Mons. Antonio Prieto en la Fiesta Mayor de Nuestra Señora del Val 2026: «Necesitamos el agua viva que solo Cristo puede dar»

El domingo 20 de septiembre de 2026, la explanada de la ermita de la Virgen del Val acogió la celebración de la Eucaristía con motivo de la festividad de Nuestra Señora del Val. Estuvo presidida por Mons. Antonio Prieto Lucena, obispo de la Diócesis de Alcalá de Henares. Homilía de Mons. Antonio Prieto Lucena en la Fiesta Mayor de la Nuestra Señora del Val 2026 Muy querido D. Juan Antonio, hermanos sacerdotes y seminaristas, miembros de la vida consagrada, Sra. Presidenta y Junta de Gobierno de la Hermandad de nuestra patrona, la Virgen del Val; saludo con todo respeto a la Sra. Alcaldesa, a los miembros de la corporación municipal y a las demás autoridades civiles y militares que nos acompañan. Saludo también a los representantes de cofradías, hermandades, asociaciones, instituciones y casas regionales aquí presentes. Queridos hermanos todos: “Señor, dame de esa agua, así no tendré más sed”. Estas palabras de la mujer samaritana resumen muy bien el Evangelio que acabamos de escuchar y expresan también una de las grandes necesidades del hombre contemporáneo: tenemos sed de encontrar un sentido a la vida. La sed es una experiencia elemental. Cuando tenemos sed, todo nuestro organismo nos recuerda que nos falta algo imprescindible para vivir. Por eso la Sagrada Escritura utiliza tantas veces la sed para hablar del deseo de Dios: “Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo”, dice el salmista. Podemos tener muchas cosas y, sin embargo, seguir teniendo sed por dentro: sed de amor, de felicidad, de reconocimiento, de paz, de sentido, de una vida que merezca la pena. La samaritana representa muy bien esta situación. Llega al pozo sola, a la hora a la que hacía más calor, llevando su cántaro. Su historia está marcada por relaciones personales fallidas. Ha intentado apagar su sed de muchas maneras, pero el cántaro volvía siempre vacío. Entonces sucede algo inesperado: junto al pozo, hay alguien esperándola. Jesús toma la iniciativa y le dice: “Dame de beber”. El diálogo comienza hablando del agua del pozo, pero, poco a poco, va creciendo en profundidad. Jesús lleva a aquella mujer desde la sed física hasta la sed profunda de su corazón, y finalmente le anuncia: “El que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed; el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna”. Este Evangelio ha servido como hilo conductor de la carta pastoral con la que he querido comenzar este nuevo curso en nuestra diócesis, dedicada a la iniciación cristiana. La samaritana es imagen de tantos hombres y mujeres de nuestro tiempo que buscan a Dios, muchas veces sin saberlo. Y es también una imagen preciosa de lo que significa iniciar a una persona en la vida cristiana. La mujer va descubriendo poco a poco quién es Jesús. Al principio es simplemente “un judío”; después le llama “Señor”; más tarde reconoce que es “un profeta”; y, finalmente, descubre al “Mesías”. La fe no aparece en ella como una asignatura que se aprende, sino como un encuentro con Cristo, que va transformando toda su vida. Esto es precisamente lo que buscamos cuando hablamos de iniciación cristiana. No se trata simplemente de que nuestros niños aprendan unas oraciones, conozcan unas verdades y reciban unos sacramentos. Todo eso es necesario, pero no basta. Queremos que se encuentren con Jesucristo y lleguen a descubrir que Él es el agua que puede apagar la sed de su corazón. Ser cristiano no es solamente tener unas ideas religiosas o comportarse de una determinada manera. Ser cristiano significa “nacer de nuevo del agua y del Espíritu”. En el Bautismo recibimos una vida nueva, la vida de los hijos de Dios. Esa vida se fortalece con la Confirmación y se alimenta continuamente con la Eucaristía. La iniciación cristiana consiste en ayudar a que esa vida crezca hasta formar un “cristiano adulto”, capaz de vivir su fe y de dar testimonio de ella. Tenemos ante nosotros un desafío enorme. Durante mucho tiempo, la transmisión de la fe se realizaba espontáneamente, en la familia, en la parroquia, en la escuela y en el ambiente social. Uno aprendía a ser cristiano como se aprende la lengua materna. Hoy ya no es así. Muchos niños reciben los sacramentos, pero después desaparecen de nuestras comunidades. A veces, la primera comunión o la confirmación, en vez de ser etapas de un camino, por desgracia, se convierten en “ceremonias de despedida”. Por eso debemos preguntarnos: ¿qué queremos dar realmente a nuestros niños y jóvenes? ¿Unos años de catequesis, o el agua viva que salta hasta la vida eterna? ¿Un recuerdo bonito de la primera comunión, o una amistad con Jesucristo que pueda sostener toda su vida? Como dice un refrán africano, “para educar a un solo niño hace falta la tribu entera”. Para educar a un niño en la fe, hace falta toda una comunidad cristiana. Necesitamos familias que recen y hablen de Dios con naturalidad; catequistas que no solo sean profesores, sino testigos; parroquias que sean verdaderas comunidades, donde se pueda experimentar la fraternidad; colegios que ayuden a descubrir que la fe ilumina toda la existencia. Transmitir la fe es enseñar a rezar, enseñar a celebrar la Eucaristía, enseñar a pedir perdón y a perdonar, enseñar a servir al pobre, a escuchar la Palabra de Dios y a preguntarse qué quiere Dios de nuestra vida. Pero hay algo todavía más importante. El Evangelio nos recuerda que la iniciativa no es nuestra. Antes de que la samaritana llegara al pozo, Jesús ya estaba allí, esperándola. Nosotros podemos organizar catequesis, preparar materiales, renovar métodos y crear nuevos itinerarios. Todo eso es necesario. Pero quien de verdad nos hace cristianos es Cristo. Como decía San Juan Pablo II: “no nos salvará una fórmula, sino una Persona, Jesucristo”. Por eso, el primer paso de toda renovación pastoral será siempre volver nosotros mismos a la fuente: poner a Jesucristo en el centro de nuestra vida. Hay un detalle del Evangelio que
Mons. Prieto en la fiesta mayor de la Virgen del Val: «Vivir cerca de Dios hace la vida más humana y más fraterna»

Alcalá de Henares celebra estos días las fiestas de la Virgen del Val, patrona de la ciudad. En la mañana del 21 de septiembre de 2025, Mons. Antonio Prieto Lucena, obispo de la Diócesis de Alcalá de Henares, presidió la celebración de una Eucaristía solemne en la explanada de la Ermita del Val. Homilía de Mons. Prieto Lucena en la fiesta mayor de la Virgen del Val Muy querido D. Juan Antonio, hermanos sacerdotes y seminaristas, miembros de la vida consagrada, Sra. Presidenta y Junta de Gobierno de la Hermandad de nuestra patrona, la Virgen del Val; saludo con todo respeto a la Sra. Alcaldesa, a los miembros de la corporación municipal, y a las demás autoridades civiles y militares que nos acompañan. Saludo también a los representantes de cofradías, asociaciones, instituciones y casas regionales, aquí presentes. Queridos hermanos todos: El pasado 7 de septiembre, el Papa León XIV canonizó a dos jóvenes italianos. El primero de ellos, Carlo Acutis, murió de leucemia con tan solo quince años. Era un apasionado de la eucaristía, a la que llamaba su “autopista hacia el cielo” y un gran amante de la Santísima Virgen, de la que decía que era “la mujer de su vida”. Quiso hacerse apóstol de la eucaristía por internet, creando una página web de milagros eucarísticos, por eso se le conoce como el “influencer de Dios”. Por su parte, Pier Giorgio Frassati era un estudiante de ingeniería, que, al entrar en contacto con la pobreza de las chabolas de las afueras de Turín, se dedicó a socorrer a aquella pobre gente, llevándoles comida, ropa, muebles y todo lo que podía conseguir para ayudarles. Murió con veinticuatro años, de poliomelitis, que posiblemente contrajo en sus visitas de caridad a los pobres. A su entierro asistieron miles de indigentes, a los que él había ayudado en secreto. Al comprobar aquella afluencia, su padre exclamó: “no he conocido a mi hijo”. Frassati también era muy devoto de la Virgen, cada día recitaba el rosario y en la puerta de su habitación tenía pegado un cartel con la oración del “Acordaos”. La canonización de estos dos jóvenes pone de manifiesto algo que decía el Papa Francisco: los jóvenes no solo son el “futuro” de la Iglesia, sino que son ya el “presente” de la Iglesia. La Iglesia necesita a los jóvenes, porque está llamada a rejuvenecerse continuamente, y está llamada a ser la “juventud del mundo”, como decía San Pablo VI. A nuestra patrona, la Virgen del Val, quiero presentarle esta mañana a todos los jóvenes de nuestra diócesis, a los que creen y a los que no creen. Ella, que es “Madre de los jóvenes”, y que sabe sintonizar con los deseos de sus corazones, sabrá decirle a Jesús: “no tienen vino”, para que Jesús les conceda el vino bueno, el vino de la alegría verdadera, que se sirve al final, y que brota de su costado abierto en la cruz. A toda la comunidad cristiana, aquí reunida, quiero pediros que recéis por los niños y jóvenes, y por las actividades que realiza nuestra Delegación de Infancia y Juventud, para que nuestros niños y jóvenes descubran el regalo inmenso de la fe, y sean generosos en su camino de seguimiento de Jesucristo. Pier Giorgio Frassati solía llevarse a sus amigos a la montaña, a hacer alpinismo, para enseñarles que en esta vida hay que aprender a “mirar a lo alto”. Es una buena recomendación para nosotros, en el día en el que celebramos a nuestra patrona. María también quiere enseñarnos a “mirar hacia lo alto”. Ella es la mujer vestida de sol, llena de la luz de Dios, que tiene la luna a sus pies. La luna es signo de lo material, caduco, efímero y transitorio, que, gracias a la resurrección de Jesucristo, se ha convertido en vida perdurable. María, por lo tanto, nos invita a “mirar a lo alto”, a vivir con los pies en la tierra, pero con la mirada puesta en el cielo. En los últimos dos siglos, han sido muchos los que se han burlado de los católicos por tener nuestra mirada puesta en el cielo. ¿Quién se atreve a hablar del cielo y de la vida eterna en estos tiempos en los que los adelantos de la ciencia y la tecnología ya pueden solucionarlo todo? Nietzsche decía: “hermanos, permaneced fieles a la tierra”. El ateísmo considera que la única felicidad está en la tierra, y en lo que la tierra puede darnos. Lo mismo sostenía el poeta ateo Berthold Brecht, cuando, de manera caustica, afirmaba: “dejemos el cielo para los pájaros” (Cfr. J. Ratzinger, Homilía 15-VIII-1993). El tema del cielo y de la vida perdurable no es de poca importancia para nosotros. Pretendemos obtener del tiempo lo que solo la eternidad puede darnos. Como el que busca petróleo, nos esforzamos en sacar “eternidad” de lo que solo es temporal, y, lógicamente, nos chocamos contra un muro. Cuando lo material es lo único que cuenta, el corazón se queda siempre insatisfecho, porque nuestro corazón tiene un profundo deseo de infinito: “nos creaste, Señor, para ti, y nuestro corazón estará inquieto hasta que no descanse en ti”, decía San Agustín. Si nos volcamos solo en la tierra, la tierra se nos queda muy corta. De aquí vienen inevitablemente las luchas de poder entre nosotros, nuestras rivalidades, aversiones y violencias. Detrás de las guerras que asolan nuestro mundo hay una profunda crisis religiosa, hay un eclipse de Dios, y cuando falta Dios, el hombre se destruye a sí mismo. Si miráramos más hacia el cielo, nuestra tierra saldría ganando, nuestra tierra sería regenerada. Este es el gran mensaje que, como un tesoro, los cristianos llevamos en nuestras manos, y que queremos comunicar a todos. Mirando hacia el cielo, una nueva tierra es posible. Mirar hacia el cielo significa vivir con la conciencia de que Dios está cerca. Dios es mucho más que el relojero que puso en marcha el reloj de la creación y después nos abandonó a nuestra
Mons. Prieto Lucena en la fiesta de la Virgen del Val: «El siglo XXI está llamado a ser el siglo de la esperanza»

En la mañana del día 15 de septiembre de 2024 tuvo lugar la Misa Mayor por la festividad de Ntra. Señora la Virgen del Val, patrona de la ciudad de Alcalá de Henares, alcaldesa perpetua y doctora de su universidad. La Eucaristía estuvo presidida por don Antonio Prieto Lucena, obispo complutense, cuya homilía recogemos a continuación. HOMILÍA EN LA FIESTA DE LA VIRGEN DEL VAL 15 de septiembre de 2024 Queridos hermanos sacerdotes y seminaristas, miembros de la vida consagrada, Sra. Presidenta y Junta de Gobierno de la Hermandad de nuestra patrona, la Virgen del Val; saludo con todo respeto a la Sra. Alcaldesa y a los miembros de la corporación municipal; al Comandante Jefe de la Brigada Paracaidista y al Comisario Principal de la Policía local, que hoy celebra a su patrona. Saludo también a los representantes de cofradías, hermandades, asociaciones y casas regionales, aquí presentes. Queridos hermanos todos: El episodio de las bodas de Caná, que hemos escuchado en el Evangelio, en el que falta el vino, representa la situación del hombre contemporáneo, que ha perdido la esperanza. El vino, que alegra el corazón del hombre (Sal 104,15), es símbolo de alegría. Si falta el vino, falta la alegría; y donde falta de alegría es porque no hay esperanza. Comprendemos entonces la importancia singular que tiene la Virgen María, que es la primera que se da cuenta de la falta de vino y del apuro de los novios, y pone remedio a la situación provocando un milagro anticipado de Jesús. El curso pastoral que estamos comenzando, de manos de la Virgen del Val, nuestra patrona, estará marcado por el Jubileo del Año 2025, dedicado a la esperanza cristiana. El Papa Francisco quiere que sea un año para renovar en nosotros esta gran virtud teologal, que consiste en vivir de la promesa de Dios. La esperanza, en efecto, tiene que ver con el futuro, pero no en cuanto a que nosotros podamos producirlo. Quien confía en sus propias fuerzas no confía en la esperanza, sino en el progreso, y la esperanza es más que el progreso. Por otra parte, la esperanza también se diferencia del simple optimismo. El optimismo consiste en confiar en el propio sentimiento de ilusión, que es frágil y fácilmente queda frustrado a la primera de cambio. La esperanza cristiana es más que el progreso y el optimismo, se basa en la relación con Dios y en su promesa de salvación, por eso la esperanza cristiana, como dice San Pablo, no defrauda, ya que Dios nunca defrauda. Nuestro mundo necesita nuevas dosis de esperanza. Cuando se tiene esperanza en un futuro mejor se activan todas las energías humanas. La esperanza es sinónimo de ilusión, de movimiento, de esfuerzo, de tesón. En cambio, la desesperanza genera bloqueo, parálisis de la acción, apatía, insatisfacción, intolerancia y falta de compromiso. Podríamos mirar hacia el pasado y contemplar nuestra historia reciente. En esa mirada retrospectiva, podríamos reconocer que el siglo XIX fue el “siglo de la caridad”. Fue el siglo de la revolución industrial, que, junto con grandes posibilidades, provocó enormes bolsas de pobreza. Era necesario reparar injusticias y consolar dolores, y el Espíritu Santo suscitó muchísimas órdenes religiosas dedicadas al servicio a los más pobres, tanto en la beneficencia como en la enseñanza. Pensemos en el papel que jugaron los salesianos o las Conferencias de San Vicente de Paul, entre otros. El siglo XIX fue el siglo de la caridad. Por su parte, el siglo XX podemos considerarlo el “siglo de la fe”. Fue el siglo de los grandes totalitarismos y de las guerras mundiales, que pusieron de manifiesto el fracaso de las ideologías materialistas y nacionalistas. El fracaso de las ideologías solo podía superarse por la fe en Dios y en la persona humana, creada a imagen de Dios, en Cristo, con una gran capacidad para amar y para construir la civilización del amor. Es lo que intentó hacer el Concilio Vaticano II y el Papa San Juan Pablo II, en su largo pontificado. El siglo XX fue el siglo de la fe. Y entonces, llegamos a la pregunta: ¿Y el siglo XXI? El siglo XXI está llamado a ser el “siglo de la esperanza”, porque la cuestión que se plantea con mayor preocupación es si tenemos capacidad de transmitir una promesa de felicidad a las nuevas generaciones. Si falta esa promesa, no hay esperanza. Entonces, la única solución es volcarnos en el presente, quedar atrapados en el presente, buscando sacarle todo el placer posible de manera egoísta, pero con una desconfianza grande ante un futuro incierto, que no sabemos si llegará. Hasta hace pocos años, cuando nos encontrábamos con un bello paisaje en la naturaleza nos deteníamos a contemplarlo y nos servía de inspiración para el futuro. Ahora, las cosas han cambiado. Cuando una persona encuentra un paisaje, puede ser que ya no se detenga a contemplarlo, ni le haga pensar en el futuro. Quizá lo único que haga sea sacar su móvil, hacer una foto y colgarla en sus redes sociales, para inmortalizar el presente. Un presente que solo sirve para disfrutar y en el que uno queda atrapado, sin posibilidad de abrirse hacia el futuro. Una sociedad atrapada en el disfrute efímero del presente -y desconfiada del futuro- es una sociedad enferma. Es una sociedad en la que ya no se desea transmitir la vida, ni se desea transmitir la fe. La crisis demográfica que estamos padeciendo, y que es realmente preocupante, tiene muchas causas, pero una no despreciable es la falta de esperanza de los jóvenes para casarse, y de los padres para transmitir la vida a sus hijos, ya que tenemos la experiencia de que la vida se ha vuelto tan complicada que no sabemos si es bueno transmitirla. Antes, la vida era siempre un bien, y la acogíamos con la alegría de una familia que crece, pero ahora no estamos tan convencidos. Algo parecido nos pasa, dentro de la Iglesia, con la transmisión de la fe. Hasta no hace mucho, la principal
Nuevo programa «El Espejo de la Diócesis de Alcalá» (13 de septiembre de 2024)

¡Ya estamos de vuelta con El Espejo de la Diócesis de Alcalá en Mediodía COPE! Como cada viernes, se ha vuelto a emitir hoy, 13 de septiembre de 2024, en radio COPE. Este espacio de información religiosa de nuestra diócesis puede escucharse en la frecuencia 92.0 FM, todos los viernes de 13.33 a 14 horas. Oír el programa completo Hoy invitamos al delegado diocesano de Pastoral Universitaria, el sacerdote Francisco Rupérez -nuevo párroco de San Pedro Apóstol en los Santos de la Humosa-, para contarnos lo más destacado del acto de inauguración del curso académico 2024/2025 que tuvo lugar el pasado 5 de septiembre en la Catedral Magistral y en el Paraninfo universitario. Paco Rupérez, sacerdote delegado diocesano de Pastoral Universitaria, con Javi Úbeda, del equipo de Medios de la diócesis de Alcalá También recibimos al canciller de la diócesis, el sacerdote José Ignacio Figueroa, para conversar con él acerca del ya cercano Jubileo 2025 y de la peregrinación diocesana propuesta desde el obispado para todos los fieles del 21 al 28 de febrero de 2025. Además, José Fernández Crespo, responsable de promoción de ACN (Ayuda a la Iglesia Necesitada), invita a todos a acudir a la presentación del Informe de Libertad Religiosa que tendrá lugar el próximo jueves 19 en el marco del Aula Cultural «Civitas Dei». También escuchamos hoy a Begoña Cañas -nuestra delegada diocesana de Enseñanza-, hablar sobre la Missio que recibirán los profesores de religión de manos del obispo en la tarde del mismo jueves 19 de septiembre. Y recibimos, para terminar, una invitación del capellán de la Ilustre Cofradía de Nuestra Señora del Val, Luis Eduardo Morona, a participar de los eventos en honor a la patrona de la ciudad de Alcalá de Henares. También, como ya es costumbre, escuchamos a don Antonio Prieto Lucena en nuestra sección semanal «El Minuto del Obispo». Hoy comenta el capítulo 2 de la encíclica de Benedicto XVI Spe Salvi. Mons. Prieto Lucena nos invita este viernes a reconocer aquello que es un ídolo en nuestra vida, impedimento para vivir la verdadera esperanza. Durante el programa ofrecemos también otras noticias sobre nuestra diócesis. Recuerda suscribirte al canal de YouTube de la diócesis «Obispado Alcalá de Henares» y dale a la campanita para recibir alertas cuando subamos un programa nuevo y poder escuchar los programas ya emitidos. Escucha otras entrevistas de El Espejo de la Diócesis de Alcalá