Juan Pedro, futuro diácono: «Le pido a Dios saber llevar a la gente a Jesucristo. Que yo mengüe y Él crezca»

Juan Pedro Bernal tiene 33 años y es seminarista del Seminario Mayor diocesano de la Inmaculada y de los Santos Niños Justo y Pastor en la diócesis complutense. El próximo sábado 24 de octubre de 2026, será ordenado diácono por Mons. Prieto Lucena en la Catedral-Magistral de Alcalá de Henares. ¿Cómo surge tu vocación? Mi vocación surge en el contexto de la Jornada Mundial de la Juventud de Madrid del 2011, en la que el Papa Benedicto XVI nos llama a los jóvenes a no conformarnos con menos que el amor y la verdad, y también a que si el Señor estaba llamando a alguno, al sacerdocio, al matrimonio, a la vida consagrada… que diera un paso adelante, que le dijera que sí al Señor. Y también en el ambiente de mi parroquia, la parroquia de San Diego, de Alcalá de Henares, sobre todo viendo el ejemplo de mi párroco, Matías, y yo quería eso para mí. Yo quería, en cierto modo, ser como él, aunque no lo sabía muy bien. Después de sentir la llamada, ¿te costó dar el paso? Me costó mucho dar el pas. De hecho, entre que en 2011 tiene lugar la Jornada Mundial de la Juventud y yo entro al seminario pasan siete años. O sea, que costó mucho. Yo tenía mi vida, yo tenía pensado lo que quería, quería formar una familia… Tenía mis planes. Entraba el Señor, pero de otro modo, a mi manera. En 2014, en una peregrinación a Fátima me tuve que confesar en inglés porque dejé para última hora la confesión, tenía que llegar a Misa y en español había mucha gente para confesarse. Fui al confesor en inglés y este confesor me preguntó que si estaba seguro de mi vocación. Una llamada en el Señor fuerte, ¿no? Es decir, ¿cómo este hombre que no me conoce de nada me ha dicho esto, me ha preguntado por mi vocación? Yo tenía esa pregunta en el interior, pero yo seguí haciéndome un poco “el loco» tres años más hasta que en 2017 en Fátima otra vez el Señor se impuso, me dijo que le siguiera. Eso que en 2011 empezaba en el corazón, pues en 2017 ya fue algo muy fuerte. ¿Qué es un diácono? Hay que remitirse a los Hechos de los Apóstoles. A los apóstoles les piden ayuda para los pobres, las viudas, y para predicar la palabra. Son colaboradores directos del Obispo. El sacerdocio tiene tres grados: el diaconado, el presbiterado y el episcopado. Es verdad que hay diáconos que son diáconos permanentemente (toda su vida). En mi caso no. En mi caso es transitorio para llegar a recibir, si Dios quiere, cuando la Iglesia disponga, el presbiterado. ¿Qué va a pasar a partir del 24 de octubre? Es como un misterio. Cuando la gente me pregunta si estoy nervioso, yo digo que no, pero sí que es verdad que lo que voy a recibir, el don que voy a recibir, es un misterio para mí. Cuando yo pienso en el día 24 o en el día 25 pienso que voy a poder dar la bendición… Que estas manos que ahora toman café van a poder dar la bendición, por ejemplo, o bautizar o casar. Viene un don muy grande al que yo tengo que responder con fidelidad, con la gracia de Dios, porque si no no estaría aquí, no sería posible todo esto… Empieza también una etapa nueva de mi vida con un ministerio que el Señor me da. Espero responder con fidelidad, con su gracia, porque si no es imposible. ¿Te estás encomendando a algún santo en específico en esta etapa? Hemos tenido ejercicios espirituales hace unas semanas y el director de ejercicios me recomendó que rezara no solo con las oraciones de la ordenación sino también con letanía de los santos. Ahí pensaba qué santos han marcado mi camino hasta hoy y es verdad que hay santos que son realmente especiales: san Rafael Arnaiz, que es un santo que fija su mirada en Dios a pesar de todo, a pesar de su enfermedad, de todo lo que le ocurre en la guerra… me parece un santo en el que la confianza se fortalece. Tengo mucha devoción a Santa Teresita del Niño Jesús y la verdad que me ha acompañado mucho en este camino del seminario. Y no me puedo olvidar de San Diego de Alcalá. Es el santo de mi parroquia, del cual tampoco se tienen muchos escritos, pero se conocen sus milagros. Tengo un cariño especial a San Diego. Hay muchos otros… San Pier Giorgio Frassati, canonizado hace poco. La verdad que estos últimos años me ha ayudado mucho a poner la mirada (como decía el Papa, “alzar la mirada hacia el Señor”) hacia lo alto, hacia aquello que viene de arriba. ¿Qué le pides al Señor ante esta nueva etapa? Le pido fidelidad sobre todo. La fidelidad creo que es la clave. Pero no es una fidelidad por mis propias fuerzas sino apoyado en su gracia. Es verdad que me siento muy acompañado, muy arropado: hay muchísima gente que está rezando por mí en este tiempo, cuando llegue la ordenación… Y creo que eso es clave: que la gente me quiere, que la Iglesia me sigue acompañando. Y le pido a Dios, aparte de ser fiel, saber llevar la gente a Jesucristo, que no me ponga yo en el centro, sino que sea Él, que yo les lleve hacia Él. Como decía San Juan Bautista: “que yo mengüe y él crezca”.
Mons. Prieto en la ordenaciones sacerdotal y diaconal: «No dejéis que se enfríe vuestro amor por Jesucristo y por las almas»

El 10 de mayo de 2025, festividad de San Juan de Ávila, la Catedral-Magistral de Alcalá de Henares acogió la ordenación sacerdotal de Francisco Cordero Junquera y de Mikel Cacho Ruiz, y la ordenación diaconal de Germán Daniel Benavides Flores. El templo catedralicio estaba repleto de los familiares y amigos de los ordenandos, además de todos aquellos que han querido acercarse a acompañarles en este paso tan importantes para ellos y para la Iglesia complutense. A continuación ofrecemos la homilía completa de Mons. Prieto Lucena y un álbum de fotografías. Homilía de Mons. Antonio Prieto Lucena en la ordenación sacerdotal y diaconal Queridos Francisco y Mikel, que vais a ser ordenados presbíteros; querido Germán, que vas a recibir el diaconado. Saludo y felicito a vuestras familias, rectores y formadores, a vuestras comunidades cristianas y a vuestros amigos, aquí presentes. Queridos sacerdotes, seminaristas y hermanos todos en el Señor. Acabamos de escuchar el evangelio del buen Pastor, que ilustra preciosamente la misión de Jesucristo. Él es el buen Pastor que conoce a sus ovejas, que somos cada uno de nosotros, y da la vida por ellas. En el Evangelio de San Juan, el verbo “conocer” tiene un significado amplio, que implica amar lo que se conoce. Conocer a las ovejas supone amarlas, desvivirse por ellas, alimentarlas, curar a la herida, buscar a la extraviada, y vigilar por si viene el lobo, para defenderlas e impedir que se dispersen. El evangelio contrapone la figura del Pastor con la del “asalariado”, que es todo lo contrario. Al asalariado no le importan las ovejas, solo le importan en la medida en que puede sacar algo de ellas: la carne, la lana o la leche. El asalariado, si ve venir al lobo, abandona a las ovejas y huye, y el lobo hace estragos en el rebaño. En nuestro mundo existen muchos falsos pastores, que nos prometen pastos abundantes y aguas cristalinas, y, en realidad, solo buscan su interés. Esos falsos pastores son ídolos que nos seducen, como el poder, el dinero o el placer, y al final solo nos dejan el corazón vacío. En cambio, Jesucristo es el verdadero Buen pastor, que ha venido para que tengamos vida y la tengamos en abundancia. Al contemplar el evangelio del buen Pastor es inevitable no pensar en la reciente elección del Papa León XIV, como pastor universal de la Iglesia, y en la ordenación de Francisco, Mikel y Germán, que, por el sacramento del orden, van a ser configurados con Cristo cabeza, pastor y siervo. Estamos de enhorabuena. Demos gracias a Dios, que cumple su promesa: “Os daré pastores según mi Corazón, que os apaciente con saber y acierto” (Jr 3,15). Queridos Francisco y Mikel: por el sacramento del orden, en el grado del presbiterado, se va a operar en vosotros una transformación ontológica que os convertirá en presencia sacramental de Cristo, cabeza y pastor. El sacerdote es “otro Cristo”. Como decía San Juan Crisóstomo, es un “hombre revestido de carne que ejerce un oficio de ángel”. Ciertamente, ser sacerdote es exigente, supone configurarnos con Cristo y entregar toda nuestra vida, quedando expropiados de todo lo nuestro. Así se entiende que los Santos Padres quisieran rehuir el sacerdocio cuando eran llamados por la Iglesia. Sabemos que San Ambrosio huyó de Milán y se escondió en una tumba. Lo mismo hizo San Juan Crisóstomo refugiándose en unas montañas, hasta que se puso enfermo y no tuvo más remedio que regresar a la ciudad. Pidamos al Señor ser buenos Pastores del rebaño de Cristo, y no vivir como “asalariados”. Servir a la Iglesia, sin querer “servirnos de la Iglesia”, para nuestros fines egoístas. Ser sacerdote es una dignidad, por el poder de hacer presente a Cristo en la Eucaristía y de perdonar los pecados, pero esta dignidad exige de nosotros una gran santidad y pureza de corazón. San Juan de Ávila, cuya fiesta se celebra hoy, hablando del momento de la consagración, en la Misa, decía que “viendo como el Señor se ata con nuestras palabras, y se deja tomar en nuestras manos indignas, no deberíamos tener boca ni manos para pecar”, y añadía: “si el sacerdote quiere pecar con su lengua o con sus manos, que pida otras prestadas”, ya que sería una gran contradicción que las manos que hoy consagran, mañana se usaran para ofender a Dios. Para San Juan de Ávila, los sacerdotes somos “relicarios de Dios”, lo cual exige de nosotros una gran santidad. Queridos Francisco y Mikel: cuidad el carisma que hoy recibís, sabiendo que llevamos un gran tesoro en vasijas de barro. No dejéis que se enfríe vuestro amor por Jesucristo y por las almas. Sed fieles a vuestra oración diaria, sabiendo que “un sacerdote vale lo que vale su oración”; y quered mucho a la gente. Tened siempre presente que “lo que no se ama, no se evangeliza”. Conocer a las ovejas supone amarlas y dar la vida por ellas. Que entre vuestros preferidos estén siempre los pobres, los enfermos, los pecadores y los alejados. Querido Germán: tú también recibes el sacramento del orden, pero en el grado del diaconado. Te configuras así con Cristo, que no vino a ser servido, sino a servir. La espiritualidad del diácono es la del “servidor”. Corresponde a los diáconos, entre otras cosas, asistir al obispo y a los presbíteros en la celebración de los divinos misterios, distribuir la Eucaristía, presidir bautizos, matrimonios y exequias, predicar el Evangelio, bendecir y dedicarse a las obras de caridad. Es mucho, por lo tanto, lo que recibimos de Dios, en esta mañana. Gracias, queridos Francisco, Mikel y Germán, por responder generosamente a llamada del Señor. En su homilía de ayer, ante los señores cardenales, en la capilla sixtina, el Papa León XIV, nos describía el mundo al que somos enviados a evangelizar. Es un mundo en el que Cristo, o bien es insignificante o bien se vuelve molesto, por las exigencias morales que supone su seguimiento. Hoy se piensa que la fe es para personas débiles y poco
ÁLBUM DE FOTOS
Mons. Antonio Prieto Lucena a los nuevos diáconos: «Hemos venido a dar la vida por las ovejas»

El sábado 26 de octubre de 2024, Mons. Antonio Prieto Lucena, obispo complutense, ordenó diáconos a Francisco Cordero Junquera y a Mikel Cacho Ruiz C.O. en la Catedral-Magistral de Alcalá de Henares. El templo catedralicio se llenó de familiares y amigos de los ordenandos, así como de religiosos y sacerdotes que quisieron acompañar a estos dos nuevos diáconos. Mons. Prieto Lucena en su homilía destacó que «en el centro de nuestra celebración de hoy, todos podremos contemplar el gesto de la imposición de manos del obispo, con la oración consacratoria, que es el signo sacramental de la ordenación. Por medio de este gesto, nuestros candidatos recibirán el sello imborrable del Espíritu Santo, que los configurará a Cristo, que se hizo ‘diácono’». «La espiritualidad del diácono es la del servidor. En la primera carta a los Corintios, San Pablo, dirigiéndose a los que somos ministros de la Iglesia, nos recuerda que lo más importante es que la gente vea en nosotros ‘servidores de Cristo’, y servidores que sean fieles. Los ministros de la Iglesia somos administradores de un tesoro que no es nuestro. Algún día tendremos que rendir cuentas del don recibido. Por eso, no busquemos nunca alcanzar poder, ni prestigio, ni estima de los demás. Hemos venido a dar la vida por las ovejas, no a quedarnos con su lana, su leche o su carne. Hemos venido a servir a la Iglesia, como ella quiere ser servida, no a servirnos nosotros de la Iglesia, para nuestros intereses egoístas», indicó Mons. Prieto. El obispo complutense se dirigió a los nuevos diáconos diciendo «queridos Francisco y Mikel, para ser buenos siervos tenemos que estar muy unidos a Cristo, para que él nos comunique su bondad. Nos convertimos en siervos buenos mediante nuestra relación viva con el Señor. Que Cristo nunca sea para nosotros una idea abstracta, sino una persona viva, amada apasionadamente. Ahí está nuestro tesoro, por el que merece la pena vender todo lo que tenemos, y por el que consideramos basura todo lo que no puede ordenarse a Cristo. Un servidor de Cristo vale lo que vale su oración. Una oración que ahora os comprometéis a ofrecer por el bien del pueblo santo de Dios». Mons. Prieto Lucena concluyó su homilía dirigiéndose a los nuevos diáconos: «queridos Francisco y Mikel: la Iglesia necesita ministros santos. No os dejéis dominar por la tibieza ni la mediocridad. Desde la santidad y la comunión, seamos misioneros de la acogida y la esperanza. Quiero felicitar a vuestras familias, que hoy reciben una bendición especial de Dios, en su hijo consagrado para el servicio de la Iglesia. Gracias, queridas familias, por vuestra colaboración decisiva en esta obra de Dios. Y quiero felicitar también a los formadores del Seminario y de la Congregación del Oratorio, que hoy pueden contemplar el fruto de muchos años de trabajo y preocupaciones. Gracias también a los sacerdotes que de diversas maneras han contribuido a la buena formación de estos candidatos. Dios os lo pague. Ntra. Sra. la Virgen del Val, los Santos Niños y San Diego de Alcalá intercedan por nosotros. Que así sea». La Eucaristía concluyó con los nuevos diáconos llevando, junto al obispo, una ofrenda floral a la Virgen del Val, en su capilla lateral en la Catedral-Magistral de Alcalá.
Hermano Mikel, C.O., futuro diácono: «Doy gracias a Dios porque se haya fijado en mí»

El Hermano Mikel Cacho Ruiz, C.O. (1990) nació en Bilbao y es religioso en la Sociedad de Vida Apostólica de San Felipe Neri, en el oratorio de Alcalá de Henares. Con motivo de su ordenación diaconal el 26 de octubre de 2024 hemos conversado con él. ¿Cómo empezó tu relación con el Señor? Yo no sé de qué manera misteriosa pero el Señor se me hizo el encontradizo. Tanto en aquella época, como hoy en día, la juventud estaba muy apartada del interés por la religión y del interés por Dios. Es verdad que sí hice la primera Comunión, hice las catequesis… pero poco a poco, y no sé de qué manera, el Señor como que me iba atrayendo, me iba interesando y quería conocer más, y quería relacionarme con Él. Quería tratarle no solo yendo a Misa sino también conociéndole con más profundidad. Y empecé a confesarme, empecé a ir a Misa a diario siendo todavía un adolescente y, poco a poco, leyendo a algunos santos crecía en mí el deseo de ser de Dios, de vivir para Él. En aquella época, no tenía mucha idea de cómo se iba a concretar eso… pero bueno, esto es un misterio, es una gracia, ante todo es una gracia. No puedo decir que yo sea el mejor, ni el más listo, ni el más simpático, ni el más nada de todas las personas de mi edad de aquella época pero bueno doy gracias a Dios porque se haya fijado en mí. Ahora, yo también tengo clara una cosa y es que si el Señor a mí me dio esta gracia también es para beneficio de los demás, de aquellos para los cuales Dios se quiere servir de mí como instrumento. O sea, que no se queda todo en mí. ¿Y en qué momento supiste que Dios te llamaba a ser sacerdote? La idea del sacerdocio empezó a aparecer en mí de una manera muy vaga, muy difusa. A veces pensaba que sí, a veces pensaba que no… Fue después, siendo estudiante de filosofía en San Dámaso, cuando lo empecé a ver claro y decir: el Señor me quiere para Él y además me quiere para Él sin medida, sin que haya ningún miedo, ni ningún obstáculo que se interponga. Hay muchas personas que están como ovejas sin pastor, chavales de mi edad que están sin ilusión, sin conocer a Dios y sin vida. Envíame Señor. Yo valgo muy poco por mí mismo pero Tú puedes hacer en mí. Fue en esa época cuando empecé a ver las cosas claras. Fui haciendo amistad, entre otros, con un hermano mío de la comunidad de San Felipe Neri, el Padre Armando, y esa amistad fue prolongándose también después de haber terminado los dos los estudios. Yo no esperaba acabar en esta comunidad pero el Señor lo dejó claro en un momento. Abrió la puerta y dije: pues bueno, a dejarme llevar, voy a decirte que sí aquí concretamente y aquí he pasado estos últimos cuatro años y la verdad es que empiezo a entender que mi modo de ser, mi vida o las ilusiones que Dios pone en mi corazón encajan con el modo de ser del Instituto de San Felipe Neri. ¿Cómo fue el primer día en la Sociedad de Vida Apostólica de San Felipe Neri? Fue un día de San Miguel, un 29 de septiembre, mi onomástica. Nombre bonito que eligieron mis padres, sin saberlo, ‘Quién como Dios’. Podría pasarme toda la eternidad diciéndolo como una alabanza. El primer día lo recuerdo con ilusión y con alegría pensando que estaba respondiendo al Señor. Pensaba una cosa curiosa cuando estábamos rezando, creo que fueron vísperas, la primera cosa que recé en común con todos los hermanos: que ser santo es posible. Esa idea me vino a la cabeza, que no es algo inalcanzable, ni que haya que hacer grandísimos heroísmos sino que la santidad era posible y era posible ahí, en esa pequeña comunidad. ¿Qué ha sido lo mejor de estos años en el Oratorio? Como ya tenía bastantes estudios hechos, cuando entré aquí no he estado yendo mucho a la Universidad San Dámaso. De hecho, me pilló la pandemia y algunas clases que tuve en aquella época eran por videoconferencia. Por supuesto, he seguido leyendo y estudiando también por mi cuenta, sobre todo los Padres de la Iglesia, que es lo que más me ha llamado la atención o me ha gustado. Pero una cosa muy propia nuestra es el afecto a la propia casa donde estás. Entonces es más importante de lo que parece que, por ejemplo, los que entramos nuevos hagamos cosas tan sencillas como poner la mesa, limpiar y fregar tal pasillo o tal cosa, e ir adquiriendo como la certeza de que si no lo hago yo, no lo hace nadie, esta es mi casa, tengo que cuidar de ella, no puedo esperar a que venga aquí mamá o quien sea a limpiarlo. Es nuestra vida comunitaria y tenemos que cuidarla. Y eso se va adquiriendo. He hecho labores de sacristán cuidando la iglesia, rellenando velas, fregando aquí y allá… es bonito eso también, te educa a que vives en una comunidad, no en un hotel o en una pensión. ¿Cómo están siendo estos años de nadar a contracorriente del mundo? Es verdad que vivir en comunidad te ayuda. Creo recordar que el Concilio lo recomendaba a los sacerdotes. Por la experiencia que tenemos, es verdad que es un apoyo contra otras formas de entender la vida. Porque ser cristiano hoy en día es realmente ir contracorriente, es otro modo completamente distinto de entender la vida. Tenemos una esperanza y una alegría por dentro que es el Señor y, sin embargo, sí que diría que lo más difícil no es cuando ya estás aquí, aunque siempre aparece la tentación de pensar que hubiera podido hacer en otro lugar… Cuando vuelves al Señor la mirada, tienes ahí la fuerza para seguir adelante porque no es una cuestión de
Francisco Cordero Junquera, futuro diácono: «Tengo la seguridad de que estoy en manos del Señor»

Francisco Cordero Junquera (1993) nació en Palencia y a los ocho años de edad llegó con sus padres a Camarma de Esteruelas. Estudió en las Filipenses y en el Instituto Pedro Gumiel, en Alcalá de Henares, y posteriormente inició la carrera de Derecho en la Universidad de Alcalá. En sus años de seminario ha estado de pastoral en la parroquia de la Asunción de Nuestra Señora, en Torres de la Alameda, con D. Álvaro Fernández; en San Sebastián Mártir, en Arganda del Rey, con D. Alberto Raposo; en San Isidro, en Alcalá, con D. Ignacio Figueroa; en San Andrés Apóstol, en Villarejo de Salvanés, con D. José Luis Loriente; y actualmente en San Pedro y San Pablo, en Coslada, con D. César Alzola. Con motivo de su ordenación diaconal el 26 de octubre de 2024 hemos conversado con él. ¿Cómo fue el primer día en el Seminario diocesano de Alcalá? Entré en el seminario el domingo 17 de septiembre del año 2017, día de la Virgen del Val. Entré de la mano de la Virgen y me acuerdo perfectamente. Fui acompañado de mi madre y mi hermana, mi padre no pudo venir porque se murió una tía y se tuvo que ir al funeral. Recuerdo llamar a la puerta al seminario. Nos recibieron don Fermín y don Pablo, y nos llevaron a la habitación donde yo iba a vivir. Me acuerdo de que la habitación tenía el nombre de «Camarma de Esteruelas». La eligieron aposta, porque era el pueblo de donde yo venía. Llegué a la habitación y empezaron a aparecer los chicos de mi misma etapa. Subimos a la capilla, se expuso el Santísimo, hicimos un poco de oración y luego compartimos un ágape. Allí fui conociendo al resto de mis compañeros, un poquito más a los formadores y a los padres del resto de los seminaristas. Lo recuerdo muy emocionado pero también asustado, porque era consciente de que suponía un cambio radical de vida. Era salir de mi casa, de estar allí con mis padres, con los míos, iniciar un ritmo diferente, que era un ritmo más reglado, con horarios. Y estaba un poquito asustado preguntándome si sería capaz de afrontarlo. Lo puse en manos del Señor y todo fue bien, todo fue adelante. Puedo decir que el primer año de seminario fue fundamental para mí. Ahí fueron las bases, donde se fue construyendo el edificio. ¿Cómo era el día a día en el seminario? He estado siete cursos en el seminario, aunque el último viviendo entre el seminario y la parroquia. El primer año fue el año de propedéutico. Yo soy la segunda generación del seminario diocesano que hizo el propedéutico y en ese curso no íbamos a estudiar a la Facultad de Teología de la Universidad San Dámaso. Después de que los seminaristas se iban a la universidad, nosotros subíamos a la capilla a hacer una hora de oración y tras esto teníamos las clases. Venían sacerdotes de la diócesis y también laicos a darnos clases del Catecismo de la Iglesia Católica, de latín, de italiano… Tengo muy buen recuerdo de los jueves sacerdotales, un día muy especial en el seminario porque es el día en el que Cristo instituyó la Eucaristía y el sacerdocio y ese día lo aprovechamos para conocer la diócesis: íbamos a un pueblo, visitábamos al sacerdote, él nos explicaba lo que hacía en su día a día y luego comíamos con él. Para mí era el mejor día. Lo que llevaba peor del primer año era cuidar el jardín del seminario. Recuerdo estar un día cruzado de brazos y al verme los formadores me dijeron «venga Francisco, a trabajar». Era lo que más me costaba. Había buenos momentos con los compañeros, nos reíamos, nos contábamos cosas, anécdotas… Pero lo de trabajar en el jardín yo lo llevaba fatal… Me costó un poco el paso del propedéutico a primero porque tenías que buscarte tú ya una media hora de oración, luego desayunar, irte corriendo a la Facultad… las clases, ponerte a estudiar… A mí me costó un poco el ritmo. Y luego, además, comenzar la Filosofía. Cuando empezaron con metafísica y cosas así yo decía: «¿pero dónde me he metido?» Poco a poco el Señor me ayudó y con esfuerzo he ido sacando adelante los estudios filosóficos y teológicos, y he aprendido mucho. A lo que me ha ayudado mucho San Dámaso es a acercarme a la Sagrada Escritura -yo no tenía esa costumbre de acercarme tanto a la Biblia- y a rezar con ella. Y luego también a amar y a conocer más a la Iglesia y el Magisterio. Ha sido un enriquecimiento para mí y ahora veo que todo lo que he recibido en San Dámaso lo estoy dando y lo he dado ya en las parroquias donde he estado y ahora en la parroquia donde estoy. ¿Cómo han sido estos años nadando a contracorriente? Al vivir en un mundo en el que ser sacerdote o religioso no está de moda a mucha gente se lo dices, te ven tan jovencito y se quedan paralizados. A mí siempre me hace gracia una expresión: «Ah, si es lo que te gusta… pues bien, adelante, que vas a ser feliz…» Y hay otra gente que piensa que estás desperdiciando tu vida, que la puedes dedicar a otras cosas. Yo no acabé la carrera de Derecho y muchos me dicen «pero, ¿por qué no has acabado la carrera de Derecho y luego te has ido al seminario?». Y yo siempre digo lo mismo: «es que yo no era feliz». A mí el Señor me estaba pidiendo ser sacerdote y yo no cambio nada estos años de seminario por lo que he dejado atrás, que bien ha podido ser mi familia, el aparecer una persona, mi media naranja, o dedicarme profesionalmente a ser abogado o a otra cosa. Sé que a mí es lo que me está pidiendo el Señor y cuando dices eso muchos lo entienden y otros siguen pensando que estoy
La Catedral-Magistral de Alcalá acogerá la ordenación de dos nuevos diáconos el 26 de octubre

El sábado 26 de octubre de 2024 a las 11 de la mañana se celebrará la ordenación diaconal de Francisco Cordero Junquera y de Mikel Cacho Ruiz, C.O. en la Catedral-Magistral de Alcalá de Henares. Serán ordenados por Mons. Antonio Prieto Lucena, obispo de la diócesis complutense. Mikel Cacho es Hermano de la Congregación del Oratorio de San Felipe Neri, una orden religiosa con importante presencia en la ciudad complutense, y Francisco Junquera se ha formado en el seminario diocesano de Alcalá de Henares. Según explica Luis Eduardo Morona Alguacil, rector del seminario diocesano de Alcalá, en relación al seminarista diocesano, «la ordenación diaconal de Francisco es un momento de una profunda acción de gracias al Señor porque comprobamos que sigue llamando a jóvenes y que hay jóvenes que siguen respondiendo y diciendo que sí a la llamada del Señor para servirlo en la Iglesia y para servir a los hermanos. Junto a este agradecimiento profundo a Dios, también es un agradecimiento al propio Francisco por su sí, por haberse dejado formar en estos años de seminario y por dar este paso consciente y libre, de entrega y de generosidad también en la vida de la Iglesia donde sin duda él va a recibir más de lo que dé pero donde también el Señor tiene en cuenta este gesto de entrega y de disponibilidad. También es un momento de petición al Señor, al dueño de la mies, para que siga mandando obreros a su mies, de reconsiderar como Iglesia diocesana que hemos de ponernos a punto en la pastoral vocacional para seguir pidiendo al Señor que nos bendiga con numerosas vocaciones a la vida sacerdotal, a la vida religiosa; también por supuesto la vida matrimonial, puesto que la familia es el primer seminario. Y un tercer punto en el que nos centramos a la hora de vivir esta ordenación diaconal es la unidad y la comunión. Es un momento en el que toda la Iglesia diocesana se pone de rodillas, por así decir, presididos por nuestro obispo para agradecer, pedir y sentirnos lo que somos: familia, pueblo de Dios e Iglesia particular convocados por el propio Señor para seguir hacia adelante en esta historia, que es historia de salvación, que es una historia breve desde el punto de vista de los años que llevamos como diócesis pero intensa en vida cristiana, en entrega y en vida sacerdotal». Entrevista al Hno. Mikel Cacho Entrevista a Francisco Cordero