Mons. Antonio Prieto en la Misa del Gallo: «Acojamos esta noche la luz de la Navidad. Acojamos a nuestro Salvador»

El obispo de la Diócesis de Alcalá de Henares, Mons. Antonio Prieto Lucena, celebró la Misa de Medianoche –Misa del Gallo– del 24 al 25 de diciembre de 2025 en la Catedral-Magistral de Alcalá de Henares. A continuación se puede leer su homilía. Queridos sacerdotes y hermanos todos: En esta noche de Navidad, la liturgia nos habla de la luz. En la primera lectura, el profeta Isaías afirma: “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaba en tierra y en sombras de muerte, y una luz les brilló”. Isaías se refiere a unas circunstancias muy difíciles para el pueblo de Israel. El Rey Acaz se enfrentaba al Rey de Siria y al Rey de Efraim, que amenazaban con destruir Jerusalén. Para salir de este entuerto, el Rey Acaz estaba pensando en aliarse con Asiria, que tenía un ejército poderoso, pero esto suponía abandonar la fe en Yahvé, el Dios verdadero. Isaías le insiste en que confíe en Dios, y le habla del futuro nacimiento de su hijo Ezequías, al que atribuye atributos realmente extraordinarios. Será: “Maravilla de consejero, Dios fuerte, Padre de eternidad, Príncipe de la paz”. Heredará el trono de David y consolidará el reino, con la justicia y el derecho, de manera permanente. A pesar de esta promesa, Rey Acaz no confió en Dios y prefirió aliarse con Rey Asirio, abandonando la fe verdadera. El resultado fue un alivio inmediato de la situación, pero, a la larga, la solución se volvió lamentable. El Rey Asirio, en lugar de ayudar a los israelitas, los humilló con tributos y cultos paganos, hasta convertirlos en vasallos. El profeta Isaías profetizó una luz salvadora, pero los hombres prefirieron las sombras a la luz. El Evangelio, que hemos escuchado, también nos ha hablado de luz, en referencia a unos pastores que velaban el rebaño por la noche. Dice San Lucas que “la gloria del Señor los envolvió de claridad”. Los pastores se llenaron de miedo. Es lógico. En medio de la noche, la luz era un fenómeno extraordinario. Descubrieron que se trataba de una intervención divina cuando un ángel les dijo: “No temáis, os anuncio una buena noticia que será de gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor”. Podemos comprobar que precisamente, en ese momento, se cumplía la profecía de Isaías, anunciada ocho siglos antes. Es impresionante, cómo Dios mueve los hilos de la historia. En principio, el Niño Jesús no tenía que nacer en Belén, sino en Nazaret, donde vivían María y José, pero justamente en ese momento el Emperador de Roma decreta que todos los judíos vayan a empadronarse en su lugar de nacimiento, y esto hace que José tenga que tomar a su mujer, grávida de nueve meses, y hacer un largo viaje de más de cien kilómetros, desde Nazaret a Belén, la ciudad del Rey David. A través de circunstancias desagradables, Dios estaba llevando a cabo su plan de salvación, anunciado por los profetas. Miqueas había dicho con toda claridad que el Mesías nacería en Belén de Judá. Dios sabe escribir derecho en renglones torcidos, por eso los que creemos en Dios no podemos perder nunca la esperanza. Dios está siempre más arriba, Dios siempre sabe más. Dios no deja de sorprendernos. Para los pastores, el signo que les dio el ángel del nacimiento del Mesías también sería sorprendente, cuando les dijo: “Encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre”. Hay que reconocer que es un signo muy extraño: resulta que el Mesías, el esperado de los siglos, no nace en un Palacio, sino en una cueva, y no tiene ni siquiera una cuna, sino que está acostado en un pesebre, donde comen los animales. Los pastores tuvieron que hacer un gran acto de fe. Quizá en ese momento no lo entendieron, como no lo entendemos nosotros, pero Dios nos estaba enviando un mensaje muy claro: Jesús no ha venido con poder humano para destruir a sus enemigos. Jesús ha venido a compartir nuestra existencia humana, especialmente de las personas más pobres y humildes. En la segunda lectura, San Pablo nos explica mejor para qué ha venido este niño. Dice: “Se ha manifestado la gracia de Dios”. Es decir, ha aparecido el amor gratuito y generoso de Dios. En este Niño, Dios nos está diciendo que nos ama. Esta es la luz de la que hablaba Isaías. Este es el resplandor que envolvió a los pastores: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo unigénito” (Jn 3,16). Más tarde, Jesús nos dirá: “No he venido a condenar, sino a salvar el mundo” (Jn 12,47). Jesús viene a reconciliarnos con Dios y a enseñarnos el camino del cielo, pero para eso, como nos dice San Pablo, tenemos que renunciar a la impiedad y a los deseos mundanos, llevando una vida sobria, justa y piadosa. Nuestro mundo necesita la luz de la Navidad. Es un mundo sumergido en la tiniebla de las guerras, de los conflictos, del desencuentro entre los hombres. Toda esta tiniebla es consecuencia de nuestro egoísmo, de la búsqueda afanosa de nuestros propios intereses, olvidándonos de los demás. Acojamos esta noche la luz de la Navidad. Acojamos a nuestro Salvador. Jesús no desprecia ninguna circunstancia en la que nos encontremos. Jesús nace para todos, pero especialmente nace para los pobres, para los enfermos, para los que sufren, para los pecadores, para los marginados y oprimidos. Quizá para ti, que esta noche te sientes lejos de Dios. Jesús es “Dios con nosotros”. Se hace niño para compartir nuestra existencia y acompañarnos en nuestro camino. No hay mejor noticia que ésta. ¡Feliz Navidad!