Carta del obispo a todos los diocesanos: «Francisco, repara mi Iglesia»

FRANCISCO, REPARA MI IGLESIA Carta del Obispo a todos los diocesanos de Alcalá de Henares 4 de octubre de 2026 Queridos diocesanos de Alcalá de Henares: Este mes de octubre celebramos el VIII centenario del tránsito de San Francisco de Asís. Hace ochocientos años, en la tarde del 3 de octubre de 1226, Francisco moría junto a la Porciúncula, dejando un gran legado para la Iglesia y para el mundo, que continúa vivo en nuestros días. Para los alcalaínos, esta efeméride nos resulta especialmente cercana. Nuestra ciudad está marcada por la espiritualidad franciscana. Así lo testimonia la presencia histórica de los franciscanos y de las clarisas; la figura del cardenal Cisneros, fundador de nuestra Universidad; y nuestro querido San Diego de Alcalá, cuya vida de humildad y caridad ha quedado unida para siempre a nuestra historia. Quiero aprovechar esta ocasión para agradecer de corazón a los religiosos y religiosas de la familia franciscana su servicio a la Iglesia complutense. Gracias por vuestra oración, por vuestro testimonio de vida consagrada, por vuestro servicio a los pobres y por mantener vivo entre nosotros el espíritu de San Francisco. En el Ángelus de hoy, el Papa León XIV nos ha presentado a San Francisco como el hombre al que “Jesús pidió que reparara su Iglesia”. Ocurrió en la iglesia de San Damián, a las afueras de Asís. Francisco experimentó que Jesús Crucificado le decía: “Francisco, ve y repara mi Iglesia, que, como ves, amenaza ruina”. En un primer momento, San Francisco interpretó esta llamada literalmente, y se puso a restaurar los muros de aquella pequeña iglesia deteriorada. Poco a poco, fue descubriendo que Cristo le confiaba una misión de mucha más envergadura: contribuir a la renovación espiritual de toda la Iglesia. En tiempos de San Francisco había mucho que reparar en la Iglesia. Junto a grandes testimonios de santidad y fecundos esfuerzos de reforma, existían graves escándalos por la búsqueda desenfrenada de la riqueza y el poder; por incoherencias en la vida de algunos eclesiásticos; y por dolorosas divisiones. Francisco conocía bien aquellas debilidades, sin embargo, no se dedicó a criticar a la Iglesia, no pensó en abandonar a la Iglesia. Hizo lo que Jesús le pedía: intentar repararla. León XIV nos ha explicado esta mañana el modo cómo Francisco llevó a cabo su misión: edificando su propia vida sobre Cristo y sanando las divisiones mediante el testimonio del amor fraterno. Creo que estas dos claves son esenciales para comprender la misión que Dios nos encarga a nosotros, como miembros de la Iglesia complutense y de la Iglesia universal. Francisco comenzó su obra de reforma reparando al propio “Francisco”. Antes de reparar los muros de San Damián, Francisco se dio cuenta de que tenía que reparar su propio corazón, poniendo a Cristo en el centro. Las verdaderas reformas de la Iglesia han comenzado siempre así. Se cuenta que el famoso Cardenal Lustiger, Arzobispo de París, elaboró un voluminoso plan pastoral para su diócesis. Un periodista le preguntó: “Señor Cardenal ¿cuál es el punto más importante de su plan pastoral?”. Lustiger, sin dudar mucho, respondió: “el primer punto es la conversión del Arzobispo”. Así comenzó Francisco la reforma de la Iglesia, con su propia conversión. Es relativamente fácil señalar lo que deberían cambiar los demás. Lo difícil es dejar que el Evangelio cambie nuestra vida. En la biografía del Santo Cura de Ars se cuenta que, cuando rezaba por la noche, se le oía decir: “Señor, salva mi parroquia”. Al final de su vida, sus feligreses se dieron cuenta de que había cambiado su petición. Decía: “Señor, sálvame a mí”. La conversión de nuestras estructuras eclesiales no es posible si cada uno de nosotros no se pone a trabajar en su propia reforma. San Francisco es el santo de la bondad, amante de la naturaleza y defensor de la paz, pero sobre todo es el hombre apasionado y configurado por Jesucristo. Sin esto, no se entiende nada en su vida. Cristo era todo para él. Cristo pobre y crucificado, presente en la Eucaristía, escuchado en el Evangelio, encontrado en el leproso. La Regla franciscana comienza con estas palabras: “La regla y vida de los Hermanos Menores es esta: observar el santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo”. Francisco no empezó diseñando un programa de reforma. Empezó creyendo que el Evangelio podía vivirse de verdad. Esta enseñanza es muy válida para nuestras parroquias y comunidades. Necesitamos planes pastorales, formación y estructuras adecuadas, pero nada de ello puede sustituir el encuentro personal con Cristo. La Iglesia se renueva cuando sus hijos vuelven a la oración, escuchan la Palabra, participan con fe en la Eucaristía y reconocen al Señor en los pobres. Francisco reparó la Iglesia porque permitió primero que Cristo reparase a “Francisco”. La segunda clave de nuestro santo es la fraternidad. En su testamento, Francisco escribió: “El Señor me dio hermanos”. No dice que consiguió “seguidores”, sino que recibió “hermanos”, como un don de Dios. Había comprendido que quien reconoce a Dios como Padre no puede dejar de reconocer al otro como “hermano”. Esta fraternidad no era una simpatía superficial. Se manifestó en el abrazo al leproso, en la vida compartida con sus hermanos y en su empeño por sembrar la paz. Es otra gran lección para nosotros. Deberíamos ser más conscientes de que cuando nos enfrentamos, cuando hablamos mal de los demás y cuando dejamos que los resentimientos rompan la comunión, hacemos daño a la Iglesia. En cambio, reparamos la Iglesia cada vez que somos capaces de perdonar y reconciliarnos. Que San Francisco nos enseñe y nos ayude a construir una Iglesia diocesana sobre el cimiento de Cristo, que nos llama a vivir en fraternidad. En este mes del Domund y de las misiones, no nos olvidemos de orar y ayudar económicamente a nuestros misioneros. Acompañemos también con nuestra oración la ordenación diaconal que se celebrará el próximo día 24, en nuestra Catedral- Magistral, y sigamos pidiendo por las vocaciones a la vida sacerdotal, consagrada y misionera. Recibid mi saludo y mi bendición.
Carta del obispo a todos los diocesanos: «La esperanza cristiana entre el dolor y la ceniza»

LA ESPERANZA CRISTIANA ENTRE EL DOLOR Y LA CENIZA Carta del Obispo a todos los diocesanos de Alcalá de Henares 29 de julio de 2026 Queridos diocesanos de Alcalá de Henares: Nos disponemos a celebrar, un año más, la fiesta de nuestros queridos patronos, los Santos Niños Justo y Pastor. Su memoria evoca en nosotros la fortaleza de la fe inocente y la victoria del amor frente a la violencia extrema. Sin embargo, en esta ocasión, la alegría de los preparativos se ve ensombrecida por el dolor y la ceniza. En las últimas semanas, España entera está contemplando, con el corazón encogido, el drama devastador de los incendios forestales. Nuestra propia Comunidad de Madrid, de manera especial en la Sierra Oeste, ha vivido de cerca el rugido del fuego, que también ha golpeado con gran virulencia a tierras hermanas como Ávila, Toledo o Castellón. Contemplar los bosques calcinados, los hogares amenazados y el sufrimiento de tantas familias desalojadas nos ha roto el alma. Cuando todo pase, se tardará mucho tiempo en reconstruir lo que las llamas han destruido con inusitada rapidez. En medio de esta densa humareda, sin embargo, está brillando con fuerza la luz de la esperanza. Ante el poder de la destrucción del fuego, se está desbordando la solidaridad y el amor eficaz que anida en nuestro corazón, como reflejo del amor de Dios. En nuestra ciudad de Alcalá lo hemos podido contemplar estos días con las familias de Cenicientos y Zarzalejo, que fueron desalojadas de sus hogares y trasladadas al pabellón polideportivo de Espartales. Bajo la coordinación de nuestras autoridades, la ciudad se ha volcado para ayudar a casi doscientas personas, organizándolo todo en un tiempo récord. Junto a los servicios municipales y los distintos organismos del dispositivo de emergencia, han colaborado empresas y voluntarios, junto a los que han estado también nuestra Cáritas diocesana y los voluntarios de la Casa de Acogida “San Juan Pablo II”. Entre los acogidos, había personas enfermas, que rápidamente fueron atendidas por el personal sanitario; ancianos, para los que se encontró plaza en una residencia; e incluso un bebé de dos días. Además de estos servicios primarios, rápidamente se organizaron actividades lúdicas para niños y jóvenes, y las Siervas del Hogar de la Madre se ofrecieron para llevar el consuelo espiritual. El trabajo de todos ha sido encomiable y un ejemplo que debe perdurar en nuestra memoria. Visitando ayer a los últimos vecinos desalojados, que recibieron la buena noticia de que ya podían regresar a sus hogares, me acordaba de una frase de San Agustín, que afirma que “Dios juzgó mejor sacar bienes de los males que no permitir mal alguno” (Enchiridion VIII, 27). Dios no quiere el mal, y, si lo permite, es para sacar bienes de los males. Es lo que hemos podido comprobar estos días en nuestra ciudad de Alcalá. Los Santos Niños Justo y Pastor nos recuerdan que el odio y el egoísmo no tienen la última palabra. No hay fuego que pueda apagar el testimonio del amor a Jesucristo y la fidelidad a la verdad. Dentro de unos días, los incendios se apagarán y las personas afectadas dejarán de estar en el foco de los informativos. Sin embargo, nuestra caridad cristiana está llamada a perseverar siempre. Cada día y todos los días. Nuestros patronos nos enseñan a vivir muy unidos a Cristo, con quien se vencen todas las batallas. Especialmente esas batallas diarias, que se libran en nuestro corazón, donde nuestro compromiso cristiano tiene que luchar contra el individualismo y la indiferencia. En su reciente visita a España, el Papa León XIV, celebrando la procesión del Corpus Christi en la Plaza de Cibeles de Madrid, nos pedía que no nos conformáramos con sacar la custodia a la calle, sino que sacáramos también el egoísmo de nuestro corazón, sacudiéndonos una vivencia de la fe cómoda y privada, que nos impide reconocer la presencia de Cristo en los pobres y necesitados. Con el ejemplo y la intercesión de los Santos Justo y Pastor, sigamos siendo esperanza para nuestro mundo. ¡Feliz fiesta de nuestros patronos! Recibid mi saludo y mi bendición. + Antonio Prieto Lucena Obispo complutense
Carta del obispo a todos los diocesanos: «Alzar la mirada en la fiesta del Corpus Christi»

ALZAR LA MIRADA EN LA FIESTA DEL CORPUS CHRISTI Carta del Obispo a todos los diocesanos de Alcalá de Henares 4 de junio de 2026 Queridos diocesanos de Alcalá de Henares: La Solemnidad del Corpus Christi de este año está marcada por la visita apostólica del Papa León XIV, que presidirá la Eucaristía solemne en la plaza de la Cibeles, de Madrid, así como la procesión eucarística que discurrirá por la calle Alcalá en dirección a la Gran Vía. Muchos de nosotros tendremos la fortuna de poder asistir a estos actos, junto al Sucesor de San Pedro, otros se unirán a través de la televisión, y todos debemos acompañar la visita del Santo Padre con nuestra oración, pidiendo por el fruto espiritual. En la ciudad de Alcalá de Henares, la procesión del Corpus Christi será el domingo 14 de junio, comenzando a las 19:30 horas desde nuestra Catedral Magistral. Os invito a todos a participar en esta solemne procesión, ya sea en nuestra ciudad o en los demás municipios de nuestra Diócesis. Agradezcamos a Dios el regalo de la Eucaristía y la entrega de Jesucristo por la salvación de todos los hombres. Acompañemos a Jesús Sacramentado, por las calles de nuestra ciudad o nuestros pueblos, con nuestros cantos, con nuestra adoración y reverencia, dando testimonio público de nuestra fe en la presencia real de Cristo en el Santísimo Sacramento del altar. El día del Corpus Christi es también el “Día de la caridad”, promovido por Cáritas diocesana. Como decía el Papa Francisco, el “sacramento de la altar” no se puede separar del “sacramento del hermano” (cfr. Homilía 7-V-2019). La Eucaristía tiene una intrínseca dimensión caritativa, del mismo modo que la caridad cristiana brota de la Eucaristía como de su fuente. Al celebrar la fiesta del Corpus Christi no podemos ser indiferentes al hecho de que, en nuestro país, 4,3 millones de personas sufren exclusión severa. A través de los informes Foessa, Cáritas estima que hay 37 indicadores específicos para medir la pobreza. Cuando una persona se ve afectada por más de tres de estos indicadores, se habla de exclusión severa. Son personas que viven junto a nosotros y que lo están pasando muy mal. Su situación de marginación es una llamada a compartir nuestros bienes y tratar de remediar, en la medida de nuestras posibilidades, su situación de vulnerabilidad. No podemos adorar a Cristo en la Eucaristía y despreciarlo en los pobres, desentendiéndonos de ellos. Sería una incoherencia, porque Cristo se ha identificado con ellos (cfr. Mt 25,40). Quien ha conocido el amor de Cristo hasta el extremo, hasta darse en comida para la salvación del mundo, el que alaba a su Señor y le tributa todas las alabanzas y los honores, ha de sentirse impulsado, al mismo tiempo, a llevar ese mismo amor a los privados de tantos bienes que Dios quiere darles, y que los hombres les impiden recibir a causa de las injusticias. En su encíclica Dilexi te, el Papa León XIV nos ha recordado que, en la Iglesia, existe el privilegium pauperum, según el cual, sin despreciar a nadie, tenemos una especial obligación de atender a los más pobres (cfr. n. 19). Como indica el lema de la visita apostólica a España del Papa León XIV, sepamos “alzar la mirada”, para descubrir a Cristo en los pobres y para encontrar en la Eucaristía la fuerza de la caridad. El Papa Benedicto XVI decía que es imposible ver a Dios en los pobres si no lo reconocemos antes en la Eucaristía: “Si en mi vida falta completamente el contacto con Dios, podré quizá reconocer al otro como prójimo, pero nunca conseguiré reconocer en él la imagen divina” (Deus caritas est, n. 18). Finalmente, os invito a todos a ser generosos en la colecta del “Día de la caridad”, destinada a nuestra Cáritas diocesana, que tendrá lugar el día 14 de junio. “Cáritas” representa la caridad institucionalidad de la Iglesia, y es el canal oficial para que nuestra ayuda llegue a los más necesitados. Todos conocemos el bien inmenso que se hace a través de los proyectos de Cáritas diocesana, y a través de nuestras Cáritas parroquiales. Si escuchamos la voz del Señor, que llega a nosotros a través del grito de los más pobres, no endurezcamos nuestro corazón. Recibid mi saludo y mi bendición. + Antonio Prieto Lucena, obispo complutense
Carta del obispo a todos los diocesanos: «La alegría de la entrega. Día del Seminario 2026»

LA ALEGRÍA DE LA ENTREGA. DÍA DEL SEMINARIO 2026 Carta del obispo a todos los diocesanos de Alcalá de Henares 11 de marzo de 2026 Queridos diocesanos de Alcalá de Henares: Se acerca la Solemnidad de San José y el Día del Seminario, una Jornada para pedir por nuestros seminaristas, por sus formadores y por las vocaciones al sacerdocio. Nuestro Seminario de la Inmaculada y de los Santos Niños cuenta actualmente con siete seminaristas, y el Seminario Redemptoris Mater cuenta con ocho seminaristas. Próximamente, si Dios quiere, celebraremos la ordenación presbiteral de nuestros tres diáconos, para el servicio de nuestra Iglesia diocesana. Cada uno de nuestros seminaristas es un regalo de Dios y un milagro de la gracia. Demos gracias a Dios por haber llamado a estos jóvenes, y demos gracias a nuestros seminaristas por su respuesta valiente y generosa. Hablamos con frecuencia de crisis vocacional, pero esta crisis no es de llamada, sino de respuesta. Dios sigue llamando, pero es tanto el ruido ambiental que nos rodea, que es difícil que los jóvenes escuchen la voz del Señor. También ocurre que algunos jóvenes escuchan la llamada vocacional, pero les falta valentía y fortaleza para responder. Jesús llamó al joven rico del Evangelio, le miró con cariño (cfr. Mc 10,21), pero aquel joven se quedó atrapado por sus riquezas. Le faltó la generosidad necesaria para dejarlo todo y seguir al Señor. El Evangelio dice que se marchó triste (cfr. Mt 19,22). En medio de sus dudas, aquel joven intuía que hay una gran alegría en la entrega y el seguimiento del Señor, pero no fue capaz de desprenderse de sus seguridades. Entonces vino la tristeza. Nuestros seminaristas han tenido la valentía de dejarlo todo para seguir la llamada de Jesucristo. En ellos se actualiza la respuesta de los primeros discípulos de Jesús, que, al escuchar su llamada, “inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron” (Mt 4,20). Cuando se da esta generosidad con Jesús, enseguida viene la alegría, una alegría que el mundo no puede dar: “la alegría de la entrega”. Jesús dijo que el que entrega su vida, la gana, pero quien se la reserva, la pierde (cfr. Mt 16,25). Aquí está el secreto de la vocación sacerdotal: uno entrega la vida y no se queda mirando lo que deja, sino lo que gana, que es mucho más que lo que deja. Es lo que Jesús dijo en la parábola del tesoro escondido en el campo: “El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo. El que lo encuentra, lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo” (Mt 13,44). Quien recibe la vocación sacerdotal recibe un tesoro de un valor incalculable, que es una amistad muy particular con Jesucristo, que le llama a ser sacramento suyo. Por eso, si su corazón no es de piedra, el llamado se siente lleno de alegría, y no tiene ningún inconveniente en dejarlo todo. Ese dejarlo todo es como “soltar amarras”, para volar hasta Jesucristo, que da sentido a la vida. En la vida de los santos, esta experiencia se repite con frecuencia. San Francisco de Asís hizo un acto simbólico de desprendimiento total desnudándose ante su padre, Pedro de Bernardone, y ante el Obispo de Asís, para abrazar la pobreza evangélica. Por su parte, San Francisco Javier estaba lleno de ambiciones humanas cuando estudiaba en París. Cuando San Ignacio de Loyola se instaló como su compañero de habitación, en el Colegio de Santa Bárbara, solía repetirle: “Javier, ¿de qué te sirve ganar el mundo entero si pierdes tu alma?”. Poco a poco, Javier fue comprendiendo que el éxito material, la fama y el poder son pasajeros y no llenan el corazón, mientras que el alma y las alegrías espirituales son eternas. Se determinó entonces a dejarlo todo y a seguir a Jesucristo, para convertirse en uno de los mayores misioneros de todos los tiempos. Estoy convencido de que siguen existiendo jóvenes con el temple de San Francisco de Asís y de San Francisco Javier. Jóvenes generosos, capaces de arriesgar, valientes y enamorados de Jesucristo. Necesitamos ambientes donde la vida cristiana se cuide con esmero, para que estos jóvenes escuchen la llamada del Señor. El primero de estos ambientes es la familia. Las familias que se esfuerzan por transmitir la fe a sus hijos suelen ser cantera de vocaciones. Otros ambientes esenciales son la parroquia y la escuela, cuando ayudan a los jóvenes a tener un encuentro con Cristo, y a crecer en la amistad con el Señor por medio de una vida cristiana íntegra, en la que se reza, se comparte la fe en grupo, se viven los sacramentos, la dirección espiritual, el compromiso con los propios deberes y la ayuda a los demás. Una buena pastoral juvenil, en la que se implican las familias, las parroquias, los colegios, los movimientos y asociaciones, es la mejor pastoral vocacional. También es esencial que los que ya somos sacerdotes vivamos nuestro sacerdocio con coherencia y entusiasmo. La entrega y la alegría de un buen sacerdote ha sido siempre un gran reclamo para que los jóvenes sigan la llamada al sacerdocio. En los próximos días, nuestros seminaristas irán por las parroquias y colegios de la Diócesis a dar su testimonio. Os ruego a todos que los acojáis con afecto y les agradezcáis su entrega. También ruego encarecidamente a los párrocos que motiven la colecta por el Día del Seminario, que es una colecta imperada. Una buena formación sacerdotal requiere un importante soporte económico, que las familias de los seminaristas no siempre pueden sufragar. Por eso, os invito a todos a ser generosos en la colecta anual por nuestro Seminario. Finalmente, quiero agradecer a los formadores de nuestros Seminarios su trabajo generoso y abnegado, muchas veces escondido y sacrificado. Queramos mucho a nuestros Seminarios, son el corazón de la Diócesis. Sin Seminarios no hay sacerdotes, y sin sacerdotes no hay sacramentos. Dios ha querido vincular la concesión de las vocaciones
Carta del obispo a todos los diocesanos: «La fiesta de los 40 días»

LA FIESTA DE LOS 40 DÍAS Carta del obispo a todos los diocesanos de Alcalá de Henares 16 de febrero de 2026 Queridos diocesanos de Alcalá de Henares: Con la imposición de la ceniza, el próximo miércoles, comenzamos un nuevo tiempo de Cuaresma. Como preparación para la Pascua, la Iglesia quiere despertarnos de nuestro aturdimiento, que nos sumerge en el materialismo y el egoísmo, y nos hace olvidar el amor a Dios y al prójimo, que es lo que de verdad importa. Para realizar este camino cuaresmal, la Iglesia nos propone tres medios que conocemos bien. El primero es la oración. En la Encíclica Spe Salvi, el Papa Benedicto XVI decía que la oración es el crisol en el que nuestras expectativas y aspiraciones son expuestas a la luz de la Palabra de Dios, se sumergen en el diálogo con Aquel que es la verdad y salen purificadas de mentiras ocultas y componendas con diversas formas de egoísmo (cfr. n. 33). La oración nos previene de muchos engaños. Solo quien reza puede caminar en la verdad. La oración está muy vinculada a la limosna. Sin la oración, el yo se encierra en sí mismo, mientras que la oración garantiza nuestra apertura a los demás. Quien escucha a Dios se siente movido a escuchar a los demás, y a estar atento a sus necesidades. En su mensaje para la Cuaresma de este año, el Papa León XIV nos invita a escuchar el grito de los pobres, del mismo modo que Dios escuchó el clamor de su pueblo, cuando estaba esclavo en Egipto (cfr. Ex 3,7). En cierta ocasión, Santa Teresa de Calcuta contó que se había emocionado al recibir en el hogar de moribundos de Kalighat, en la India, a un matrimonio que iba acompañado de su hija pequeña, de nueve años, que le llevaba un regalo. Se trataba de un tarro de cristal lleno de azúcar. Los padres explicaron que su hija, durante meses, había estado sin tomar azúcar, y lo había guardado para llevárselo a los pobres de la Madre Teresa. Aquella niña había entendido bien el significado de la limosna, que, como vemos, está relacionada con el ayuno. Cuando le preguntaban a la Madre Teresa de Calcuta cuánto había que dar a los pobres, ella decía que había que dar “hasta que duela”, y “con una gran sonrisa”. Es decir, no basta con dar lo que nos sobra. Hay que estar dispuestos a privarse de algo que necesitamos. Como nos recuerda el Papa León XIV en su mensaje para la Cuaresma, el ayuno es un ejercicio ascético antiquísimo e insustituible en el camino de la conversión. Hay que experimentar el hambre, para que se convierta en oración y en responsabilidad hacia el prójimo. El Papa nos advierte de un cierto tipo de ayuno que orgullece el corazón y que no es evangélico. Puede ser que practiquemos el ayuno para autoafirmarnos a nosotros mismos, exhibiendo nuestra capacidad de autodominio. En el ayuno, como en la oración y en la limosna, el yo no puede estar en el centro. El centro debe ocuparlo Dios y el prójimo. El ayuno cuaresmal es mucho más que una cura de adelgazamiento, que puede estar centrada en el propio yo, y en alcanzar una buena figura. Hay que ayunar no para impresionar a la gente, sino sin que la gente lo note: “Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas que desfiguran sus rostros para hacer ver a los hombres que ayunan. En verdad os digo que ya han recibido su paga. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no los hombres, sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará” (Mt 6,16-18). El amor puede hacer del ayuno una fiesta. Asumiendo el hambre y la miseria de este mundo, queremos despertarnos de la somnolencia que nos produce el hastío de bienes materiales. El Papa nos invita a una forma de abstinencia muy concreta: abstenerse de palabras que afectan y lastiman a nuestro prójimo. Nos dice en su Mensaje para la Cuaresma: “empecemos a desarmar el lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias. Esforcémonos, en cambio, por aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad”. Entremos en el desierto cuaresmal con este propósito. Que la “Fiesta de los Cuarenta días” de este año sea la fiesta de la caridad fraterna. Sigamos el consejo de San Pablo: “Malas palabras no salgan de vuestra boca; lo que digáis sea bueno, constructivo y oportuno, así hará bien a los que lo oyen. No entristezcáis al Espíritu Santo de Dios con que él os ha sellado para el día de la liberación final. Desterrad de vosotros la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda maldad. Sed buenos, comprensivos, perdonándoos unos a otros como Dios os perdonó en Cristo” (Ef 4,29-32). A todos os deseo una feliz y santa Cuaresma. Recibid mi saludo y mi bendición. + Antonio Prieto Lucena, Obispo complutense
Carta del obispo a todos los diocesanos: «Santo Tomás de Villanueva, modelo para la vida consagrada»

SANTO TOMÁS DE VILLANUEVA, MODELO PARA LA VIDA CONSAGRADA Carta del obispo a todos los diocesanos de Alcalá de Henares 30 de enero de 2026 Queridos diocesanos de Alcalá de Henares: El próximo día dos de febrero, Fiesta de la Presentación del Señor, celebramos la Jornada Mundial de la Vida Consagrada. Es una ocasión para dar gracias a Dios por los consagrados, para rezar por ellos y para expresarles nuestro cariño y reconocimiento. Nuestra diócesis de Alcalá de Henares es rica en vida consagrada: contamos con nueve monasterios de clausura y treinta comunidades de vida activa, que trabajan en la educación, en el servicio a los ancianos, en la atención a los pobres, o en la pastoral de las parroquias. En total, están con nosotros casi noventa religiosos y más de ciento ochenta religiosas y consagradas, que son un verdadero regalo para nuestra Iglesia particular. El lema de la Jornada de la Vida Consagrada de este año, “Vida Consagrada ¿para quién eres?”, hace referencia a la interesante propuesta del Congreso de Vocaciones que vivió la Iglesia española hace un año. La vocación no responde solo a la pregunta: ¿quién soy?, sino también y principalmente a la pregunta: ¿para quién soy? En los últimos tiempos, quizá se ha subrayado demasiado el concepto de vocación como autorrealización, como libertad individual para elegir lo que cada uno quiera en la vida. El problema de este planteamiento es que, si se toma de manera unilateral, prescindiendo de Dios, conduce a una gran soledad e individualismo. La vocación se convierte en una opción individual, quizá en clave egoísta, que nos separa de Dios y de los demás. Por eso urge recuperar un concepto más auténtico de vocación, como obediencia al plan de Dios, en clave de santidad y de servicio a los demás. El pasado 29 de diciembre, junto con los sacerdotes y feligreses de la Parroquia de Santo Tomás de Villanueva de nuestra ciudad de Alcalá, tuve la gracia de ser recibido en audiencia privada por el Papa León XIV. En referencia a la vocación como respuesta a la llamada de Dios, y no tanto como autorrealización más o menos egoísta, el Papa nos presentó a Santo Tomás de Villanueva como un religioso agustino “que estuvo abierto a la acción de Dios en su vida, y cuya disponibilidad lo llevó a hacer mucho bien a la Iglesia y a la sociedad de su tiempo”. El Santo Padre destacó tres aspectos de la vida de Santo Tomás de Villanueva, que pueden servir de estímulo para la vida consagrada de nuestra diócesis, y, en general, para todos nosotros. El primer aspecto que subrayó el Papa fue su “incesante búsqueda de la oración continua, es decir, de una sana inquietud por estar en la presencia de Dios a cada momento”. El Papa explicó que esto le llevó a vaciarse de sí mismo, para escuchar y dejar obrar al Señor. El segundo aspecto fue su laboriosidad. El Santo agustino supo trabajar de manera abnegada, con sobriedad y sencillez, primero en el campo universitario y después como Obispo, destacando por su gran celo apostólico. El Papa nos interpelaba a reconocer cada uno nuestros talentos y ponerlos al servicio de la comunidad. El tercer aspecto fue su amor a los pobres, que le mereció el título de “limosnero de Dios”. Santo Tomás de Villanueva fue tan generoso y vivió tan pobremente que, al final de su vida, se había despojado de todo, y tuvo que pedir prestada la cama a un criado para morir en ella. El Papa Francisco decía que los consagrados, viviendo los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia, tenían la misión de “despertar al mundo”, dormido por el materialismo, el hedonismo y el individualismo. También decía que “donde hay religiosos, hay alegría”, la alegría de la entrega y del servicio. Santo Tomás de Villanueva es un modelo de santidad cristiana que interpela a toda nuestra comunidad diocesana, pero especialmente a los consagrados. A ellos quiero agradecerles vivamente su servicio y compromiso con nuestra diócesis complutense. Recibid mi saludo y mi bendición. + Antonio Prieto Lucena, Obispo complutense
Carta del obispo a todos los diocesanos complutenses: «Abrid las puertas del corazón a Cristo que viene»

ABRID LAS PUERTAS DEL CORAZÓN A CRISTO QUE VIENE Carta del Obispo a todos los diocesanos de Alcalá de Henares 30 de noviembre de 2025 Queridos diocesanos de Alcalá de Henares: En el salmo 23 se dice: “Portones, alzad los dinteles, que se alcen las antiguas compuertas, va a entrar el Rey de la gloria”. Comentando este salmo, el Cardenal Cantalamessa decía que, en Navidad, las puertas que hay que abrir son las de nuestro corazón, que son las puertas de la fe, la esperanza y la caridad. La primera puerta es la fe. “El justo vivirá por la fe” (Hab 2,4). La fe nos permite perseverar a pesar de las dificultades, con la conciencia de que el mal no tendrá la última palabra. Dios es soberano, tiene el control de los acontecimientos y sabe escribir derecho en renglones torcidos. Las situaciones pueden salirse del control de los hombres, pero no del control de Dios. Cristo, muriendo y resucitando, ha vencido al mundo, y ha convertido el sufrimiento en instrumento de salvación. “Todo coopera para el bien de los que aman a Dios” (Rm 8,28). En este tiempo de Adviento, que estamos comenzando, podríamos preguntarnos: ¿Cómo es mi vida de fe? Ojalá podamos responder como San Pablo: “Sé de quien me he fiado” (2Tm 1,12). Dios nunca retrocede para hacer el vacío ante quien se arroja en sus manos. En la espera del Mesías, abramos también la puerta de la esperanza. Como cristianos, creemos en la vida después de la muerte, lo cual nos permite vivir con esperanza, ya que nuestro destino eterno nos ayuda a relativizar muchas cosas de este mundo. Para nosotros, la muerte no es un aterrizaje, sino un despegue. “La muerte ha sido absorbida en la victoria” (1Co 15,54). “Se siembra un cuerpo sin gloria y resucita glorioso” (1Co 15,43). El sentido de la vida no puede ser aquello de “comamos y bebamos, que mañana moriremos” (1Co 15,32). Después de este mundo, nos espera la eternidad. Dios tiene un proyecto maravilloso para nosotros: “ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman” (1Co 2,9). No podemos desperdiciar la vida viviendo egoístamente. Lo nuestro es amar a Dios y al prójimo. Amar siempre y a todos. Para vivir así hay que tener esperanza en la vida futura. Nada se hace sin esperanza. El pesimismo es el verdadero agujero negro del universo. Solo la esperanza nos da coraje para amar, para luchar por un mundo mejor, para no sucumbir a las satisfacciones efímeras de este mundo ni a la desesperanza de una vida sin sentido. La última puerta que tenemos que abrir para recibir al Mesías es la puerta de la caridad. Es la puerta más especial. Para abrirla, antes de amar, hay que dejarse amar. “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó primero” (1Jn 4,10). Abrir la puerta de la caridad es acoger el amor de Dios, creer en su amor. Recibir el amor de Dios parece algo fácil, pero es una de las cosas más difíciles del mundo. Hay que hacerse niño. Hay que hacerse pobre. No es fácil volver a ser niño. Las desilusiones de la vida nos hacen cautelosos, prudentes y un poco escépticos. En esta Navidad, Jesús vuelve a decirnos: “Mira, estoy de pie a la puerta y llamo. Si alguien escucha mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo” (Ap 3, 20). Abramos las puertas del corazón a este Niño que llama. Cuenta una leyenda que, entre los pastores que fueron a ver al Niño en Nochebuena, había un pastorcillo tan pobre que no tenía nada que ofrecer a la Virgen María, por eso se quedó a un lado, un poco avergonzado. Todos los demás competían para darle a María su regalo. Como ella no podía recibirlos teniendo a Jesús en sus brazos, le entregó el Niño a aquel pobre pastorcillo que se había presentado con las manos vacías. Por el hecho de ser el más pobre, le tocó la mejor parte. ¿Qué podríamos hacer nosotros para que nos tocara la misma suerte? Recibid mi saludo y mi bendición. + Antonio Prieto Lucena Obispo complutense
Carta del obispo a todos los diocesanos: «Reparar los pecados contra la Eucaristía»

REPARAR LOS PECADOS CONTRA LA EUCARISTÍA Carta del Obispo a todos los diocesanos de Alcalá de Henares 28 de octubre de 2025 Queridos diocesanos de Alcalá de Henares: Es una bendición que, en nuestras parroquias, van surgiendo, aquí y allá, nuevas iniciativas de adoración eucarística, en las que participa un buen número de fieles. La Eucaristía es “fuente y culmen de toda la vida cristiana” (LG 11), y “los demás sacramentos, como también todos los ministerios eclesiales y las obras de apostolado, están unidos a la Eucaristía y a ella se ordenan. La sagrada Eucaristía, en efecto, contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua” (PO 5). Nuestra santidad personal y nuestra vitalidad apostólica dependen de nuestra relación con la Eucaristía celebrada y adorada. Si ponemos la Eucaristía en el centro, tendremos vida y la tendremos en abundancia (cfr. Jn 10,10); en cambio, si descuidamos nuestra vida eucarística, tendremos anemia espiritual. Será muy difícil que podamos vencer las tentaciones y el cansancio, y nos iremos precipitando inevitablemente en la mediocridad y la tibieza. Por otra parte, causa mucho dolor que la Eucaristía sea tratada con poca reverencia, o lo que es todavía peor, que se cometan sacrilegios contra la Eucaristía. El Catecismo de la Iglesia Católica explica que “el sacrilegio consiste en profanar o tratar indignamente los sacramentos y las otras acciones litúrgicas, así como las personas, las cosas y los lugares consagrados a Dios. El sacrilegio es un pecado grave sobre todo cuando es cometido contra la Eucaristía, pues en este sacramento el Cuerpo de Cristo se nos hace presente sustancialmente” (n. 2120). El sacrilegio contra la Eucaristía es tan grave que el Código de Derecho Canónico señala que “quien arroja por tierra las especies consagradas o las lleva o retiene con una finalidad sacrílega, incurre en excomunión latae sententiae, reservada a la Sede Apostólica” (c. 1367). La pena latae sententiae es automática, es decir, que no hace falta un decreto que especifique la sentencia de excomunión, además de que solo el Papa puede levantar esa excomunión. Es la pena canónica más rigurosa que existe, porque la Eucaristía es lo más santo que tenemos. Cristo nos ama tanto que, en la Eucaristía, se expone y se hace vulnerable a los posibles sacrilegios que puedan cometerse contra la misma. Nuestra respuesta debe ser la reparación, poniendo más amor y delicadeza donde otros han puesto su odio o su desprecio. En el siglo XVII, Santa Margarita María de Alacoque recibió las confidencias del Sagrado Corazón de Jesús, que le pedía reparación por las ofensas cometidas contra el Santísimo Sacramento del altar, mediante la comunión reparadora y la hora santa. Para explicar el sentido teológico de la reparación, en 1928, el Papa Pío XI escribió una preciosa encíclica titulada Miserentissimus Redemptor, que deberíamos leer con más frecuencia. En ella, se explica la reparación como nuestra humilde asociación a la pasión de Cristo, que redimió sobreabundantemente todos los pecados del mundo (cfr. Col 3,13). ¿Pueden nuestros actos de reparación consolar a Cristo, que, dichosamente reina en los cielos? El Papa Pío XI responde a esta pregunta con una expresión de San Agustín: “Dame un corazón que ame y sentirá lo que digo” (In Ioan. Tr. XXVI, 4). Con las palabras del salmo, Cristo continúa diciéndonos: “La afrenta me destroza el corazón, y desfallezco. Espero compasión, y no la hay; consoladores, y no los encuentro” (Sal 68,21). El Venerable arzobispo estadounidense Fulton J. Sheen, en proceso de beatificación, fue pionero en la evangelización a través de los medios de comunicación. Llegó a ser tan famoso que ganó dos veces el premio Emmy y fue portada en la revista Time. Unos meses antes de su muerte, fue entrevistado por un periodista que le preguntó: “Señor Obispo, miles de personas de todo el mundo se inspiran en usted. Y usted ¿en quién se inspira?”. El Obispo Sheen respondió que su mayor fuente de inspiración había sido una niña china de once años. Y contó esta historia: Cuando los comunistas se apoderaron de China, encerraron a un sacerdote en su propia rectoría, cercana a la parroquia. El sacerdote, desde su ventana, contempló horrorizado cómo los comunistas invadían el templo y profanaban el Sagrario, derramando las hostias consagradas por el suelo. No se percataron de que, al final de la iglesia, había una niña rezando. Durante treinta y dos días, tantos como formas consagradas habían quedado en el suelo, aquella niña, por la noche, burló la guardia de los soldados para ir a la iglesia, hacer una hora de adoración reparadora, y después, con la lengua, porque no estaba permitido a los laicos tocar las formas consagradas con la mano, las fue comulgando una a una. Después de haber consumido la última hostia, un guardia la descubrió, la agarró y la golpeó hasta matarla. Este acto de martirio fue presenciado por el sacerdote desde la ventana de su casa, convertida en celda. Cuando el Obispo Sheen escuchó el relato, quedó tan conmovido que prometió a Dios que haría una hora santa de oración al Santísimo Sacramento todos los días de su vida. Hasta de los más brutales sacrilegios, Dios saca frutos de santidad. Recibid mi saludo y mi bendición. + Antonio Prieto Lucena, Obispo complutense
Carta del obispo a todos los diocesanos complutenses: «Octubre, mes del rosario»

OCTUBRE, MES DEL ROSARIO Carta del Obispo a todos los diocesanos de Alcalá de Henares 30 de septiembre de 2025 Queridos diocesanos de Alcalá de Henares: El mes de octubre es conocido como el “Mes del Rosario”. En octubre celebramos la memoria de la Virgen del Rosario, que fue instituida por el Papa San Pío V, en el siglo XVI, para agradecer a la Virgen la victoria en la batalla de Lepanto. La “Liga santa” estaba en inferioridad numérica frente a las tropas turcas, por lo que la victoria solo podía alcanzarse por una intervención sobrenatural, que se logró gracias al rezo del Rosario. Tiempo atrás, Santo Domingo de Guzmán también atribuyó la victoria sobre la herejía albigense al rezo del Rosario. Los religiosos anudaban el Rosario a la cintura, en el lugar en el que los caballeros llevaban la espada, con la conciencia de que era el arma más poderosa. El Papa Francisco decía que el Rosario es “la oración de los santos y de los sencillos”. Es cierto, no se conoce ningún santo que no rezara el Rosario. De igual modo, no hay oración más sencilla. En su origen, sus ciento cincuenta Avemarías representan los ciento cincuenta salmos, con los que los monjes alababan a Dios en sus monasterios. De esta manera, el pueblo sencillo, que no tenía acceso a la cultura, podía también elevar su corazón a Dios. No hay ninguna otra oración, como el Rosario, que haya sido más recomendada por los Papas y el Magisterio de la Iglesia. San Pío X decía: “Dadme un ejército que rece el Rosario y vencerá al mundo”. San Juan Pablo II decía que el Rosario era su “oración predilecta”. En su Carta Rosarium Virginis Mariae, nos dejó párrafos muy elocuentes sobre la importancia de esta oración: “En su sencillez y profundidad, sigue siendo también en este tercer Milenio apenas iniciado una oración de gran significado, destinada a producir frutos de santidad” (n. 1). El Rosario es una oración mariana, pero profundamente cristocéntrica. En el Rosario se concentra todo el mensaje cristiano, de manera que aprendemos de María a contemplar el rostro de Cristo y a experimentar la profundidad de su amor. Como subraya San Juan Pablo II, “el Rosario no solo no se opone a la liturgia, sino que le da soporte, ya que la introduce y la recuerda, ayudando a vivirla con plena participación interior, recogiendo así sus frutos en la vida cotidiana” (Rosarium Virginis Mariae, n. 4). El pasado 24 de septiembre, el Papa León XIV pidió a los católicos del mundo que el Rosario de todos los días de octubre lo rezaran por la paz. Hay un vínculo indisoluble entre el Rosario y el don de la paz. Así aparece en los mensajes de Fátima y Lourdes. “Promover el Rosario significa sumirse en la contemplación del misterio de Aquél que es nuestra paz: el que de los dos pueblos hizo uno, derribando el muro que los separaba, la enemistad (Ef 2, 14). No se puede, pues, recitar el Rosario sin sentirse implicados en un compromiso concreto de servir a la paz” (Rosarium Virginis Mariae, n. 6). Recemos el Rosario por la paz y por la familia, que sigue amenazada por fuerzas disgregadoras, tanto de índole ideológica como práctica. Como decía el Venerable Padre Peyton, “la familia que reza unida, permanece unida”, y lo decía refiriéndose a la oración del Rosario en familia, del que fue un gran misionero. No dejemos que esta hermosa costumbre caiga en el olvido. Recibid mi saludo y mi bendición. + Antonio Prieto Lucena Obispo complutense
Carta del obispo a todos los diocesanos: «La ancianidad, tiempo de Gracia»

La ancianidad, tiempo de Gracia Carta del Obispo a todos los diocesanos de Alcalá de Henares 28 de julio de 2025 Queridos diocesanos de Alcalá de Henares: Acabamos de celebrar, el IV domingo de Julio, la V Jornada Mundial de los abuelos y de los mayores. Es una ocasión para dar gracias a Dios y para rezar por nuestros mayores, a los que tanto queremos y a los que debemos tanto en nuestra vida. En la Sagrada Escritura, la ancianidad es contemplada como una bendición de Dios. Es sinónimo de sabiduría y de prudencia (cfr. Job 12,12), por eso se nos exhorta a tener un profundo respeto por las personas mayores: “álzate ante las canas y honra al anciano” (Lv 19,32). En nuestros días se pondera mucho la juventud, que, ciertamente, tiene muchos valores, pero esto no nos debe llevar a olvidar la dignidad de los ancianos, ya que, como dice el Libro de los Proverbios: “las canas son corona de gloria, el fruto de una vida honrada” (Prov 16,31). La ancianidad es un tiempo de gracia. En la historia de la salvación, Dios se sirve de los ancianos para llevar a cabo sus proyectos. Cuando llamó a Abraham para que saliera de su tierra y se pusiera en camino para hacer de él un gran pueblo, Abraham tenía setenta y cinco años (cfr. Gn 12, 1-9). Llegada la plenitud de los tiempos, en la preparación inmediata de la Encarnación del Verbo, aparecen personas mayores, como Joaquín y Ana, o Zacarías e Isabel, y, una vez que nació el Niño Dios, entre los primeros testigos del gran acontecimiento se encuentran los ancianos Simeón y Ana. La ancianidad no es, por tanto, un tiempo de deshecho. Es cierto que supone un declive en las fuerzas físicas y mentales, pero Dios quiere servirse y hacerse presente también de esta etapa de la vida, a la que vincula una misión concreta. La ancianidad es una gracia, pero también es una tarea. Es necesario aprender a envejecer. Nos podemos jubilar de nuestros trabajos, pero no nos jubilamos de la vida. La vida sigue y hemos de aprender a vivirla en plenitud. Normalmente, los abuelos desarrollan una tarea impagable para la familia, la Iglesia y la sociedad. Sin ellos, la vida diaria de tantos padres con hijos pequeños sería imposible. Muchas veces, son los abuelos los encargados de llevar y recoger los niños del colegio y de cuidarlos cuando sus padres no pueden. Suelen aprovechar estos momentos para transmitir la fe a sus nietos. No es infrecuente que hayamos aprendido nuestras primeras oraciones de nuestros abuelos, que nos llevaban a la iglesia y nos enseñaban, desde muy pequeños, quiénes eran Jesús, María y los santos. En nuestras parroquias y comunidades cristianas, los mayores también desarrollan tareas muy importantes y siempre se puede contar con ellos. La ancianidad, en efecto, es un momento para realizar tareas que no podíamos llevar a cabo cuando teníamos un horario de trabajo intenso, y, entre esas tareas, está el cultivo más sereno de la vida espiritual, dando más espacio a la oración, a la reflexión y al apostolado. Quisiera invitar a los mayores a mirar su vida con esperanza. La enfermedad y la pérdida del vigor pueden hacer mucha mella, sobre todo en personas que antes han sido muy activas. También puede afectarnos el recuerdo de los sufrimientos y las pruebas del pasado, pero no perdamos la confianza. San Juan Crisóstomo decía que las tribulaciones no destruyen la esperanza, sino que son su fundamento. Es lo que explica San Pablo, cuando habla de la esperanza que no defrauda: “nos gloriamos incluso en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia, la paciencia, virtud probada, la virtud probada esperanza, y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rm 5,3-5). Es importante mirar hacia atrás y, al repasar nuestra vida, ver que hemos sufrido, que hemos cometido equivocaciones, por las que pedimos perdón, pero que, a pesar de todo, la vida merece la pena. La esperanza no es el sentimiento optimista de quien “ve siempre la botella medio llena”, es la certeza de experimentar un amor que es más fuerte que el sufrimiento. El Papa León XIV, en su mensaje para la Jornada mundial de los abuelos y de los mayores, nos invita a luchar contra la soledad, el abandono y la marginación en esta etapa de la vida. Escuchemos, también nosotros, la oración del salmista: “en vejez y las canas, no me abandones” (Sal 71,18). Frente a la globalización de la indiferencia, realicemos la revolución de la ternura y el cuidado de nuestros mayores. No permitamos que los ancianos se sientan una carga. Recordémosles con nuestro cariño cuánto les ama Dios. En este Año Jubilar, la indulgencia plenaria se recibe también peregrinando al anciano y al enfermo. Un motivo más para demostrar nuestra gratitud a los que lo dieron todo por nosotros. Recibid mi saludo y mi bendición. + Antonio Prieto Lucena, Obispo complutense
Carta del obispo a todos los diocesanos: «Proponer la fe a los más jóvenes»

Proponer la fe a los más jóvenes Carta del Obispo a todos los diocesanos de Alcalá de Henares 30 de junio de 2025 Queridos diocesanos de Alcalá de Henares: Cuando se acerca en mes de julio y el tiempo de unas merecidas vacaciones, se acerca también una buena oportunidad de proponer la fe a los más jóvenes. La pastoral con los niños, adolescentes y jóvenes es exigente. La mentalidad materialista y secularizada que nos envuelve no ayuda a que los jóvenes se hagan las grandes preguntas por el sentido de la vida, ni a que descubran a Jesucristo, como camino, verdad y vida (cfr. Jn 14,6). Con la certeza de que no tener a Dios es una gran pobreza, durante el curso escolar, tratamos de acercarnos a los jóvenes a través de la catequesis, la clase de religión y otras actividades de pastoral juvenil, pero son tantas las ofertas que se les proponen, desde diversos ámbitos, que no saben donde acudir, y no encontramos el fruto esperado. Los jóvenes y sus familias viven con demasiadas prisas, sin tiempo para nada, y hemos de reconocer que Dios no siempre es la primera prioridad. A pesar de estas dificultades, el corazón de los jóvenes está hecho para Dios. Como decía San Agustín: “nos creaste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que no descanse en ti” (Confesiones I, 1, 1). De manera más o menos consciente, muchos jóvenes querrían tener la ocasión de encontrarse con Cristo, pero necesitan ambientes adecuados. Es verdad que Dios puede hacer florecer el desierto (cfr. Is 35,1-10) y sacar hijos de Abraham de las piedras (cfr. Mt 3,9), pero lo normal es que la fe de los jóvenes madure en ambientes bien cuidados, en los que haya otros jóvenes y en los que la propuesta de fe se haga con un lenguaje y una metodología comprensible y adaptada. Uno de los ambientes más favorables para el cultivo de la fe de los niños y jóvenes son los “campamentos de verano”. La desinstalación, el salir de casa, de nuestros ambientes habituales, de nuestras comodidades y de tantas “pantallas”, ya favorece el encuentro con Cristo. Aunque fue un momento de prueba, el pueblo de Israel se encontró con Dios en el desierto, donde había pocas seguridades, lejos de las ollas de carne y del pan que tenían asegurado en Egipto (cfr. Ex 16,3). También ayuda el encuentro con otros jóvenes, con los que se fraguan amistades sanas y perdurables, por tener su fundamento en Cristo. Cuando Jesús eligió a los Apóstoles, para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar (cfr. Mc 3,14), quiso formar un grupo con ellos. Un grupo en el que todo se compartía: las enseñanzas de Jesús, la comida, las caminatas, el trabajo y el descanso. Los Apóstoles maduraron en su fe estando con Jesús, por supuesto, pero también estando “juntos”. Los jóvenes saben distinguir las relaciones interesadas y mundanas de las verdaderas amistades, en las que pueden ser quiénes son en realidad, sin tener que fingir lo que no son para ser aceptados. No tener que estar aparentando todo el tiempo da mucha libertad y los jóvenes lo necesitan. Cuando tienen la oportunidad de conocerlas, los jóvenes prefieren las amistades gratuitas, que enriquecen y hacen crecer, sin necesidad de recurrir al alcohol, las drogas o el sexo para durar en el tiempo. Si en el campamento se fomenta la ayuda y el servicio a los demás, en los juegos y en el deporte, surge una alegría mayor: la alegría de la entrega. “Hay más alegría en dar que en recibir”, dice el Libro de los Hechos de los Apóstoles (Hch 20,35). Y Jesús dijo: “el que pierda su vida por mí la hallará” (Mt 16,25). La alegría del placer y la fiesta es efímera, caduca y deja el corazón vacío. Sin embargo, la alegría del servicio y de la entrega a Cristo y a los demás, aun siendo exigente, es profunda y duradera. El contacto con la naturaleza también favorece el encuentro con Dios: “los cielos proclaman la gloria de Dios, y el firmamento pregona la obra de sus manos” (Sal 19,1). En este clima de naturaleza, desinstalación, amistad, servicio, deporte, juegos y catequesis, se dan unas condiciones muy propicias para la formación del joven cristiano. Algunos jóvenes adquieren hábitos en los campamentos, como la oración, la confesión frecuente, el orden, la puntualidad, la laboriosidad, el valor del esfuerzo y la superación, la abnegación o la generosidad, que después mantienen durante todo el curso. Además, van asumiendo responsabilidades poco a poco. Muchos que comienzan en el campamento como niños, después continúan como monitores. Los campamentos de verano son una gran oportunidad de evangelizar a los más jóvenes, por eso os animo a fomentarlos, cada uno desde sus posibilidades. Nuestra Delegación de Infancia y Juventud ya ha celebrado la experiencia “Holy Complurrutum”, para adolescentes, con buen resultado, y se prepara para el campamento diocesano de niños y para el Jubileo de los jóvenes en Roma, a finales de julio. Algunas parroquias y asociaciones también ultiman los preparativos para sus campamentos de verano. Agradezco encarecidamente tantos esfuerzos para organizar y realizar estas actividades. Vayamos por este camino. Los niños que hoy van a los campamentos de verano serán los cristianos del futuro. Recibid mi saludo y mi bendición. + Antonio Prieto Lucena, Obispo complutense
Carta del obispo a todos los diocesanos complutenses: «Vivir la vida como vocación»

VIVIR LA VIDA COMO VOCACIÓN Carta del Obispo a todos los diocesanos de Alcalá de Henares 28 de enero de 2025 Queridos diocesanos de Alcalá de Henares: La Iglesia que peregrina en España se prepara para un gran Congreso vocacional, que tendrá lugar en Madrid los días 7 al 9 de febrero, y del que se esperan muchos frutos para la evangelización en nuestras Diócesis. La hipótesis de trabajo del Congreso es que, por diferentes razones, se ha instaurado entre nosotros una “cultura anti-vocacional”. Nos encontramos en un cambio de época marcado por el emotivismo. El hombre contemporáneo vive más de emociones y deseos que del razonamiento vinculado con la verdad. Nuestros deseos subjetivos enseguida queremos convertirlos en derechos. Queremos exaltar tanto nuestros sentimientos que los absolutizamos por encima de las leyes de la naturaleza. Parece que nada puede interponerse a lo que cada uno de nosotros quiera hacer con su vida. Hoy se reivindica mucho la libertad personal, el derecho a decidir como mejor nos parezca, pero totalmente desconectados de la realidad y de la verdad de las cosas. La modernidad quiso poner al hombre en el centro. Para ello tuvo que desplazar a Dios a un segundo plano, para acabar expulsándolo de la vida pública y encerrándolo en los estrechos límites de la conciencia individual. Hoy hemos llegado a tal situación que el hombre tiene que negociar su puesto en el centro del cosmos con los animales o con las máquinas, habida cuenta del enorme desarrollo del biocentrismo, el desarrollo tecnológico y la Inteligencia Artificial. La cultura parece estar devorando la naturaleza, cuyas leyes ya no se comprenden ni se respetan. Además, el hombre actual es un hombre sin horizonte trascendente. Ya no espera la vida eterna. Para él no existe el Reino de Dios, que ha sustituido por el reino del progreso. Es cierto que hablamos de valores, pero de valores que no se conectan con el bien ni con la verdad. Un valor es el resplandor del bien. Si los valores se desvinculan del bien y la verdad se convierten en banderas, fácilmente manipulables por el viento de las ideologías que están de moda en cada época. Todo esto va configurando un modo de estar en el mundo, que afecta de manera especial a los jóvenes. Parece que sus aspiraciones se reducen a “sentirse bien”, sin demasiada relación con Dios ni con lo que les pasa a los demás. Es lo que el Papa Francisco llama “autorreferencialidad”. Esto genera una juventud que no lucha por objetivos grandes en la vida, que no sueña con construir un mundo mejor a base de esfuerzo. El futuro se entiende entonces como una fotocopia del presente. Hasta aquí algunos elementos de lo que podríamos llamar una “cultura anti-vocacional”. Así lo señala el Documento de trabajo del Congreso de Madrid. Se plantea entonces el reto de darle la vuelta a la tortilla y comenzar a construir una “cultura vocacional”, con la gracia de Dios y con mucha paciencia. Hemos de reconocer, en primer lugar, que nosotros los cristianos tenemos algo de culpa en el deterioro de la vocación cristiana. Nuestra falta de compromiso, de testimonio y de coherencia entre que lo que decimos y lo que hacemos no ayuda a que nuestros contemporáneos se planteen la posibilidad de vivir la vida como vocación. El divorcio entre nuestra fe y nuestra vida no contribuye precisamente a que podamos ser luz del mundo y sal de la tierra. Recuperar una cultura vocacional requiere nuestra conversión personal y una vida planteada según el radicalismo evangélico. Cuando uno vive con intensidad su fe cristiana, su ejemplo suscita vocaciones. Las encuestas dicen que, en nuestra vieja Europa, los cristianos vamos siendo menos. Tendremos que acostumbrarnos a ser más pequeños, pero no por ello menos significativos. Nuestro testimonio de vida cristiana sigue siendo decisivo para la vida del mundo. Es fundamental, por lo tanto, que aprendamos a vivir nuestra vida como vocación, es decir, como respuesta a una llamada de Dios. Ha sido el amor de Dios el que nos ha dado la vida natural y sobrenatural, y ese amor espera nuestra correspondencia. Hemos recibido un enorme regalo, que es nuestra vocación cristiana. Sobre ella se fundamentan las diferentes vocaciones a los estados de vida del cristiano. Quiera Dios que el próximo Congreso vocacional de la Iglesia en España nos estimule a todos a ser más generosos en nuestra personal respuesta a la llamada de Dios. Recibid mi saludo y mi bendición. + Antonio Prieto Lucena Obispo complutense
Carta del obispo a todos los diocesanos complutenses: «Dios viene»

DIOS VIENE Carta del Obispo a todos los diocesanos de Alcalá de Henares 26 de noviembre de 2024 Queridos diocesanos de Alcalá de Henares: Pronto comenzaremos un nuevo tiempo de Adviento, en el que la Iglesia proclama con fuerza que “Dios viene”. No solo afirmamos que Dios vino en Cristo pobre y humilde hace más de dos mil años, ni solo anunciamos que Dios vendrá en Cristo glorioso al final de los tiempos, sino que somos invitados a tomar conciencia de que “Dios viene”. La venida de Dios es una acción que está ocurriendo ahora y que a veces nos pasa desapercibida. Por eso ¡despertemos! Tomemos conciencia de lo que sucede y actuemos en consecuencia. El Adviento nos revela a un Dios que se interesa por nosotros, que quiere estar cerca, lo más cerca posible. No es un Dios lejano, que se desentiende. Dios no es como el relojero que da cuerda al reloj de la historia y después solo se ocupa de sus asuntos y nos abandona a nuestra suerte. Dios es un padre que nunca deja de pensar en sus hijos, que, respetando nuestra libertad, desea visitarnos y encontrarse con nosotros. Quiere venir, vivir en medio de nosotros, permanecer en nosotros. Viene porque desea liberarnos del mal, de la muerte y de todo lo que impide nuestra verdadera felicidad (cfr. Benedicto XVI, Homilía 2-XII-2006). Como sabemos, el Adviento tiene dos partes. En una primera, nos centramos en la venida gloriosa del Señor al final de los tiempos. En la liturgia, los protagonistas son el profeta Isaías, que escruta los tiempos mesiánicos, y San Juan Bautista, el último de los profetas, el amigo del Esposo, que lo señala ya presente. Los pasos del Verbo se escuchan ya en el Antiguo Testamento, que anuncia que Cristo se está acercando a nuestra historia. Cuando se aproximan los días de la Navidad, comienza la segunda parte del Adviento, en la que hacemos memoria de la encarnación y nacimiento de Jesús, en la plenitud de los tiempos. Aquí, los protagonistas son María y José, como testigos silenciosos del cumplimiento de las profecías. Sin embargo, entre estas dos venidas manifiestas, hay una tercera venida, que San Bernardo llama “venida intermedia y oculta”, que se realiza en el alma de los creyentes, como una especie de puente entre la primera y la segunda venida del Señor (cfr. Discurso 5 sobre el Adviento, 1). El ejemplo más emblemático de esta venida intermedia es la Virgen María, que llevó en su seno al Verbo hecho carne. Como ella, la Iglesia y cada uno de nosotros estamos llamados a esperar a Cristo que viene y a acogerlo en nuestro corazón, con una fe y un amor siempre renovados. Nuestro mundo espera a Dios sin saberlo. El Adviento de este año será especial porque, al final del mismo, comenzaremos el Jubileo del Año 2025, dedicado a la esperanza cristiana. Si algo necesita nuestro mundo es la esperanza que no defrauda. Como dice un himno de Adviento: “Ven, Señor, no tardes. Ven, que te esperamos. Envuelto en sombría noche, el mundo sin paz no ve, buscando va una esperanza, buscando, Señor, tu fe”. El hombre de la modernidad pensó que la esperanza estaba en la técnica y el progreso, que el “reino de Dios” podía sustituirse por el “reino del hombre”. Pero hoy, después de la pandemia, ante guerras que se perpetúan en el tiempo y catástrofes naturales que nos hacen tocar nuestra fragilidad, muchas de esas esperanzas han quedado frustradas. Los que tenemos la inmensa fortuna de conocer a Dios y vivir la fe tenemos la responsabilidad de ser testigos de esperanza para nuestro mundo, con nuestra oración y con nuestro testimonio de vida coherente. Digamos a todos con nuestra vida que “Dios viene”, y que no podemos vivir como si Dios no existiera. Que la Virgen María, Madre de la esperanza, a la que celebraremos dentro de pocos días como Inmaculada, nos guíe y nos acompañe. Recibid mi saludo y mi bendición. + Antonio Prieto Lucena Obispo complutense
Carta del obispo: «Hacia la santidad con Nicanor Ascanio»

«HACIA LA SANTIDAD CON NICANOR ASCANIO» Carta del Obispo a todos los diocesanos de Alcalá de Henares Queridos diocesanos de Alcalá de Henares: El pasado día 20 exultábamos de gozo por la canonización de san Nicanor Ascanio, el primer hijo de nuestra Iglesia particular declarado santo desde la reinstauración de nuestra Diócesis. Un nutrido grupo de feligreses, sobre todo de Villarejo de Salvanés, pueblo natal de san Nicanor, encabezados por su párroco, D. José Luis Loriente y D. Fermín Peiró, paisano del santo, además de un servidor, pudimos desplazarnos a Roma para participar en la solemne celebración, presidida por el Papa Francisco, en la que también fueron canonizados otros siete mártires franciscanos, tres mártires laicos maronitas y tres fundadores de comunidades religiosas. El martirio de san Nicanor Ascanio y sus compañeros tuvo lugar en Damasco en 1860, a manos de militares drusos, en el marco de la persecución islámica contra los cristianos. Nuestros franciscanos tuvieron la posibilidad de abandonar su convento de san Pablo, para refugiarse en la residencia del gobernador, pero ellos declinaron esta invitación para no dejar a su suerte a la gente que había acudido a ellos buscando protección. La noche del 9 al 10 de julio, antes de que los drusos entraran en el convento, el superior administró el sacramento de la confesión y dio la comunión a sus hermanos religiosos, consumiendo la reserva del Santísimo Sacramento para que no fuera profanada. Una vez que irrumpieron los militares, los franciscanos, por negarse a renunciar a su fe cristiana, fueron decapitados. San Nicanor Ascanio tomó el hábito de los Hermanos Menores Franciscanos solo con 16 años. Fue un hombre de oración y penitencia, que trabajó como sacerdote en nuestra Diócesis, como coadjutor en Villarejo y cura de Valdaracete. Se conservan testimonios de sus predicaciones en Perales y Tielmes. En sus años juveniles había soñado con ser mártir de Jesucristo y la venerable Sor María de los Dolores, muerta con fama de santidad, le había asegurado que sería misionero en Tierra Santa y allí recibiría la palma del martirio. Una vez que llegó a Jerusalén, oró fervorosamente ante la gruta de Belén, en Getsemaní, el Calvario y el Sepulcro. Su superior le envió entonces a Damasco a aprender árabe. Cuando los drusos le obligaron a renunciar a su fe cristiana, en cuanto pudo comprender lo que se le pedía, rápidamente confesó su fe cristiana y fue decapitado. Tenía 46 años. La canonización de san Nicanor es una ocasión para preguntarnos sobre la radicalidad con la que estamos viviendo nuestra vida cristiana. La santidad es para todos. El Señor no pide el martirio a todos, ni siquiera que hagamos cosas extraordinarias, pero sí que “vivamos el momento presente colmándolo de amor”, como decía el Cardenal Van Thuan. Que aprovechemos las ocasiones que se presentan cada día para realizar acciones ordinarias de manera extraordinaria (cfr. Francisco, Exhortación Gaudete et exsultate, n. 17). Hay tres claves para crecer en santidad: ser cada día “más de Dios”, por medio de la oración; ser cada día “menos de nosotros”, por medio de la abnegación; y ser cada día “más para los demás”, por medio de la caridad. Habiendo celebrado la fiesta de Todos los Santos, decidámonos a dar un paso decisivo hacia el cielo. Que san Nicanor Ascanio interceda por nosotros. Recibid mi saludo y mi bendición. + Antonio Prieto Lucena Obispo complutense
Carta del obispo a todos los diocesanos complutenses: «Id e invitad a todos al banquete»

«ID E INVITAD A TODOS AL BANQUETE» Carta del Obispo a todos los diocesanos de Alcalá de Henares 27 de septiembre de 2024 Queridos diocesanos de Alcalá de Henares: Llegamos al final del mes de septiembre. Hemos comenzado el curso con mucha ilusión, como “peregrinos de esperanza”, de acuerdo con el lema del Jubileo del año 2025. En mi carta pastoral de comienzo de curso os ofrezco algunas orientaciones y aplicaciones concretas para vivir, de manera individual, y como Diócesis, este gran acontecimiento de la Iglesia universal. El objetivo es renovar la esperanza cristiana como el motor que sostiene nuestro impulso misionero, por eso en esta carta pastoral quiero invitaros a vivir con intensidad la celebración del Domund, el próximo 20 de octubre. El Domund es una jornada para tomar conciencia de la misión de la Iglesia en los 1.124 territorios, distribuidos por el mundo, en los que la evangelización necesita más ayuda para crecer y afianzarse. Es una ocasión para acordarnos de nuestros misioneros, que están dando la vida por Jesucristo y por la propagación de la fe. La misión en estos lugares necesita de la oración de todos y de nuestra cooperación económica. En el siglo XIX, la Beata Paulina Jaricot, en Lyon, con solo veinte años, creó un grupo de diez personas que se reunían todas las semanas para rezar por las misiones y sostenerlas económicamente, con una contribución de solo un centavo por persona. Esta semilla creció y pronto fueron muchos grupos de personas, por toda Francia y por todo el mundo, los que se constituyeron para ayudar a las misiones. De esta manera nació la “Sociedad para la Propagación de la fe”, que el Papa Pío XI asumió como una obra pontificia. El lema del Domund de este año es: “Id e invitad a todos al banquete” (Mt 22,9), que hace referencia a la parábola de Jesús, en la que un rey prepara el banquete de bodas de su hijo. Como los invitados no quisieron asistir, el rey manda a sus siervos a los caminos para que inviten a todos los que encuentren. Es una imagen de la misión de la Iglesia, que quiere salir al encuentro de cada hombre, a pesar de su indiferencia o rechazo. En el misionero no cabe el desánimo ni el cansancio. Sostenido por la fuerza de Cristo, recibida en la oración, siempre está dispuesto a vencer las dificultades y los obstáculos. El misionero sabe que el mundo oferta sus propios banquetes: el consumismo, el bienestar egoísta, la acumulación o el individualismo. Son banquetes muy atractivos, que seducen a muchos, aunque luego les dejan vacíos y tristes. Por eso el misionero se siente llamado a salir al encuentro de sus hermanos que no tienen un sentido verdadero para vivir, con el deseo de conducirles al banquete eucarístico, que es anticipo del banquete del cielo. La misión, por lo tanto, brota de la Eucaristía y conduce a la Eucaristía. “Toda nuestra misión – dice el Papa Francisco – brota del Corazón de Cristo, para dejar que Él atraiga a todos hacia sí” (Discurso 3-VI-2023). Queridos diocesanos: como os he dicho en otras ocasiones, sueño con una Diócesis en estado de misión. Invitemos a todos al banquete de Cristo. No hay empresa más grande que esta. Debemos estar convencidos de esto: el que bebe del agua que Cristo nos da, no tendrá sed jamás. Esa agua se convertirá en un manantial del que brotará vida eterna (cfr. Jn 4,14). No nos cansemos de anunciar el amor de Dios en Cristo Jesús y de llamar a la conversión. Salgamos a los cruces de los caminos e invitemos a todos, no como quien impone una nueva obligación, sino como quien comparte una alegría, señala un horizonte bello, o como quien ofrece un banquete deseable (cfr. EG 14). A todos os deseo un feliz día del Domund 2024 y os emplazo al rezo del Santo Rosario, organizado por nuestra Delegación de misiones, el próximo domingo 6 octubre, para pedir por las misiones y los misioneros. Recibid mi saludo y mi bendición. + Antonio Prieto Lucena Obispo complutense
Carta pastoral de Mons. Antonio Prieto Lucena: «Peregrinos de Esperanza»

Nuestro obispo, Mons. Antonio Prieto Lucena, ha publicado una nueva carta pastoral para el curso 2024/2025 que lleva como título «Peregrinos de Esperanza» y está fechada en septiembre de 2024. En la introducción del documento, Mons. Prieto afirma que «el curso 2024-2025, que estamos comenzando, está marcado por el gozoso acontecimiento del Año Jubilar ordinario, que comenzará en Roma el 24 de diciembre, con la apertura de la Puerta Santa de la Basílica de San Pedro del Vaticano, y el 29 de diciembre en nuestra Catedral Magistral, con una Eucaristía solemne que estará precedida por una peregrinación desde la Parroquia de Santa María, de la ciudad de Alcalá de Henares. Como no puede ser de otro modo, el Jubileo debe orientar la pastoral del nuevo curso y ser fuente de inspiración para nuestra oración, catequesis, programaciones y acción evangelizadora». Descargar la Carta pastoral «Peregrinos de Esperanza» en PDF
Carta del obispo a todos los diocesanos complutenses: «Tu gracia vale más que la vida»

TU GRACIA VALE MÁS QUE LA VIDA Carta del Obispo a todos los diocesanos de Alcalá de Henares 29 de julio de 2024 Queridos diocesanos de Alcalá de Henares: Se acerca la fiesta de nuestros patronos, los Santos Niños Justo y Pastor, y, en esta carta mensual, quería proponeros una reflexión sobre el valor de nuestra amistad con Jesucristo. En el Salmo 62 hay una preciosa expresión de lo que significa el martirio: “tu gracia vale más que la vida”. Estas palabras pueden aplicarse al mártir cristiano, que ha encontrado en Cristo un tesoro que valora más que su propia vida física. El martirio es el acontecer, en la vida de una persona, de la parábola del tesoro escondido en el campo (cfr. Mt 13,44). Para el mártir, Jesucristo es el amigo más preciado, por el que vale la pena venderlo todo. El mártir se siente envuelto por el amor de Cristo, que lo ama y se ha entregado por él (cfr. Ga 3,20). El amor de Jesucristo tiene tal fuerza en el corazón del mártir, que es capaz de superar todos los halagos y bagatelas que nos ofrece el mundo. El mártir comprende que no se puede servir a dos señores (cfr. Mt 6,24), a Dios y al mundo, y, con la gracia del Espíritu Santo, elige siempre a Dios. La amistad con Cristo es la lente con la que el mártir mira las cosas del mundo, sabiendo reconocer y rechazar las mentiras y seducciones que podrían apartarlo de su tesoro más querido. En la época de Justo y Pastor, la persecución del emperador Diocleciano fue un intento de borrar del mapa la fe cristiana. El emperador utilizaba la religión pagana como instrumento de cohesión de su imperio y no estaba dispuesto a permitir que los cristianos fueran una excepción. No someterse a los ritos y sacrificios de la religión pagana era considerado desacato al emperador. Los cristianos no podían entrar en este juego. El Dios verdadero, revelado en Cristo, estaba muy por encima de intereses y estrategias mundanas. El sentido de la amistad con Cristo había penetrado de tal manera en el corazón de los cristianos que no temieron a la destrucción de iglesias, a los encarcelamientos, las torturas y, finalmente, a la pena de muerte. No fueron una excepción los cristianos de Complutum. Supieron estar a la altura. No hubo en ellos la más mínima señal de fanatismo, odio ni desesperación. En ellos anidaba la certidumbre, la fortaleza y la serenidad del que ha encontrado el tesoro escondido de la amistad con Cristo. Esto se puso especialmente de manifiesto cuando dos niños, de siete y nueve años, dejando sus tablillas escolares, fueron a presentarse al gobernador Daciano para decirle sencillamente que ellos no renunciarían a Cristo. En nuestra época, el corazón humano sigue buscando desesperadamente la felicidad. Detrás de todas las inmundicias y aberraciones de los hombres no hay más que una enorme búsqueda de felicidad. Todos buscamos ese tesoro que da sentido a la vida, pero lo buscamos en campos equivocados. Nuestros patronos, Justo y Pastor, nos señalan dónde está en realidad ese tesoro que todos buscamos. Su testimonio nos dice que la amistad con Cristo vale más que todo el dinero, que todos los honores, que todo el poder mundano. La amistad con Cristo vale más que la vida. Morir por Cristo no les pareció a Justo y Pastor pagar un precio demasiado alto. Tenían la certeza de que disfrutarían en el cielo, por tota la eternidad, del valor incalculable del tesoro encontrado. La fe y la honradez no pueden ceder ante ningún sucedaneo que no sea Dios. Esto sería contrario a la dignidad humana. Justo y Pastor nos indican que la felicidad verdadera no solo está en el más allá, la tenemos ya incoada dentro de nosotros mismos. El que tiene a Cristo tiene ya un cielo en la tierra. Cuando uno está convencido de esto, le parece poco el precio que tenga que pagar para conservar la amistad con Cristo. Todos los dolores y fatigas que hayamos de soportar serán insignificantes comparados con la alegría inconmensurable que esperamos conquistar. Tenemos mucho que aprender de nuestros patronos, que ellos intercedan por nosotros ¡Feliz Fiesta de los Santos Niños Justo y Pastor! Recibid mi saludo y mi bendición. + Antonio Prieto Lucena Obispo complutense
Carta del obispo a todos los diocesanos complutenses: «Un año entre vosotros»

UN AÑO ENTRE VOSOTROS Carta del Obispo a todos los diocesanos de Alcalá de Henares 25 de junio de 2024 Queridos diocesanos de Alcalá de Henares: Hace un año, por estas fechas, os escribía mi primera carta mensual, con el deseo de mantener con vosotros un trato frecuente, compartiendo noticias importantes o comentando temas de actualidad. Más adelante, con esta misma intención, surgió la iniciativa de grabar “El Minuto del Obispo”, en el contexto del programa “El Espejo de la Iglesia”, que se emite los viernes a medio día. Ya sé que el tiempo que tenemos para leer o escuchar audios es limitado, pero no quería desaprovechar los medios que nos ofrece la técnica para mantenerme cerca de cada uno de vosotros. Doy gracias al Señor por este primer año como Obispo complutense. Cada día me siento más contento con la Diócesis que Dios me ha regalado: “me ha tocado un lote hermoso, me encanta mi heredad” (Sal 16,6). Doy gracias por todos vosotros, sacerdotes, consagrados y laicos, que Dios ha puesto en mi camino, para que juntos busquemos a Dios y alcancemos la santidad. Poco después de mi ordenación episcopal, pude acompañar a los jóvenes de la Diócesis a la Jornada Mundial de la Juventud de Lisboa. Para mí fue un momento de gracia y bendición. Espero mucho de estos casi cuatrocientos jóvenes, que son el presente y el futuro de nuestra Iglesia particular. Como os he dicho en diversas ocasiones, tratemos de fomentar los grupos de jóvenes en todas las parroquias de la Diócesis, demos protagonismo a los jóvenes para que ellos se comprometan y se sientan corresponsables de nuestra Iglesia diocesana. A lo largo del año he ido visitando los diez arciprestazgos de la Diócesis, conociendo a los sacerdotes, sus ilusiones, sus proyectos y sus desafíos pastorales. Doy gracias al Señor por nuestro presbiterio, joven y entregado. Recemos cada día por nuestros sacerdotes, por su fidelidad y su santidad. A ellos les digo siempre que no descuiden su vida espiritual y la fraternidad sacramental que los une. Sobre todo, recemos por nuestros seminaristas y por las vocaciones al sacerdocio, que tanto necesitamos. Como os decía en mi primera carta mensual, “importunemos a Dios también en vacaciones”. El número de candidatos al sacerdocio ha descendido en nuestra Diócesis en los últimos años, por eso, estamos llegando a acuerdos con la Archidiócesis hermana de Madrid para colaborar en la formación de los futuros sacerdotes, de manera que nuestros seminaristas puedan crecer en una comunidad suficiente y proporcionada, que les asegure la mejor formación para el sacerdocio. Una de las primeras cosas que hice al llegar a la Diócesis fue visitar todos los Conventos de vida contemplativa, para agradecer su entrega a Dios y para encargarles esta intención de las vocaciones sacerdotales. A través de esta carta, quiero reiterar esta petición y hacerla extensiva a todos y cada uno de los diocesanos de Alcalá. No nos cansemos de pedir al Dueño de la mies que envíe operarios a su mies (cfr. Mt 9,38). A lo largo del curso, he realizado la visita pastoral a las diez parroquias del arciprestazgo de Villarejo de Salvanés. En todas estas parroquias he encontrado siempre a un grupo de colaboradores laicos comprometidos generosamente en la tarea pastoral. No es más que un botón de muestra del potencial que existe en nuestra querida Diócesis. Tenemos muchos desafíos, en la pastoral juvenil y vocacional, en la necesidad de construir nuevas parroquias, de llegar a los alejados, de cohesionar nuestra identidad y comunión diocesana, de atender mejor a los pobres e inmigrantes. Tenemos todos estos retos y muchos más, pero también tenemos muchos recursos y no nos faltará la gracia de Dios, ni la intercesión de los Santos Niños Justo y Pastor. Esto hace que podamos mirar al año jubilar 2025 como verdaderos “peregrinos de esperanza”. Recibid mi saludo y mi bendición. + Antonio Prieto Lucena Obispo complutense
Carta del obispo a todos los diocesanos complutenses: «Rezar por los que siempre rezan por nosotros»

REZAR POR LOS QUE SIEMPRE REZAN POR NOSOTROS Carta del Obispo a todos los diocesanos de Alcalá de Henares 20 de mayo de 2024 Queridos diocesanos de Alcalá de Henares: El domingo 26 de mayo, Solemnidad de la Santísima Trinidad, celebraremos la Jornada “pro orantibus”, dedicada a rezar y a valorar la vocación de los que siempre rezan por nosotros, que son nuestras hermanas y hermanos contemplativos. En nuestra Diócesis de Alcalá, tenemos la suerte de contar con nueve monasterios femeninos de vida contemplativa. Sus religiosas viven consagradas a la alabanza divina y a la oración por todos nosotros. Es de justicia que también nosotros recemos por ellas, agradezcamos su entrega y estemos dispuestos a corresponder con nuestro reconocimiento y ayuda. Desde el pasado viernes, día 17 de mayo, la Delegación de vida consagrada ha organizado una novena para pedir a Dios por nuestras contemplativas. Es una bonita iniciativa, que se realiza cada día en uno de nuestros Monasterios. Se expone el Santísimo Sacramento y se comparte la adoración y la convivencia. Nuestras hermanas contemplativas agradecen mucho nuestras visitas, que nos acordemos de ellas y que les manifestemos nuestro afecto. La visita a un Convento contemplativo siempre nos estimula. Es gratificante encontrar personas que se han desprendido de todo para vivir escondidas y dedicadas solo a Dios, con la misión de arrancarle todas las bendiciones que nuestro mundo necesita. Se trata de una vocación y una misión que contrasta fuertemente con la mentalidad de nuestro mundo, tan materialista y hedonista. Llama la atención que nosotros, teniéndolo todo, no sepamos ser felices, y que nuestras hermanas contemplativas, careciendo de tantas cosas, sean todo un testimonio de alegría y gratuidad. La vida contemplativa tiene esta dimensión profética, de hacernos comprender que “solo Dios basta”, que Dios es la fuente de nuestro ser, de nuestra alegría y también de una sociedad cada vez más justa y más fraterna. Para la Jornada “pro orantibus” de este año, los Obispos de la Comisión Episcopal para la Vida Consagrada de la Conferencia Episcopal Española, nos proponen el ejemplo de dos grandes mujeres del Evangelio, que son como dos iconos de la vida contemplativa: la Virgen María, que guarda en su corazón todas las palabras de su Hijo (cfr. Lc 2,19) y María de Betania, sentada a los pies del Señor para escucharle con toda atención (cfr. Lc 10,39). Son dos mujeres discretas, que viven solo para Cristo, que están escondidas, como en segundo plano, pero con una actitud de silencio contemplativo que es fuente de fecundidad espiritual. No en vano, refiriéndose a María de Betania, Jesús dice que “ha escogido la parte mejor y no le será quitada” (Lc 10,42). Tanto la Virgen María como María de Betania supieron afrontar la prueba difícil de un hijo agonizante y de un hermano muerto. Su oración silenciosa fue la fuente en la que encontraron sentido al dolor y al sufrimiento. En un mundo como el nuestro, lleno de prisas y contrastes, tenemos mucho que aprender de nuestras contemplativas. Vivamos su fiesta con gratitud y esperanza. Recibid mi saludo y mi bendición. + Antonio Prieto Lucena, Obispo complutense
Carta del obispo a todos los diocesanos complutenses: «Un mes de mayo todo de María»

UN MES DE MAYO TODO DE MARÍA Carta del Obispo a todos los diocesanos de Alcalá de Henares 29 de abril de 2024 Queridos diocesanos de Alcalá de Henares: Pronto comenzaremos el mes de mayo, un mes tradicionalmente dedicado a la Virgen María. En la Edad Media, los cristianos, al contemplar la belleza de la primavera, exuberante en el mes de mayo, se dieron cuenta de que esa belleza podía compararse con la hermosura de nuestra Madre del cielo. De ahí viene la costumbre de levantar altares para la Virgen y llevarle flores. No perdamos esta hermosa costumbre. En este mes de mayo, podemos llevar a la Virgen la flor de nuestra oración y de nuestra caridad con los hermanos, especialmente con los más pobres. Nada agrada tanto a una madre como ver a sus hijos unidos, en armonía y en paz. Recemos el rosario. El Papa Francisco dice que el rosario es “la oración de los sencillos y de los santos” (Twitter 7-X-2016). Está al alcance de todo el mundo. No se conoce a ningún santo que no rezara el rosario. La devoción a María es “el camino más fácil, corto, perfecto y seguro para llegar a la unión con Dios, en la cual consiste la perfección cristiana” (S. Luis Mª Grignon de Monfort, Tratado de la Verdadera Devoción, n. 152). Junto al rosario, podemos practicar también la devoción de la “esclavitud mariana”. Precisamente, el pasado 20 de abril hemos comenzado en nuestra Diócesis un Año Jubilar con motivo de los 450 años de la fundación del Monasterio de Santa Úrsula, en la ciudad de Alcalá de Henares. Es una ocasión para dar gracias a Dios por el regalo de las Hermanas Concepcionistas Franciscanas, presentes en este Monasterio, de manera ininterrumpida, desde su fundación. En el siglo XVI, una de estas hermanas, la Venerable Sor Inés de San Pablo, fundó en Alcalá la primera Cofradía de esclavitud mariana que se conoce, recogiendo una espiritualidad que se remonta a tiempos de San Ildefonso de Toledo. Hay un precioso texto de este santo que expresa el espíritu de la devoción: “Por esto yo soy tu siervo, porque mi Señor es tu Hijo. Por eso tú eres mi Señora, porque eres esclava de mi Señor. Por esto yo soy esclavo de la esclava de mi Señor, porque tú, mi Señora, has sido hecha Madre de mi Señor. Por esto yo he sido hecho tu esclavo, porque tú has sido hecha Madre de mi Hacedor” (Sobre la virginidad perpetua de Santa María, 1). Durante los siglos XVII y XVIII, San Luis María Grignon de Monfort popularizó esta preciosa devoción, explicando su contenido: “Consiste en darse por entero, como esclavo, a María y a Jesús por ella y, además, en hacer todas las cosas por María, con María, en María y para María” (El secreto de María, n. 28). No hay nada que nos haga pertenecer tanto a Cristo y a María como la esclavitud voluntaria, según el ejemplo del mismo Jesucristo, que “tomó la forma de esclavo” (Flp 2,7) por nuestro amor, y el de la Santísima Virgen, que se llamó sierva y esclava del Señor (Cfr. San Luis Mª Grignon de Monfort, Tratado de la Verdadera Devoción, n. 72). La esclavitud mariana se expresa también en el lema: Totus tuus, de San Juan Pablo II. Es el comienzo de una oración a la Virgen, atribuida a San Buenaventura, que reza así: “Yo soy todo tuyo, y todo lo mío es tuyo, oh Virgen gloriosa”. Que un hombre sea esclavo de otro es algo humillante e injusto, pues ante Dios todos somos iguales. Sin embargo, con Dios tenemos una relación de dependencia y sujeción, que precisamente es lo que más nos libera y nos ayuda a realizarnos como personas. Por eso, recomiendo vivamente la devoción a la Virgen María, bajo esta forma tan alcalaína de la esclavitud mariana. Recibid mi saludo y mi bendición. + Antonio Prieto Lucena Obispo complutense
Carta del obispo a todos los diocesanos complutenses: «Enséñanos a orar»

ENSÉÑANOS A ORAR Carta del Obispo a todos los diocesanos de Alcalá de Henares 26 de marzo de 2024 Queridos diocesanos de Alcalá de Henares: Inmersos en la Semana Santa para celebrar los misterios de la fe más importantes del año litúrgico, como hago habitualmente cada final de mes, os escribo esta carta para desearos un Santo Triduo Pascual. Estos días estamos llamados a participar en la liturgia, que tiene la virtualidad de traernos al presente la gracia contenida en los misterios de la pasión, muerte y resurrección, que Nuestro Señor Jesucristo nos mereció durante su vida en la tierra. Las procesiones de Semana Santa y otras manifestaciones de la piedad popular brotan de la liturgia como de su fuente, y, como catequesis plásticas por las calles de nuestros pueblos y ciudades, nos ayudan enormemente a vivir lo que celebramos en la liturgia. Quiero agradecer a todas las Hermandades y Cofradías de nuestra diócesis su trabajo de todo el año, que se ve coronado estos días en sus estaciones de penitencia, y que expresa la dimensión pública y social que tiene nuestra fe. Desde ahora os deseo a todos una feliz Pascua de Resurrección. Al final del tercer mes del año, quiero aprovechar esta ocasión para recordar que, con toda la Iglesia universal, por convocatoria del Papa Francisco, nos estamos preparando para celebrar el Jubileo del año 2025, que tiene como lema: “Peregrinos de Esperanza”. En el año 1500, Bonifacio VIII fue el primer Papa que instituyó un “año santo” o “año jubilar”, con la intención de que los cristianos pudieran peregrinar a Roma, pasar por la puerta santa de la Basílica Vaticana, y acercarse al tesoro de la misericordia de Dios, que es la indulgencia plenaria. Su idea tuvo mucho éxito. Hubo mucha gente que se reconcilió con Dios y con los hermanos, y que cambió su vida a mejor. Desde entonces, este gesto se repite cada veinticinco años. El último año jubilar de este tipo fue el del año 2000. Muchas cosas han cambiado desde el comienzo del nuevo milenio. Han sido veinticinco años trepidantes. Como suele decirse, estamos viviendo no solo una “época de cambios”, sino un “cambio de época”. Además, venimos de pasar una pandemia, a nivel mundial, que nos ha hecho tocar nuestra fragilidad, que se acentúa con los terribles conflictos bélicos que han estallado en fechas recientes. Por eso, el Papa Francisco quiere que nos preparemos al año santo 2025 profundizando en el tema de la oración. Santa Maravillas de Jesús experimentó en su corazón que Jesús le aseguraba que España se salvaría por la oración. En esta época de tanta incertidumbre, estamos invitados a mirar a Dios y a elevar nuestras manos al cielo, de donde nos viene la salvación. El Dicasterio para la Evangelización, encargado de preparar el Jubileo del año 2025, ha editado un material que puede ayudarnos a crecer en nuestra vida de oración: “Enséñalos a orar”, que puede encontrarse en la página web del Jubileo (https://www.iubilaeum2025.va/es.html). Os animo a todos a trabajar este material, tanto individual como comunitariamente. En él podréis encontrar sugerencias para crecer en la vida de oración en la parroquia, en la familia, a través de retiros o tiempos de “desierto”. En este mismo sentido, la Editorial BAC, también ha comenzado a publicar ocho volúmenes de una colección titulada “Apuntes sobre la oración”, de autores tan prestigiosos como Angelo Comastri o Gianfranco Ravasi. Tenemos material suficiente para trabajar en el tiempo de Pascua, que estamos a punto de comenzar. Recibid mi saludo y mi bendición. + Antonio Prieto Lucena Obispo complutense
Carta del Obispo a todos los diocesanos complutenses: «Poner en el centro el Sacramento de la Penitencia»

PONER EN EL CENTRO EL SACRAMENTO DE LA PENITENCIA Carta del Obispo a todos los diocesanos de Alcalá de Henares 28 de febrero de 2024 Queridos diocesanos de Alcalá de Henares: Los próximos días 8 al 9 de marzo celebraremos una nueva edición de las “24 horas para el Señor”, una iniciativa del Papa Francisco para poner en el centro de nuestra Cuaresma el Sacramento de la confesión. Se podría comenzar el viernes 8 de marzo por la tarde, con una liturgia de la Palabra, que motivara a las confesiones, y tener el Santísimo Sacramento expuesto, hasta la Eucaristía del sábado por la tarde. Se trata de un esfuerzo que merece la pena: “24 horas para el Señor”, para agradecerle el don de su misericordia. Para reconocerle como Padre bueno, que acoge, que consuela siempre al pecador que se arrepiente y que le indica el camino para renovarse interiormente. Cada parroquia o comunidad cristiana puede hacer las adaptaciones que sean convenientes, pero no dejemos de celebrar esta preciosa iniciativa de encuentro con Cristo. En estos tiempos de crisis que vivimos, si algo necesitamos es esperanza y perdón. Dios nos garantiza estas dos cosas, por eso acudamos a Él con toda confianza. Como dice el Papa Francisco, “el perdón es el oxígeno que purifica el aire contaminado por el odio, el perdón es el antídoto que cura los venenos del rencor, es el camino para calmar la rabia y sanar tantas enfermedades del corazón que contaminan la sociedad” (Ángelus 17-IX-2023). Y en otro lugar, comenta el Papa: “El perdón es una fuerza que resucita a una vida nueva e infunde el valor para mirar el futuro con esperanza, tanto para quien lo recibe como para quien lo ofrece” (Bula Misericordiae Vultus, n. 9). No desaprovechemos esta Cuaresma para hacer una buena confesión, como decía San Pablo a los Corintios: “Os pedimos que os dejéis reconciliar con Dios” (2Co 5,20). San Juan Pablo II insistió mucho en que los primeros que debíamos confesarnos bien éramos los sacerdotes: “La vida espiritual y pastoral del sacerdote, depende, para su calidad y fervor, de la asidua y consciente práctica personal del Sacramento de la penitencia. En un sacerdote que no se confiesa o se confiesa mal, su ser como sacerdote y su ministerio se resentirán muy pronto, y se dará cuenta también la Comunidad de la que es pastor” (Reconciliatio et Paenitentia, n. 31; Pastores dabo vobis, n. 26). Reconciliados con Dios, estemos los sacerdotes más disponibles para que los fieles puedan acercarse al gran regalo de la confesión. No le privemos a Dios de esta alegría. En su Carta Apostólica sobre la santificación del domingo, San Juan Pablo II, citando a San Ambrosio, decía algo muy hermoso sobre la confesión: Que Dios, el día séptimo de la creación, había podido descansar porque el día anterior había creado al hombre y a la mujer, y, en ellos, por fin había encontrado a alguien a quien podía perdonar los pecados (cfr. Carta Dies domini, n. 61). Dios se alegra al perdonarnos, no tengamos miedo. Hagamos caso a nuestro querido Santo Tomás de Villanueva, que nos dice: “¿Qué temes, pecador, si detestas tu pecado? ¿Cómo te condenará aquél que muere para no condenarte? ¿Cómo te apartará, si vuelves a sus pies, Aquél que vino del cielo a buscarte cuando huías de Él?”. Recibid mi saludo y mi bendición. + Antonio Prieto Lucena Obispo complutense
Carta del Obispo a todos los diocesanos complutenses: «El Efecto ser Humano»

EL EFECTO SER HUMANO Carta del Obispo a todos los diocesanos de Alcalá de Henares 28 de enero de 2024 Queridos diocesanos de Alcalá de Henares: Un año más, Manos Unidas comienza una nueva campaña de trabajo incansable para mejorar las condiciones de vida en las zonas más empobrecidas de América, África, y Asia. Desde aquellas primeras mujeres de Acción Católica, que realizaron su primera “Campaña contra el hambre” en 1960, esta iniciativa se ha ido consolidando hasta cumplir ya 65 años de lucha contra el hambre y la pobreza en el mundo. En una de sus primeras “Campañas”, el boletín informativo de Manos Unidas comentaba que: “entre los derechos del hombre, tan glosados y tan poco cumplidos, figura, en primer lugar, el derecho a vivir, es decir, el de disponer de la alimentación indispensable, el derecho al trabajo con una remuneración justa, el derecho a la instrucción y a la educación, al libre ejercicio de la religión, al descanso, a la libertad de residencia, el derecho del hombre a su propia dignidad”. Son palabras que gozan de una plena actualidad y explican el papel fundamental que sigue jugando Manos Unidas en nuestro mundo y en la Iglesia. A lo largo de estos 65 años, el compromiso de Manos Unidas se ha centrado especialmente en la promoción de los derechos humanos, en la actualización de los mensajes de sensibilización, desde la perspectiva del derecho a la alimentación, el drama de la pobreza, la injusticia de la desigualdad, la necesidad de la sostenibilidad y el derecho inalienable a la vida. La Campaña de este año se realiza bajo el lema “El Efecto ser Humano”, que quiere poner de manifiesto que el ser humano, con su actuación, es la única especie capaz de cambiar el planeta. Como nos dice el Papa Francisco, “todo está conectado” (cfr. LS 16): El clamor de la tierra es inseparable del clamor de los pobres (cfr. LS 49). Una mejor situación ecológica ayudará a luchar para erradicar la pobreza, el hambre y la desigualdad, que constituye el compromiso fundamental de Manos Unidas. Nos lo recuerda el Papa Francisco en su Exhortación Apostólica Laudate Deum, donde advierte: “El impacto del cambio climático perjudicará de modo creciente las vidas y las familias de muchas personas. Sentiremos sus efectos en los ámbitos de la salud, las fuentes de trabajo, el acceso a los recursos, la vivienda, las migraciones forzadas, etc.” (n. 2). Al mismo tiempo, el Pontífice nos invita a una “conversión ecológica”, que implica un cambio en nuestros hábitos de consumo, en los que hemos de procurar mayor austeridad, lo cual exigirá un fuerte esfuerzo educativo y el recurso de los valores más importantes de nuestra rica espiritualidad católica. Como nuevo Obispo de esta querida Diócesis complutense, en mi primera Campaña de Manos Unidas, os invito a todos a participar en los proyectos ya programados con la mayor generosidad. Finalmente, quiero agradecer y felicitar encarecidamente a todos los voluntarios, bienhechores y colaboradores de Manos Unidas, por su dedicación impagable a las obras de misericordia del Evangelio. Recibid mi saludo y mi bendición. + Antonio Prieto Lucena Obispo complutense
Carta del Obispo a todos los diocesanos de Alcalá de Henares sobre la reestructuración de la curia diocesana

Queridos diocesanos de Alcalá de Henares: Cuando van a cumplirse siete meses de mi servicio a vosotros como Obispo de Alcalá de Henares, os escribo esta carta para anunciaros una reorganización de la Curia diocesana, en sus estructuras y en las personas que están al frente de las mismas. En la página web de la diócesis podéis encontrar el texto del decreto de reorganización y los primeros nombramientos que he realizado. El cambio más llamativo es el de Vicario general, que a partir de ahora será D. Alberto Raposo Gómez, que cuenta con las cualidades necesarias y con una amplia experiencia pastoral y de gobierno. Es un buen sacerdote, experimentado, que ha sido formador del Seminario, Delegado de infancia y juventud, párroco y vicario episcopal. A partir de ahora, él será el colaborador más estrecho y cercano del Obispo, por eso os pido que acojáis su ministerio con espíritu de colaboración y disponibilidad, como lo habéis hecho conmigo. D. Alberto goza de mi total confianza, y estoy seguro de que desempeñará su tarea con gran competencia y espíritu de servicio a cada persona y a cada institución con las que tenga que relacionarse. D. Alberto sustituye a D. Francisco Rodríguez González, al que quiero agradecer de manera muy especial su servicio a la diócesis como Vicario general. D. Francisco ha colaborado estrechamente con el Administrador apostólico y el Colegio de consultores, durante el último periodo de sede vacante, preparó mi entrada en la diócesis y me ha ayudado enormemente en los primeros pasos de mi ministerio episcopal. Dios le pague su trabajo infatigable, su honradez y espíritu sacerdotal, que seguirá desarrollando, a partir de ahora, como párroco y delegado episcopal de Iniciación Cristiana. También se renueva el cargo de Canciller-Secretario general, que asume D. José Ignacio Figueroa Seco, que ya desempeñó este oficio en el pasado con mucha solvencia. Sustituye a D. Manuel García Álvarez, al que también quiero mostrar mi más sincero agradecimiento por su dedicación, eficiencia y generosidad en esta delicada tarea. D. Manuel será el nuevo Director del Secretariado diocesano de Espiritualidad. Con el deseo de atender mejor a las diferentes zonas de la diócesis, se recuperan las Vicarías territoriales, al frente de las cuales estarán los siguientes vicarios episcopales: D. José Mª Sánchez de Lamadrid (zona norte), D. José Ignacio Figueroa Seco (capital), D. Ángel Román Idígoras (zona centro) y D. Borja Langdon del Real (zona sur). Junto a ellos, para encargarse de la coordinación de las diferentes delegaciones y secretariados de pastoral, he nombrado a D. Luis Eduardo Morona Alguacil, como vicario de evangelización. Estos nuevos vicarios, junto con el vicario judicial, formarán el Consejo episcopal. Todos son muy buenos sacerdotes, con capacidad y experiencia. En el ámbito de sus respectivas responsabilidades, acudid a ellos con confianza, ya que cuentan con todo mi apoyo. Espero que podamos formar un Consejo episcopal unido y bien compenetrado, con espíritu sobrenatural y celo apostólico, que esté al servicio de las personas e instituciones, y que pueda responder a los desafíos que nos plantea la nueva evangelización. Quiero expresar mi más sincera gratitud a los anteriores miembros del Consejo episcopal, que ahora cesan como vicarios, pero que seguirán colaborando estrechamente con el Obispo como delegados episcopales. D. Fermín Peiró Manzanares estará al frente de la Delegación para la vida consagrada, D. Juan Miguel Prim Goicoechea se ocupará de la Delegación de medios de comunicación social y de la Delegación para la evangelización de la cultura, y D. Javier Ortega Martín será el nuevo delegado de Apostolado Seglar. Junto a ellos, también asumen nuevas Delegaciones D. Francisco Javier Martínez Fernández, como delegado de Migraciones y D. Alberto Morante Clemente, como delegado de Hermandades y Cofradías. Los nuevos vicarios episcopales y el nuevo Canciller-Secretario general tomarán posesión el día quince de enero. Hasta ese día, los actuales Vicario general y Canciller continúan en sus cargos. Los nuevos Delegados episcopales también tomarán posesión el día quince de enero, de manera que, si sus Delegaciones son de nueva creación, puedan ir dando los pasos necesarios para su puesta en marcha el día ocho de abril de 2024, en el que entrará en vigor, en su totalidad, la nueva reorganización de la Curia diocesana. En el decreto de reorganización de la Curia, en el apartado de “otros organismos diocesanos de pastoral”, junto con la Oficina para la atención de víctimas de abusos, la Oficina técnica para la realización de obras y la Comisión para el sostenimiento de la Iglesia, que ya están funcionando, se establece la creación de un Departamento de asuntos jurídicos y de un Portal diocesano de transparencia. Vivamos este momento de reorganización de la Curia con espíritu de fe y de intensa comunión eclesial. Como os decía en mi carta pastoral de comienzo de curso, las semillas de división no dan fruto. Hagamos nuestra la exhortación de San Pablo a los Colosenses: “Revestíos, pues, como elegidos de Dios, santos y amados, de entrañas de misericordia, de bondad, humildad, mansedumbre, paciencia, soportándoos unos a otros y perdonándoos mutuamente, si alguno tiene queja contra otro. Como el Señor os perdonó, perdonaos también vosotros. Y por encima de todo esto, revestíos del amor, que es el vínculo de la perfección” (Col 3,12-13). Os pido oraciones y el ofrecimiento de sacrificios por el fruto pastoral de este proyecto, que solo pretende reimpulsar la pastoral diocesana, para que todos tengan vida y la tengan en abundancia (cfr. Jn 10,10). Recibid un cordial saludo y mi bendición, + Antonio Prieto Lucena Obispo complutense
Carta del Obispo: «La familia, portadora de la Buena Noticia». Jornada de la Sagrada Familia

LA FAMILIA, PORTADORA DE LA BUENA NOTICIA Carta del Obispo a todos los diocesanos de Alcalá de Henares 29 de diciembre de 2023 Queridos diocesanos de Alcalá de Henares: En el último día del año 2023, celebramos la fiesta de la Sagrada Familia de Nazaret, una de las más entrañables del año litúrgico. El Papa León XIII la instituyó para que todas las familias cristianas encontraran en Jesús, María y José un modelo a imitar y un estímulo para vivir su específica llamada a la santidad, en la Iglesia. Jesús quiso nacer y crecer en el seno de una familia. Siendo de condición divina, comenzó a experimentar nuestra existencia humana en el contexto de una familia pobre y trabajadora, que tendría muchos momentos de paz y alegría, pero en la que no faltaron momentos difíciles, de persecución, de incomprensiones, de emigración y de muerte. La Sagrada Familia es una escuela de virtudes para todas las familias cristianas. En Nazaret, se aprende a confiar en Dios y hacer su voluntad. Se educa nuestra capacidad de silencio y oración. Se nos invita a cuidar la acogida, la comprensión, el servicio, el amor y la fortaleza en las dificultades. La Sagrada Familia es una invitación a vivir en paz y en armonía, superando los problemas que inevitablemente surgen cuando la convivencia es estrecha y frecuente. En Nazaret aprendemos que, para que una familia funcione, hay que poner a Jesús en el centro. No es cuestión de voluntarismo ni filantropía, es cuestión de fe. Una fe que ilumina todos los acontecimientos diarios, alegres y desagradables, como una ocasión para dar la vida y santificar el momento presente. No olvidemos el papel decisivo que, en la familia, juegan los abuelos. El Libro del Eclesiástico nos recuerda el amor y el respeto con el que los hijos deben cuidar a sus padres, también cuando se hacen mayores: “Quien honra a su padre expía sus pecados, y quien respeta a su madre es como quien acumula tesoros” (Eclo 3,3). En relación a los ancianos, el Papa Francisco nos invita a contrarrestar la “cultura del descarte” y a practicar la “revolución de la ternura”. En nuestros días, los abuelos están siendo verdaderos evangelizadores de sus nietos, ayudándoles desde pequeños en el camino de la fe, con su ejemplo y con su palabra oportuna. La Jornada de la Sagrada Familia de este año tiene como lema: “La familia, portadora de la buena noticia”. En una sociedad como la nuestra, en la que se exalta un individualismo exasperado, la familia sigue siendo una fuente de esperanza. El egoísmo individualista provoca rupturas dolorosas, incomunicación, soledad y aislamiento. La “idolatría del propio yo” genera una tristeza tan profunda que solo se cura con un amor infinito, como es el amor de Dios, que resplandece en la familia (cfr. EG 265). En efecto, la familia, – que se funda en el amor único, exclusivo, fiel y fecundo de un hombre y una mujer -, genera una comunidad de amor incondicional, que es como un techo bajo el que cobijarse. Sin familia, vivimos a la intemperie. Desde este punto de vista, la familia es un tesoro inapreciable para una sociedad sin vínculos, como la nuestra. La familia es una “buena noticia” que no pasa de moda, que es capaz de sanar heridas del corazón humano que nadie más puede sanar. “¡Familia, sé lo que eres!”, gritaba San Juan Pablo II en su exhortación Familiaris consortio (n. 17). Es una pena que muchas familias no sean conscientes del don de Dios que han recibido en el Sacramento del Matrimonio, como signo eficaz de la presencia de Cristo, que acompaña a la familia en cada momento de su vida. Cuando se descubre este don de la presencia de Cristo, la familia siente el deseo de compartirlo con otras familias. La familia, discípula de Cristo, se convierte así en misionera de Cristo. Es lo que vemos en los movimientos familiaristas, con los que el Espíritu Santo ha enriquecido a la Iglesia en las últimas décadas. En nuestros días, en los que, a causa del individualismo, las relaciones personales son cada vez más frágiles e inestables, surgen serios interrogantes contra la vigencia de la institución familiar. Es urgente alzar la voz para reivindicar el papel insustituible de la familia para la sociedad y para la Iglesia. Hoy, más que nunca, es necesario luchar por la familia, para que se reconozcan sus derechos inalienables y para que reciba la protección social que necesita. Sin embargo, la defensa de la familia no será posible sin el testimonio concreto, sincero y gozoso de muchas familias en las que resplandezca la alegría del Evangelio y la presencia de Cristo resucitado. Sin ese testimonio, el mensaje de la Iglesia sobre la familia corre el riesgo de encontrar la oposición frontal de las ideologías dominantes, o de quedar ahogado en el mar de palabras sin contenido que sobreabundan en nuestro ambiente cultural. No sirve de nada quejarse. Podemos comenzar esta revolución si cada uno de nosotros se dedica a cuidar de su propia familia, lo cual supone dedicarle tiempo y nuestras mejores energías. Hay que hablar con los hechos más que con las palabras. Hay que dejar que predique el gigante mudo del buen ejemplo. En este cambio de año, recemos por las familias, especialmente por las que sufren y lo pasan peor. Recibid mi saludo y mi bendición. + Antonio Prieto Lucena Obispo complutense
Carta del Obispo: «El amor de mi vida». Jornada Diocesana de Jóvenes 2023

“EL AMOR DE MI VIDA”: JORNADA DIOCESANA DE JÓVENES 2023 Carta del Obispo a todos los diocesanos de Alcalá de Henares 21 de noviembre de 2023 Queridos diocesanos de Alcalá de Henares: El próximo sábado 25 de noviembre, en el Cerro de los Ángeles, todos los jóvenes de la diócesis están invitados a participar en una Jornada diocesana, que quiere ser como una réplica de la JMJ en Alcalá. En verano, muchos jóvenes fueron a la JMJ de Lisboa, al encuentro con el Papa, pero la mayoría no pudieron venir por diversas razones. Ahora es el momento de que podamos estar todos los jóvenes juntos, de las parroquias, movimientos y asociaciones, en una jornada de peregrinación, de encuentro con el Señor, de convivencia y de fiesta. Queridos jóvenes de Alcalá: ¡os invito vivamente a participar! Comenzaremos nuestra peregrinación en el Convento de Carmelitas Descalzas de la Aldehuela, y, al llegar al Cerro de los Ángeles, podremos consagrarnos al Sagrado Corazón de Jesús. Desde hace un mes aproximadamente, un buen grupo de jóvenes se están preparando para esta consagración, pero la Jornada está abierta a todos. A todos nos espera Jesucristo, que nos quiere acoger con su Corazón lleno de misericordia. El lema de la jornada es: “El amor de mi vida”. Todos necesitamos vivir del amor de Jesucristo. “El hombre no puede vivir sin amor”, solía repetir San Juan Pablo II. Nuestra vocación más radical es la vocación al amor. Hemos sido creados para amar y ser amados. El primer paso es sabernos amados. Santa Teresa de Jesús afirma que, si no nos sabemos amados, no despertamos a amar. Quizá no somos conscientes de la importancia de este hecho. Una persona que no se sabe amada, no sabe amar. Saberse amado es el cimiento de nuestra vida. Sin este cimiento, no puede construirse una vida plena y sana. Queridos jóvenes: nadie os ama más que Jesucristo. Él ha dado la vida por vosotros. Ha pagado por vosotros el precio de su sangre. Jesucristo es el amor de vuestra vida. Es el amor que puede daros vida, porque una vida sin amor está amenazada por la angustia, por el egoísmo y la falta de sentido. Basta echar una mirada a nuestro alrededor para darnos cuenta de la necesidad que tenemos de un amor incondicional, como el de Jesucristo. Todos podemos llevar en nuestro corazón heridas causadas por la falta de amor, o por fracasos en nuestros intentos de amar. Nuestra Jornada diocesana de Jóvenes va destinada a poner estas heridas en el Corazón de Jesucristo. El Corazón de Cristo es fuente de misericordia, de perdón y de sanación. Por eso queremos consagrarnos a él. La consagración es como decirle a Jesucristo: “cuida Tú de mí y de mis cosas, que yo cuidaré de las tuyas”. La consagración es un pacto con Jesucristo, es un acto de abandono en las manos de Dios, que son las mejores manos. “Cuando te consagras, pasan cosas”. Queridos jóvenes: de nuevo os animo a participar en la Jornada diocesana de Jóvenes. Estoy seguro de que en nuestra Jornada van a pasar muchas cosas buenas. No os lo perdáis. Recibid mi saludo y mi bendición. + Antonio Prieto Lucena Obispo complutense
Carta Pastoral de nuestro obispo: «Oremos por la paz»

OREMOS POR LA PAZ Carta del Obispo a todos los diocesanos de Alcalá de Henares 24 de octubre de 2023 Queridos diocesanos de Alcalá de Henares: Estamos conmocionados por los acontecimientos bélicos que se están produciendo en Israel y en la franja de Gaza, que se unen a los ya conocidos de Ucrania y otras partes del mundo. Se trata de un rotundo fracaso para nuestra civilización: muerte de personas inocentes, sufrimiento de sus familias, pueblos enteros sometidos a condiciones infrahumanas, violencia y destrucción. Hace unos días, el Papa Francisco afirmaba con dolor que “la guerra no resuelve ningún problema (…), aumenta el odio y multiplica la venganza. La guerra borra el futuro” (Audiencia 18-X-2023). En su memorable encíclica Pacem in terris, San Juan XXIII constataba que la paz es la suprema aspiración de toda la humanidad a través de la historia, sin embargo, esta paz solo puede establecerse y consolidarse si se respeta fielmente el orden establecido por Dios (cfr. n. 1). Todos deseamos la paz, pero la paz no es posible sin la ayuda de Dios. “Dios no es Dios de desorden, sino de paz” (1Co 14,33). “Paz a vosotros”, es el saludo de Cristo Resucitado (cfr. Jn 20,20-21). “La paz os dejo, mi paz os doy”, nos dice Cristo, pero “no os la doy yo como la da el mundo”(Jn 14,27). Considerada la miseria del hombre, la paz en la tierra es de tal grandeza y sublimidad que es imposible obtenerla con las solas fuerzas naturales, es absolutamente necesario el auxilio sobrenatural del cielo (cfr. Pacem in terris, n. 168-170). Por esta razón, es necesario y urgente que recemos por la paz. Miremos a Cristo, que, con su pasión, muerte y resurrección, no solo borró nuestros pecados, fuente principal de todas las divisiones, miserias y desigualdades, sino que, además, con el derramamiento de su sangre, reconcilió al género humano con su Padre celestial, aportándole el don de la paz, ya que “Él es nuestra paz, el que de los dos pueblos ha hecho uno, derribando en su cuerpo de carne el muro que los separaba: la enemistad (…). Vino a anunciar la paz”(Ef 2,14-17). Como afirmaba en una carta de hace unos días el Patriarca latino de Jerusalén: “no podemos permitir que la muerte y sus aguijones sean la única palabra que se escuche. Por eso sentimos la necesidad de orar, de volver nuestro corazón a Dios Padre. Solo así podremos sacar la fuerza y la serenidad para vivir este tiempo, dirigiéndonos a Él, en oración de intercesión, de súplica, y también de clamor”. Queridos diocesanos de Alcalá de Henares: en este tramo final del mes de octubre, el mes del rosario, recemos el rosario por la paz. Recemos por todos los que sufren, los rehenes, los heridos, las víctimas y sus familiares. Que la Virgen María, Reina de la paz, interceda por nosotros. Recibid mi saludo y mi bendición. + Antonio Prieto Lucena Obispo complutense
Carta de nuestro obispo: «Libres para migrar o para quedarse»

LIBRES PARA MIGRAR O PARA QUEDARSE Carta del Obispo a todos los diocesanos de Alcalá de Henares 26 de septiembre de 2023 Queridos diocesanos de Alcalá de Henares: El domingo 24 de septiembre celebramos la Jornada Mundial del migrante y del refugiado. El lema era muy significativo: “libres para migrar o para quedarse”. Lo ideal sería que la emigración no fuera la única salida viable para muchas personas, es decir, que cada uno pudiéramos vivir en paz y con dignidad en nuestra propia tierra. Por desgracia, esto no se da. La triste realidad es que los migrantes tienen que escapar de sus países de origen debido a la pobreza, la guerra, el miedo o la desesperación. En nuestra Diócesis de Alcalá de Henares, los migrantes representan el 15% de la población total, y este porcentaje se eleva en algunas zonas. Estoy seguro de que todos conocemos a migrantes y hemos escuchado conmovidos sus vivencias y peripecias para llegar hasta nuestro país. Es escandaloso el fenómeno de las mafias, capaces de traficar con la vida y con los sueños de tantas personas. Es triste que nos vayamos acostumbrando a las imágenes de pateras en las que se acinan centenares de migrantes, en condiciones infrahumanas y en busca de un futuro mejor. Es intolerable que, por los naufragios de estas frágiles embarcaciones, el mar Mediterráneo se esté convirtiendo en un gran cementerio humano. En su mensaje para la Jornada Mundial del migrante de este año, el Papa Francisco nos llama a reconocer en el migrante no solo a un hermano en dificultad, sino al mismo Cristo, que llama a nuestra puerta. Podemos pensar que el problema de la inmigración depende de las Organizaciones internacionales, de los Estados, de los políticos, o incluso de Cáritas, y así es en gran parte. Pero también depende de nosotros. Como nos dice el Papa, todos estamos llamados a tener el máximo respeto por la dignidad de cada migrante. A nuestra pequeña escala, todos podemos trabajar por el bien común, por el respeto de los derechos fundamentales de cada persona, por compartir lo que tenemos con los que menos tienen. Por supuesto que es necesario regular la inmigración, para que sea legal y segura. Debemos urgir a nuestras autoridades para que actúen con sentido de la justicia y la generosidad. Pero, mientras tanto, vayamos nosotros construyendo en nuestras parroquias y comunidades cristianas espacios capaces de acoger, proteger, promover e integrar a todos, sin distinción y sin dejar a nadie fuera. Recordemos que la Sagrada Familia también se vio obligada a emigrar a Egipto, por la persecución de Herodes. Muchas de las migraciones que marcan la historia del pueblo de Israel también fueron no voluntarias. Con toda la Iglesia, nos acercamos al Jubileo del año 2025. En el Antiguo Testamento, cada año jubilar significaba la posibilidad de que cada persona pudiera regresar a su lugar de origen, para vivir con dignidad (cfr. Lv 25,13). Quizá también nosotros podríamos prepararnos para nuestro futuro Jubileo creciendo en sensibilidad hacia nuestros hermanos migrantes, para que llegue un día en el que realmente puedan elegir libremente si migrar o quedarse. Recibid un saludo fraterno y mi bendición, + Antonio Prieto Lucena Obispo complutense
Carta Pastoral de Mons. Antonio Prieto Lucena: «Para que tengan vida»

Carta Pastoral de Mons. Antonio Prieto Lucena, Obispo de Alcalá de Henares «Para que tengan vida» (Archivo pdf – PINCHAR AQUÍ)
«¡Nos vamos a Lisboa!» Carta del obispo a todos los fieles diocesanos de Alcalá de Henares

Queridos diocesanos de Alcalá de Henares: Se acerca la fecha en la que, junto con 383 jóvenes de nuestra Diócesis, partiré hacia Lisboa, para participar en la Jornada Mundial de la Juventud. Me siento muy afortunado de poder acompañar a nuestros jóvenes en esta experiencia fuerte de encuentro con Cristo, con el Papa Francisco y con otros muchos jóvenes cristianos de todo el mundo. Estoy seguro de que se seguirán muchos frutos espirituales para nuestra Iglesia particular. Os ruego a todos, encarecidamente, que os unáis con vuestra oración a este gran acontecimiento de gracia. El Papa Francisco ha querido que la Virgen María sea la gran protagonista de nuestro encuentro. Como lema de la Jornada, ha elegido el texto: “María se levantó y partió sin demora” (Lc 1,39). Después de la Anunciación, María no se quedó ensimismada en sí misma, sino que, al saber que su prima Isabel necesitaba su ayuda, partió sin demora a su encuentro. La Virgen María se convierte así en un ejemplo para los jóvenes de hoy, que corren el riesgo de quedar atrapados en el espejo o en las redes sociales, buscando desesperadamente la autocomplacencia, llamar la atención o la aprobación de los demás. El encuentro de María e Isabel fue tremendamente gozoso porque María llevaba a Jesucristo en su seno, y cuando Cristo está presente “siempre nace y renace la alegría” (Evangelii gaudium, n. 1). Recemos para que los jóvenes de nuestra Diócesis puedan disfrutar de este encuentro con el Señor, que los haga disponibles para vivir la propia vida como un servicio a los demás. Solo en Cristo y en el servicio a los demás está la verdadera alegría. Además de los jóvenes que acudirán con diversas asociaciones o movimientos eclesiales, vendrán a Lisboa jóvenes de 39 parroquias de nuestra Diócesis, acompañados por varios sacerdotes y por nuestros seminaristas. A todos los felicito por acudir a esta importante cita con el Señor, que vive en su Iglesia. Al mismo tiempo, agradezco, de todo corazón, la ingente tarea organizativa que están llevando a cabo nuestros Delegados de infancia y juventud y su equipo de voluntarios. ¡Dios os lo pague! Ojalá, después de la JMJ, puedan reforzarse, o crearse donde no existan, “grupos de jóvenes cristianos” en todas las parroquias de nuestra Diócesis. Ojalá podamos trabajar de manera coordinada, emprendiendo un camino común. Los jóvenes no solo son el “futuro” de la Iglesia, sino que son el “presente” (cfr. Christus vivit, n. 64). Una buena pastoral juvenil solo funciona cuando los jóvenes, que han cultivado una sólida amistad con Jesucristo, se convierten en apóstoles de otros jóvenes. En esta dirección debemos caminar, contando siempre con el acompañamiento imprescindible de los sacerdotes y consagrados. “¡Cristo vive y te quiere vivo!” (Christus vivit, n. 1). Cuando estamos preparando la mochila para marchar a Lisboa, acojamos estas palabras del Papa Francisco, que nos invitan a trabajar por una renovada y comprometida pastoral juvenil, lejos de la desesperanza o de estériles lamentos. Recibid un saludo fraterno y mi bendición, + Antonio Prieto Lucena Obispo complutense
Carta de nuestro obispo: «Importunar al buen Dios también en vacaciones»

CARTA DEL OBISPO A TODOS LOS DIOCESANOS DE ALCALÁ DE HENARES 28 de junio de 2023 Queridos diocesanos de Alcalá de Henares: Después de haber celebrado los esperados encuentros, que estaban programados, con los sacerdotes, consagrados y laicos de la diócesis, quiero daros las gracias por vuestra participación y por vuestra cordial acogida, que me llena de ánimo y esperanza. Estoy muy contento de la diócesis que Dios me ha regalado, y renuevo cada día mi compromiso de serviros lo mejor que sepa y pueda. Cuando se acerca el mes de julio, espero que podáis disfrutar de algunos días de vacaciones, tan necesarios para descansar y reponer nuestras fuerzas. Las vacaciones son un tiempo propicio para estar con la familia y con los amigos, para gozar de la naturaleza, en el campo, el mar o la montaña, para profundizar en alguna obra de arte o adentrarse en la lectura de un buen libro. También las vacaciones son un periodo muy idóneo para encontrarnos con Dios, y dedicar más tiempo a la oración, a la lectura de la Palabra de Dios y al silencio contemplativo. El Papa Benedicto XVI solía recordar que, cuando preparamos nuestra maleta de vacaciones, no deberíamos olvidarnos nunca de poner el Evangelio. Unas vacaciones sin Dios, no serían unas auténticas vacaciones. No nos olvidemos tampoco de los ancianos y de los más necesitados, a los que podemos visitar y ayudar de muchas maneras. A los que buenamente queráis y podáis uniros, quiero proponeros que, en este tiempo de vacaciones, desde el 1 de julio hasta el 1 de septiembre, recemos diariamente el rosario por las vocaciones a la vida matrimonial, sacerdotal, consagrada y misionera, cada uno en el lugar en el que se encuentre. Así estaremos unidos por una causa común. Especialmente, recemos por nuestros Seminarios y las vocaciones sacerdotales. Necesitamos muchos y santos sacerdotes, y el Señor nos ha dicho en el Evangelio que el modo de recibirlos es “rogar al Dueño de la mies para que envíe operarios a su mies” (Mt 9,38). El rosario es el arma más eficaz que tenemos los cristianos para afrontar las necesidades más urgentes. Así se ha demostrado muchas veces en la historia de la Iglesia. También mientras descansamos y estamos de vacaciones podemos “importunar al buen Dios”, como decía el Santo Cura de Ars, presentándole una necesidad de nuestra Diócesis, que el Obispo lleva en el corazón. Más de 350 jóvenes de nuestra Diócesis participarán en la JMJ de Lisboa. Recemos también por ellos y por los sacerdotes que los acompañarán. De nuevo, os agradezco a todos tantas muestras de afecto y amabilidad. Recibid un saludo fraterno y mi bendición, + Antonio Prieto Lucena Obispo complutense