El pasado domingo, 25 de mayo de 2025, VI domingo de Pascua, se celebró la Pascua del Enfermo concluyendo así la Campaña del Enfermo de este año, la cual llevaba por lema “En esperanza fuimos salvados (Rom 8,24)”. El obispo complutense, Mons. Prieto Lucena, presidió con esta ocasión una Santa Misa en la Catedral-Magistral en la que estuvieron presentes tanto el delegado episcopal de la Pastoral de la Salud, el sacerdote José Manuel Fuertes, como los voluntarios y colaboradores de dicha pastoral. Tras la homilía, en la que Don Antonio habló del Sacramento de la Unción de los Enfermos como un encuentro con «Cristo que se hace presente cuando la enfermedad es grave, cuando tenemos que afrontar una cirugía compleja o cuando la vejez debilita nuestras fuerzas», administró este sacramento a una serie de personas que habían acudido a la celebración.
Durante la ceremonia, el obispo y el delegado diocesano para la Pastoral de la Salud recordaron y agradecieron el servicio de los voluntarios S.A.R.C (Servicio de Asistencia Religiosa Católica) de la diócesis de Alcalá que, con su presencia en los distintos hospitales, llevan alivio y consuelo a los enfermos y a sus familias. Se invitó a aquellos presentes que pudieran estar interesados a ponerse en contacto con la Pastoral de la Salud para conocer la labor del voluntariado.
A continuación ofrecemos la homilía completa de Mons. Prieto Lucena en la misa del VI Domingo de Pascua.
Homilía de Don Antonio Prieto Lucena en la Pascua del Enfermo 2025
Queridos hermanos:
El VI Domingo de Pascua celebramos la “Pascua del enfermo”, una jornada especial para rezar por los enfermos y para administrar el sacramento de la unción de los enfermos, que no debería reservarse solo para el momento final de la agonía, sino que debería vivirse como un encuentro con Cristo, que se hace presente cuando la enfermedad es grave, cuando tenemos que afrontar una cirugía compleja o sencillamente cuando la vejez debilita nuestras fuerzas de manera notable.
La enfermedad nos hace tocar nuestra finitud y los límites de nuestra naturaleza. Con frecuencia, la enfermedad, cuando es grave, se vive con angustia y desesperanza. El enfermo tiende a replegarse en sí mismo, e incluso puede llegar a rebelarse contra Dios. En otros casos, la enfermedad se vive dándole un sentido sobrenatural, como un momento de madurez, que nos ayuda a discernir lo que de verdad importa en la vida y a acercarnos más a Dios.
En el Evangelio, Jesús se presenta como médico: “no tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos” (Mt 9,12). Jesús viene a sanar al hombre entero, en su cuerpo y en su alma. Jesús curó a muchos enfermos: a ciegos, leprosos, paralíticos, a una mujer que sufría flujos de sangre y a la suegra de Pedro. Al mismo tiempo, se ocupaba de las almas, a las que liberaba del pecado. La curación de las enfermedades del cuerpo era un signo de su victoria sobre el poder del maligno.
Él mismo quiso experimentar la finitud de nuestra naturaleza humana. Cristo es Dios, pero también es hombre verdadero. En el Evangelio, lo contemplamos dormido en la barca, en medio de la tempestad, agotado por el trabajo. O sediento, junto al pozo de Sicar. También le vemos abatido y sudar gotas de sangre en Getsemaní, torturado en la pasión y finalmente crucificado. Cristo sabe lo que es el dolor y el sufrimiento. Cristo ha querido identificarse con cada enfermo: “estuve enfermo y me visitasteis” (Mt 25,36).
Cristo nos invita a estar cerca de los enfermos. Quiere que seamos como el buen samaritano, que, al ver a un hombre enfermo en el camino, se acerca y cura sus heridas con aceite y vino. Y después lo monta en su cabalgadura para llevarlo a posada, para que se ocupen de él hasta su regreso. La Iglesia tiene que ser esa posada para los enfermos, que pueda ofrecerles ayuda material y consuelo.
Quiero dar las gracias a las familias de todos los enfermos, que los cuidan con tanto esmero. El Papa Francisco decía que la familia es siempre el hospital más cercano. También quiero dar las gracias a la Delegación de Pastoral de la Salud, que organiza esta jornada. Gracias a su delegado, a los capellanes de hospital y al equipo de voluntarios, que formáis el Servicio de asistencia religiosa católica en nuestros hospitales y residencias de mayores. Gracias por ser Cristo médico para los enfermos.
Quisiera invitaros a todos a promover la recepción del Sacramento de la unción de los enfermos. El Apóstol Santiago se pregunta en su carta del Nuevo Testamento: “¿Está enfermo alguno vosotros? Llame a los presbíteros, que oren sobre él y le unjan con óleo en nombre del Señor. La oración de fe salvará al enfermo, y si ha cometido pecados, le serán perdonados”. El Sacramento de la unción de los enfermos es un gran regalo de Cristo, que nos trae consuelo, ánimo en las dificultades, confianza en Dios, fortaleza en las tentaciones, curación del alma y curación del cuerpo, si es voluntad de Dios.
El Sacramento de la unción de los enfermos nos ayuda a entender que, si ofrecemos nuestra enfermedad uniéndola a la pasión de Cristo, nos hacemos corredentores con Él. La enfermedad deja de ser entonces un peso que nos aplasta y se convierte en un instrumento de redención. La enfermedad nos configura con Cristo crucificado, de manera que completamos en nuestra carne lo que ya se ha realizado en Él, como cabeza del Cuerpo místico.
Que María, salud de los enfermos, esté siempre cerca de los enfermos y de sus familias, especialmente de estos enfermos a los que ahora vamos a administrar el Sacramento de la unción. Que Ella nos enseñe a vivir nuestros dolores y sufrimientos con sentido sobrenatural y redentor. Que así sea.





