Gonzalo, diocesano en Basilea: «No me di cuenta de lo especial que era mi parroquia hasta que me fui a Suiza»

Gonzalo Martínez Azpitarte tiene 23 años y desde los 18 vive en Basilea, una ciudad suiza situada en la frontera entre Suiza, Francia y Alemania. La adaptación a esta ciudad, principalmente protestante, que en palabras de Gonzalo “está llena de vida”, fue relativamente fácil porque estaba familiarizado con la cultura: tiene una abuela suiza y el alemán es casi una segunda lengua materna para él, ya que pasó cinco años en Berlín. En Basilea estudió un Bachelor en Farmacia en la Universität Basel y a continuación hizo el Máster en Drug Sciences, orientado a la industria farmacéutica y la investigación. Actualmente, Gonzalo se encuentra realizando el servicio militar en Suiza, donde este es obligatorio. En nuestra serie de entrevistas «Diocesanos por el Mundo» (DxM), donde conocemos la vida de fe de personas de la Diócesis de Alcalá de Henares que viven fuera de España, hemos podido conversar con Gonzalo. Nos ha hablado sobre lo especial que ha sido y sigue siendo su parroquia de Santo Domingo de la Calzada en Algete, lo que echa de menos y su actual vida de fe en un país cuya tradición cristiana se está «diluyendo». De la Diócesis de Alcalá, ¿de dónde? Soy de la parroquia de Santo Domingo de la Calzada (Algete). ¿Cómo llegaste a Basilea? Llegué a Basilea con 18 años para empezar a estudiar Farmacia en la Universität Basel. Vine porque tenía la opción de formarme aquí y, además, por mi vínculo familiar y cultural con Suiza. Tengo la nacionalidad y una parte de mi familia es suiza. ¿Qué es lo mejor de esta ciudad suiza? Para mí, lo mejor de Basilea es la combinación entre su tamaño y lo mucho que ofrece. Al vivir en la ciudad, puedo llegar en bici a casi cualquier sitio muy rápido, y, aun así, hay muchísimos planes: museos, vida cultural, bares y restaurantes. Además, por tener universidad, es una ciudad muy “universitaria”, con mucha gente joven. Vista de la Catedral de Santa María de Basile – Fuente: Pexels ¿Cómo ha sido tu vida de fe en la Diócesis de Alcalá? Mi vida de fe en la parroquia de Santo Domingo de la Calzada ha sido verdaderamente especial. Me cuesta poner en palabras la suerte que he tenido, especialmente en los últimos tres años, en los que mi fe ha crecido muchísimo gracias a la parroquia. Desde la época del COVID, mi padre empezó a implicarse más en la vida parroquial y, al final, nos fue “arrastrando” a todos. Empecé a conocer más a los sacerdotes, don José María y el padre Robert. Para mí han sido figuras muy importantes, tanto en mi vida personal como, sobre todo, en el camino de fe. En España siempre me resultó fácil ir a Misa desde pequeño: iba con mi familia y, además, muchos amigos de Santo Domingo también iban, y me hacía ilusión verlos después. Sin embargo, desde que me mudé a Suiza me he dado cuenta del auténtico tesoro que es esta parroquia. No solo por los sacerdotes y sus homilías, sino por el enorme esfuerzo que han hecho por construir una comunidad viva: scouts, oración de misericordia, el viaje a Roma por el Año Jubilar, los programas Alpha o el evento “Llamados” que organizaron en enero. Todo ese trabajo se nota en la comunidad y en el ambiente de la parroquia. ¿Cómo ves la fe católica en Suiza? La fe aquí en Suiza es muy diferente. Aunque el país tiene tradición cristiana, en la práctica es muy laico, especialmente entre los jóvenes. En Misa, lo normal para mí es ser la única persona joven. La mayoría suelen ser matrimonios mayores de 60 años, con alguna excepción de dos o tres familias con niños pequeños. Además, en general echo de menos vida de comunidad: los eventos suelen ser comidas puntuales entre semana, a las que acuden principalmente jubilados. Los sacerdotes son con frecuencia extranjeros, algo que entiendo porque hay una gran falta de sacerdotes. En ocasiones, además, les cuesta el idioma y eso hace que las homilías, en mi experiencia, se sigan con más dificultad, a veces se leen de un papel y cuesta sentirse interpelado, porque el tono suele estar pensado para un público mayor. Un lugar de devoción que recomendaría sin duda es el monasterio de Einsiedeln, un monasterio benedictino en el corazón de Suiza con una Virgen Negra muy conocida. Es un sitio de peregrinación muy importante aquí al que yo, personalmente, todavía tengo pendiente ir. ¿Se puede evangelizar en Suiza o es muy difícil? Creo que no solo se puede evangelizar, sino que es muy necesario. Es un país con tradición cristiana, pero esa tradición se ha ido “diluyendo” mucho entre la gente joven. Esto contrasta con lo que veo en España, donde a mí me da la sensación de que en las iglesias hay bastante más gente joven. Y, si en España se puede, ¿por qué aquí no? Gonzalo a orillas del río Rin en Basilea Desde que llegaste a Suiza, ¿qué evolución has visto en la vida de fe de los suizos? ¿Qué cualidad destacarías? En mi experiencia personal, sobre todo por mi entorno de jóvenes, lo más llamativo es la falta de práctica. Mucha gente fue bautizada, pero ni practica ni cree. Lo he visto de forma muy clara durante el servicio militar: convivo con muchísimos jóvenes de todos los rincones de Suiza y, si preguntas, la mayoría fue bautizada, pero no vive la fe. El último Miércoles de Ceniza fui el único de mi compañía en ir a Misa. Incluso para algo tan sencillo como no comer carne los viernes, tuve que rellenar formularios y estar insistiendo para que no se olvidaran de prepararme un menú vegetariano. En cambio, compañeros musulmanes pueden registrar desde el primer día ciertas necesidades alimentarias de forma muy directa. Me parece muy bien que se facilite el ejercicio de la fe a distintas religiones; lo que me llama la atención es el contraste con la poca “normalidad” con la que se vive,