21 catecúmenos recibieron los sacramentos de iniciación cristiana en la Vigilia Pascual 2026

En la Vigilia Pascual celebrada el sábado 4 de abril de 2026 a las 22:00h en la Catedral-Magistral de Alcalá de Henares, el obispo complutense, Mons. D. Antonio Prieto Lucena, administró los sacramentos de iniciación cristiana a 21 catecúmenos, la mayoría de ellos jóvenes, que fueron acompañados por sus padrinos y catequistas y el resto de fieles que acudieron a la celebración. Como explica el sacerdote Francisco Rodríguez González, delegado de Iniciación Cristiana de la diócesis de Alcalá de Henares, “damos gracias a Dios por estos nuevos neófitos, que entran así en el tiempo de la mistagogia, caracterizado por una experiencia, cada vez más profunda, de los misterios de la fe y por la inserción en la vida de la comunidad”.
El obispo de Alcalá en la Vigilia Pascual 2026: «Jesucristo es una novedad única en la historia. Una novedad que ha cambiado el mundo»

El sábado 4 de abril de 2026 por la noche celebramos la Vigilia Pascual. Nuestro obispo, Mons. Antonio Prieto Lucena, presidió la vigilia en la Catedral-Magistral de Alcalá de Henares. En ella, un grupo de catecúmenos recibió los sacramentos del bautismo, la confirmación y la Eucaristía. Homilía del obispo de Alcalá en la Vigilia Pascual 2026 Queridos hermanos sacerdotes y seminaristas. Queridos catecúmenos, que, en esta noche santa, vais a recibir los sacramentos de la Iniciación Cristiana. Saludo también a vuestras familias, padrinos y catequistas. Queridos hermanos todos en el Señor: ¡Feliz Pascua de Resurrección! El Señor ha resucitado ¡Aleluya! Para nuestra experiencia humana, “morir es partir”. Aunque el cuerpo del difunto permanece, él, personalmente, se marcha a lo desconocido, a donde no podemos seguirle. Y esa marcha es definitiva, sin retorno posible. Todos tenemos la experiencia de haber perdido a un ser querido, y sabemos lo que esto significa. Sin embargo, con Jesús no fue así. Jesucristo es una novedad única en la historia. Una novedad que ha cambiado el mundo. Jesucristo dijo: “me voy y vuelvo a vuestro lado”, y cumplió su palabra. Su marcha fue un “quedarse”, inauguró un modo nuevo de estar presente entre nosotros, inauguró su “presencia resucitada”. Como su muerte fue un acto de amor, y el amor no muere nunca, su partida se convirtió en un “retorno”. Cristo murió realmente, pero resucitó al tercer día, para quedarse siempre con nosotros. Jesucristo, por lo tanto, no es un difunto que nos dejó un bello mensaje y un bonito ejemplo. Jesucristo es mucho más que eso. Jesucristo está vivo, está aquí, ahora mismo, en medio de nosotros. Dijo que, cuando dos o tres se reúnen en su nombre, él está en medio de ellos. En su vida terrena, como cualquiera de nosotros, Jesús estaba sometido a las limitaciones del cuerpo. No podía estar simultáneamente en dos lugares diferentes. Podía estar muy cerca de las personas que amaba, pero siempre estaba la barrera de la alteridad. La Resurrección de Jesucristo ha cambiado estas leyes de nuestra experiencia humana. Su humanidad ahora es gloriosa. Es verdadera humanidad, porque conserva las heridas de su pasión, pero es una humanidad libre de barreras y limitaciones. En los Evangelios, aparece que Cristo resucitado se ponía en medio de los discípulos, reunidos en el cenáculo. Ya no tenía necesidad de llamar a la puerta. Cristo resucitado es “Señor del espacio”, y también es “Señor del tiempo”. Su resurrección abraza todos los tiempos y todos los lugares. Incluso puede superar la barrera de la alteridad, pudiendo vivir dentro de nosotros. Es lo que le ocurrió a San Pablo, que decía: “ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí”. Cristo también quiere vivir dentro de cada uno de nosotros. Quiere vivir y reinar en nuestro corazón, que es el centro de la persona. Y esto lo hace por medio del bautismo. Por el bautismo, Cristo entra en nuestro corazón y une su vida con la nuestra. Entonces, comienza una vida nueva en nosotros, una vida que no teníamos antes, una vida sobrenatural, que se alimenta con la Eucaristía y los demás sacramentos. El bautismo y la confirmación nos marcan con un sello indeleble. Jesucristo se compromete con nosotros y ya no nos deja nunca. Puede ser que nosotros nos olvidemos de él. Puede ser que nosotros queramos vivir “como si él no existiera”, pero Cristo nunca se aparta, y nos sale al encuentro una y otra vez, de muchas formas distintas. El bautismo es el fundamento de una nueva fraternidad entre los hombres. El bautismo nos hace miembros de una nueva familia, que es la Iglesia. Supongo que muchos de los que estamos aquí hemos participado en alguna Jornada Mundial de la Juventud. El Papa convoca a los jóvenes católicos en algún país, y allí se reúnen millones de jóvenes. Sin conocerte de nada, las familias católicas de aquel país te acogen en su casa y te lo dan todo. A mí me parece algo muy hermoso. Sin conocernos de nada, nos amamos en Cristo. Tenemos lenguas y culturas diferentes, pero el mismo Cristo es el fundamento de nuestra vida. La fe en Cristo es la fuerza de paz y de reconciliación más grande que existe en este mundo. Si los hombres fuéramos más conscientes de nuestra unión en Cristo, no existirían las guerras. Dentro de un momento, los catecúmenos que están aquí presentes recibirán el bautismo, la confirmación y la Eucaristía. Esta noche van a llenarse Cristo y se van a convertir en hermanos nuestros, miembros de nuestra familia, que es la Iglesia. Es un hecho que nos llena de profunda alegría. Queridos catecúmenos: ¡bienvenidos a vuestra casa, que es la Iglesia! Os acogemos con los brazos abiertos. A partir de ahora, caminamos juntos por la senda de la vida cristiana, que nos conduce al cielo. Hay dos elementos, en esta noche, que nos ayudan a comprender el significado profundo del bautismo. El primero de ellos es el agua. Como sabéis, uno de los personajes más importantes del Antiguo Testamento es Moisés. El faraón de Egipto no quería que los israelitas, que eran sus esclavos, crecieran en número, por eso mandó asesinar a todos los niños varones que nacieran de las mujeres hebreas. La madre de Moisés, al darlo a luz, lo colocó en un canasto y lo arrojó al río Nilo, y Moisés se salvó milagrosamente de las aguas de la muerte. Más tarde, Moisés tendrá la misión de liberar a su pueblo, atravesando las aguas del Mar Rojo, donde pereció el ejército egipcio. Cristo resucitado es el nuevo Moisés. Él ha vencido las aguas de la muerte, y, a través del agua del bautismo, quiere llevarnos a la libertad de los hijos de Dios, en esta vida y en el cielo. En el bautismo, Cristo nos atrae hacia sí. Nos conduce por el mar de la historia, a menudo tan oscuro y tan lleno de peligros, para que no nos hundamos. A nosotros se nos pide que
Mons. Prieto Lucena presidió la Vigilia Pascual y la Eucaristía de Domingo de Resurrección

El obispo de la Diócesis de Alcalá de Henares, Mons. Antonio Prieto Lucena, presidió la Vigilia Pascual en la noche del sábado 19 de abril de 2025 y la Eucaristía de Domingo de Resurrección en la mañana del 20 de abril. Ambas celebraciones litúrgicas tuvieron lugar en la Catedral-Magistral de Alcalá de Henares. A continuación se pueden leer las homilías del obispo. Homilía de Mons. Prieto Lucena en la Vigilia Pascual 2025 En esta noche santa, la “noche de todas las noches”, todo nos habla de Resurrección. La primera parte de nuestra celebración ha girado en torno a la luz. La luz fue lo primero que hizo Dios cuando creó el mundo. La luz es símbolo de la pureza de Dios. El día de la Resurrección de Cristo venció a la oscuridad del sepulcro. La luz es también símbolo de la vida. Sin la luz, la vida es imposible, por eso, al recibir cada uno de nosotros la luz del cirio pascual, hemos expresado la vida nueva que recibimos de Cristo en nuestro bautismo. Verdaderamente, Cristo es nuestra luz, es nuestra vida. La vida del resucitado no es volver a la vida anterior, es inaugurar una vida totalmente nueva. Cuando Cristo resucitó a Lázaro, Lázaro sí volvió a la vida anterior, por eso tuvo que morir dos veces. Pero Cristo, una vez resucitado, ya no muere más, la muerte ya no tiene dominio sobre Él. Si hemos recibido la luz de Cristo, vivamos como “hijos de la luz”, rechacemos la oscuridad del pecado. Vivamos como el cirio pascual, que se gasta dando luz y calor. Gastemos nosotros nuestra vida en el amor a Dios y al prójimo. La segunda parte de nuestra celebración ha girado en torno a la palabra. La Palabra de Dios se ha proclamado abundante. Hoy es el día en el que hay más lecturas de la Palabra de Dios. Es necesario narrar las obras maravillosas de Dios, que son como un anticipo o prefiguración de la resurrección. La primera obra maravillosa de Dios fue la creación del mundo en siete días. Así como Dios, de un caos creó un cosmos; al resucitar a Cristo, de la muerte hizo brotar una vida nueva. La segunda obra fue la obediencia de Abraham ante el sacrificio de Isaac. Así como el pequeño Isaac salió ileso de aquella prueba, Cristo salió ileso del sepulcro. La tercera obra fue la salida de la esclavitud de Egipto del pueblo de Israel. Así como los israelitas atravesaron milagrosamente el mar rojo, Cristo ha atravesado milagrosamente el mar de la muerte. En la cuarta lectura, el profeta Isaías nos ha hablado del amor de Dios, que vence la infidelidad del pueblo de Israel. La resurrección de Cristo vence la infidelidad del pecado, que llevó a Cristo a la cruz. En la quinta lectura, de nuevo el profeta Isaías nos habla de los caminos de Dios, que son distintos a los nuestros. Nuestros caminos están marcados por el temor y la angustia de la muerte, pero esos caminos han sido vencidos por el camino nuevo de la resurrección. En la sexta lectura, el profeta Baruc nos habla de la sabiduría de Dios, que supera con creces nuestra pobre inteligencia humana. Nuestra inteligencia, en efecto, jamás hubiera podido pensar en una obra tan maravillosa como la resurrección. Finalmente, en la séptima lectura, el profeta Ezequiel nos habla de otra obra maravillosa de Dios, que es capaz de arrancar de nosotros el corazón de piedra (símbolo del odio) y darnos un corazón de carne (símbolo del amor). La resurrección de Cristo es una obra aún mayor, ya que supone la victoria del amor sobre todo el odio de todos los hombres de toda la historia. El Evangelio, por su parte, nos ha narrado cómo las santas mujeres, en la madrugada del día de la resurrección, encontraron el sepulcro vacío, convirtiéndose en las primeras mensajeras del gran acontecimiento que da sentido a toda la historia. También nosotros, al finalizar esta celebración, tenemos que ser testigos y apóstoles de esta buena noticia, anunciando a todos – con nuestra vida – que Cristo ha resucitado. A continuación, comenzaremos la tercera parte de nuestra celebración, que tiene como protagonista al agua del bautismo. Todos los bautizados, renovaremos nuestras promesas bautismales. Hagámoslo con conciencia: rechacemos al maligno, a sus obras y tentaciones; y comprometámonos a seguir a Cristo, que nos ha regalado su vida resucitada. Además, un grupo de catecúmenos, junto con el bautismo recibirán también la confirmación, para coronar su iniciación cristiana con el sacramento de la eucaristía. Es un hecho que nos llena de profunda alegría. Queridos catecúmenos: ¡bienvenidos a vuestra familia, que es la Iglesia! Os acogemos con los brazos abiertos. A partir de ahora, caminaremos juntos por la senda de la vida cristiana, que nos conduce al cielo. Concluiremos nuestra celebración con la eucaristía, en la que Cristo muerto y resucitado se nos dará como alimento. Después del ayuno del viernes santo, comprendemos mejor el valor de este pan vivo, que baja del cielo. Sin eucaristía no podemos vivir, moriríamos de anemia espiritual. Demos gracias a Dios, que nos permite celebrar, un año más, esta Vigilia pascual, la “Vigilia de todas las vigilias”. En ella, como hemos visto, todo nos habla de resurrección. Es como un compendio de toda nuestra vida cristiana. María, la Reina del cielo, se alegra con nosotros. Que Ella interceda por nosotros para que podamos vivir todos los días las maravillas que celebramos en esta noche santa. Que así sea. Homilia de Mons. Prieto Lucena en el Domingo de Resurrección 2025 Queridos sacerdotes, seminaristas y hermanos todos: El Evangelio que acabamos de escuchar nos narra lo que ocurrió la mañana del Domingo de Resurrección. Al amanecer, María Magdalena fue al sepulcro y vio la losa quitada. Inmediatamente, fue corriendo a alertar a Pedro y Juan, que también se dirigen al sepulcro. Los dos corrían juntos, pero Juan corría más que Pedro. Podemos suponer que a Pedro le retenían las negaciones. Cuando sabemos que