Casarse jóvenes. El testimonio de Elena y Pepe: «Nos embarcamos en esta aventura confiando plenamente en el Señor, en que Él lo va a hacer todo posible»

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El Centro de Orientación Familiar de la Diócesis de Alcalá de Henares y diversas parroquias han abierto ya las inscripciones para sus cursos prematrimoniales, al igual que el Taller del Orfebre, un grupo de acompañamiento para novios sin fecha de boda.

Cada vez más gente joven se anima a dar el paso de contraer matrimonio dentro de la Iglesia Católica poniendo a Cristo en el centro de su relación. Por eso, en el programa El Espejo de la Diócesis de Alcalá emitido en Mediodía COPE el pasado 25 de septiembre de 2026, entrevistamos a José Manuel (Pepe), antiguo colaborador de la Delegación diocesana de Medios de Comunicación Social y feligrés de la parroquia de Santa María La Mayor, y a Elena, de la parroquia de Santo Tomás de Villanueva. Estos jóvenes de 24 y 25 años fueron durante un tiempo colaboradores estrechos de la Delegación diocesana de Infancia y Juventud y se casarán el próximo sábado 3 de octubre.

A continuación se ofrece la entrevista completa. En ella hablan de las heridas en el noviazgo, de la importancia de la comunicación, de cómo se atrevieron a dar el paso a pesar de las limitaciones materiales y de su deseo de ser un matrimonio que, de la mano del Señor, muestre al mundo «que se puede amar, se puede ser fiel y para siempre».

Lo primero de todos es preguntaros cómo comenzasteis a salir…

PEPE: Nos conocimos en un principio gracias a los retiros Effetá, pero luego lo que es nuestra amistad y nuestro contacto se profundiza en la propia diócesis, en las actividades como campamentos, Holywins, etc. dado que yo estuve un pequeño periodo de coordinador de actividades, y Elena participaba ayudando como monitora. De ahí surge esta amistad, de ahí un grupo de amigos y de ahí un noviazgo.

¿Qué es lo que más os llamó la atención al uno del otro? 

ELENA: A mí lo que me llamó la atención de Pepe fue que se acercaba a todo el mundo, que no tenía problema con nadie, no dejaba a nadie atrás, ¿no? Y su forma de liderar, porque efectivamente yo le conocí cuando era coordinador y me gustaba como esa chispa que tenía, ese fuego. No sé, me llamó la atención.

PEPE: A mí en realidad lo que me llamó la atención de Elena es que dibujaba. Porque yo en su día dibujaba, yo había parado de dibujar y encontré a alguien que seguía dibujando y me parecía bastante guay. Dije: «Jo, qué chica más curiosa, que no le da vergüenza decir que pinta, que dibuja y luego poner eso al servicio de las actividades». Nos hacía carteles, nos hacía pañoletas, nos hacía lo que le pidiésemos. Dije: «Jo, pues es una chica con talento y sin vergüenza, y que además se presta a servir».  Me llamó la atención de esa manera.

Hay gente que inicia un noviazgo y todo transcurre idílicamente pero otras personas tienen problemas, dificultades o heridas sin resolver, ¿no? Desde vuestra experiencia, ¿qué le diríais a una persona que tiene muchas heridas y que no se atreve a dar el paso de salir con alguien por miedo a que estas sean un obstáculo?

ELENA: Bueno, yo lo primero que le diría es si realmente quiere salir con esa persona para que le salve de esas heridas, ¿no? En ese caso que se espere un poco más, que primero haga un trabajo personal de intentar sanar un poco esas heridas con el Señor. Y sin embargo, si es simplemente consciente de que tiene esas heridas y le surgen y están todavía cicatrizando pero la otra persona no la ve como esa fuente de salvación (que es el Señor), pues ningún problema. Las heridas al final van a acabar saliendo y en la otra persona pues también tienes que ver si es capaz de acogerte con todo, ¿no? No solo por lo que aparentas, sino por lo que eres, que es eso que va saliendo en los peores momentos.

En este sentido, ¿cuáles son las mayores dificultades que habéis encontrado en vuestro noviazgo, que ha durado unos 3 años?

PEPE: Pues quizá la mayor complicación ha sido la más fundamental: la comunicación. Pero no a la hora de comunicarnos, sino en el método, ¿no? En la forma. Al final, cada uno por su contexto tiene una forma de expresarse, una forma de hablar y entiende las cosas de una u otra manera. También las expectativas influyen, o las heridas que comentábamos, y por ejemplo para nosotros muchos problemas eran del estilo: yo le digo algo y Elena entiende lo mismo pero con un matiz sutil pero distinto que le chirría, ¿no? Y entonces: discusión, pelea… O al revés, ella a mí, y yo: «Pero ¿qué dice esta chica?» Entonces, quizá uno de los mayores retos que hemos encontrado no es solo el comunicarnos en sí, que a muchas parejas también les cuesta, sino en esa comunicación entendernos. Una cosa es hablar y otra saber hablar.

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¿Y cómo habéis afrontado esta dificultad?

PEPE: Pues principalmente, y con mucho esfuerzo, con sinceridad. Al final en las discusiones se nos ponía -o por lo menos a mí- de por medio el orgullo de: «Es que esta chica no me entiende, no me quiere hacer caso…». Pero pues tenía que poner las cosas sobre la mesa y ser claro y sincero… decir: «He dicho esto, me refiero a esto, busco esto.» No dar las cosas por sentado, por supuesto, porque al final pasa mucho: dices algo con la esperanza de que se te entienda y tú te quedas «más ancho que Pancho» con lo dicho y la otra persona a lo mejor está destrozada -o no destrozada, pero incómoda, molesta… le está dando vueltas a la cabeza-. Entonces, la clave para evitar esto es ser sincero e incluso explícito, ¿no? Dejar las cosas sobre la mesa. Todo, todo, sin segundas.

Entonces, ¿creéis que es importante tener un acompañamiento dentro de la Iglesia que ayude en este camino de noviazgo? ¿Cómo puede saber también una pareja a quién acudir?

ELENA: Bueno, es fundamental que acompañe la Iglesia, ya sea en una parroquia, en conocidos que sabes que van… A lo mejor tu círculo cercano busca tu felicidad, ¿no? La Iglesia también, Dios quiere que seamos felices, pero tus amigos a lo mejor no buscan tu santidad, y la Iglesia sí. Y nosotros hemos agradecido que si nos tenían que corregir nos han corregido y con caridad. Y nos han dicho las cosas como son. Y nos han ayudado a ver al otro como lo que es: una preciosa persona por sí misma. Entonces es fundamental, porque es que si no caemos en acudir a personas que a lo mejor te dicen: “Bueno… mientras seas feliz…”. O: “Déjale a la primera” ¿no? Y aquí realmente apuestan por ti. Apuestan por: si tiene que ser un matrimonio pues que lo sea santo, ¿no?

Y por si no se sabe bien a quién acudir pues siempre está el COF, donde a lo mejor hay personas que te pueden decir: “Yo en esta parroquia conozco a gente que está muy activa en esto…o jóvenes que te pueden ayudar…”. Si no sabes a dónde acudir, en realidad a cualquier lado donde te puedan recomendar de la Iglesia, cualquier parroquia o el obispado, el COF…

¿Siempre supisteis que queríais tener a Dios en el centro de vuestro noviazgo?

PEPE: Sí, al final es verdad que ambos venimos de familias de tradición católica, de vivir vida parroquial, ¿no? Pero es verdad que cada uno en un momento distinto nos damos cuenta de que Dios es el centro, pero no de nuestro noviazgo sino de nuestra vida. Y queriendo a Dios en el centro de nuestra vida pues cuanto más entre nosotros.  Al final yo no salgo con Elena o Elena no sale conmigo si no es por Dios. De hecho, a raíz de esta relación con el Señor es también como nos hemos conocido porque por el Señor entramos en esos servicios en los que nos conocimos.

Por el Señor coincidimos con las amistades que nos han acompañado y por el Señor entramos al Taller del Orfebre, por ejemplo, que nos ha acompañado estos años. Luego en el curso prematrimonial en la parroquia, luego cada uno en la dirección espiritual, donde poder poner también con una figura de autoridad, con una referencia, las cosas sobre la mesa y poder hablar, poder sentirse acompañado, escuchado y saber que quien te acompaña también hace por poner a Dios en el centro en su vida… Entonces… ¡cuánto más en la relación! Entonces sí, el Señor en el medio ha sido un fundamental desde el día uno.

¿Alguna vez sentisteis miedo por vuestras propias heridas en relación con el otro cuando empezasteis el noviazgo?

ELENA: Sí, alguna vez, pero la experiencia que yo tengo es que, como fuimos sinceros desde el principio, de: «Mira, esto es lo que hay» pues lo vivimos con mucha libertad. Entonces, si hubo un miedo se pasó rapidísimo.

PEPE: Sí, la verdad es que es lo que hemos dicho, ¿no? El el poner las cosas sobre la mesa desde el principio. Me está viniendo a la mente cuando llevábamos a lo mejor una semana ya más en serio planteándonos si salir, ¿no? Lo habíamos comentado… había ya ese «no sé qué sé yo» que yo le dije a Elena: «Oye, pero si salimos lo hacemos bien, ¿eh? Las cosas se hablan y si no para eso no empezamos nada». Entonces sí, la verdad es que uno quizá puede ir con inseguridad al principio, pero si de verdad haces el esfuerzo y de verdad quieres esforzarte, la sinceridad te abre muchas puertas y te da muchas facilidades.

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¿Cómo supisteis que queríais y podíais dar el siguiente paso: casaros?

ELENA: En realidad casi desde el principio. Al año que estábamos saliendo -y llevamos tres- ya teníamos claro que nos queríamos casar, ¿no? Pero en ese momento veíamos: «Vale, tenemos este deseo. Ahora, ¿cómo va a ser?» Fue un: «Yo a este chico le veo cualidades «mínimas» ¿no? O sea, tampoco tiene que ser perfecto, pero veo cómo habla con las personas, cómo trata a los niños, cómo trata su familia, si es capaz de liderar -que el hombre es la cabeza- ¿no?» Fui viendo un par de cosas que dije: «Yo con esta persona me puedo plantear un futuro… Señor, ¿qué quieres de nosotros?» Y llegó un punto cuando nos prometimos que nos preguntamos para qué íbamos a esperar más, ¿no? Ya habíamos discernido que podíamos empezar un futuro juntos y ya solo quedaba decir: «Bueno, ¿y ahora? ¿Esperamos a que todo sea estable o qué hacemos?». Claro, es que el noviazgo se tiene que acabar, ¿no? Es lo que oímos siempre, pero es verdad, ves que el noviazgo se acaba y dices: «Esto, ¿qué pasa? ¿Que nos tenemos que casar o que lo tenemos que dejar?» Entonces vimos que nos teníamos que casar.

¿Vosotros tuvisteis esta inquietud de tenerlo todo asegurado, una economía perfecta… todo este tipo de cosas que te dan esa «seguridad» u os lanzasteis a la piscina sin miedo?

PEPE: A ver, sí que había cierta inquietud porque uno piensa: «Tampoco puedo ir con las manos vacías». Pero también llega un punto en que dices: «¿Para qué esperar más?» Y entonces la pregunta que le sigue inmediatamente es: «Bueno, pero ¿debo esperar más? ¿Puedo no esperar? ¿Puedo tirarme ya a la piscina?» Y la respuesta, sorprendentemente, fue que sí. Al final, cada uno teníamos trabajo dentro de lo que cabe estable. Quizás no sería el mejor, quizá no tendremos aquí para mantener a todo un ejército, pero de momento para nosotros dos vimos que que nos daba, que era factible plantear una boda, una luna de miel e incluso una vida después de todos esos gastos. Y siendo todo aparentemente posible, lo siguiente fue ponerse ante el Señor y decir: «Yo digo que sí. Ahora: ayúdame, ayúdame y y haz que sea posible». Entonces, nos embarcamos en esta aventura confiando plenamente en el Señor, en que Él lo va a hacer todo posible, ¿no? Que al final nos cuida, nos ayuda, nos acompaña y nos va a ir dando seguro todo lo que le vayamos pidiendo siempre y cuando sea bueno para nosotros y así lo necesitemos.

ELENA: Me acuerdo de que en esa época teníamos como lo «mínimo super mínimo», es decir, uno de los dos trabajaba y era más o menos estable, el otro estaba a tiempo parcial, no teníamos casa, no teníamos ni coche propio, no teníamos nada, ni casi ahorros, nada. Pero eso es lo que lo que vimos, ¿no? Que teníamos ganas de dar la vida por el otro para el Señor y teníamos un mínimo para poder sobrevivir unos meses, ¿no? Entonces fue confianza total en la providencia del Señor y no ha defraudado. Porque además, así como anécdota, a unos tres meses de la boda (hemos estado prometidos como 15 meses) encontramos un piso para alquilar y el mismo día que nos lo dieron, que nos llamaron para decir que estábamos en ese piso, a Pepe le llamaron para decirle que le pasaban la jornada completa. Entonces dices: “Wow, esas cosas son pequeños regalos del Señor”. Y fue la confianza total en la Providencia. Pero no teníamos nada, y no hace falta “nada”, ¿eh?: no hace falta tener una entrada a una casa… nada, de verdad, solo la disposición del corazón y un mínimo para no morir de hambre. Algo que me ayudó mucho de Pepe es que para discernir esto nos decíamos: ¿yo soy capaz de dejar mi vida en sus manos? Y bueno, eso por lo menos lo teníamos.

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¿Cuál diríais que es vuestra misión en el mundo como futuros esposos?

PEPE: Lo hemos hablado bastante y es verdad que quizá no haya una única respuesta. Hemos dado un sí al Señor. Y el Señor, cuando tú le dices que sí, él te dice que sí… pero más. El Señor, nos decía un sacerdote, se desborda, siempre se desborda; se da y y sobrepasa la capacidad del vaso, ¿no? Se desborda. Entonces pensábamos: «¿Y cuál es nuestra misión como matrimonio?» Estar abiertos a la vida, sí, pero de muchas maneras, ¿no? No solo los hijos, sino también, por ejemplo, en nuestra casa, que de momento es un piso de una única habitación, aún así ofrecerla a quien la necesite, a quien quiera, a quien de verdad diga: «Oye, necesito ayuda». Y nosotros decir: «Te ayudamos, estamos aquí». Al final nuestro matrimonio está abierto a lo que venga. Es un matrimonio abierto.

ELENA: Yo diría también: ayudar un poco a nuestros círculos cercanos a que vean el amor como de verdad tienen que verlo, ¿no? Porque hoy en día está muy desfigurado y es como que estamos llamados a ser ese oasis en este mundo que solo se busca a sí mismo, usar a la gente, poner excusas a todo salirte con la tuya. Mira, esto es el amor y vas a ser muy feliz. Es muy sacrificado, pero vas a ser feliz si lo haces bien. Entonces creo que también estamos llamados a eso, a dar testimonio de que se puede amar, se puede ser fiel y para siempre.

¿Qué le pedís a Dios de cara a vuestro futuro matrimonio?

PEPE: Que no se aparte. Nosotros queremos tenerlo en el centro, pues que Él se quede con nosotros. Que sé que va a ser así, pero yo se lo pido igual, para asegurarme yo. Me quedo yo tranquilo con esa petición en el corazón. Que el Señor no nos deje.

ELENA: Yo le pediría que nos ayude a aceptar todo lo que venga, porque ahora estamos muy ilusionados y nos imaginamos de todo. Y a lo mejor luego el Señor tiene otros planes para nosotros. Y claro, muchas veces, la gente cercana, etc… te pone expectativas que luego a lo mejor no se cumplen. Y yo lo que le pido es eso: que nos ayude de corazón a aceptar todo lo que tenga para nosotros, para así poder seguir siendo ese testimonio para los demás.

 

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