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Mons. Prieto en la ordenación de presbíteros: «Queridos Víctor, Estaban y Nicolás: gracias por vuestra entrega generosa a la vocación sacerdotal»

El sábado 25 de abril de 2026, la Catedral-Magistral de Alcalá de Henares acogió la ordenación presbiteral de tres diáconos. Esteban, Nicolás y Víctor fueron ordenados sacerdotes por Mons. Antonio Prieto Lucena, obispo complutense, y acompañados por sacerdotes, familiares y amigos.   Ver esta publicación en Instagram   Una publicación compartida de Diócesis de Alcalá de Henares (@diocesisdealcala) Homilía de Mons. Antonio Prieto Lucena en la ordenación de presbíteros Querido D. Juan Antonio, queridos sacerdotes y seminaristas, queridos Víctor, Esteban y Nicolás, que vais a ser ordenados presbíteros; saludo y felicito a vuestras familias, especialmente a las que han venido desde más lejos, a vuestros rectores y formadores, a vuestras comunidades cristianas y a vuestros amigos, aquí presentes. Queridos hermanos todos en el Señor: El Evangelio que acabamos de escuchar nos traslada hasta la orilla del lago de Tiberiades, donde Cristo resucitado exige a Simón Pedro una triple confesión de amor: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?”. La noche del Jueves Santo, Pedro había negado a Jesús por cobardía, y ahora Jesús quiere restaurarle de sus negaciones con una triple confesión amorosa. Pedro responde: “Sí, Señor, tú sabes qué te quiero”. Llama la atención que Jesús pregunta a Pedro si le ama. El verbo griego que aparece es “agapao”, que significa amor de entrega incondicional. Sin embargo, Pedro responde con el verbo “phileo”, que es un amor sincero, pero no tan perfecto como el verbo “agapao”. Pedro ha aprendido a ser humilde en la experiencia de las negaciones. Ya no se muestra tan orgulloso y prepotente como otras veces. Ahora es consciente de su debilidad, por eso no se atreve a responder a Jesús “que lo ama”, con el verbo “agapao”, sino simplemente “que lo quiere”, con el verbo “phileo”. Por segunda vez, Jesús le pregunta: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?”, y Pedro responde con las mismas palabras: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”. Jesús mantiene el mismo nivel de exigencia, utilizando el verbo “agapao”. Es decir, Jesús exige un amor de entrega incondicional, pero Pedro no se atreve a responder con tanta seguridad, y se refugia en el “te quiero” del verbo “phileo”. ¡Quiere a Jesús!, por supuesto, pero es consciente de su pobreza y de sus límites, y se muestra inseguro. Lo curioso del Evangelio es que, en la tercera interrogación, Jesús pregunta: “Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?”. Es precioso. Jesús se abaja al nivel de Pedro: abandona el verbo “agapao” y utiliza el verbo “phileo”. Es la condescendencia de Dios con nosotros. Jesús acepta el nivel de amor que Pedro es capaz de ofrecerle en ese momento, y entonces le dice: “Apacienta mis ovejas”. Decía San Juan Pablo II que no se puede ser sacerdote sin meditar este texto del Evangelio. Ser sacerdote es pastorear las ovejas del Señor, y el Señor no quiere entregarnos sus ovejas si antes no le confesamos todo nuestro amor. Basándose en este texto del Evangelio, San Agustín decía que el ministerio sacerdotal es “officium amoris”, es un “oficio de amor”. Es una gran verdad. Ser sacerdote no es una profesión más, que se ejerce durante unas horas, pero que no configura radicalmente a la persona. El sacramento del orden marca al candidato con un sello indeleble, llamado “carácter sacramental”, que le configura para siempre con Cristo, Cabeza, Pastor y Esposo de la Iglesia. El sacerdocio católico es mucho más que un servicio a la comunidad cristiana, que podría realizar cualquier otra persona que estuviera cualificada. Es verdad que el sacerdote desempeña tareas muy importantes para la comunidad, pero antes que el “hacer” del sacerdote está el “ser” del sacerdote. Lo más importante del sacerdote es su consagración a Cristo, su vínculo ontológico y personal con Jesucristo, que cambia por completo su modo de estar en la Iglesia y de servir a la Iglesia y al mundo. El Papa San Pablo VI decía que el sacerdote es una “personificación existencial” de Jesucristo. El sacerdote es un “sacramento” de Cristo. Actúa en nombre de Cristo, pero no sustituye a Cristo, que vive en medio de su Iglesia. Ya San Agustín decía: “bautice Pedro, Pablo o Judas, es Cristo quien bautiza”, por eso es fundamental que el sacerdote remita siempre a Jesucristo. Como San Pablo, el sacerdote debe poder decir: “ya no soy yo, es Cristo quien vive en mí”. Y, como San Juan Bautista, el sacerdote debe menguar, para que Cristo crezca en él. La misión del sacerdote no es anunciarse a sí mismo, sino señalar con el dedo al Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Queridos Víctor, Esteban y Nicolás: también Cristo os pregunta a vosotros en esta mañana: “¿me amas más que estos?”. Y vosotros, aunque sois conscientes de vuestras limitaciones, vais a responder afirmativamente, no apoyados en vuestras fuerzas, sino en el amor que Cristo os tiene, y que os ha manifestado en el misterio de la vocación sacerdotal. La vocación sacerdotal es un enamoramiento, que va configurando una amistad con Cristo, que debe permanecer y crecer en el tiempo. No dejéis que nada ni nadie os robe el tesoro de vuestra amistad con el Señor. Recordad que Cristo llamó a los Apóstoles para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar. Al recibir la ordenación, sois enviados a predicar, pero sin dejar de estar con el Señor. En vuestro ministerio sacerdotal, la relación personal con Jesucristo debe tener la prioridad absoluta. Procurad no salir nunca de la presencia de Dios. Tratad de vivirlo todo con Jesús y para Jesús. En la vida de San José María Rubio se cuenta que, estando en Madrid, iba a celebrar una Misa temprana de domingo. Las calles estaban desiertas. Al subir al tranvía, era el único viajero y le dijo al conductor: “deme dos billetes”. El conductor, extrañado, le preguntó: “Padre, ¿dos billetes?”. El Padre Rubio cayó en la cuenta de que estaba tan ensimismado en Jesucristo, que había intentado comprarle a él su billete. Queridos Víctor, Esteban y Nicolás: sean cuáles

Nicolás, Esteban y Víctor: el regalo de tres nuevos sacerdotes para la Diócesis de Alcalá de Henares

Diáconos Esteban, Víctor y Nicolás

El próximo sábado 25 de abril de 2026, festividad de san Marcos, evangelista, Mons. Prieto Lucena ordenará presbíteros a tres diáconos de la Diócesis de Alcalá de Henares: Esteban, Nicolás y Víctor. Estos jóvenes, que durante muchos años se han formado y han discernido su vocación bajo la guía de la Iglesia, afrontan esta semana la recta final previa a sus ordenaciones con la conciencia de la grandeza de lo que va a suceder el sábado. Tras la ordenación presbiteral, sus vidas darán un vuelco. Nicolás Días, procedente de Argentina y formado en el Seminario diocesano misionero Redemptoris Mater de Alcalá de Henares, explica que tras el día 25 «vendrá un tiempo de más servicio a las personas, fundamentalmente en el Sacramento de la Eucaristía, en la consagración, y en el Sacramento de la Penitencia». Esos dos sacramentos constituyeron para Nicolás, en su momento, un encuentro con la Misericordia del Señor. «Eso es lo que yo he recibido y quiero dar», afirma. También perteneciente al Redemptoris Mater de Alcalá de Henares, y originario de Costa Rica, el diácono Esteban Villalobos explica cómo a partir del 25 de abril ya no será «el tiempo de Esteban, sino el tiempo de Jesucristo, que va a empezar a actuar». Además, añade, a través del sacerdocio quiere «llevarle a la gente el Amor de Jesucristo». Por su parte, Víctor Hervías, del Seminario mayor diocesano de la Inmaculada y los Santos Niños Justo y Pastor de Alcalá de Henares, ha estado sirviendo durante su etapa como diácono en la Catedral-Magistral, especialmente vinculado al grupo de jóvenes. A partir de su ordenación el próximo 25 de abril, su nuevo ministerio sacerdotal cambiará su forma de servir. «Había muchas cosas, sobre todo confesar cuando alguien se te acercaba y te pedía confesión, que no podía hacer. Poder ahora por fin responder a esa necesidad de la gente que viene a la Catedral buscando a Cristo, y poder acercarles a Cristo, responde al deseo de mi corazón», explica Víctor. Nicolás Días, Esteban Villalobos y Víctor Hervías serán ordenados presbíteros por el obispo de la Diócesis de Alcalá el 25 de abril de 2026 El profeta Isaías, san Marcos y san Juan: Los lemas sacerdotales de los tres futuros sacerdotes de la diócesis complutense Previamente a la ordenación sacerdotal, todo ordenando escoge un lema que le acompañará el resto de su vida. Nicolás Días ha elegido unos versículos del capítulo 61 de Isaías, en los que el profeta del Antiguo Testamento afirma que ha sido enviado «a anunciar a los pobres, a vendar a los heridos, a dar la libertad a los cautivos anunciando la Buena Noticia». Para este joven diácono que pronto comenzará su ministerio como presbítero, su lema sacerdotal expresa la unión entre aquello que él recibió de sus catequistas y de otros sacerdotes, y lo que él quiere ofrecer al Mundo.    Como lema, el diácono Esteban Villalobos ha elegido unos versículos del capítulo 3 del Evangelio de san Marcos. «Dice que «Jesús subió al monte y llamó a los que Él quiso». Realmente he visto que yo no soy una persona especial. El Señor llama a los que Él quiere. No llama a superhombres, sino que llama a personas normales como cualquier otra persona», afirma Esteban al explicar su lema sacerdotal.    Víctor Hervías ha escogido como su lema sacerdotal «Sígueme«, del capítulo 21 del Evangelio de san Juan. Afirma que es «solo al final, cuando Pedro ha podido atravesar todo el discipulado con Jesús, cuando le ha negado, cuando ha sido restaurado con las tres afirmaciones de Cristo, cuando ha conocido su debilidad, Cristo le vuelve a llamar para una vida de seguimiento, siempre detrás de las huellas de Jesús». Este lema será para Víctor un recordatorio de que ha de seguir siempre tras los pasos de Cristo.    La ordenación presbiteral de los diáconos Nicolás, Esteban y Víctor tendrá lugar en la Catedral-Magistral en una ceremonia que comenzará a las 11:00h y que será presidida por Mons. Prieto Lucena y concelebrada por numerosos sacerdotes de la diócesis complutense.

Carta del obispo a todos los diocesanos: «Tres nuevos sacerdotes para nuestra diócesis»

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TRES NUEVOS SACERDOTES PARA NUESTRA DIÓCESIS Carta del Obispo a todos los diocesanos de Alcalá de Henares 20 de abril de 2026 Queridos diocesanos de Alcalá de Henares: El próximo día 25 de abril, en el contexto del Domingo del Buen Pastor y de la Jornada Mundial de oración por las vocaciones, tendré la dicha de ordenar a tres nuevos presbíteros para el servicio de nuestra Diócesis. Se cumple así la promesa del Señor, por boca del profeta Jeremías: “Os daré pastores según mi corazón, que os apacienten con saber y acierto” (Jr 3,15). Los tres diáconos que, Dios mediante, serán ordenados, Víctor, Esteban y Nicolás, llevan muchos años preparándose para este momento. Un día lo dejaron todo para ingresar en el Seminario. Allí han crecido como personas, para servir como pastores; han fortalecido su amistad con Jesucristo, configurándose con Él, como siervo, cabeza, pastor y esposo de la Iglesia. Han dedicado largas horas a la oración, al estudio y a la práctica pastoral. Ahora, llega el momento de la imposición de manos y de la unción con santo crisma. A partir de su Ordenación, celebrarán la Eucaristía y podrán perdonar nuestros pecados. ¡Qué gran regalo! Animo a todos a participar en la Sagrada Ordenación, a las 11 horas, en nuestra Catedral Magistral “¡El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres!” (Sal 126,3). La Ordenación de presbíteros es la mejor manera de celebrar la Jornada Mundial de oración por las vocaciones. En su mensaje para esta Jornada, el Papa León XIV recalca la necesidad de la vida interior para escuchar la llamada del Señor. Dice el Papa que, para acoger la vocación, no son suficientes los “ojos del cuerpo”, se necesita la contemplación y la interioridad. San Agustín afirmaba que Dios es “interior intimo meo” (Confesiones, III, 6, 11). Dios está en lo más profundo de nosotros mismos. Cuando se convirtió, el Obispo de Hipona se lamentaba de no haber descubierto antes esta hermosa verdad: “¡Tarde te amé, belleza tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te andaba buscando (…). Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo (…). Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera” (Confesiones, X, 27, 38). Cuando tratamos con Dios en lo íntimo del corazón, la vida cambia. Es lo que le sucedió a San Agustín. Dios va encendiendo el fuego de su amor en nuestro corazón, y surge el deseo de corresponder entregándonos a Él. La vocación es un enamoramiento, un proyecto de amor y felicidad, que se descubre en el silencio del corazón. No es una imposición, ni un proyecto prefijado, es un deseo que Dios pone en corazón del que se deja interpelar libremente, en el diálogo oracional. Por eso, en la pastoral vocacional, es tan importante cuidar espacios de oración y de interioridad, para que los jóvenes puedan escuchar la voz del Señor. Dice el Papa León XIV, en su mensaje, que “sólo si nuestros ambientes brillan por la fe viva, la oración constante y el acompañamiento fraterno, la llamada de Dios podrá surgir y madurar, convirtiéndose en camino de felicidad y salvación para cada uno de nosotros y para el mundo”. El Papa también nos dice que la vocación no es una meta estática, sino un proceso dinámico de maduración, que debe ser cuidado y sostenido. En este proceso de maduración, es esencial la fidelidad al trato íntimo con el Señor, pero es también importante el cuidado de la vocación por parte del acompañante espiritual, la familia y la entera comunidad cristiana. La vocación nace y germina cuando nos tomamos en serio la oración por las vocaciones, cuando, desde lo profundo del corazón, pedimos al Dueño de la mies que envíe operarios a su mies (cfr. Mt 9,38). En el siglo XIX una mujer protestante, Elisa Vaughan, contrajo matrimonio con un noble inglés, profundamente católico, y se fue a vivir a su castillo, que había servido como refugio para muchos sacerdotes católicos durante la persecución religiosa de la reina Isabel I. Al conocer las penalidades que habían sufrido aquellos sacerdotes, Elisa se convirtió al catolicismo y pidió fervientemente a Dios que le diera una familia numerosa y se fijara en sus hijos para que fueran sacerdotes. Tuvo catorce hijos, seis de los cuales fueron sacerdotes. Es conocida también la proeza de un grupo de madres, en un pequeño pueblo del norte de Italia, que iba a quedarse sin sacerdote por la falta de vocaciones. Aquellas madres decidieron juntarse para rezar por las vocaciones, tratando de fomentar en sus familias un clima de alegría y sana religiosidad. Al cabo de algunas décadas, se contaban 323 vocaciones a la vida consagrada, procedentes de aquel pequeño pueblo, 152 de las cuales eran sacerdotes. La oración confiada es siempre eficaz. En su mensaje para la Jornada Mundial de oración por las vocaciones, el Papa León XIV nos dice: “Toda vocación es un don inmenso para la Iglesia y para quien la acoge con alegría”. Demos gracias al Señor que nos regala la vocación sacerdotal de los tres diáconos que serán ordenados presbíteros en los próximos días. Pidamos para que muchos jóvenes de nuestra diócesis escuchen la llamada del Señor y la sigan con generosidad. Recibid mi saludo y mi bendición. + Antonio Prieto Lucena, Obispo complutense

Mons. Prieto en la ordenaciones sacerdotal y diaconal: «No dejéis que se enfríe vuestro amor por Jesucristo y por las almas»

El 10 de mayo de 2025, festividad de San Juan de Ávila, la Catedral-Magistral de Alcalá de Henares acogió la ordenación sacerdotal de Francisco Cordero Junquera y de Mikel Cacho Ruiz, y la ordenación diaconal de Germán Daniel Benavides Flores. El templo catedralicio estaba repleto de los familiares y amigos de los ordenandos, además de todos aquellos que han querido acercarse a acompañarles en este paso tan importantes para ellos y para la Iglesia complutense. A continuación ofrecemos la homilía completa de Mons. Prieto Lucena y un álbum de fotografías. Homilía de Mons. Antonio Prieto Lucena en la ordenación sacerdotal y diaconal Queridos Francisco y Mikel, que vais a ser ordenados presbíteros; querido Germán, que vas a recibir el diaconado. Saludo y felicito a vuestras familias, rectores y formadores, a vuestras comunidades cristianas y a vuestros amigos, aquí presentes. Queridos sacerdotes, seminaristas y hermanos todos en el Señor. Acabamos de escuchar el evangelio del buen Pastor, que ilustra preciosamente la misión de Jesucristo. Él es el buen Pastor que conoce a sus ovejas, que somos cada uno de nosotros, y da la vida por ellas. En el Evangelio de San Juan, el verbo “conocer” tiene un significado amplio, que implica amar lo que se conoce. Conocer a las ovejas supone amarlas, desvivirse por ellas, alimentarlas, curar a la herida, buscar a la extraviada, y vigilar por si viene el lobo, para defenderlas e impedir que se dispersen. El evangelio contrapone la figura del Pastor con la del “asalariado”, que es todo lo contrario. Al asalariado no le importan las ovejas, solo le importan en la medida en que puede sacar algo de ellas: la carne, la lana o la leche. El asalariado, si ve venir al lobo, abandona a las ovejas y huye, y el lobo hace estragos en el rebaño. En nuestro mundo existen muchos falsos pastores, que nos prometen pastos abundantes y aguas cristalinas, y, en realidad, solo buscan su interés. Esos falsos pastores son ídolos que nos seducen, como el poder, el dinero o el placer, y al final solo nos dejan el corazón vacío. En cambio, Jesucristo es el verdadero Buen pastor, que ha venido para que tengamos vida y la tengamos en abundancia. Al contemplar el evangelio del buen Pastor es inevitable no pensar en la reciente elección del Papa León XIV, como pastor universal de la Iglesia, y en la ordenación de Francisco, Mikel y Germán, que, por el sacramento del orden, van a ser configurados con Cristo cabeza, pastor y siervo. Estamos de enhorabuena. Demos gracias a Dios, que cumple su promesa: “Os daré pastores según mi Corazón, que os apaciente con saber y acierto” (Jr 3,15). Queridos Francisco y Mikel: por el sacramento del orden, en el grado del presbiterado, se va a operar en vosotros una transformación ontológica que os convertirá en presencia sacramental de Cristo, cabeza y pastor. El sacerdote es “otro Cristo”. Como decía San Juan Crisóstomo, es un “hombre revestido de carne que ejerce un oficio de ángel”. Ciertamente, ser sacerdote es exigente, supone configurarnos con Cristo y entregar toda nuestra vida, quedando expropiados de todo lo nuestro. Así se entiende que los Santos Padres quisieran rehuir el sacerdocio cuando eran llamados por la Iglesia. Sabemos que San Ambrosio huyó de Milán y se escondió en una tumba. Lo mismo hizo San Juan Crisóstomo refugiándose en unas montañas, hasta que se puso enfermo y no tuvo más remedio que regresar a la ciudad. Pidamos al Señor ser buenos Pastores del rebaño de Cristo, y no vivir como “asalariados”. Servir a la Iglesia, sin querer “servirnos de la Iglesia”, para nuestros fines egoístas. Ser sacerdote es una dignidad, por el poder de hacer presente a Cristo en la Eucaristía y de perdonar los pecados, pero esta dignidad exige de nosotros una gran santidad y pureza de corazón. San Juan de Ávila, cuya fiesta se celebra hoy, hablando del momento de la consagración, en la Misa, decía que “viendo como el Señor se ata con nuestras palabras, y se deja tomar en nuestras manos indignas, no deberíamos tener boca ni manos para pecar”, y añadía: “si el sacerdote quiere pecar con su lengua o con sus manos, que pida otras prestadas”, ya que sería una gran contradicción que las manos que hoy consagran, mañana se usaran para ofender a Dios. Para San Juan de Ávila, los sacerdotes somos “relicarios de Dios”, lo cual exige de nosotros una gran santidad. Queridos Francisco y Mikel: cuidad el carisma que hoy recibís, sabiendo que llevamos un gran tesoro en vasijas de barro. No dejéis que se enfríe vuestro amor por Jesucristo y por las almas. Sed fieles a vuestra oración diaria, sabiendo que “un sacerdote vale lo que vale su oración”; y quered mucho a la gente. Tened siempre presente que “lo que no se ama, no se evangeliza”. Conocer a las ovejas supone amarlas y dar la vida por ellas. Que entre vuestros preferidos estén siempre los pobres, los enfermos, los pecadores y los alejados. Querido Germán: tú también recibes el sacramento del orden, pero en el grado del diaconado. Te configuras así con Cristo, que no vino a ser servido, sino a servir. La espiritualidad del diácono es la del “servidor”. Corresponde a los diáconos, entre otras cosas, asistir al obispo y a los presbíteros en la celebración de los divinos misterios, distribuir la Eucaristía, presidir bautizos, matrimonios y exequias, predicar el Evangelio, bendecir y dedicarse a las obras de caridad. Es mucho, por lo tanto, lo que recibimos de Dios, en esta mañana. Gracias, queridos Francisco, Mikel y Germán, por responder generosamente a llamada del Señor. En su homilía de ayer, ante los señores cardenales, en la capilla sixtina, el Papa León XIV, nos describía el mundo al que somos enviados a evangelizar. Es un mundo en el que Cristo, o bien es insignificante o bien se vuelve molesto, por las exigencias morales que supone su seguimiento. Hoy se piensa que la fe es para personas débiles y poco