasar por la muerte de su Hijo. Dios Padre tuvo que “hacer duelo” por la muerte de su hijo. Y este proceso es prolongado. Necesita que tengamos agentes de la pastoral. Por eso la Pastoral del Duelo acompaña antes, durante y después de la muerte.

Padre Mateo Pastoral del Duelo
El Padre Mateo Bautista es creador del ministerio parroquial de escucha en duelo de los grupos parroquiales de Mutua Ayuda en Duelo «Resurrección» creados en 1983
En los días que corren actualmente, ¿por qué crees que es tan necesaria esta pastoral?

Estamos en un momento donde se habla mucho también de la “tabuización” de la muerte.  Incluso nos cuesta emplear la palabra ‘muerte’. Muchas veces se dice: “Perdí al ser querido, se fue, nos dejó.” Como que hemos querido arrinconar una realidad. Pensemos que, por ejemplo, en España al año hay entre 350.000 hacia 400.000 muertos. Y muchos de esos, como hemos dicho antes, en circunstancias muy graves.

Y si tenemos esos cerca de 400.000 muertos, pensemos que hay 400.000 familias detrás de esas realidades. Y desde la sociedad industrial, incluso desde ciertas ideologías y filosofías, se planteó que la muerte es inútil, que hay que dejarla a un lado.  Incluso que no hay que pensar. Vivimos como en una burbuja de que hasta somos inmortales en esta tierra. Y por eso hemos caído en cierto infantilismo e inmadurez para asumir…. ¿Y para asumir qué? Nuestra propia muerte.

Porque cuando hablamos también de una Pastoral del Duelo y un trabajo de duelo, en realidad el primer trabajo de duelo es asumir que somos mortales. Segundo, tenemos que prepararnos para los seres queridos que van a morir. Tenemos que prepararnos para los seres queridos que han muerto. Y tenemos incluso que prepararnos para las muertes internas a lo largo de nuestra vida.  Yo tuve que morir a la niñez, a la infancia, a la juventud. Se muere también a proyectos, se muere a ilusiones.

Entonces es muy importante saber que la muerte tiene una misión. No podemos ser ni superficiales, ni infantiles. No la podemos ignorar, ni orillar… Porque si hacemos así, cuando tengamos que ayudarnos a asumir o ayudar a los demás, no tendremos un botiquín de recursos.

Por eso la Pastoral del Duelo es una pastoral asistencial: cuando una persona está muy herida tras la muerte de un ser querido. Pero es una pastoral también informativa, educativa.  Porque quien educa para la muerte, educa para la vida. Y quien educa para la vida, educa para la muerte.

¿Qué es exactamente «estar en duelo» y cuál es la diferencia con «hacer el duelo»? Y, ¿cuántos duelos más o menos tenemos que hacer a lo largo de nuestra vida?

La muerte es prima hermana de la vida.  La muerte es la otra cara de la moneda de la vida. Y desde que nacemos ya vamos muriendo. Y no solo biológicamente. Ya hemos dicho: en las etapas evolutivas de la vida, en proyectos, en ilusiones…. Incluso hay personas que deberían morir más durante la vida. ¿En qué sentido? En que se quedan estancadas en ofensas, en la dificultad de perdonar; viven del recuerdo; no son capaces de morir al pasado para recrear un proyecto de vida… Uno de los síntomas de una herida profunda es que las personas, precisamente, incluso tras la muerte de un ser querido, viven del pasado, con el pasado y para el pasado.

Por eso, en primer lugar, hay que integrar el duelo por la propia mortalidad. “Ay, pero esto me va a hacer sufrir. Vamos a violentar a los niños, a los jóvenes, vamos a aumentar el sufrimiento…” No. Y esto los clásicos ya lo decían. Al revés. Me va a dar un botiquín, una madurez. Incluso los clásicos decían: “Uno de los signos de la libertad de una persona es que asuma su propia muerte.”

El otro ya lo hemos dicho: prepararnos para los que van a morir, porque la vida sigue. A veces yo pregunto. Hablo con una viuda, y ya con ochenta y tantos y noventa años: “¿Y usted se preparó para la muerte de su esposo?” Y dice: “Ay, no, yo pensé que no se iba a morir nunca”. Esto se escucha muy, muy a menudo.  Y claro, si no nos preparamos, tampoco se va a dialogar. Y una de las necesidades vitales que tiene el que va a morir es hablar de su propia muerte. Pero si quien está a su lado no ha hecho un trabajo para integrar la propia mortalidad, menos lo va a hacer para ayudar y acompañar a otros.

Y después, esas muertes internas que hemos dicho. Incluso yo añadiría un trabajo de duelo que he comprobado en estos años: el duelo de los que se van a morir por los que quedan vivos.  Hay muchos moribundos que quedan muy sufrientes, muy preocupados, por cómo viven los vivos. Y además por circunstancias, por ejemplo, como que haya un ser querido discapacitado, o que no se valga por sí mismo… Hay muchas personas que les cuesta morir por quien queda. Y esto las personas lo hablan hasta el último momento. Pensemos que, por ejemplo, muere una mamá joven con varios hijos. Imagínense lo que supone para esa mamá. Además del duelo por su propia muerte, va a tener que hacer un duelo por los hijos que quedan vivos.

Siempre que hay una herida hay que hacer un trabajo de duelo. Es muy importante ver que esto es como un ciclo: hay un desencadenante, que es la muerte. Esa muerte impacta en la persona (por eso no hay dos heridas iguales) y ese impacto nos deja vacíos, nos deja apegados, desconcertados, perdidos, confundidos… sin entender ni el por qué, ni el cómo, ni el para qué. No entendemos el sentido de lo que pasa. No entendemos el sentido de nuestra vida. Nos deja sin proyectos, sin ilusiones…

Entonces, esa herida impactante nos va a hacer reaccionar: eso es el sufrimiento. Igual que cuando tenemos, por ejemplo, una rótula rota y sentimos dolor. Pero el dolor no es lo mismo que la herida. Cuando trabajamos la herida, combatimos el dolor. Cuando hay una herida profunda la reacción se llama sufrimiento. Y es ahí donde viene el duelo. Por eso “estar en duelo” es a veces una actitud de que estoy herido, incluso dolorista, pasiva, victimista, de “pobrecito”…

En cambio, nosotros hablamos de “trabajo de duelo”. Lo definimos así: es lo que yo hago conmigo cuando sufro, porque estoy herido, para sanar. Y por eso es un proceso largo. Nuestro doctor de la iglesia, San Juan de Ávila, decía que una herida así es una saeta rápida para entrar y difícil para salir. Por eso el trabajo de duelo lleva su tiempo: tenemos que pedir ayuda y es bueno que tengamos acompañantes experimentados con una buena relación de ayuda para que hagan ese camino del trabajo de duelo, cuya meta final es la sanación. Y digo la meta final porque cuando la herida es tan honda y profunda, una de las ideas que se meten aquí es: “esta herida es para toda la vida”. Y eso es fatal.

pexels pastoral duelo
«Siempre soy más grande que la mayor de mis heridas» – © Pexels
En nuestra Diócesis de Alcalá de Henares hay actualmente dos grupos de ayuda mutua al duelo «Resurrección». ¿Cómo funcionan estos grupos? 

Son precisamente grupos de ‘mutua ayuda’. Esto es importante, porque cuando estamos heridos el mejor recurso que tenemos es la comunidad, es el vínculo. Y el peor enemigo: la soledad, el aislarse. Son grupos donde nosotros insistimos en las tres “Cs”: comunidad, comunicación, comunión.

Cuando una persona está herida, tiene que llorar, tiene que hablar, tiene que desahogarse, tiene que escuchar. El enemigo de una herida es que la persona entre en un ensimismamiento, en un narcisismo. Y, sobre todo, hay que evitar ideas como estas: “Nadie me puede entender, el que no ha pasado por esto, esto solamente es una herida mía…”

Por eso, queremos en la Iglesia trabajar la comunidad,  la comunicación y la comunión. Dar y recibir. Es ‘mutua ayuda’ porque precisamente los coordinadores, los que facilitan un grupo, son personas que han pasado por la experiencia de la muerte de un ser querido. Y cuando se presentan ante una persona herida, dicen: “Yo he pasado [por ejemplo] por la muerte de un hijo, yo he estado muy mal, yo he tenido que hacer un trabajo de duelo, en un grupo de mutua ayuda, yo me he capacitado…”.

Por eso es muy importante que la Iglesia, como Madre y Maestra, facilite esta pastoral del duelo, tanto en el ministerio de escucha personalizado, individualizado, y en el de mutua ayuda, que no es de un día para otro, es semana tras semana, y no solo en encuentros de dos o tres horas. Hay que ir haciendo lecturas, tareas, reflexión… Porque cuando hay una herida muy profunda no basta con desahogarse, hay que “meter bisturí”, y todo esto en las seis dimensiones. Hay que atender nuestro mundo corporal, emocional (afectivo, anímico), mental (porque hay tantas preguntas sin respuestas), relacional (porque no sufrimos nosotros solos), el mundo valórico (la voluntad, la fortaleza, la templanza, que no se baje la autoestima) y el mundo espiritual, porque muertes de este tipo nos producen muchas heridas espirituales. Incluso personas creyentes se sienten resentidas, amargadas: “Dios me lo quitó, me lo llevó, no me escuchó…” Y hay gente resentida que hasta se aleja de la Iglesia.

Por eso es muy importante: comunidad, comunicación y comunión. Y dentro de una mutua ayuda.

¿Qué tipo de metodología se sigue?

Primero se da una charla informativa y se explica en la parroquia, en la comunidad, qué es el trabajo de duelo, y sobre todo se insiste en que nadie se quede aislado y solo en su herida, en su sufrimiento, en su pena, o que piense que el tiempo cura todo. Después de dar una charla informativa donde se habla de lo que es la herida, el trabajo de duelo… se explica esta metodología de ‘mutua ayuda’. Esto es muy importante. Insisto porque el compañero es espejo de uno mismo, y uno también da desde el propio sufrimiento. Se forma verdaderamente una familia.

Después vienen dos entrevistas personales, al menos con una semana de diferencia,  donde se presenta el coordinador (esto es muy importante: ya pasó por esta experiencia, ya hizo un trabajo de duelo, ya se capacitó) y se presenta también el doliente. Ahí es donde se le pregunta si quiere hacer un camino: un proceso para sanar una herida tan fuerte desde todas las dimensiones, semana tras semana. Después viene una segunda entrevista, y ya comienzan los encuentros semana tras semana, lo que llamamos este ‘equipo de dolientes’ con su coordinador.

En los encuentros primero hay una acogida, un momento de oración.  Tienen al menos una hora de desahogo, de hablar de la herida, de lo que cuesta. Es muy importante dar palabra y ponerle nombre a mi herida. Y después se toca un tema, porque estas heridas traen culpas, miedos, angustias, hasta crisis existenciales…  Y todo eso para que yo sea consciente de mi herida profunda y dónde tengo que meter bisturí. Porque la esencia es comenzar un trabajo de duelo, seguirlo con una buena metodología y concluirlo. Nadie debe decir: “Esta herida, este sufrimiento es para toda la vida.” No, siempre soy más grande que la mayor de mis heridas.

Pero que nos quede claro que sanar una herida tras una muerte muy significativa, no es dejar de pensar en quien se murió,  ni dejar de hablar de quien se murió, ni dejar de recordarlo, ni dejar de amarlo. No, es hacer todo eso –hablar, recordar, amar a quien murió- con serenidad.

El P. Mateo Bautista sostiene el libro»Sanar la muerte de un ser querido» en la galería del Palacio Arzobispal de Alcalá de Henares
Entonces, ¿cuándo se considera que alguien ha concluido ese proceso?

Si tenemos una herida en el cuerpo, ¿primero qué decimos?: “Vamos a ver si el cuerpo, por su sistema inmunológico, lo asume.” Cuando vemos que no, ¿qué me dice el dolor? “Señor, señora, usted tiene una herida, ocúpese.” Y decimos: Tengo que pedir ayuda. Y voy al médico y le digo: “Mire, estoy dolorido.” Y al médico le hacemos una pregunta: “Doctor, ¿qué tengo? ¿Cuál es mi herida?” Y el médico nos dice: “Vamos a hacer unas pruebas, porque es importante un diagnóstico, según sea su herida usted va a hacer un tratamiento, un trabajo de duelo que le va a llevar un tiempo, un esfuerzo. Pero usted tiene que tener como meta final la curación, no solo aliviar el dolor, sino que cierre la herida, aunque haya que hacer cirugía y meter bisturí.”

Al igual que tenemos heridas en el cuerpo, tenemos heridas en toda la persona, heridas internas, heridas del alma. Vamos a decir algo llamativo: cuando muere un ser querido, la herida no es quién ha muerto. Ni siquiera en el fondo la herida es cómo ha muerto esa persona. ¿Quién es la herida? Yo, que he sido golpeado, impactado, que quedo vacío, con una añoranza, que me estoy metiendo en la soledad, que me puede la tristeza, hasta me vienen ideas raras, me quedo ‘muerto en vida’. Yo tengo que identificar que la herida soy yo. No puedo confundir mi herida con síntomas. Por ejemplo, la tristeza no es una herida: es un síntoma emocional de que yo tengo una herida profunda.

Por eso, semana tras semana, en el grupo de Mutua Ayuda diagnosticamos nuestra herida, la diferenciamos de los síntomas y vamos metiendo bisturí interno. Porque o yo domino el sufrimiento, o el sufrimiento me domina a mí. ¿Es un asunto meramente emocional? No. Es muy mental, muy relacional, muy espiritual. Recuerden que tenemos hasta heridas espirituales. Y todo esto también nos recuerda que tenemos un duelo inmanente y trascendente. ¿Qué es un duelo inmanente?  Aquel en el que todo termina con la muerte. ¿Cuál es el duelo trascendente? Lo que nos orienta: el sufrimiento, la  muerte y la resurrección del Señor Jesús. Eso lo cambia todo. Porque sabemos de Quién venimos, para qué estamos en el mundo, a dónde vamos.  Y sabemos muy bien de la fe dónde está nuestro ser querido.

¿La pastoral del duelo es también para las personas que han tenido que lidiar con esas muertes que no tienen que ver con la muerte de un ser querido, sino de aquellas de las hablabas antes: aspiraciones, la infancia…?

Sí, pero más específicamente es cuando hay una muerte por medio. Porque son tantas muertes al cabo del año… y como hemos dicho, muertes tan significativas por esas circunstancias: homicidio, suicidio, muerte de jóvenes, cónyuges jóvenes…Son miles y miles.

Pero siempre siempre que haya una herida hay que hacer un trabajo de duelo. Y la herida puede venir por muchos desencadenantes: pérdidas de todo tipo. Pérdidas económicas, de salud, de migración, de honor, de la verdad… Tenemos también conflictos: separaciones, choques, desencuentros, rupturas familiares, carencias, omisiones…. Hay personas que están muy heridas porque están frustradas. Hay personas que vienen heridas desde la infancia porque han tenido abusos, se les ha bajado la autoestima, han sido despreciados…

En el trabajo de duelo vale mucho la actitud. Por ejemplo: ¿va a hacer un trabajo de duelo igual una persona introvertida que extrovertida? No. ¿Lo hace igual el hombre que la mujer?  No. ¿Va a ser lo mismo el que pide ayuda que el que no pide ayuda? ¿Va a ser lo mismo el que se hace víctima? Porque hay sufrimientos sanos, con objetivo, y hay sufrimientos insanos. Y podemos hacer del sufrimiento un estilo de vida.

padre mateo pastoral duelo

¿De qué forma la fe es fundamental en estos grupos de ayuda mutua en el duelo?

En el trabajo de duelo la fe es fundamental. Tenemos tres tipos de recursos donde agarrarnos cuando estamos profundamente heridos. Los primeros: los recursos personales. No hay dos personas en el mundo que sufran igual. Pongo un ejemplo un poquito fuerte: muere un hijo. El papá no va a sufrir de la misma manera que la mamá. Eso no quiere decir que le ame más o menos, porque sufrimos según la psicología, los valores…

Segundo, los recursos comunitarios. Y están los recursos espirituales, los recursos de la gracia, los recursos de la comunidad. Qué importante es que haya unas personas que amparen espiritualmente, que acompañen, que permitan el desahogo, que oren juntos, que la persona acuda a los Sacramentos, que diga que en su parroquia tiene un grupo de mutua ayuda y que todas las semanas le reciben, le entienden, le acompañan, y en donde hay personas que han pasado por eso.

La fe ayuda. Hay muchas personas a las que ayuda. Se agarran, obviamente, ¿no? Pero también tenemos aquellas personas que “ni chicha ni limonada.” La fe ni ayuda ni desayuda.

Hay personas con fe, y practicantes, a las que la fe no ayuda; al revés, los perjudica porque tenían una idea de Dios… y se preguntan: “¿Cómo Dios ha permitido esto, cómo se lo ha llevado… me lo ha quitado, me ha probado yo que soy una persona tan buena…” Y quedan resentidos con Dios y con la Iglesia. Es una fe que tiene que ser purificada. Incluso hay personas que estaban en el invierno de la fe y después de una herida ha surgido una primavera.

Por eso a nosotros nos gusta decir que la fe purifica el sufrimiento, y el sufrimiento purifica la fe. Cuántas personas tienen una idea, una vivencia de Dios, anodina, superficial, ¿no? Y después la han purificado. Por eso es muy importante trabajarlo, como hemos dicho, en mutua ayuda, desde las seis dimensiones y trabajando estos tres tipos de recursos: personales, comunitarios y espirituales.

Ojo con meramente psicologizar una herida, pero ojo con meramente espiritualizarla. El trabajo de duelo requiere una actitud muy seria y trabajar la herida desde todas las dimensiones. Y por supuesto, el doliente tiene que tener mucha paciencia. Nosotros trabajamos sin prisa, pero sin pausa.

Y por supuesto, puede haber muy buenos coordinadores, agentes de la Pastoral del Duelo, pero si el que sufre no tiene una actitud de meterse en su interior, de ‘meter bisturí’ a su herida, de querer llegar a una sanación, jamás sanará. La Pastoral del Duelo nos recuerda que si estamos heridos tenemos que hacer cambios. Desgraciadamente muchas personas prefieren quedarse en su herida que hacer un buen trabajo de duelo. Por eso la pastoral del duelo quiere ser informativa, educativa y también prevenir de estas realidades, con mucho sentido humano y cristiano.

Como mensaje final, recordar que siempre soy más grande que mi herida, no estoy solo, y el mejor homenaje a quien se murió es que nos vea felices y sanos.

Compartir en redes sociales