Carta del obispo a todos los diocesanos: «Moldeados por la Eucaristía»

MOLDEADOS POR LA EUCARISTÍA Carta del Obispo a todos los diocesanos de Alcalá de Henares 28 de mayo de 2025 Queridos diocesanos de Alcalá de Henares: Acabamos de celebrar, el sexto domingo de Pascua, la Fiesta de las “Santas Formas”. En la ciudad de Alcalá, a finales del siglo XVI, un hombre arrepentido entregó al jesuita Juan Juárez veinticuatro formas consagradas, que había robado, junto con un grupo de moriscos, en diversos templos. En aquel tiempo, existía la terrible costumbre de envenenar formas consagradas, que se entregaban a los sacerdotes para que murieran al consumirlas. El P. Juan Juárez decidió guardar las veinticuatro formas en el templo y esperar a que se corrompieran de manera natural. Veintidós años después se comprobó que aquellas santas formas permanecían intactas. Fue un milagro eucarístico, que se añade al gran milagro de la transustanciación que vivimos cada día en la Eucaristía. Cristo ha tenido la iniciativa de quedarse con nosotros en la Eucaristía. Sabe que le necesitamos, pero quizás nosotros no somos tan conscientes de esta necesidad. A veces, nos sentimos demasiado autosuficientes. Creemos que podemos evangelizar con nuestras fuerzas. El pasado mes de febrero, recordando a los consagrados la necesidad de volver a la fuente de sus carismas fundacionales, decía el Papa Francisco: “La renovación, antes que con las reuniones y las mesas redondas – que se deben hacer, son útiles -, se realiza ante el Sagrario, en adoración. Hermanas, hermanos, nosotros hemos perdido un poco el sentido de la adoración. Somos demasiado prácticos, queremos hacer las cosas, pero hay que adorar” (Homilía 2-II-2025). La fuente de nuestro apostolado está en la Eucaristía. En la nueva evangelización son necesarios nuevos métodos, un nuevo lenguaje, pero sobre todo son necesarios “nuevos evangelizadores”. Evangelizadores moldeados por la Eucaristía. La evangelización no es una simple tarea humana. El único evangelizador es Jesucristo, nosotros somos sarmientos unidos a la vid. Solo si estamos unidos a Cristo daremos fruto. Si Él vivió ofrecido al Padre por amor a los hombres, vivamos también nosotros ofrecidos con Él, y que ese ofrecimiento sea la raíz de todas nuestras acciones pastorales. Nuestra tarea como evangelizadores comienza en nuestro propio corazón. Se cuenta que el Cardenal Lustiger escribió un voluminoso plan pastoral para su Diócesis de Paris. Un periodista le preguntó: “Señor Cardenal ¿cuál es el punto más importante de su plan pastoral?”. Lustiger respondió: “la conversión del Cardenal”. Para ser evangelizadores necesitamos un corazón enamorado de Cristo, un corazón que se sienta amado por Cristo y que quiera amar en correspondencia. Lo primero es dejarse amar por el Señor. Un celoso misionero italiano, el P. Amatulli, se recorrió México predicando el amor de Dios. Pronto se le unieron otros misioneros, sacerdotes y laicos, y él les repetía: “si algún día no estáis convencidos del amor que Dios os tiene a vosotros, no salgáis a misionar”. La misión comienza en nuestro corazón, envuelto por el amor de Dios. La evangelización solo podrán realizarla corazones enamorados. Sin esto, la Iglesia envejece y se hace triste, falta la ilusión y el entusiasmo. Por eso, necesitamos moldear nuestro corazón en la Eucaristía. No solo ir a Misa de vez en cuando, y de manera rutinaria, sino vivir la Eucaristía veinticuatro horas, siete días a la semana. Debemos llevar la vida a la Eucaristía, y lo que celebramos en la Eucaristía llevarlo a la vida. En cada Eucaristía se perpetúa el único sacrificio de Cristo en el calvario. Hemos de aprender a vivir nuestra vida como un ofrecimiento, unido a la oblación de Jesús, que le da todo su valor. El P. Cantalamessa ponía el ejemplo de un hijo que hace un regalo muy caro a su padre el día de su cumpleaños. Invierte en el regalo todos sus ahorros. Con el regalo, le entrega al padre una tarjeta dedicada en la que han firmado también sus hermanos pequeños, y el padre se emociona con el amor de sus hijos. Recibe el regalo de todos, pero solo el hijo mayor pagó el precio. En cada Eucaristía tenemos la oportunidad de unir nuestro ofrecimiento al sacrificio de Cristo, para que Él lo presente al Padre. Somos esos hermanos pequeños que ponen su firma junto a la del hermano mayor, que ha pagado todo el precio de nuestra redención. Pronto vamos a celebrar grandes misterios de nuestra fe: la Ascensión, Pentecostés, Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote, el Corpus Christi y el Sagrado Corazón de Jesús. Permanezcamos unidos a Cristo, pongamos en sus manos toda nuestra tarea evangelizadora. Todo por Él y en Él, para que podamos dar fruto y un fruto abundante. Recibid mi saludo y mi bendición. + Antonio Prieto Lucena, Obispo complutense
Carta del obispo a todos los diocesanos: «Contemplar la Pasión de Cristo»

CONTEMPLAR LA PASIÓN DE CRISTO Carta del Obispo a todos los diocesanos de Alcalá de Henares 31 de marzo de 2025 Queridos diocesanos de Alcalá de Henares: Cuando se acercan los días de la Semana Santa, dediquemos tiempo a contemplar la Pasión de Cristo Nuestro Señor. Los grandes santos del Siglo de Oro español, como Santa Teresa de Jesús o San Juan de Ávila, recomendaban mucho esta forma de oración, que nos ayuda a entrar dentro de la espesura del amor de Dios y es fuente de fervor espiritual. En la medida en que la Pasión de Cristo está viva en nuestra memoria y en nuestro corazón, nos sentimos agradecidos a Dios y somos más generosos en nuestra vida cristiana. San Pedro Poveda recomendaba: “piensa en la Pasión de Jesucristo y te vencerás fácilmente”. Y se hacía esta reflexión: “¿Qué podrá en lo sucesivo parecerme grande, difícil, amargo, humillante y doloroso si lo comparo con los dolores, humillaciones y los tormentos de todo género que sufrió el Redentor en su Pasión sacrosanta?”. La Pasión de Cristo es el libro donde se aprende la santidad. Es siempre fuente de consuelo y fortaleza, por eso rezamos en el Anima Christi: “Pasión de Cristo, confórtame”. El pueblo cristiano ha tenido siempre mucha devoción a la Pasión de Cristo. Ha entendido a la Virgen María, al pie de la cruz, y ha querido acompañarla en sus dolores, angustias y soledad. Esta fe se hace catequesis plástica, cada año, en las estaciones de penitencia de nuestras Hermandades y Cofradías. Agradezcamos a nuestros hermanos cofrades este servicio a la evangelización, en el que trabajan durante todo el año. Celebremos los grandes misterios de la Pasión, muerte y resurrección de Jesucristo en los oficios de Semana Santa, y llevemos luego lo que vivimos en la sagrada liturgia a nuestras calles, convertido en arte y en profundo sentimiento religioso. La Pasión de Cristo es el cantar de los cantares de su amor por nosotros. Podríamos decir que, en la Pasión, la letra es el dolor, pero la música es el amor. Contemplar la Pasión no es dolorismo, es reconocimiento del amor de Cristo, que da la vida por nosotros. La vida de Cristo en la tierra no fue fácil desde su nacimiento en Belén, en un pesebre y en un establo. En Nazaret vivió una vida escondida de trabajo y obediencia, y en su vida pública no le faltaron las incomprensiones, las dificultades y las tribulaciones. Sin embargo, en la Pasión, el sufrimiento de Cristo se radicaliza. Es su “hora”, el momento de su mayor pasividad, en el que se ve como arrastrado por la corriente del odio y la injusticia, pero también es el momento de su mayor fecundidad redentora. Contemplando la Pasión de Cristo aprendemos a llevar, con sentido cristiano, los sufrimientos que no faltan en la vida de cualquier persona. El sufrimiento que no somos capaces de aceptar y ofrecer nos aplasta y nos aniquila. Sin embargo, cuando somos capaces de descubrir su sentido sobrenatural, el sufrimiento puede convertirse en una forma de colaborar con Cristo y hacernos corredentores con Él. Por eso San Pablo decía: “completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1,24). San Pablo no quiere decir que la Pasión de Cristo sea incompleta, ya que su valor redentor es infinito. Lo que afirma es que el cristiano, como miembro del Cuerpo místico de Cristo, está llamado a anunciar este valor redentor no solo con sus palabras, sino también con su vida, aceptando y ofreciendo con amor el sufrimiento que llama a la puerta de nuestra existencia. El sufrimiento hay que aceptarlo y ofrecerlo, con este sentido sobrenatural redentor, antes de que llegue, para estar preparados. Por eso el Cardenal Newman rezaba: “Señor, yo creo, yo confieso mi fe profunda en el reino de la humillación, que será siempre el mejor medio para acercarme a ti, para transformar el mundo. Por eso te pido que, cuando venga la humillación, yo la sepa llevar”. Recibid mi saludo y mi bendición. + Antonio Prieto Lucena, Obispo complutense